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Evangelio del día 7 de septiembre, 2019

Un sábado, Jesús iba atravesando unos sembrados y sus discípulos arrancaban espigas al pasar, las restregaban entre las manos y se comían los granos. Entonces unos fariseos les dijeron: "¿Por qué hacen lo que está prohibido hacer en sábado?"

Jesús les respondió: "¿Acaso no han leído lo que hizo David una vez que tenían hambre él y sus hombres? Entró en el templo y tomando los panes sagrados, que sólo los sacerdotes podían comer, comió de ellos y les dio también a sus hombres".

Y añadió: "El Hijo del hombre también es dueño del sábado". (Lc 6, 1-5)


Lc, como los otros dos sinópticos, agrupa aquí dos sucesos tenidos con motivo del reposo sabático, apuntándose ya, literalmente al menos, los primeros conatos serios de perder a Cristo.

El primer episodio (v.1-5) presenta una dificultad crítica. La lectura es doble: “un sábado”; otra variante lee: un “sábado segundo primero.” Sobre esta interpretación segunda se han propuesto diversas opiniones; sería para indicar el sábado siguiente al pascual; una glosa al estilo del calendario de Qumrán; una interpolación. Esta segunda lectura fue seguida por lectores antiguos; los modernos, generalmente, la rechazan críticamente.

El relato de Lc es más sintético que el de Mt, y omite una dificultad clásica que trae Mc sobre el sacerdote a quien le piden los “panes.” Pero saca la misma conclusión: si la ley sabática tiene excepciones, incluso en el reposo sabático, tan sagrado, no pueden extrañarse que El obre así, permitiendo que así obren sus discípulos, pues Él es “Señor del sábado”. Cristo se pone en la misma línea de la legislación. Siendo este precepto más que mosaico, divino, Él se sitúa en esta esfera.

Los tres sinópticos concluyen con la frase siguiente para justificar su acción: “Porque señor (χυριος ) del sábado es el Hijo (b dóc) del hombre” (Mt). En Mc le precede que “el sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado” (Mc 2:27). Y, a continuación, se pone la sentencia antes citada. Pero no parece lógico decir: “Si esta sentencia circuló independientemente de este episodio, la expresión Hijo del hombre podría haber sido empleada con toda la carga de un título de exaltación. Pero si la sentencia formó siempre parte de este relato, entonces hijo del hombre sería simplemente un aramaísmo para significar cualquier hombre, cuyas necesidades son siempre más importantes que una prescripción legal” (cf. C. Stuhlmueller, év. s. S. Lúc [1973] 345-346).

Esto no parece lógico. En primer lugar, no dice “hijo del hombre,” sino con artículo (ó υιός του ανθρώπου ), frase perfectamente técnica en los evangelios para designar a Cristo (Mc 2:27). Además, ese determinado “el hijo” (b υιός ) del hombre,” es “Señor” (χύρίος ) del sábado. Y aunque a χύρίος (Mc 2:27) le falta el artículo — aparece en variantes — queda lo suficientemente expresado con un título, igualmente característico en la Iglesia primitiva, para expresar a Cristo en su formalidad de Dios. Hasta tal punto que San Pablo, en el pasaje de la kenosis, dice: “para que toda lengua confiese, que “Señor (χύριος ) es Jesucristo, para” (Flp 2:11); ni aquí se utiliza el artículo para determinar algo que es la gran confesión de lo que es Cristo: Señor. A esto se une el lugar paralelo de Mt en el que se proclama antes a Cristo superior al templo (Mt 12:6). Posiblemente la frase sea independiente, pero, en cualquier caso, no está por “hombre,” sino que es término técnico “el Hijo del hombre” de Cristo, máxime con el contexto ambiental de Mt y de la Iglesia primitiva. Ni aquí se trata de demostrar que el sábado cae bajo la jurisdicción del hombre, sino de Cristo, que es a quien le plantean el problema, y el que, interpretativa y autoritariamente, responde a la cuestión.

Un pequeño detalle (v. 10) hace ver que esta escena tiene lugar ya pasada la Pascua, pues los discípulos “frotaban las espigas,” ya secas, con las manos para comer el grano, si no es un detalle redaccional.

A este episodio se le une otro (v.6-11) también en sábado. Cristo está en los oficios sinagogales, seguramente explicando su doctrina, lo que permite mejor el hacer la pregunta que dirige a los “escribas y fariseos,” que lo espiaban para ver si curaba a un enfermo.

La respuesta de Cristo, que “conocía los pensamientos” de ellos, fue hacer el milagro. Para ello le hace salir al medio de la sinagoga, seguramente delante de los primeros puestos que ocupaban los fariseos, y le hace una pregunta de contrastes orientales: “Si es lícito hacer bien o mal en sábado, salvar un alma o dejarla perderse.”

“Alma” ψυχή está por “vida,” por la persona. La expresión literaria “hacer bien o mal.” suele tener un sentido de exclusividad, v.gr., no hacer nada bueno.

Mc acusa muy fuertemente la “mirada airada” que Cristo dirige a aquel grupo, “entristecido por la dureza de sus corazones,” ya que “callaban” ante su pregunta. Lc, resaltando escuetamente que los “miró,” omite el aspecto de santa “ira” de Mc. Acaso por temor de que sus lectores no lo comprendiesen bien.

La respuesta al silencio fue la curación de aquella mano paralizada. Otra vez más hacía ver que la Ley tenía las excepciones de estar “hecha para el hombre,” y Él puso, además, la rúbrica divina de sus poderes: era “Señor del sábado.”

Lc, como Mc, omiten la pequeña parábola de la “oveja caída.” Es una añadidura de Mt.



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