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El Cardenal Marx ‘confirma’ que su ‘camino sinodal’ cuenta con la ‘bendición’ de Roma

Por Carlos Esteban

Pese a la carta de Ouellet en la que se advertía al episcopado alemán de que su ‘asamblea sinodal’ sería, tal como está planteada, “eclesiásticamente inválida”, el jefe de los obispos alemanes y miembro del C9, cardenal Reinhard Marx, no solo ha dejado claro que piensa seguir adelante con el peligroso proyecto, sino que no ha advertido ninguna señal del Papa para que lo detenga.

Marx ha vuelto de Roma, de reunirse con Su Santidad, con un mensaje: “No hay señal de Stop desde Roma”. El Papa respalda su proyecto de iniciar una asamblea sinodal, con la participación activa de laicos, para ‘revisar’ cuestiones importantes de moral sexual y disciplina eclesiástica. ¿La carta de Ouellet, prefecto para los Obispos? Malentendidos que ya se han aclarado. “Fue un encuentro constructivo”, dijo, refiriéndose a su reunión con el Papa y con Ouellet. “No veo cómo pueda verse ahora en peligro el camino sinodal”.

Toda la secuencia de acontecimientos nos hace preguntarnos: ¿dónde hemos visto antes esta película? Y es que el parecido con la anterior ‘crisis’ con la Iglesia alemana siguió un guion casi idéntico.


Recordemos. Los obispos alemanes votan por unanimidad -falsa unanimidad, como se supo luego- ofrecer la comunión a cónyuges luteranos de fieles católicos. Con las ‘garantías’ habituales, ya saben: caso por caso, con acompañamiento y escucha, discerniendo y todas esas cosas que se dijeron en su día sobre la comunión a los divorciados vueltos a casar que viven ‘more uxorio’. Un par o tres de obispos alemanes escriben alarmados a Roma ante lo que consideran una peligrosa deriva de trivialización del Sacramento de la Eucaristía. Entonces llega Luis Ladaria, prefecto para la Doctrina de la Fe, y manda un contundente mensaje a Alemania en sentido contrario, evidentemente con el ‘placet’ papal. Los alemanes se revuelven y apelan al Papa, que acaba diciendo, en pocas palabras, que sean los obispos los que decidan la cuestión, pero “en unidad”. La cosa, en fin, se queda como quería Marx.

Y, ahora, tres cuartos de lo mismo, el mismo minué con las mismas fases, como si estuviera ensayado.

Es difícil que sea de otra manera. Marx es hombre de confianza de Su Santidad, se sienta en esa ‘junta’ que es el consejo de cardenales. Más: se ocupa de los asuntos económicos en un momento en que el déficit de la Santa Sede alcanza niveles imposibles y la “Iglesia pobre” por la que suspiraba Francisco al inicio de su apostolado parece a punto de hacerse realidad. Y, bueno, ya es algo menos bonita, así de tan cerca.

Y no es que se espere de Marx un milagro como organizador económico; es que las arcas vaticanas necesitan también como el comer la aportación de la riquísima iglesia alemana. Alemania sufre una verdadera sangría de fieles cada año, pero es una economía poderosa y el Kirchensteur, el impuesto religioso que recauda el Estado, le permite disponer de extensos fondos.

Después de todo, ¿qué puede salir de ese ‘camino’ que no pueda salir del Sínodo de la Amazonía, del que se espera una revolución eclesial parecida, si no mayor?



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