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Evangelio del día 1 de mayo, 2019

"Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él. El que cree en él no será condenado; pero el que no cree ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios.

La causa de la condenación es ésta: habiendo venido la luz al mundo, los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Todo aquel que hace el mal, aborrece la luz y no se acerca a ella, para que sus obras no se descubran. En cambio, el que obra el bien conforme a la verdad, se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios''. (Jn 3, 16-21)


Discuten los autores si estas palabras que anteceden (v. 16-21) son de Cristo o son “consideraciones” del evangelista penetrando la doctrina de Cristo. Y las razones que hacen ver como más probable, que son “consideraciones” del evangelista, son las siguientes:

Las expresiones que se leen aquí: “Hijo unigénito” (v.16-18), “creer en el nombre” (v.18), “hacer la verdad” (v.21), nunca aparecen en boca de Cristo; por el contrario, son expresiones propias de Jn, como se ve en otros lugares suyos (Jn 1:14.18; 1Jn 1:16; 1Jn 3:23; 1Jn 4:9; 1Jn 5:13). La misma forma aquí usada (ούτως γαρ ; ν . 16), que abre la sección, es la que Jn suele utilizar para expresar sus propias consideraciones (Jn 2:25; Jn 4:8; Jn 5:13.20; Jn 6:33; Jn 13:11).

El mismo tono impersonal en que se habla no es de Cristo. Es el tono de una persona distinta; no es el tono del que habla de su propia doctrina. A lo que se añade que estos versículos no añaden doctrina nueva.

Siendo esta perícopa reflexiones teológicas hechas por el evangelista con motivo de la doctrina expuesta por Cristo, la unión de este pasaje con lo anterior es sólo lógica. A Juan le interesa, más que el hecho histórico de Nicodemo, cuya persona pronto olvidó, la doctrina salvífica que Cristo expuso y el estado psicológico de tantos contemporáneos de Nicodemo y del evangelista, como lo acusa igualmente en el “prólogo” de su evangelio y de sus epístolas.

Ante la “elevación” de Cristo en la cruz, como “antitipo” de la serpiente de bronce del desierto, el evangelista ve en ello la obra suprema del amor del Padre por el “mundo.” Este tiene dos sentidos en Jn. El “mundo” es la universidad étnica, contrapuesta a Israel (Jn 4:42; Jn 6:33.51; Jn 12:47); pero frecuentemente lleva un matiz pesimista: los hombres malos (Jn 1:10; Jn 12:31; Jn 16:11; 1Jn 2:16; 1Jn 4:4ss; 1Jn 5:19).

Aquí, pues, el contraste está entre el “amor” profundo que el Padre demostró al “mundo” malo con la prueba suprema que le dio. Pues “entregó” a su Hijo unigénito. Este no sólo se “encarnó,” no sólo fue “enviado,” sino que lo dio, que en el contexto es: lo entregó a la muerte. Acaso esté subyacente en Jn la tipología del sacrificio de Isaac: Padre/Hijo.

Pero la muerte de este Hijo unigénito tiene una finalidad salvadora para ese “mundo” malo. Y es que todo el que “crea en El,” que es, en la teología joannea, valorarlo como el Hijo de Dios, pero entregándosele como a tal (Jn 6:26ss; Jn 15:5), “tenga la vida eterna.”

El evangelista resalta que el Padre no envió a su Hijo para que “condene” al mundo, sino para que éste sea salvo por El. Este insistir pleonásticamente en forma antitética negativo-positiva (semitismo), en esta obra de no “condenación” del mundo por Cristo, mira a precisar la misma ante las creencias divulgadas en aquel medio ambiente, según las cuales habría un castigo previo a la venida del Mesías —los “dolores mesiánicos”—, y haciéndole intervenir a Él como ejecutor de los mismos en su obra. Ni va esto contra los poderes judiciales de Cristo, ya que, primordialmente, vino a salvar.

Juan ve cómo automáticamente se establece en los “hombres” un juicio condenatorio por su actitud ante Cristo.

“El juicio consiste en que vino la Luz al mundo.” Es la encarnación de Cristo (Jn 1:9; Jn 8:12; Jn 12:46ss). Con su venida al mundo se establece un juicio, consistente en su actitud ante El. Este juicio, o mejor, esta “condenación,” consiste en “no creer en el nombre del unigénito Hijo de Dios.” Es un juicio personal que se realiza en lo íntimo del alma.

El “nombre” para los semitas está por la persona. Consiste, pues, en no creer en la persona de Cristo como Hijo de Dios, tema del cuarto evangelio (Jn 20:31), por cuya fe en Él se tiene vida.

El que “no cree” en la filiación divina de Cristo Mesías (Jn 20:31) ya “está condenado.” Naturalmente, se habla en un tono de tipo “sapiencial”; no considera el evangelista la posibilidad de rectificarse el juicio condenatorio. No es, pues, una “escatología realizada.”

A la hora de la composición del cuarto evangelio, sobre el último decenio del siglo I, el evangelista había visto la obra de las Tinieblas ensañarse contra la Luz. En Asia Menor, en Éfeso, donde, según la tradición, escribe el evangelio, Jn había visto la obra de la gentilidad para no recibir la vida que le venía de Cristo-Luz (Hch 19:23ss). Hasta había visto las herejías nacientes (1Jn 2:18ss), y los peligros “judaizantes,” y la ceguedad judía. Esta unión trágica de los hombres amando más las Tinieblas que la Luz, debió de pasar por la mente de Jn al escribir estas “reflexiones.” Así la luz es término escatológico.

Y, ante esta obstinación, el juicio “condenatorio” se produce automáticamente en los hombres: al separarse de Cristo-Luz, quedan en las tinieblas (Jn 8:12); al separarse de Cristo-Vida, quedan en la muerte (Jn 15:5).

Posiblemente aquí las “tinieblas” que aman los seres humanos, no solamente es el error, como contrapuesto a la verdad-luz, sino que acaso también se refiere al mundo diabólico, como fondo malo, en el que los seres humanos malos se mueven y en los que él influye y dirige (Jn 1:5; Col 1:13; 1Pe 2:9).

Pero la razón de esta obstinación de los humanos en no aceptar la Luz, “que luce en las tinieblas” (Jn 1:5), es que “sus obras eran malas.”

El evangelista ilustra esta enseñanza con un símil tomado de la luz en función de la vida social. Fuera de casos de pretenciosos libertinos que quieren presumir del mal, normalmente el que obra el mal evita la luz para no exhibirse: “aborrece la luz. para que sus obras no sean reprendidas.”

Pero aquí, junto con ese elemento parabólico, debe de estar mixtificado o subyacente otro elemento alegórico.

Los que obran el mal — gentiles o judíos — no quieren venir a la luz, pero esta Luz es aquí a la fe en Cristo, Hijo de Dios, porque, ante sus enseñanzas, las obras de ellos son condenadas.

En contraposición antitética, se expone la conducta del que “hace la verdad” (ó δε ποιών την άλήθε (αν ). La “Verdad” es la revelación del Verbo.

Es la contraposición “al que practica el mal” del versículo anterior. Y es un semitismo que expresa ser conforme la conducta a la voluntad divina (1Jn 1:6).

El que así obra “viene a la luz.” La razón es “para que” o “de modo que” sus obras sean manifestadas “como hechas en Dios.”

“Hechas en Dios” es expresión que significa “en comunión con El” (1Jn 1:6): la suprema ansia evangélica.



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