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¡CUÁN FRÁGILES SOMOS!

Actualizado: mar 10

P. Bernardo

El bueno de Seneca escribió “vivimos como deberíamos vivir siempre, sin olvidar cuan frágiles somos”. Sabiduría filosófica.

Esta especie de epidemia uno de los efectos que ha tenido es el de recordarnos a todos nuestra fragilidad. En esta sociedad sin Dios, donde nos creemos superhombres, invencibles y autónomos, un bacilo o virus nos ha hecho hincar la rodilla y empezar a plantearnos las preguntas últimas.

De verdad, ¿sólo dependemos de nosotros mismos? ¿La ciencia y la tecnología son por sí mismas capaces de solventar todos los problemas del hombre y de la humanidad? Claramente la respuesta es negativa.

La pena es que el ancla donde se apoyaba la humanidad en siglos pasados, ha abdicado y, como si fuera la gran apostasía, ha cerrado sus puertas y se niega a acoger el dolor, la angustia y la confusión de la humanidad.

¡Madre Iglesia! ¿Cómo te atreves a cerrar tus puertas ante la tragedia humana? Me dirás que estás obedeciendo a las autoridades civiles… ¿pero no está antes la obediencia a Cristo y su Evangelio? ¿Cómo te niegas a alimentar a tus hijos con la Eucaristía?

Todos conocemos el texto de la carta del apóstol Santiago “¿Está enfermo alguno de ustedes? Haga llamar a los presbíteros de la iglesia para que oren por él y lo unjan con aceite en el nombre del Señor. La oración de fe sanará al enfermo y el Señor lo levantará. Y si ha pecado, su pecado se le perdonará.” El mismo Jesucristo nos ordena en el evangelio de San Mateo: “Curar a los enfermos, resucitad a los muertos, sanad de su enfermedad a los que tienen lepra, expulsen a los demonios. Lo que habéis recibido gratis, darlo gratuitamente.”

Podemos encontrar miles de ejemplos de santos que han recurrido a Dios en momentos de epidemia y han obtenido la curación. Hoy queremos recordar el simpático episodio de la invasión de piojos que llevó a Santa Teresa de Jesús a componer unas coplas. Sucedió en el Convento de San José de Ávila, en 1565, una noche hicieron una procesión con velas encendidas desde sus celdas hacia el coro, presididas por la imagen de un Cristo en la cruz. Iban cantando salmos e himnos, y una coplilla que santa Teresa había compuesto para pedir por la liberación de aquella “mala gente”:


Hijas, pues tomáis la cruz,

tened valor;

y a Jesús, que es vuestra luz,

pedid favor;

Él os será defensor

en trance tal.


Librad de la mala gente

este sayal.


Inquieta este mal ganado

en oración,

y al ánimo mal fundado

en devoción.


Mas Dios en el corazón

tened igual.

Librad de la mala gente

este sayal.


Pues vinisteis a morir,

no desmayéis;

y de gente tan cevil

no temeréis.


Remedio en Dios hallaréis

en tanto mal.

Pues nos dais vestido nuevo,


Rey celestial

librad de la mala gente

este sayal.


La santa estuvo de rodillas ante el Santísimo hasta que Nuestro Señor Jesucristo le concedió el favor y los piojos, esa “mala gente”, dejaron los vestidos de las religiosas y nunca más volvieron a molestarlas, a esta imagen se la llama “El Cristo de los piojos” y es la imagen de la entrada.

Abramos nuestras Iglesias, permitamos que nuestros hermanos puedan reconfortar su espíritu con el Señor y con nuestra Madre.

Dios los bendiga



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