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Editorial

Desde hace ya mucho tiempo, he visto en la Misa y otras ocasiones, que los padres dan los celulares a sus hijos pequeños sin ninguna preocupación.

Entiendo perfectamente que es la manera más fácil para entretenerlos y que dejen de enredar. ¿Pero son conscientes de lo que están haciendo? ¿Le pondrían una bomba en las manos de sus hijos? Pues sinceramente, eso es lo que creo que están haciendo.

Me parece que hasta puedo adivinar las excusas que me van a poner: “si el niño es muy inteligente y conoce las secuencias para acceder a sus juegos, y siempre va a ellos”, “pues ya me dirá qué hago, es la única forma de poder hablar con mis amigas/os”, “pero si mi hija sólo tiene 3 años, ¿qué mal le puede hacer?”.


Nos pasamos la vida rodeados de pantallas, vamos de la televisión a la computadora, de la tablet al celular, siempre con algo producido por otra gente para nosotros. ¿Con qué intenciones? ¿Para conocer nuestros gustos y vendernos mejor?

¿Dónde se queda la imaginación que Dios nos ha dado? ¿Cuándo fue la última vez que alabamos a Dios por la belleza de la creación que nos ha regalado?

Los estudios actuales sobre la infancia nos dicen que tanto en niños como en niñas la iniciación en la pornografía se realiza sobre los 8 años.

Los niños no tienen ningún interés en la pornografía, pero la industria pornográfica sí tiene mucho interés en sus hijos. La industria sabe que si puede colar una imagen puede despertar la curiosidad en sus hijos. Y a partir de ese momento, ¿quién sabe? A lo mejor ganan un cliente.


En tiempos pasados, nos daban un juego de llaves, y nos lo pasábamos en grande, con el sonido, manoseándolas, chupándolas. Huy, no, que se pueden contagiar de los millones de bichitos que deben tener. Pues, la verdad, no sé cuántas llaves habré chupado, pero nunca me enfermaron.

Usen la imaginación. Hay multitud de juegos individuales o en grupo que se pueden utilizar con niños: parchís, damas, la oca, etc.

La totalidad de la psicología contemporánea aconseja que los padres no compren celulares a sus hijos hasta los 15-16 años. No los necesitan y les puede perjudicar.



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