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Evangelio del día 14 de agosto, 2019

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Si tu hermano comete un pecado, ve y amonéstalo a solas. Si te escucha, habrás salvado a tu hermano. Si no te hace caso, hazte acompañar de una o dos personas, para que todo lo que se diga conste por boca de dos o tres testigos. Pero si ni así te hace caso, díselo a la comunidad; y si ni a la comunidad le hace caso, apártate de él como de un pagano o de un publicano.

Yo les aseguro que todo lo que aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo.

Yo les aseguro también que, si dos de ustedes se ponen de acuerdo para pedir algo, sea lo que fuere, mi Padre celestial se lo concederá; pues donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos''. (Mt 18, 15-20)


Lc lo trae en otro contexto. En él, “hermano” es equivalente a hombre; en Mt “hermano” es, por el contexto (v.17), equivalente a cristiano. Se parte de una falta del prójimo para exponerse la actitud cristiana ante la misma. La expresión “contra ti” es lección críticamente muy discutida.

Si se trata de una verdadera falta, se ha de buscar el bien del “hermano”; por eso, lo primero es hacérselo notar para remediarlo. Pero “a solas,” por justicia, caridad y actitud pedagógica. Si “oye,” se habrá ganado un hombre para Dios.

Si no hace caso, queda la prueba testifical, que ya exigía la Ley (Dt 17:6; Dt 19:17). Pero en esta perspectiva cristiana no excluye, sino destaca preferentemente, la testificación privada, no jurídica. Naturalmente que no se condena ni excluye ésta. Es otra la perspectiva. Es la benevolencia en el castigo (1Co 6:1-8).

Si tampoco es eficaz, queda el recurso a la Iglesia, probablemente jerárquica (v.18), aunque alguno piensa en el influjo benéfico que puede recibir de la “asamblea,” sentido que quieren dar a εκκλησία.

Si no oye, es ya mala voluntad o cerrazón, y puede considerarlo “como gentil o publicano.” Parece ser esto ya redacción de alguna Iglesia con necesidades especiales. Lo que ya aparece es la Iglesia constituida, por lo que su redacción refleja este estadio. Aparte de la testificación judicial, se decía en la Torah: “El que reprende a su prójimo (judío) por amor a Dios, tendrá parte con Dios.”

No se trata, desde luego, de establecer una reglamentación jurídica; se supone la Iglesia ya constituida, y se da una instrucción sobre el buen uso de la misma en la comunidad. Cristo no estableció reglas, sino principios.

En el momento histórico en que Cristo pronuncia la sentencia, acaso pudo ser una censura sobre el rigorismo juridicista de la sinagoga, y que se aplicaría ahora a los usos disciplinarios de una comunidad eclesial, posiblemente siro-palestinense.

¿Exige esta enseñanza de Jesucristo la realización sistemática de ese triple estadio de recursos? Los incluirá en ocasiones. Pero la enseñanza directa de Jesucristo es el celo y discreción en el ejercicio de la caridad. Puede ser una argumentación por “acumulación” y analógica a otra enseñanza sobre la caridad, dada por Jesucristo, en la que aparece un triple estadio ante el “juicio,” el “sanedrín” y la “gehenna de fuego” (Mt 5:21-22).

En esta forma “acumulativa” se somete, por último, al que no reconoce su “pecado,” al juicio de la Iglesia. La doctrina que se enseña es de importancia capital. La Iglesia se halla dotada de verdaderos poderes judiciales: puede castigar, y esto supone que puede juzgar. No es más que la enseñanza de la Iglesia como sociedad perfecta, dotada de todos los medios — poderes — para poder realizar su fin. Por eso se dirá expresamente que todo lo que atareis en la tierra quedará atado en el cielo, y viceversa. Las expresiones “atar” y “desatar,” conforme a la literatura rabínica, significan “permitir” o “prohibir” . La Iglesia, por tanto, está dotada de estos plenos poderes. En el contexto se refiere a los apóstoles — μαθηται — (Mt 18:1). Si el recurso a la Iglesia supone en ésta tal tipo de poderes, el destacarse aquí el poder de los apóstoles hace ver que se pone en cuanto eran “jefes” de la Iglesia.

Este poder conferido a la Iglesia en nada va contra el pleno poder personal conferido a Pedro, y que relata el mismo Mt (Mt 16:13-19). Pero este poder conferido a la Iglesia, en el contexto es a los apóstoles (v.18:1), y lo exige aquí el mismo texto: “Cuanto atareis. (vosotros).” No es, pues, poder conferido al laicado ni a cada uno de los fieles. Porque el poder que tiene la Iglesia — sociedad — supone una jerarquía, que es la que formalmente está dotada de tales poderes. Y si el v. 18 estuviese desplazado de su propio lugar, habría que reconocer que su inserción aquí sería una interpretación de Mt al v.17, y siempre quedaría el “poder” que se concede a la Iglesia, sin decirse que se concede a cada uno de los fieles, lo que tiene que ser, además, interpretado en función de esta jerarquía, pues el “díselo a la Iglesia” supone el decírselo al que tiene el “poder,” que es la jerarquía. Lo contrario sería, sencillamente, imposibilitar el recurso al “poder” de la Iglesia. A lo que se une, con valor interpretativo, a la hora de la composición de los evangelios, la enseñanza y vida práctica de la misma.

Acaso podría sugerir el tenerlo como “un pagano y un publicano”, el que estaban separados, no pertenecientes a la Iglesia, o que ésta lo hubiese separado oficialmente de la misma — ”excomunión” (1 Coro 5:4-5) —, por lo que se le podría tener por todos, sin escándalo, como a “un pagano y a un publicano.” Eran, por otra parte, los poderes que ya existían en la Sinagoga — el herem —, y que eran eficazmente ejercidos por la jerarquía, como aparece incluso en el Evangelio (Jn 9:22) 20. Sin embargo, el texto no pone expresamente una excomunión oficial, sino sólo “sea para ti” como un separado. Acaso sea un modo de suponerla o de advertir que es digno de ella.

Bonnard piensa que atar y desatar, en este contexto, no significa, probablemente, prohibir o permitir, sentido corriente en la casuística rabínica, sino pronunciarse contra una medida disciplinar propuesta en la Iglesia contra un hermano.” El v.18 tiene todo el aspecto de estar fuera de su propio contexto, pues no tiene una conexión literaria inmediata con el v.17. Lo tendría mejor con el v.14; cf. Mt 18:12 (“vosotros”). Por tanto, permanece con la amplitud de poderes que requiere la misión de la jerarquía de la Iglesia (cf. Hch 15:6.23.28; comp. Hch 15:22).

Este tema debe de ser evocado por la palabra Iglesia. Esta presencia de Cristo haría ver la rectitud de sus juicios.

Si dos o más oran juntos al Padre celestial, “lo conseguirán.” En la perspectiva se supone que no pedirán nada al margen de lo que deba pedirse. Aparte que aquí en lo que principalmente se insiste es en la eficacia de la oración en común. ¿Por qué esta eficacia? Porque, cuando éstos están reunidos “en mi nombre” — conforme al sentido rabínico, “por causa de él.,” “en nombre de él.” —, “allí estoy yo en medio de ellos.” Era ya creencia en Israel la fuerza religiosa de la oración hecha en reunión, en sinagoga. Así decía un rabino “que las oraciones hechas en las sinagogas, al momento en que la comunidad ora, son oídas.” Esto se deduce del midrasch de Job (Hch 36:5): Dios no desprecia la multitud.

Pero Jesús potencializa esta oración cristiana por tres motivos: a) por no exigir la oración en “sinagoga,” sino que le basta la reunión de “dos o tres”; b) porque han de estar reunidos en su “nombre”; c) por la garantía de estar El mismo presente entre los que oran así. Esta reunión con Cristo, que no les hará pedir nada al margen de su voluntad (Jn 15:7.17), les hará recibir, además de la fuerza de su vinculación (Jn 15:5; Jn 14:13.14; Jn 15:16; Jn 16:23.24), la presencia mística y complacida de Jesucristo “en medio de ellos.” El tono “sapiencial” con que está formulada la concesión de lo que se pida, indica el poder de Cristo.

Se defiende, por razones filológicas y alguna otra observación, que esta reunión de “dos o tres” se refiere a un acto litúrgico, y que precisamente estos “dos o tres” son los oficiantes. Sus razones, de interés algunas, no son decisivas. Aunque la redacción acuse un tono eclesial, el núcleo fundamental es de Cristo. Acaso, primitivamente, Cristo habló de la presencia de Yahvé en las reuniones religiosas ambientales, que, naturalmente, se identificaron con Cristo al saberle Dios. Aunque también es muy probable que Cristo animase a los suyos con la promesa de su presencia entre ellos (cf. Mt 28:20), y que, conocida plenamente su divinidad, se identificase con la presencia de Yahvé entre los suyos.

Buzy ha hecho a este propósito una consideración sumamente sugestiva. Dice así:

“Los judíos creían en la presencia de la Shekhiná entre ellos; en suma, en la presencia de Dios.” Rabí Ranina bar Teradjon (sobre 135) decía: “Si dos personas están reunidas y hablan de la Torah (la Ley), La Shekhiná mora entre ellos.” La Shekhiná era la sensibilización de la presencia de Dios. “Cuando los fieles se ocupan uno con otro, Yahvé los oye y los escucha. ¿Por qué Dios se llama maqom, “El Lugar”? Porque, en todo lugar donde se encuentran los justos, allí también se encuentra Dios entre ellos.” Pero después que Jesús habita entre los hombres, Él es entre ellos una Shekhiná, una habitación concreta y viva de Dios. Hoy estamos acostumbrados a esta afirmación y a todas las afirmaciones semejantes. Pero es preciso que la costumbre (en su sentido ambiental) no nos vele el sentido y la fuerte intención de tales palabras. Ellas equivalen a una nueva afirmación de la divinidad. Todos los textos que mencionan una presencia misteriosa en el seno de una comunidad dicen que es la de Dios. Pero ahora Jesús sustituye a La Shekhiná, a la “Piedra,” al “Lugar.” El reivindica para sí el tributo de la presencia y de la omnipresencia. ¿Quién osaría hablar así? Una criatura no podría, sin sacrilegio, sustituir a Dios. Aquel que osa compararse a Dios lo hace en un tono el más seguro y tranquilo. La sola explicación plausible es que Jesús se considera Dios.”



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