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Evangelio del día 14 de septiembre, 2019

En aquel tiempo, Jesús dijo a Nicodemo: “Nadie ha subido al cielo sino el Hijo del hombre, que bajó del cielo y está en el cielo. Así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna.

Porque tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él’’. (Jn 3, 13-17)


El mensaje de Cristo — revelación — es muy amplio y muy sublime. Por eso, Cristo, ante esta perspectiva de la revelación total, y al ver la reacción ante las cosas más accesibles, le dice que si, “hablándoos de cosas terrenas, no creéis, ¿cómo creeríais si os hablase de las cosas celestiales?”

Ya el autor del libro de la Sabiduría, aunque en un orden más inferior de conocimiento, había hecho esta comparación: “Pues si apenas adivinamos lo que en la tierra sucede y con trabajo hablamos lo que está en nuestras manos, ¿quién rastreará lo que sucede en el cielo?” (Sab 9:16).

Pues aquí se trata de misterios profundos de la fe. No se trata del modo de expresar estas verdades, que se expresan al modo de los hombres, sino del mismo contenido real de las mismas.

Y de éstas, unas pueden ser “terrenas,” no porque no sean verdades de revelación y contenido sobrenatural, y, por tanto, objeto de fe, sino porque esos misterios se realizan o están en la tierra (v. 12a). Así, se acaba de hablar del bautismo, que se administra a los hombres “sobre la tierra,” y no sólo se ve su rito, sino que hasta se pueden “experimentar” de alguna manera sus efectos en el que lo recibe (Jn 7:17; Jn 4:14).

Pero hay también otras realidades totalmente inaccesibles y celestiales. Son las que aquí se dice que están, etimológicamente, “sobre los cielos.” Son los misterios de la vida íntima de Dios, el misterio trinitario, etc. Pero aquí, sobre todo, el misterio que está en situación es el misterio del origen divino del Hijo del hombre y la gloria que por ello le corresponde” (Jn 6:62; Jn 8:23; Jn 17:4.5.8.11.24).

Mas la enseñanza de estas verdades inaccesibles al hombre está bien garantizada. Nicodemo quizás se preguntase cómo podía conocer Cristo estas verdades. Pues, aunque lo consideraba, al menos, como un profeta (Jn 3:2), ¿podría un profeta sondear los mismos misterios de Dios? A esto previene la respuesta y enseñanza de Cristo (Hch 1:24).

Los “apocalipsis” apócrifos judíos contienen leyendas de personajes santos que fueron transportados al cielo. Así lo admitían para Henoc, lo mismo que en la Escritura se recoge esta creencia para Elías (1 Re c.2), que había sido transportado al edén celestial. No obstante, se negaba esto para Moisés y Elías en otros medios rabínicos.

Pero no es a esto a lo que se alude para superarlo. Cristo reivindica para sí un conocimiento único y excepcional. Se lo formula así:

“Nadie subió al cielo

sino el que bajó del cielo,

el Hijo del hombre, que está en el cielo.”

Aunque la frase está construida por el evangelista conforme a un “paralelismo” hebreo, la frase del primer hemistiquio — subió al cielo — se refiere manifiestamente a la ascensión de Cristo al cielo (Jn 6:62), contrapuesta a que Cristo bajó del cielo en la “encarnación” (Jn 1:14a; Jn 6:38.41.51). Todo esto es claro para los lectores de Jn después del “prólogo” de su evangelio.

Pero, como si se quisiera corregir una mala interpretación de estas expresiones, se destaca el sentido de las mismas. El Hijo del hombre, que “subió” al cielo en la “ascensión” y que “bajó” del cielo en la “encarnación,” no por eso dejó jamás de estar “en el cielo,”

La expresión el Hijo del hombre, “que está en el cielo,” es críticamente muy discutida. Falta en varios códices muy importantes. Se interpretaría mejor de una adición hecha al modo de Jn (Jn 1:18), para precisar el sentido ortodoxo de la frase, evitando posibles errores de interpretación.

Cristo le está diciendo a Nicodemo que su morada es el cielo, por lo que El penetra los misterios más profundos y “supercelestiales.” Cristo no manifiesta esta revelación al estilo del oficio de los ángeles, puesto que vincula su conocimiento a pertenecer a una esfera totalmente trascendental. La divinidad de Cristo se está manifestando aquí a través de los procedimientos argumentativos y característicos bíblicos judíos. Máxime después del “prólogo.”

Precisamente en el libro de Baruc hay un pasaje que ambienta hasta con exactitud literaria este pasaje. Se lee, entre otras cosas, lo siguiente:

“¿Quién subió al cielo y se apoderó de ella (la Sabiduría!,

y la hizo descender de las nubes?

....................................

No hay quien conozca sus caminos

ni quien tenga noticia de sus senderos;

pero el que sabe todas las cosas la conoce,

y con su inteligencia la descubre.

..................................................

Este es nuestro Dios, ninguno otro cuenta a su lado para nada” (Bar 3:29.32a.36).

El pensamiento del evangelista es claro. Pero ¿habrá hablado Cristo a Nicodemo con esta claridad? El evangelista, sin duda, explica aquí la doctrina. Se está en teología de Jn.

El Hijo del Hombre es Autor de la Salud, Bar 3:14.-15.

Pero en esta revelación que Cristo está haciendo, no sólo se presenta El como objeto de fe, sino también de vida. Y precisamente esta vida la presenta huyendo de su misma muerte redentora.

La enseñanza se hace con la referencia a la escena de la serpiente de bronce en el desierto. A la protesta de los hijos de Israel en el desierto de Faraon. Dios envía contra ellos serpientes venenosas, cuyas mordeduras eran cáustico-febriles y causadoras de muerte. Reconociendo el pueblo su pecado, pide perdón. Y Yahvé ordena a Moisés hacer una serpiente de bronce y ponerla bien a la vista, sobre un asta. Y todos cuantos, habiendo sido mordidos, la mirasen, sanarían (Num 21:5-9).

Pero ya el autor del libro de la Sabiduría comentaba: “El que se volvía a mirarla no era curado por lo que veía, sino por ti, Salvador (Yahvé) de todos” (Sab 16:7). Por eso, el mismo autor llama a aquella serpiente de bronce “símbolo de salvación” (Sab 16:6).

Aquella imagen era una ordenación “típica” hecha por Dios, en el A.T., de la plena realidad de Cristo en la cruz.

Si la evocación “típica” de la escena mosaica en el desierto se hace ahora, lo es para recordar el pasaje y contrastar la superioridad de la obra de Cristo, verdadero Liberador y Redentor, sobre el primer liberador, Moisés (Jn 1:17; Jn 5:45). Es un intento “tipológico” del evangelio de Jn y del Ν. Τ., bien conocido.

El pecado fue introducido por la seducción de la gran serpiente (Gn 3:1ss), que es el diablo (Jn 8:44). Los hombres se encuentran “mordidos” por la serpiente, y están condenados a la muerte. Pero Dios dispone el plan salvador de ellos. Análogamente a la serpiente de bronce, levantada en alto, así “es preciso que el Hijo del hombre sea elevado.”

El verbo que se usa, “elevar” (ύψόω ), se emplea por Jn, sea para significar la “elevación” a la cruz, sea para expresar la “glorificación” de Cristo (Jn 8:28; Jn 12:32.34). Pero, en Jn, la muerte de Cristo, su “elevación” a la cruz, es un paso a su “glorificación”: glorificación en la manifestación de su divinidad en su resurrección, en su ascensión.

Por eso, esta “elevación” de Cristo queda redactada en forma elíptica, por el evangelista para dejar la sugerencia amplia de la necesidad de “ver” a Cristo “elevado,” que es “verle” como Hijo de Dios. El mismo dijo: “Cuando levantéis (vosotros) al Hijo del hombre (en la cruz), entonces conoceréis que soy yo” (Jn 8:28), por la gloria de su resurrección, el Mesías-Hijo de Dios. Es decir, por la “elevación” de El a la cruz conocerán la “elevación” de El donde estaba antes “de la creación del mundo” (Jn 17:24), que es de donde El “bajó” (Jn 3:13), del “seno del Padre” (Jn 1:18).

Dados los prejuicios judíos sobre el Mesías, nacional y político, en la expresión “así conviene que sea levantado el Hijo del hombre,” existe cierto énfasis, para indicar con ello que éste es el verdadero trono de gloria del Mesías.

Es, por tanto, a Cristo, así “elevado” en la cruz, como es necesario “verle” y “creer” en El para tener la “vida eterna.” Para Jn, “ver” y “creer” son sinónimos (Jn 6:40). A la “visión” de la serpiente de bronce corresponde aquí otro modo de visión, que es la “fe” en El. Sólo esta fe en ver a Cristo elevado en la cruz y muerto como Mesías e Hijo de Dios da la “vida eterna.” Es éste un misterio esencial.

La lectura de una parte de este pasaje tiene dos formas en los códices:

a) “El que cree tenga en El vida eterna.”

b) “El que cree en Él tenga vida eterna.”

La valoración crítica es muy discutida. Es bastante frecuente admitir la primera. Fundamentalmente, el pensamiento no cambia.

Naturalmente, esta fe que se exige no exime de las obras. Si la expresión tiene aquí sentido afirmativo, no lo tiene exclusivo. No puede ponerse nunca a Cristo en contradicción consigo mismo, ni tampoco al evangelista, el cual dice en el v.21 de este mismo capítulo que “el que obra la verdad viene a la luz,” pues esas obras “están hechas en Dios.”

Reflexiones del evangelista, Jn 3:16-21.

Discuten los autores si estas palabras que anteceden (v. 16-21) son de Cristo o son “consideraciones” del evangelista penetrando la doctrina de Cristo. Y las razones que hacen ver como más probable, que son “consideraciones” del evangelista, son las siguientes:

Las expresiones que se leen aquí: “Hijo unigénito” (v.16-18), “creer en el nombre” (v.18), “hacer la verdad” (v.21), nunca aparecen en boca de Cristo; por el contrario, son expresiones propias de Jn, como se ve en otros lugares suyos (Jn 1:14.18; 1Jn 1:16; 1Jn 3:23; 1Jn 4:9; 1Jn 5:13). La misma forma aquí usada (ούτως γαρ ; ν . 16), que abre la sección, es la que Jn suele utilizar para expresar sus propias consideraciones (Jn 2:25; Jn 4:8; Jn 5:13.20; Jn 6:33; Jn 13:11).

El mismo tono impersonal en que se habla no es de Cristo. Es el tono de una persona distinta; no es el tono del que habla de su propia doctrina. A lo que se añade que estos versículos no añaden doctrina nueva.

Siendo esta perícopa reflexiones teológicas hechas por el evangelista con motivo de la doctrina expuesta por Cristo, la unión de este pasaje con lo anterior es sólo lógica. A Juan le interesa, más que el hecho histórico de Nicodemo, cuya persona pronto olvidó, la doctrina salvífica que Cristo expuso y el estado psicológico de tantos contemporáneos de Nicodemo y del evangelista, como lo acusa igualmente en el “prólogo” de su evangelio y de sus epístolas.

El Fin de la Obra de Cristo es la Salvación de los Hombres, Jn 3:16-18.

Ante la “elevación” de Cristo en la cruz, como “antitipo” de la serpiente de bronce del desierto, el evangelista ve en ello la obra suprema del amor del Padre por el “mundo.” Este tiene dos sentidos en Jn. El “mundo” es la universidad étnica, contrapuesta a Israel (Jn 4:42; Jn 6:33.51; Jn 12:47); pero frecuentemente lleva un matiz pesimista: los hombres malos (Jn 1:10; Jn 12:31; Jn 16:11; 1Jn 2:16; 1Jn 4:4ss; 1Jn 5:19).

Aquí, pues, el contraste está entre el “amor” profundo que el Padre demostró al “mundo” malo con la prueba suprema que le dio. Pues “entregó” a su Hijo unigénito. Este no sólo se “encarnó,” no sólo fue “enviado,” sino que lo dio, que en el contexto es: lo entregó a la muerte. Acaso esté subyacente en Jn la tipología del sacrificio de Isaac: Padre/Hijo.

Pero la muerte de este Hijo unigénito tiene una finalidad salvadora para ese “mundo” malo. Y es que todo el que “crea en El,” que es, en la teología yoannea, valorarlo como el Hijo de Dios, pero entregándosele como a tal (Jn 6:26ss; Jn 15:5), “tenga la vida eterna.”

El evangelista resalta que el Padre no envió a su Hijo para que “condene” al mundo, sino para que éste sea salvo por El. Este insistir pleonásticamente en forma antitética negativo-positiva (semitismo), en esta obra de no “condenación” del mundo por Cristo, mira a precisar la misma ante las creencias divulgadas en aquel medio ambiente, según las cuales habría un castigo previo a la venida del Mesías — los “dolores mesiánicos” — , y haciéndole intervenir a El como ejecutor de los mismos en su obra. Ni va esto contra los poderes judiciales de Cristo, ya que, primordialmente, vino a salvar.



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