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De los Papas aceptables y los sombreros de teja

Por Carlos Esteban | Infovaticana


De las innumerables paradojas de este pontificado no es la menor el hecho de que los entusiastas de la ‘renovación’ nos conminen a los fieles a relativizar la doctrina y a despreocuparnos de las normas acudiendo a una doctrina muy concreta, la primacía papal, y a la consiguiente norma que nos obliga a la obediencia.

En suma, son como hombres que serraran la misma rama en la que se apoyan, porque si algún día consiguieran que, en efecto, los fieles dejáramos de ‘hacer de la verdad un ídolo’ y de ‘obsesionarnos’ por las normas, no es improbable que lo primero que hiciéramos fuera no hacer el menor caso del Papa.


Ese teólogo que Francisco alabó en público, diciendo que le había inspirado mucho, el cardenal Walter Kasper, levanta la liebre en una entrevista concedida a Religión Digital y recogida aquí, al decir que “en el próximo cónclave, no se puede elegir un Papa ‘a contrario’. La gente no lo aceptaría”. Animado a explayarse, añade: “No, no es posible [que haya una marcha atrás en las reformas introducidas por Francisco]. La gente no lo aceptaría, porque quiere un Papa normal, humano y no un Papa imperial, como los del pasado”.


¿No es maravilloso? Nosotros, los ‘rígidos’, tenemos que aceptar lo que decida este Papa porque es el Papa, el Vicario de Cristo, y nosotros nos tomamos en serio esas cosas. Pero ellos, los favorecidos por este mismo pontificado, no tienen en absoluto que aceptar ningún otro pontífice que no sea de su gusto. Cara, yo gano; cruz, tú pierdes.

Es curioso, por lo demás, que cuando “la gente” tiene al fin el Papa que, según Kasper, quiere, coincida con un momento en el que se ha agudizado la desbandada general iniciada en el postconcilio. Es un extrañísimo modo de expresar sus preferencias democráticas.


No es que deba, a estas alturas, extrañarnos que un progresista decida por su cuenta lo que quiere ‘la gente’, y que suele coincidir por una maravillosa casualidad con lo que desea él mismo. En este caso, y en vista de la edad de Su Eminencia, es comprensible concluir que, como en muchos otros casos entre los príncipes de la Iglesia, se refiere más bien a lo que deseaba la juventud más ruidosa en su propia juventud.

Más de una vez hemos hablado aquí de que el problema de la presente ‘renovación’ no es que sus adjetivos -una parte de la oración que repentinamente dice aborrecer el Papa, pese a su extrema versatilidad en el uso de la misma- sean en sí mismo erróneos, sino en que tienen una aplicación unidireccional, en un sentido único. Así, hemos comentado, ‘rígido’, en su vocabulario, nunca se referirá a una persona rígidamente progresista.


Otro ejemplo, de uso más reciente, es ‘clerical’. Por ‘clericalismo’ se suele entender una influencia indebida y abusiva del estamento clerical sobre los laicos. Como, no sé, que el Papa pretenda que los católicos hagamos del Cambio Climático una preocupación prioritaria, sin ser área en la que Su Santidad tenga competencia o jurisdicción algunas. O que el cardenal Braz de Aviz pueda eliminar mediante comisariamiento cualquier hermandad u orden que practique el culto en la misma forma en que se ha hecho durante siglos pero que ahora no está a la moda. Se me ocurre.


Pero, no, no para Francisco. Para Su Santidad, el clericalismo es otra cosa, como dijo en el encuentro con jesuitas de Mozambique: “El clericalismo tiene como consecuencia directa la rigidez. ¿No habéis visto nunca a jóvenes sacerdotes del todo rígidos en sotana negra y capelo con la forma del planeta Saturno en la cabeza? Ahí lo tenéis: detrás de todo el rígido clericalismo hay serios problemas”.

Verdaderamente, si el clericalismo es el peor mal de la Iglesia y clericalismo es un joven sacerdote con sotana negra y sombrero de teja, puede el Santo Padre dormir muy tranquilo: es residual, anecdótico, muy, muy raro. Si ese es el problema, no tiene mucho sentido insistir demasiado sobre él; no creo que en la parroquia más cercana a cualquiera de mis lectores corran el riesgo de toparse con curas con sotana y teja. Le harían fotos y lo enseñarían a los turistas.


Su insistencia en esto de la sotana y la teja y similares me lleva a pensar que tiene un problema parecido al de Kasper: que habla del pasado como si fuera presente. No es la primera vez que hace esas desconcertantes referencias a circunstancias que no se viven en la Iglesia desde hace más de medio siglo, como cuando advertía contra la severidad en la confesión. No digo que no haya viejos curas cascarrabias, pero los confesores hoy suelen tirar más hacia el lado de la laxitud, no de la rigidez.


En todo esto la jerarquía no es muy distinta del siglo, donde la casta dominante, marinada en las fantasías de Mayo del 68 y el Verano del Amor, sigue decretando lo que quieren los jóvenes, lo que es aceptable y lo que no. La diferencia es que la Iglesia es portadora de verdades eternas, que debe mirarse ‘sub specie aeternitatis’, y que en su historia -dos mil años y contando-, las excitantes novedades de hoy serán solo una fase pasajera, con permiso del cardenal Kasper.



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