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Evangelio del día 4 de mayo, 2019

Al atardecer del día de la multiplicación de los panes, los discípulos de Jesús bajaron al lago, se embarcaron y empezaron a atravesar hacia Cafarnaúm. Ya había caído la noche y Jesús todavía no los había alcanzado. Soplaba un viento fuerte y las aguas del lago se iban encrespando.

Cuando habían avanzado unos cinco o seis kilómetros, vieron a Jesús caminando sobre las aguas, acercándose a la barca, y se asustaron. Pero él les dijo: "Soy yo, no tengan miedo". Ellos quisieron recogerlo a bordo y rápidamente la barca tocó tierra en el lugar a donde se dirigían. (Jn 6, 16-21)


El episodio del caminar Cristo sobre las aguas del lago de Tiberíades lo cuentan, además de Jn, los sinópticos (Mt-Mc). Del relato, complementado por estos tres evangelistas, se ve que hubo en ella tres milagros: la deambulación milagrosa de Cristo sobre las aguas, la de Pedro (Mt) y el cesar la tempestad ante la presencia de Cristo.

Pero Jn, atento a relatar la escena como transición histórica al discurso eucarístico del “Pan de vida” y al ilustrar, apologéticamente, la posibilidad eucarística por el hecho de esta deambulación milagrosa de Cristo, omite el pasaje de Pedro y sugiere el tercer efecto milagroso: el serenarse el mar alborotado ante la presencia de Cristo y su dominio en aquel escenario.

Jn sitúa esta escena “llegada la tarde.” El término es muy amplio y ha de determinarse en cada caso. La “tarde” aquí era, probablemente, después de las primeras vísperas de la misma, aunque no muy lejana la puesta del sol.

Los discípulos despedidos, “forzados” por Cristo, se embarcan. Y se dirigen “al otro lado del mar (lago) hacia Cafarnaúm.”

Esta dirección local constituye una dificultad ya célebre. Jn dice que se dirigían “al otro lado del mar,” es decir, del lago de Tiberíades, y precisa aún más: “hacia Cafarnaúm”; en el v.21b se dice que la barca llegó “a donde se dirigían”; y en el v.24 las turbas aparecen buscándole al día siguiente en Cafarnaúm, donde pronunció su discurso sobre el “Pan de vida.” Pero, en cambio, mientras Mt sólo dice que los mandó “precederle a la otra orilla” del lago (Mt 14:22), Mc, al describir esta misma escena, pone que los mandó “precederle al otro lado, hacia Betsaida” (Mc 6:45).

Este es uno de los argumentos que se utilizan por algunos autores para admitir la existencia de dos Betsaidas. Esta estaría en Galilea, cerca de Cafarnaúm, y sería la que Jn llama en otro lugar “Betsaida de Galilea” (Jn 12:21), mientras que la otra sería la Betsaida-Julias, situada en la Gaulanítide, pero cerca del lago y del Jordán.

Para los que admiten dos Betsaidas, la divergencia no tiene mayor importancia. Betsaida “de Galilea” (Jn) estaría muy cerca de Cafarnaúm, y si Mc recoge la frase exacta, Jn, al nombrar Cafarnaúm, haría la cita atendiendo al sentido, a la orientación, ya que pone precisamente “hacia Cafarnaúm.”

Los que no admiten la duplicidad de Betsaidas presentan otras soluciones. Algunos autores proponen traducir la partícula “en dirección a” (εις ) por “enfrente de.” Gramaticalmente esto es posible. Pero el término, sin más, no era muy claro. ¿Por qué habían de entender que ir “enfrente de Betsaida” era ir precisamente a Cafarnaúm? Era mucho más sencillo decirles que fuesen a Cafarnaúm.

Posiblemente la solución esté en atenerse más al proceso redaccional de Mc.

Jn dice que los discípulos, “subiendo a la barca, se dirigían al otro lado del mar, hacia Cafarnaúm.”

Pero Mc no matiza tanto. Sólo dice textualmente: “Después obligó a sus discípulos a embarcarse y a precederle al otro lado, hacia Betsaida.”

Y, estrictamente, la frase usada (εις το πέραν ) sólo significa “al otro lado.” Por lo cual es una frase relativa. Este “lado” que se indica, está en función de un punto de partida. Por eso, “el otro lado de un punto cualquiera del lago no es forzosamente la ribera opuesta.”

Admitido esto, se puede explicar muy bien ello en función de un doble proceso redaccional.

Jn cita detenidamente la ida a Cafarnaúm, porque era en realidad el término del viaje, y que a él le interesaba precisar para situar luego allí (Jn 6:59) el discurso del “Pan de vida.”

Mc, en cambio, que no le interesa precisar este escenario local (Mc 6:53), pues no tiene los discursos de Jn, sólo cita, como Mt, vagamente la región en la que Cristo actúa, diciendo que llegaron a Genesaret. O más precisamente: “terminada la travesía,” llegaron a Genesaret. Mc, pues, dice bien que ésta era la región terminal del viaje. Pero recoge en aquel viaje “costero” una primera orientación “hacia Betsaida,” sea porque Cristo, por algún motivo desconocido, les señaló también esto expresamente, sea porque lo explícita así el mismo evangelista, como un punto de referencia para los lectores (acaso por ser la patria de Pedro; Jn 1:44), en aquel viaje “costero,” en el cual Betsaida era la principal ciudad del trayecto.

En esta hipótesis, al decir que navegan “al otro lado” y añadir luego “hacia Betsaida,” la frase puede tener una doble interpretación:

1) El “otro lado” no es la costa occidental, sino el lado opuesto al lugar en donde estaban, pero en la misma ribera. Se les diría: Id “al lado opuesto” o “enfrente” de donde estamos, pero por tierra, indicándose precisamente que este “otro lado” era en dirección a Betsaida.

2) La frase podría constar de dos miembros yuxtapuestos y resultar un tanto elíptica. Se diría: Han de precederle “al otro lado,” que sería la región de Genesaret, en donde estaba Cafarnaúm, y que es donde termina el viaje (Mt 14:34-36; Mc 6:53-56); mas, para llegar allí, han de ir “costeando,” por lo que precisamente se les indica la dirección de Betsaida. Sería: Id a Genesaret, pero “costeando” en la dirección de Betsaida.

Ya cerrada la noche, se alborotó el lago con fuerte oleaje, aunque sin llegar a ser una tempestad como la que en otra ocasión hubo de calmar Cristo (Mt 8:23-27, y par.). Estas ventoleras en el lago son ordinarias en primavera, y su llegada es frecuentemente súbita.

El lago, en su parte más ancha, tiene unos 12 kilómetros. De la parte donde fue la multiplicación de los panes, en la región de et-Batiha, hasta Cafarnaúm, hay en línea recta algo más de cinco kilómetros. La descarga del viento sobre el lago debió de ser poco después de embarcarse ellos, pues, de lo contrario, no hubiesen intentado aquella peligrosa travesía. El viento era “fuerte” (Jn) y, además, les era “contrario” (Mt-Mc). En este caso no podían utilizarse velas; todo había de lograrse a fuerza de remo. Y el viento llegó a ser tan fuerte, que Mt lo describe diciendo que la “barca estaba en medio del mar, agitada por las olas.” No quiere decir esto que estuviera en medio mismo del lago, lo que era imposible y fuera de su navegación, sino que, después de costear por Betsaida, se encontraban en alta mar, muy separados de la costa.

No habían podido navegar más que “como unos 25 ó 30 estadios” (Jn), es decir, unos cinco kilómetros. El “estadio” era una medida de longitud que equivalía aproximadamente a unos 185 metros.

Los judíos habían dividido la noche, en la época de Cristo, en cuatro vigilias. Sucediendo este hecho en la “cuarta vigilia de la noche” (Mt), corresponde al espacio que va desde las tres de la mañana hasta la salida del sol.

Si habían embarcado sobre las cinco o seis de la tarde, y se está ahora sobre las tres de la madrugada (Mc), resulta que habían empleado unas nueve horas para recorrer unos cinco kilómetros, que era el equivalente a veinticinco o treinta “estadios” (Jn). Tiempo desproporcionado, ya que la travesía del lago se puede hacer normalmente en poco tiempo.

Es en esta situación cuando Cristo, que estaba en el monte en oración, los vio “esforzarse” en su brega. No se requiere un conocimiento sobrenatural. Pues, si había luna clara, podía divisarse lo que pasaba desde el alto, a unos cinco kilómetros. Es el momento en que Cristo deja el monte y camina sobre el lago. Y se “aproximaba” a ellos (Jn).

Ellos, al verlo en la noche caminar sobre el agua, dándole posiblemente la luz de la luna en sus vestiduras, acaso blancas (Mc 9:29), que flotaban al viento, tuvieron “miedo” (Jn). Los sinópticos dicen que gritaron por el miedo de creerse ante un fantasma.

En un pueblo primitivo, la creencia en apariciones y fantasmas está en su ambiente. En el A.T. se acusa esta creencia popular en fantasmas (Is 13:21; Is 34:14; Bar 4:35), lo mismo que en los escritos talmúdicos. En Israel, muchos creían que los espíritus de los muertos y los demonios vagaban por el mundo, especialmente en la noche. La creencia popular era rica en estas leyendas. Nada tiene de extraño este terror nocturno de aquellos sencillos galileos aldeanos.

El hecho de que Jn omita en su relato este detalle, de que aquella aparición de Cristo fuese un “fantasma,” ha sido interpretado frecuentemente por los autores como un índice “antidocetista.” Estas sectas negaban la realidad del cuerpo de Cristo y sostenían que sólo había tenido un cuerpo aparente. Precisamente estas sectas aparecen a fines del siglo I, época en que se escribe el evangelio de Jn. Pero la omisión de este detalle, dentro del complejo de elementos eucarísticos de este capítulo, hace pensar seriamente que su omisión es intencionada por razón de la enseñanza eucarística de. este capítulo, ya que la Eucaristía es el cuerpo real de Cristo en alimento espiritual de los seres humanos, del que pronto va a hablar el mismo Juan en el segundo discurso del “Pan de vida.”

Al verles asustados, los tranquilizó, diciéndoles: “Yo soy (εγώ είμΟ , no temáis,” evoca, como en otros pasajes (Jn 4:26; Jn 6:20; etcétera), el nombre inefable de Yahvé (LXX=Ex 3:14), aquí por “alusión” /”traslación” sobre Cristo. La fórmula sin predicado no es exclusiva de Jn (cf. Mt 14:27 par.; Mc 13:6 par.; Mc 14:62). La fórmula encajaría bien en la conciencia de Cristo. Pero aquí con predicado se explica mejor como una explanación joánica de la misma. También se piensa que los motivos de la fórmula son judíos, que se derivan de fuentes helenísticas. Pero el motivo es de matiz necesariamente estructural judío del libro del éxodo. Y ellos querían “meterlo en la barca.” Los sinópticos dirán que subió a ella. Pero Jn destaca que “al punto (de subir a ella) arribó la barca a donde se dirigían.” Aunque la palabra “al punto” tiene un cierto margen temporal, parece que Jn orienta esto hacia un nuevo prodigio, pues se hallaban en alta mar. El salmista, después de cantar de Yahvé sus prodigios sobre el viento y el mar, termina diciendo: “Alegráronse (los que clamaron a Yahvé en sus prodigios) porque se habían calmado (las olas) y los condujo al puerto que deseaban” (Sal 107:24-30). Y en el libro de Job se canta la grandeza de Dios “porque camina sobre las crestas del mar” (Job 9:8). Y hasta se ha querido ver en ello un nuevo rasgo histórico-tipológico en orden a la Eucaristía: la fuerza que causa la presencia de Cristo, “Pan de vida,” para dirigir las almas en su caminar y dinamismo sobrenatural.

Los dos milagros relatados aquí por Jn, hechos con verdadera conexión histórica entre ellos, como se ve por su contrastación con los sinópticos, tienen también, en su perspectiva literaria, un valor que es, a un tiempo, apologético y tipológico-eucarístico.

El que multiplicó los panes puede también dar otro pan milagroso, misterioso.

Y el que caminó sobre el mar flexible, sin hundirse, es que puede estar sustraído a las leyes ordinarias de la gravitación y de la materia. Y así puede dar el pan de su carne sin que se tenga que comer ésta como la carne sangrante y partida. Esto mismo se insinúa cuando luego les dice, ante el escándalo cafarnaíta, como una sugerencia de solución: “¿Esto os escandaliza? Pues ¿qué sería si vieseis al Hijo del hombre subir adonde estaba antes?”; es decir, ver a Cristo en la ascensión subir al cielo (Jn 6:61-62).



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