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Evangelio del día 21 de mayo, 2019

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "La paz les dejo, mi paz les doy. No se la doy como la da el mundo. No pierdan la paz ni se acobarden. Me han oído decir: 'Me voy, pero volveré a su lado'. Si me amaran, se alegrarían de que me vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Se lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, crean.

Ya no hablaré muchas cosas con ustedes, porque se acerca el príncipe de este mundo; no es que él tenga poder sobre mí, pero es necesario que el mundo sepa que amo al Padre y que cumplo exactamente lo que el Padre me ha mandado''. (Jn 14, 27-31)


Cristo no quiere que se “turben” con su partida, pues les deja “su” paz. La paz (shalom), entre los judíos, abarca todos los bienes y es sinónimo de felicidad. La paz verdadera era una promesa mesiánica (Ez 37:26; Is 9:6). No es la paz que Cristo les anuncia y da como la del mundo. Esta es paz externa, alejada de molestias. La de Cristo es paz íntima, inconturbable en el fondo del alma, pero compatible con persecuciones por El. Ni sería improbable que esta paz a que alude se refiera a la triple “venida” de que acaba de hablarles: el gran don trinitario en ellos. Concretamente alude a su “vuelta,” que es a esa “venida” de que les habló.

Además, si de verdad le aman, no deben entristecerse, pues han de desearle lo mejor. Y El “va al Padre, que es mayor que Yo.” ¿En qué sentido el Padre es “mayor” que Cristo? Se han propuesto diversas soluciones:

1) En cuanto hombre. Es la interpretación seguida entre los latinos desde el siglo IV. No parece que sea este el sentido. Era demasiado evidente que el hombre es inferior a Dios. Además, Jn no disocia en Cristo el Hombre-Dios.

2) En cuanto Hijo de Dios recibe de él, al “engendrarlo,” la naturaleza divina. Por eso el Padre, como principio, es superior (Ef 1:3.17). Antes del siglo IV se defendió esto, sin matizar bien el sentido, dando lugar a imprecisiones que podrían llevar al “subordinacionismo.” Posteriormente al siglo IV lo sostienen varios Padres griegos.

Pero Jn habla del Verbo encarnado. Y en el evangelio, Cristo, Verbo encarnado, confiesa que es igual al Padre (Jn 10:30). Tampoco esta solución responde al contexto. Cristo les deja como razón para que se “alegren” que el Padre es “mayor” que Él. Pero los apóstoles, en aquel estadio cultural-religioso, no podían comprender esta altísima razón para alegrarles.

3) La interpretación que parece estar más en consonancia con el contexto total del evangelio de Jn es la que valora esta frase dicha por el Verbo encarnado, ya que Jn no disocia estas dos realidades. Por eso, el sentido de la frase es que el Padre es “mayor” que El, no en cuanto el Verbo recibe por eterna generación la naturaleza divina, sino que, en cuanto es el Verbo encarnado, por la “communicatio idiomatum,” se proclama, por razón de su naturaleza humana, inferior al Padre. Es el sentido en que se habla abiertamente en otros pasajes de Jn (Jn 6:62; Jn 16:28; Jn 17:5.24). San Agustín lo comentaba así: “En cuanto aquello por lo cual el Hijo no es igual al Padre se iba al Padre.”

Pero el aviso tiene valor apologético: no lo van a coger de sorpresa, es Él el que se somete libremente a los planes — obediencia — del Padre. Y tan inminente es, que pone la venida del “príncipe de este mundo,” Satanás, en presente (futurus instans). Es la lucha entre la luz y las tinieblas, el fondo satánico que mueve hombres y pasiones contra Cristo. En las “tentaciones” de Cristo, Satanás, “se retiró hasta el tiempo” determinado (Lc 4:13).

Satanás viene ahora a través de sus instrumentos, especialmente de Judas Iscariote, en cuyo “corazón” había puesto el “propósito” de entregarlo (Jn 13:2), luego “entró” en él para consumar su obra de muerte (Jn 13:27). Pero, aunque parece su muerte una derrota, no es que Satanás “tenga en mí nada,” como si viniese para castigarle conforme a la creencia judía. Cristo es la misma santidad. Y Cristo no va a un reto, va a ejercer un acto supremo de amor al Padre al cumplir el “mandato” de su muerte. Va así a demostrar al “mundo” malo, y al Padre, que lo ama cumpliendo su “mandato.”

Y puesto que el “mandato” estaba dado y la “hora” llegada, Cristo da la orden de partida. “Levantaos,” de los lechos o esteras sobre los que estaban “recostados” en la cena; “vamos de aquí.” La orden es terminante. Estas palabras cierran el desarrollo histórico de la narración. El capítulo 17, la “oración sacerdotal,” aparece como un epílogo-apéndice de aquel acto. Por eso, este final y esta orden se entroncan, históricamente, con el principio del capítulo 18, en que ya salen para Getsemaní.



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