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Oración del día 11 de febrero, 2019



Qué bueno es alabarte, mi Dios. Tú no ganas nada con mi alabanza, pero estar en tu presencia me llena de gozo y paz. Eres todo para mí, Dios mío. Y así, en el silencio de la madrugada, se escucha más claramente tu invitación a estar contigo.

Padre, la verdad es que ando muy cansado y sólo quiero acurrucarme a tu lado y dejar que Tú me mires. Tu amorosa mirada da vida. Enséñame a mirar así, con amor, a mis hermanos. Que no vea sus fallos y defectos, solo la bondad y la belleza que tu plasmas en cada uno de ellos.

Mi Señor, Jesús, aquí estoy como cada mañana para hacer tu voluntad. Toma mi vida, porque en tus manos nunca se quedará vacía. Mi Señor y mi Dios, enséñame a ser obediente al Padre. Tú sabes que en ello me va la vida y no tengo ya fuerzas para cambiar mi espíritu rebelde. Tú, que hiciste de la obediencia al Padre la razón de tu vida, transforma mi corazón para que esté atento a los deseos del Padre y los siga sin dudas.

Ven, mi Santo Espíritu, visita la mente de quien Tú has creado y toca mi corazón con la gracia de tu consuelo. Pon en mis labios la palabra con que debo dirigir mi oración al Padre. Tú, que eres fuego ardiente, purifica mis labios y mi corazón para que pueda ser un instrumento eficaz en las manos del Padre. Ayúdame a participar de esa sabiduría que solo busca lo verdadero, lo bueno y lo bello.

Gracias, Dios mío, por permitirme ver un amanecer más y como tu gloria llena toda la creación. Gracias por invitarme a participar en tu obra creadora y providente. Gracias, inmensas gracias, por llamarme al sacerdocio, aunque nunca he sido digno de él, Gracias por hacerme hijo de tu Iglesia, en donde recibo su don más preciado: el Cuerpo y Sangre de nuestro Señor Jesucristo.



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