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Evangelio del día 15 de abril, 2019

Seis días antes de la Pascua, fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Allí le ofrecieron una cena; Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa. María tomó entonces una libra de perfume de nardo auténtico, muy costoso, le ungió a Jesús los pies con él y se los enjugó con su cabellera, y la casa se llenó con la fragancia del perfume.

Entonces Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que iba a entregar a Jesús, exclamó: "¿Por qué no se ha vendido ese perfume en trescientos denarios para dárselos a los pobres?" Esto lo dijo, no porque le importaran los pobres, sino porque era ladrón, y como tenía a su cargo la bolsa, robaba lo que echaban en ella.

Entonces dijo Jesús: "Déjala. Esto lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tendrán siempre con ustedes, pero a mí no siempre me tendrán".

Mientras tanto, la multitud de judíos, que se enteró de que Jesús estaba allí, acudió, no sólo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, a quien el Señor había resucitado de entre los muertos. Los sumos sacerdotes deliberaban para matar a Lázaro, porque a causa de él, muchos judíos se separaban y creían en Jesús. (Jn 12, 1-11)


Jn sitúa con precisión cronológica esta escena: fue “seis días antes de la Pascua.” Los sinópticos no la sitúan cronológicamente. La narran en un contexto en el que se dice que “dentro de dos días es la Pascua” (Mt 26:2; Mc 14:1). Pero es debido a que los sinópticos la incrustan en un contexto lógico por razón de la muerte inminente de Cristo, que se anuncia en los versículos anteriores, lo mismo que por la venta que de él hace Judas, y que es narrada inmediatamente después de este episodio.

Situada esta escena, alusiva a su muerte y sepultura, en el comienzo de su pasión y terminándose ésta con su muerte y sepultura, esta narración viene a ser una especie de “inclusión semítica.”

¿Dónde fue este convite? Para Mt-Mc en “casa de Simón el leproso.” Jn, pensando en las personas centrales que le interesan — Jesús, Marta, María, Lázaro, Judas — viene a producir un espejismo literario, como si la cena fuese en casa de Lázaro, aunque el análisis de matices lo conecta con los sinópticos, v.gr., Lázaro estaba en Betania, a quien Jesús había resucitado, y “allí” (éxet), en Betania, le dieron una cena. De ser en casa de Lázaro, lo lógico era decir que se la dieron en casa de Lázaro; pero sólo dice que “allí” en Betania, estaba Lázaro.

En cambio, se dice que Lázaro “era uno” (είς ) de los que estaban reclinados (a la mesa) con él (v.2c).

Mientras los sinópticos hacen el relato diciendo que María derramó el ungüento sobre la cabeza de Cristo, sin más, Jn, omitiendo esto, destaca precisamente que derramó este perfume sobre los pies de Jesús: los “ungió” y luego los “secó” con sus cabellos.

El rasgo menos normal, y que puede Jn tomarlo y ponerlo aquí del relato de Lc — oral o escrito — es el de la “pecadora” (Lc 7:38-44-46); la cual, después de “lavar con lágrimas” los pies del Señor, los secaba “con sus cabellos” y los besaba y ungía con “perfume.” Aquí, María no lava los “pies” de Cristo con sus lágrimas — pues la cortesía había ofrecido ya agua para lavarse —, pero sí los “ungió” (ήλειψεν ) con “ungüento de nardo” y “los enjugó” (¿ξέρ ,αξεν ) con sus cabellos.” Este rasgo es, más que extraordinario, extraño. “Ungir la cabeza era una práctica común (Mt-Mc), pero la unción de los pies era desconocida; limpiar el ungüento con los cabellos resultaría, al menos, desacostumbrado; además, una mujer judía respetable difícilmente habría comparecido en público con el cabello suelto.”

La razón de esto es a un tiempo lo excepcional y lo simbolista.

Cuando Lázaro resucita, sale del sepulcro “ligados con vendas los pies y las manos, y el rostro envuelto en un sudario” (Jn 11:44). Pero estas “vendas” que “ataban” a Lázaro estaban impregnadas en los perfumes mortuorios (Jn 19:39.40). Así, Jn, al destacar sólo este rasgo excepcional, evocaba mejor, típicamente, la interpretación funeral que de aquella acción iba a dar el mismo Cristo: “Dejadla; lo guardó para el día de mi sepultura” (v.7).

Parecería que María había oído alguna vez la proximidad de su muerte y habría comprado aquel perfume para emplearlo en el embalsamamiento judío del cuerpo del Señor. Pero no es éste el sentido. Habría que suponer muchas cosas. El espíritu del relato es otro, y con él coincide lo que dicen los sinópticos.

Mc lo precisa: ella se adelantó a “perfumar mi cuerpo para la sepultura” (Mc 14:8; cf. Mt 26:12).

Este perfume que María tenía, al emplearlo así en Cristo, por deferencia, cuya muerte era inminente, vino, sin saberlo, como acaece en otros episodios del evangelio de Jn (Jn 11:51; Mt 19:24), a cumplir un rito simbólico que, si era homenaje a Cristo, venía a evocar y a ser una anticipación del embalsamamiento que harían de su cuerpo después de su muerte. Es un trozo más del valor histórico-simbolista del evangelio de Jn.

Después de relatarse esta escena, Jn añade: “Y la casa se llenó del olor del ungüento” (v.3c). Si con ello se quiere destacar pleonásticamente la intensidad, pureza y valor de aquel perfume acaso pudiera también tener ello un valor simbolista. Podría aludir a lo que recogen Mt-Mc sobre la divulgación de aquella acción, y que estaba en el ambiente de la tradición cristiana primitiva: “donde se predique este evangelio, en todo el mundo, se dirá también lo que ella ha hecho, para su memoria” (Mt 26:23; Mc 14:9).

Los sinópticos dicen que, ante esta acción, los “discípulos” protestaron, porque se podía haber vendido este perfume y haber dado su importe a los pobres. Pero Jn matiza y pone en evidencia que fue Judas (Jn 6:70; Jn 13:21-30; Jn 17:12). Porque él fue el iniciador o el más fuerte objetante a esto, y al que luego, ingenua e incautamente, se le habían unido algunos discípulos.

Y Jn declara que el motivo es que Judas era “ladrón,” que robaba de la pequeña “caja” del colegio apostólico. Pero a ello le respondió Cristo.

La frase con que Cristo dice que “a los pobres siempre los tenéis con vosotros” (v.7b), no tiene un valor profético. Es un enunciado de tipo “sapiencial” y teniendo en cuenta el curso ordinario de las cosas.

Es lo que se leía con esta misma perspectiva en la Ley: “Nunca dejará de haber pobres en la tierra” (Dt 15:11). Y en los escritos rabínicos se lee que, en los días del Mesías, “siempre habrá pobres”.



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