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Evangelio del día 16 de enero, 2019



En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama, con fiebre, y enseguida le avisaron a Jesús. Él se le acercó, y tomándola de la mano, la levantó. En ese momento se le quitó la fiebre y se puso a servirles.

Al atardecer, cuando el sol se ponía, le llevaron a todos los enfermos y poseídos del demonio, y todo el pueblo se apiñó junto a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó a muchos demonios, pero no dejó que los demonios hablaran, porque sabían quién era él.

De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, Jesús se levantó, salió y se fue a un lugar solitario, donde se puso a orar. Simón y sus compañeros lo fueron a buscar, y al encontrarlo, le dijeron: “Todos te andan buscando”. Él les dijo: “Vamos a los pueblos cercanos para predicar también allá el Evangelio, pues para eso he venido”. Y recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando a los demonios. (Mc 1,29-39)

El breve relato de esta curación es recogido por los tres sinópticos. Debe de estar sugerido por la relación cronológica y geográfica con el milagro anterior. Mc es el único que dice que esto fue al salir de la sinagoga: “vinieron a casa de Simón y Andrés, con Santiago y Juan.” La figura de Pedro es posiblemente lo que hizo mantener en la tradición sinóptica este pequeño relato.

Pedro y su hermano Andrés eran de Betsaida (Jn 1:44). Acaso razones de comercio pesquero les hicieron cambiar de residencia.

Fue al salir de la sinagoga de los oficios del “sábado” (Mc-Lc). Estas reuniones solían ser antes del mediodía; pero también había un servicio cultual al atardecer. Acaso se refiere el texto evangélico a la salida de la reunión sinagogal de la tarde, por vincular los tres sinópticos esta escena a la siguiente, a la que, “al ponerse el sol” (Lc), le traían los enfermos para que los curase, y que probablemente era en el mismo Cafarnaúm, pues se reunieron en la “puerta” de la ciudad (Mc 1:33).

La suegra de Pedro yacía “postrada” por la enfermedad. Sólo se describe que tenía una enfermedad febril. Lucas, acaso por sus aficiones “médicas,” lo matiza diciendo que tenía una “gran fiebre.” Es un término técnico de la medicina de entonces y usado probablemente en este sentido por Lc. En ciertas épocas del año estas fiebres son muy frecuentes en las riberas del lago Tiberíades.

La curación fue instantánea. “La tocó por la mano” (Mt); en Mc la “tomó” de la mano; “mandó con gran energía a la fiebre (Lc) que la dejase” y “la levantó” (Mc); es decir, teniéndole sujeta la mano e imperando a la fiebre, al mismo tiempo la ayudó a incorporarse, y “la fiebre la dejó,” y se “levantó inmediatamente” (Lc-Mt).

Los gestos de Cristo en esta curación todos convergen a lo mismo — cogerla por la mano, imperar a la fiebre “con gran energía,” ayudarla a incorporarse —, a hacer plásticamente visible su dominio sobre la enfermedad y la conciencia clara de su poder.

En Μt se ve que se trae el texto para polemizar contra la incredulidad judía; en otro milagro semejante en Jn (Jn 4:46ss) se polemiza contra una “religiosidad gnóstica” que viene a buscar algo de Cristo en lugar de entregársele a Él. Lo que se destaca abiertamente es la “autoridad” de Cristo aquí, como en toda esta parte del evangelio.

Mc-Lc sitúan aquí un cuadro general sobre la actividad de Cristo en Galilea. Mt retrasa manifiestamente esta escena, a causa de la sistematización de su evangelio. Se busca con ello, lo mismo que se buscaba con estos relatos esquemáticos y generales, causar un impacto sobre la grandeza de Cristo.

Mc destaca que “en el atardecer,” pero matizando que, cuando ya se había “puesto el sol,” tiene lugar el “traerle” todos estos enfermos para que los cure. Como la escena tiene lugar en el sábado (cf. v.21.29), y como la sola expresión de “atardecer” era muy vaga, pudiendo entenderse desde las primeras horas de la tarde, Mc, quería y tenía que precisar, con la frase “puesto el sol,” que el reposo sabático había terminado. Por lo que era lícito transportar los enfermos (Jn 5:9.10) ante Cristo para su curación.

V.33-34. “Toda la ciudad” es la clásica forma hiperbólica y redonda oriental para expresar la multitud reunida y lo que significó de conmoción en la misma.

“Ante la puerta,” se refiere a la puerta de la ciudad, no a la de la casa de Pedro, en donde Cristo se hallaba (v.29).

Los tres sinópticos, reflejo del esquema de la catequesis, dan los enfermos traídos en dos grupos: “enfermos,” sin más especificación, y “endemoniados.” Y la curación se da destacando específicamente que fueron “muchos” de estos dos grupos. La insistencia, especialmente destacada, sobre los “endemoniados,” a los “que (demonios) no les permitía hablar, porque le conocían” como Mesías, quiere hacer ver al lector el poder de Cristo sobre los “espíritus impuros,” como prueba de su poder y realidad mesiánica (Mt 12:28; Lc 11:20) y evitar conmociones improcedentes en el pueblo.

El v.34 es el “Secreto mesiánico.”

Mc es el único que trae esta pequeña referencia histórica. A la mañana siguiente al sábado, fue a orar a un lugar desierto cercano a Cafarnaúm. Es Lc el que suele destacar la oración de Cristo. Mc sólo lo hace tres veces: aquí, al comienzo de la vida mesiánica de Cristo, hacia su mitad (Mc 6:46) y en Getsemaní. Las curaciones del día anterior hacen que la gente le buscase. Luego Mt-Mc presentan, extensivamente, un cuadro esquemático de la predicación de Cristo por las sinagogas de Galilea. Mc se complace todavía en poner como una nueva rúbrica al mesianismo de Cristo, al destacar que en estas correrías apostólicas expulsaba los demonios. Era acusarse su poder y realidad de Mesías.

El pasaje paralelo de Lc tiene especial dificultad a propósito de la geografía de su predicación.



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