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Evangelio del día 12 de enero, 2019



En aquel tiempo, fue Jesús con sus discípulos a Judea y permaneció allí con ellos, bautizando. También Juan estaba bautizando en Enón, cerca de Salim, porque ahí había agua abundante. La gente acudía y se bautizaba, pues Juan no había sido encarcelado todavía.

Surgió entonces una disputa entre algunos de los discípulos de Juan y unos judíos, acerca de la purificación. Los discípulos fueron a decirle a Juan: "Mira, maestro, aquel que estaba contigo en la otra orilla del Jordán y del que tú diste testimonio, está ahora bautizando y todos acuden a él".

Contestó Juan: "Nadie puede apropiarse nada, si no le ha sido dado del cielo. Ustedes mismos son testigos de que yo dije: 'Yo no soy el Mesías, sino el que ha sido enviado delante de él'. En una boda, el que tiene a la novia es el novio; en cambio, el amigo del novio, que lo acompaña y lo oye hablar, se alegra mucho de oír su voz. Así también yo me lleno ahora de alegría. Es necesario que él crezca y que yo venga a menos". (Jn 3, 22-30)

“La extraña cronología de este pasaje (en 3:22 Jesús va a Judea, mientras que 3:1-21 ya estaba en Jerusalén) y el hecho de que los v.31-36 sean en gran parte una repetición de los v. 13-21 no son necesariamente señales de dislocación del texto. La cronología ocupa un lugar secundario en las miras teológicas de Jn. Más bien se diría que el evangelista ha puesto en paralelo dos narraciones referentes a un mismo tema, cada una de ellas seguida de una meditación semejante. El tema sigue siendo la sustitución de las instituciones del judaísmo realizada por Jesús, específicamente a través del bautismo cristiano (cf. 3:4).”

“Y permaneció allí con sus discípulos y bautizaba.” ¿A qué lugar vino? ¿Dónde bautizaba? No se dice. Varias son las hipótesis hechas.

La estancia de Cristo y estos discípulos en esta región debió de tener una relativa prolongación, como indican los imperfectos usados: “moraba,” “bautizaba,” y como lo supone la misma naturaleza de ese bautismo, puesto que “bautizaba más que Juan,” que “hacía más discípulos” que el Bautista, y que esta noticia había llegado a oídos de los fariseos de Jerusalén (Jn 4:1-3).

Si Jn dice aquí en forma genérica que Cristo “bautizaba,” lo precisará en el capítulo siguiente, donde dice que, en realidad, “Jesús mismo no bautizaba, sino sus discípulos” (Jn 4:1.2), pero éstos lo hacían autorizados por El y probablemente en su misma presencia.

Se trataba, seguramente, de un bautismo de inmersión, como lo indica el término usado (έβάπτίζεν ), y como era el bautismo que administraba el Bautista (Mt 3:6.16; cf. Jn 3:25), y a cuyo bautismo se hace aquí mismo referencia, sin duda, como bautismo de inmersión, ya que a este propósito se cita que el Bautista bautizaba allí porque “había mucha agua.”

Ya los comentaristas antiguos se plantearon el problema sobre el valor de este bautismo de los discípulos de Cristo. ¿Era ya el bautismo sacramental cristiano? ¿Era sólo como el del Bautista? ¿Cuál era el significado de este bautismo administrado por los discípulos de Cristo? Es una cuestión muy discutida tanto por los Padres como por los autores.

Supuesto que este bautismo no fuese el bautismo sacramental (Jn 7:39; Mt 28:19), ¿qué valor y finalidad tenía entonces este bautismo? San Juan Crisóstomo dice que el bautismo que administraban los discípulos no se diferenciaba sustancialmente en nada del que administraba el Bautista, pues ambos no conferían por sí mismos la gracia. Pero añade que ambos bautismos tenían positivamente de común el “conducir a Cristo a los que se bautizaban.”

Sin embargo, tenía una ventaja. El bautismo de los “discípulos,” con la misma presencia y autorización de Cristo, y, sin duda, con alguna instrucción cristiana, orientaba y conducía de una manera más directa hacia el mismo Cristo. Y hasta su recepción era un rito de incorporación, como “discípulos,” a la persona y, reino de Cristo (Jn 4:1). Pero Cristo no bautizaba (Jn 4:2), sino sólo sus discípulos. Pero no era el bautismo sacramental, pues “aún no había sido dado el Espíritu, porque Jesús no había sido aún glorificado” (Jn 7:39). Pero todo ello preludiaba ya el bautismo cristiano.

En esta misma época en que se estaba “bautizando en Judea,” también el Bautista ejercía su ministerio bautismal “en Ainón, cerca de Salím, donde había mucha agua” (v.23).

Estando en el período posterior a la Pascua (Jn 2:23), acaso los vados del Jordán fuesen menos accesibles a las turbas a causa de las lluvias del invierno y deshielo de nieves.

Ha sido propuesto como localización un lugar a unos 10 kilómetros al sur del Beisán, la antigua Escitópolis. Enón traduce al hebrero plural cenayim, que significa “fuentes.” Y, efectivamente, en el lugar propuesto brotan unas ocho fuentes abundantísimas, que dan lugar a pequeños vados. Albright lo quiere identificar con Ainun, a 11 km. de Salim, al E. de Nablús (Samaría). Pero una tradición del siglo IV lo relaciona con Salumias o Salima, a 10 km. al S. del Bet-Shan (Beisán). “Allí venían a bautizarse” las gentes.

Pero, al comenzar su bautismo los “discípulos” de Cristo, venían muchas más gentes al bautismo de éste que al del Bautista, hasta tal punto que le dirán con un tono de amargura los discípulos del Bautista: “Todos van a Él” (v.26). El Bautista ya estaba en su ocaso.

En este ambiente bautismal hubo una “disputa” entre los discípulos del Bautista y “un judío.”

El motivo de ella era la “purificación.” Por lo que sigue del texto se ve que debió de ser la discusión sobre el bautismo de Juan y el de Cristo. Sin duda, aquél apoyaba éste último. Las disputas rabínicas sobre “purificaciones” en orden a la comida y otros objetos no eran raras (Mt 15:1ss; Mc 7:1ss; Lc 11:37ss). Pero aquí la comparación versaba sobre los dos bautismos. ¿Por qué? No se dice. A pesar del gran prestigio alcanzado por el Bautista, el bautismo que administraban los discípulos de Cristo atraía a más gentes, y da a entender que este judío opinaba así. Acaso se debía esta impresión de superioridad a la enseñanza que se hacía para recibirle y por la orientación que daba de vinculación directamente a la persona de Cristo, haciendo “discípulos” suyos a los que lo recibían (Jn 4:1). Posiblemente se veía en él el cumplimiento del anuncio del Bautista: el Mesías. Precisamente ésta es la queja que le dan al Bautista sus discípulos: “Rabí, aquel que estaba contigo al otro lado del Jordán (Jn 1:29ss), de quien tú diste testimonio, está bautizando” (v.26), y se destaca aquí mismo que el Bautista dijo que “yo no soy el Mesías, sino que he sido enviado ante el” (v.28).

Aparece en ellos que el declinar del Bautista significa su propio ocaso. Por eso les dolía que “todos van tras El” (Cristo). Generalización que, si acusa un gran movimiento en torno a Cristo, es también “el tono de una amargura que exagera inconscientemente” por egoísmo. Este es uno de los pasajes que hace pensar en la ignorancia del Bautista sobre Cristo-Mesías. Si lo reconocía por tal, ¿por qué bautiza él por su parte, tiene “sus discípulos” y no se incorporan él y ellos al bautismo de Cristo y a sus seguidores; y le enviará una “embajada” para preguntarle si es él el Mesías? (cf. Mt 11:2ss; Lc 7:18ss). Y según las Recognitiones Clementis (I 60), los discípulos del Bautista lo tenían a él por el Mesías (cf. Jn 1:20). Por eso, toda la redacción del pasaje debe de estar hecha “post facta.” Y lo que era una “revelación” in genere al Bautista, de su misión, aparece descrita aquí con los caracteres de un conocimiento personal.

Ante esta queja amarga que le traen sus discípulos, la respuesta del Bautista es de una gran nobleza. Los versículos que contienen su respuesta tienen un claro encadenamiento armónico.

La providencia de Dios tiene sus planes. Bien se lo dijo el mismo Cristo al Bautista (Mt 3:15). El hombre no debe intentar arrogarse lo que Dios no le tiene concedido. El Bautista tenía encomendada una misión del cielo. “Hubo un hombre enviado de Dios, de nombre Juan,” que “vino a dar testimonio de la luz” (Jn 1:6.7). En ella debía moverse, y ajustarse sólo a esta obra.

Conforme a este don recibido del cielo actúa. No se arroga poderes que no tiene ni se deja halagar por el triunfo que despierta su misión. El heraldo desaparece a la hora de la visita del rey. Pero desaparece con el más profundo placer al ver cumplida su misión y la presencia del Mesías. “Preciso es que él crezca y yo mengüe” (v.30). Es lo que le va a decir también el Bautista con una imagen tan bella como densa de contenido y expresiva: “El que tiene esposa es el esposo; el amigo del esposo, que le acompaña y le oye, se alegra grandemente al oír la voz del esposo” (v.30a).

En las festividades nupciales de Israel se elegía a un grupo de jóvenes de su edad, llamados “amigos del esposo,” o también, según el Talmud, “hijos del esposo”, cuyo número podía ser bastante elevado (Jn 14:11; 1Ma 9:39), y cuya misión era acompañar al esposo, sirviéndole de guardia de honor, y contribuir al esplendor de la fiesta. Pero uno era llamado por excelencia “el amigo del esposo,” que era como su lugarteniente, y que proveía a los preliminares del matrimonio: preparaba las fiestas y llevaba todo el alto control. En contraposición a éstos, se llamaba a los otros “hijos de la cámara nupcial” (Mt 9:15; Mc 2:19; Lc 5:34), Pero, según el Talmud, los “hijos del esposo” son los invitados a la boda.

“El amigo del esposo se alegra grandemente al oír la voz del esposo,” dice el Bautista. Es el amigo por excelencia, que se goza en la festividad nupcial de su amigo; que por oficio mira sólo a que salga bien la festividad nupcial; éste es precisamente su triunfo. El Bautista es el amigo del esposo. Su misión es prepararle todo, destacarle y honrarle. Su gozo está en eso. “Se alegra grandemente en oír la voz del esposo.” Por eso añade: “Pues así este mi gozo es cumplido” (v.29b).

La comparación o pequeña parábola podría terminar aquí; sin embargo, al menos en la perspectiva “simbolista” del autor del cuarto evangelio, su contenido es mucho más rico; se “alegoriza.”

En el A.T., frecuentemente se utilizó la imagen nupcial para expresar con ella las relaciones entre Dios e Israel (Ex 34:16; Dt 31:16; Is 54:5; Jer 2:2; Ez c.16; Os 2:19ss, etc.). Cristo mismo utilizó esta imagen para hablar de las “bodas mesiánicas” (Mt 9:15 par.; 22,lss).

Valorada esta expresión en el ambiente judío neotestamentario y en la estructura e intento “simbolista” del cuarto evangelio, en el cual se presentó a Cristo como el Mesías de Israel, y que luego tiene su primera manifestación en las bodas de Cana, ésta manifiestamente tiene un sentido alegórico.

Cristo-Hijo de Dios viene a celebrar las bodas con Israel. Las evocaciones proféticas mesiánico-nupciales tienen su más plena realización ahora. Cristo es, pues, el Esposo. Pero el Bautista es el amigo del Esposo.” Él tenía la misión, como tal, de preparar convenientemente a Israel para recibir al Mesías, que era para preparar dignamente estas nupcias de evocación profética del Mesías-Dios con el Israel de Dios.

Probablemente en esta frase se condensa la venida “nupcial mesiánica” de Cristo-Dios.

Si el Bautista no conoce personalmente a Cristo, al menos como Mesías, ¿cuándo se ve o elabora la doctrina del Bautista -Precursor? Todo estaba en función del conocimiento - revelación de Cristo - Mesías. Pudo ser por Cristo mismo. En todo caso, los discípulos — ¿en vida de Cristo? —, después de la gran iluminación de Pentecostés, al recordar el cumplimiento de tantas profecías de Cristo — como ellos explícitamente reconocen —, casi habían de surgirles espontáneamente, al ver el hecho claro de la misión preparatoria del bautismo, la aparición y relación con ella de Cristo y la adecuación a ellos de la profecía de Malaquías (Mal 3:1ss; Mal 4:5-6), del “heraldo” precursor de Yahvé en su venida.

Reflexiones del evangelista con este motivo, Mal 3:31-36.

La sección que sigue son una reflexiones del evangelista y como un comentario sugerido por este tema del Bautista. Son conceptual y literariamente afines a las “reflexiones” del evangelista después de la conversación con Nicodemo (v. 16-21).

Pero este último testimonio del Bautista está insertado entre dos secciones, 16-21 y 31-36, que están construidas estilísticamente conforme al procedimiento literario de “inclusión semítica.” Posiblemente con ello quiere el evangelista “rebajar” la figura del Bautista, lo que hace ver al situarlo en la simple esfera de servidor y “precursor,” frente a las exageraciones y sectas “bautistas” que hubo.



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