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El Cardenal Aguiar y la mega diócesis de Ciudad de México

Nos llegan continuamente noticias de lo que está sucediendo en la Archidiócesis de México, primada de América y sede de la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe Reina de México y Emperatriz de las Américas. La diócesis de México es de las más antiguas del continente. Fue erigida canónicamente por la bula Sacri Apostolatus del papa Clemente VII del 2 de septiembre de 1530, a los nueve años de la caída de México-Tenochtitlán, y fue elevada a arquidiócesis el 12 de febrero de 1546; su primer obispo y arzobispo fue el franciscano fray Juan de Zumárraga. Su arzobispo actual hace el número 35 y, según los datos que hemos podido consultar, cuenta con cerca de ocho millones de católicos siendo posiblemente la más grande de la cristiandad.

En estos momentos está viviendo el proceso de creación de nuevas diócesis que la reducirán algo pero que no restará nada de su importancia. Por este motivo y por la forma de gobernar de su actual arzobispo sus sacerdotes, y no pocos religiosos y laicos, están viviendo momentos de inquietud y angustia que no merecen.


El cardenal Aguiar se vende, y quizás lo es, como acérrimo defensor del francisquismo. Su elección es evidente que no se debe a méritos personales. Está sucediendo a un viejo lobo que llevaba gobernado por más de veinte años la mega urbe mexicana. Llega a tan importante diócesis con una edad avanzada, en enero cumplirá los 70 años y en diciembre dos de su presencia en la diócesis.


Es evidente que venía con el encargo de la división de la diócesis que sinceramente creemos que aportará una mejor atención espiritual a muchos mega barrios de la ciudad demasiado abandonados. El problema está en el cómo se está realizando este proceso. Ha enviado a terra ignota a los auxiliares anteriores que le podían hacer sombra y nombrado súbditos pensado que así continuará con su primacía aún después de la división.


Ha defendido con uñas y dientes la permanencia de la Insigne y Nacional Basílica de Guadalupe en su futuro territorio, o para ser más precisos, de su caja fuerte que no quiere compartir ni muerto.


Empezó su pontificado con una sonora revisión de cuentas encargada a una conocida empresa con el claro objetivo de dejar en mal lugar a su antecesor. Del resultado de esta presunta revisión solo se sabe que costó una fortuna que, como siempre, pagó Guadalupe.


El objeto de sus primeros amores ha sido el Seminario Conciliar. En estos momentos está cerrando el seminario menor y metiendo al mayor en la dinámica de viejas experiencias fracasadas en Europa de los nefastos años 80. En solo dos años ha reducido su número a la mitad, de 100 a 50 y a este paso conseguirá su cierre en un tiempo verdaderamente récord. Incluso sus cercanos le están alertando de la espiral de locura en la que están entrando las cosas y sus consecuencias en una ciudad con una enorme escasez de sacerdotes.


Por si faltaba algo, ha decidido jubilar a todos los sacerdotes mayores de 75 años de modo fulminante. Muchos de ellos quedarán sin medios de subsistencia y después de una vida de entrega a la iglesia, denostados y marginados como trastos viejos e inútiles. Con los menos jóvenes está jugando como monarca absoluto en su reino deshaciendo vidas y haciendas. El malestar, por ser benévolos, es universal incluso en personas que hasta hace pocos meses lo defendían.


No queremos caer en la vulgaridad de incluir en esta pequeña información los miles de chistes, algunos demasiados groseros, que, con la gracia típica del mundo mexicano, inundan el mundillo capitalino, pero aseguramos que se puede publicar una enciclopedia y solo llevamos dos años.


Querido Don Carlos, sabemos que en el fondo es buena gente, que tiene su corazoncito y que no le gusta nada lo que está pasando. Tiene una diócesis con gentes maravillosas que solo quieren seguir a Jesucristo. No les tenga miedo y suelte los cueros que le aprietan y disfrute del pueblo que Dios le ha encomendado. No sabe lo que tiene. Con todos los defectos que por desgracia cuenta la humana naturaleza, tiene centenares de sacerdotes entregados las 24 horas a sus parroquias sin recompensa humana alguna, no los maltrate y disfrute con ellos que lo están deseando.


El pueblo mexicano, no digamos los chilangos, tienen un inmenso corazón, llevan la alegría en su naturaleza y no les gusta nada la gente con cara de pepinillo en vinagre. Relájese y disfrute, no rehúya las pobres y buenas gentes que pueblan su macro diócesis, las abrace aunque puedan oler mal y ensucien su blanca sotana, esas manchas son condecoraciones. No tenga miedo a sus sacerdotes y religiosos que necesitan al padre y al pastor y están abandonados. Puede hacer mucho más con un abrazo cariñoso que con mil planes de reforma que se llevará el diablo.


Desde el más profundo cariño seguimos sus pasos, nuestra obligación es informar y eso haremos.


Juan Diego de Calpulalpan



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