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Evangelio del día 2 de julio, 2019

En aquel tiempo, Jesús subió a una barca junto con sus discípulos. De pronto se levantó en el mar una tempestad tan fuerte, que las olas cubrían la barca; pero él estaba dormido. Los discípulos lo despertaron, diciéndole: “Señor, ¡sálvanos, que perecemos!”

Él les respondió: “¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?” Entonces se levantó, dio una orden terminante a los vientos y al mar, y sobrevino una gran calma. Y aquellos hombres, maravillados, decían: “¿Quién es éste, a quien hasta los vientos y el mar obedecen?”. (Mt 8, 23-27)


Con matices distintos narran este hecho los sinópticos. Sintetizado, como es su costumbre, Mateo; colorista, Marcos; intermedio, Lucas. Sin embargo, en todos reviste el carácter de impresionante.

Sucedió cronológicamente de inmediato a la curación de los endemoniados gerasenos (Mt y Lc). Marcos precisa que fue “en la tarde” del día en que Cristo tuvo la gran jornada de las parábolas (Mc 4:35; Mc 4:1).

La descripción es tan realista como hábilmente “tipológica.” Estas tormentas del lago son tan rápidas como imponentes. Lc es el que usa el término preciso: “descendió” (χατέβη) un gran torbellino de viento sobre el lago. Situado éste a 208 metros bajo el nivel del Mediterráneo, el efecto es el de una caída imponente de masa de aire que pone en enorme agitación el lago. Testigos presenciales describen estas tormentas como estando “cubiertos” por las olas los que iban en barca, lo mismo que el peligro de zozobrar, al no poder achicar el agua. Esta tormenta evangélica fue muy grande. Mt va destacando una serie de datos que le valen su descripción “tipológica” de la grandeza de Cristo, que mira por sus “discípulos” que van en la barca. Lc “siguen” en la barca por su mandato (Mt 8:18); en el intervalo inserta hábilmente la doble escena del “discipulado.” En la barca tienen fuerte angustia ante la tormenta imponente, mientras Jesús “dormía.” Pero con El vendrá la calma y la calma de los “suyos.” Mc-Lc ponen a los discípulos despertando a Cristo; Mc, reflejando el estadio primitivo de la tradición, lo pone en forma demasiado espontánea (Mc 4:38). En Mt (v.25) es casi una oración, que acaso proceda en su redacción del uso litúrgico (Mt 14:30); Mc-Lc lo llaman “Maestro” (Rabí); Mt pone la expresión “Señor” (Κύριος), con la que lo confiesan dotado de poderes divinos (Mt 8:2-6; Mt 9:28; Mt 15:27; Mt 17:15; Mt 20:30), término con el que la Iglesia primitiva, a la hora de la composición de los evangelios, confesaba la divinidad de Cristo.

Los discípulos habían visto milagros; pero ante aquel espectáculo cósmico quedaron especialmente impresionados. Les faltó “confianza” en El, aún dormido. Es un aspecto de la gran lección, y que Él les reprocha. El siempre vigila por los suyos. Mc-Lc acusan la “admiración” de los “discípulos.” Ellos lo conocían como taumaturgo y Mesías. Pero iba habiendo un climax en la revelación de su persona. Por eso, ellos preguntan “admirados” quién sea este al que obedecen los vientos y el mar embravecidos. En el A.T. era Dios el que dominaba el mar embravecido (Sal 88:10; Job 26:12; Is 51:10). La vía hacia su divinidad se va abriendo. Sólo Dios había “separado” las aguas (Gn 1:9; Ex 14:21ss) y “juntado” las aguas en el diluvio sobre la humanidad (Gn 7:10ss).

En Mt esta pregunta la hacen no los “discípulos,” sino los “hombres.” Es la repercusión que este hecho tuvo, por su divulgación, en las gentes. Y hasta se piensa que pueda ser eco de los debates de los predicadores cristianos de la primera mitad del siglo I con los “hombres” del mundo grecorromano. Probablemente es el intento central de Mt destacar esta falta de confianza en el Mesías.

La tradición cristiana vio, reiteradamente, en este milagro un “signo” de la historia de la Iglesia, zozobrada la barca de Pedro por las tempestades, mientras parece que Cristo, que va en ella, duerme; lo mismo que se le consideró también, por un análogo motivo, como tipo del alma cristiana atacada por las pasiones. Es muy probable que Mt refleje en ello — la “barca” — las primeras persecuciones de la Iglesia, en el triunfo asegurado de Cristo en ella.



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