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Antes andábamos como descafeinados

Hace poco me escribió una amiga. Sí, una carta de las de sobre y sello… Y soy millenial, no creáis que vengo de la Edad Media.

Hace años, cuando no existían los correos electrónicos ni las redes sociales, a todos se nos aceleraba el corazón al acercarnos al buzón para ver si había correspondencia.

Una de las cosas que mi amiga me decía era: “De nuestra época en la Universidad siempre me llamó la atención tu ilusión por casarte joven y tener muchos hijos”. No era consciente de que fuera tan evidente, pero sí que es verdad que yo soñaba con ser madre. Lo deseaba con todas mis fuerzas.

Mi noviazgo apenas duró un año. Enseguida tuve claro que él era el hombre con quien quería pasar el resto de mi vida. ¡Qué bonito suena! ¿Verdad? Pero como todos los matrimonios, nosotros pasamos momentos buenos y malos. Rachas que fueron muy buenas y otras muy malas. Y aquí estamos.


El amor o el matrimonio, como las rosas, tiene sus espinas. No nacemos aprendidos, pero sí que de los errores se aprende. Y con el paso de los años se puede alcanzar una velocidad de crucero en la que ya le conoces bien, él te conoce bien y juntos sois felices.

La felicidad para mí no es estar riendo de alegría ni llorando de emoción todo el día. Tampoco es estar orgullosa por los éxitos alcanzados de los hijos. Ni se trata de dinero, ni trabajo, ni planes. La felicidad para mí es saber que cuando algo me apene, él tirará de mí; que no hay noche que no entrelacemos las manos; que cuando me necesite, le apoyaré; y que en nuestra familia nadie gana, porque no hay bandos. Vamos todos a una. Y en medio de todo está Dios.


He tardado en colar la palabra “DIOS” en estas líneas, lo que tardó en aparecer en nuestro matrimonio: 16 años. ¡No se alarmen, señores! Nos casamos por la Iglesia. Somos católicos, practicantes y educamos en la FE a nuestros hijos, pero desde hace pocos meses esa filiación divina la sentimos aún más presente y es francamente espectacular. Antes digamos que andábamos como “descafeinados”. El sacramento del matrimonio entendido como tal es un estado tan pleno que el que no lo viva así no sabe lo que se pierde. Él, yo, y Dios entre los dos. Y nuestros hijos son los frutos de esa unión en la que también está Dios.


Tengo cuatro hijos. Soy joven, moderna y divertida. Me gusta tocar la guitarra, escribir, la tecnología, las redes… y soy una de las creadoras de #BETHEIGREVOLUTION, una iniciativa que une perfiles de Instagram muy atractivos, ricos en cuanto a valores, educación, familia… Perfiles tras los cuales hay personas normales con un corazón generoso, que quieren usar las redes con sentido común y responsabilidad, que hablan de lo humano o divino desde una perspectiva real; y que lo que quieren es que su contenido sirva, que llegue, que sume, que crezca, convirtiéndonos todos en una revolución sin postureos, sin mentiras, mostrándonos tal y como somos.

No sé lo que me deparará la vida. No sé hacia dónde voy ni a quién le llegará mi mensaje, pero os quiero dejar bien claro a todos los jóvenes y a los que leéis estas líneas que Dios está hasta en las redes, que juntos somos más fuertes y que no os avergoncéis nunca de decir que CREÉIS en ÉL. Porque lo bueno hay que compartirlo y él es más que eso: ES BUENO Y MISERICORDIOSO.


Existen los milagros, los milagros diarios, y las conversiones. Y tal vez alguna dependa de ti.

Un fuerte abrazo.

Inma Carrasco



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