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Evangelio del día 8 de abril, 2019

En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no caminará en la oscuridad y tendrá la luz de la vida”.

Los fariseos le dijeron a Jesús: “Tú das testimonio de ti mismo; tu testimonio no es válido”. Jesús les respondió: “Aunque yo mismo dé testimonio en mi favor, mi testimonio es válido, porque sé de dónde vengo y a dónde voy; en cambio, ustedes no saben de dónde vengo ni a dónde voy. Ustedes juzgan por las apariencias. Yo no juzgo a nadie; pero si alguna vez juzgo, mi juicio es válido, porque yo no estoy solo: el Padre, que me ha enviado, está conmigo. Y en la ley de ustedes está escrito que el testimonio de dos personas es válido. Yo doy testimonio de mí mismo y también el Padre, que me ha enviado, da testimonio sobre mí”.

Entonces le preguntaron: “¿Dónde está tu Padre?” Jesús les contestó: “Ustedes no me conocen a mí ni a mi Padre; si me conocieran a mí, conocerían también a mi Padre”.

Estas palabras las pronunció junto al cepo de las limosnas, cuando enseñaba en el templo. Y nadie le echó mano, porque todavía no había llegado su hora. (Jn 8, 12-20)


Este discurso es situado expresamente por el evangelista al fin del pasaje, “en el templo” (v.20) y “en el gazofilacio” (v.20). Este discurso debe de ser pronunciado en la fiesta de los Tabernáculos o en días muy próximos a ella, como se ve por la alusión a la luz.

La sala propiamente del tesoro no era accesible al público. Estaba situada en el “atrio de las mujeres.” Se habla de varios “gazofílacios” y de uno solo, sea porque hubiese varias dependencias para guardar estos tesoros o por sintetizarlos, vulgarmente, como el lugar — un patio — a donde salían las bocas de los recipientes, y que, por extensión, se lo llamase, elípticamente “el gazofilacio.”

Como Cristo no pudo pronunciar este discurso en la sala propiamente tal, se refiere esta topografía del discurso, o bien a que Cristo lo pronunció probablemente “cerca” del “gazofilacio” (Mc 12:41), o bien se deba a otra razón. Consta por la Mishna que había trece grandes “cepillos” en forma de “trompetas,” anchas en su parte baja, y que, teniendo su boca en el patio exterior de las mujeres, por donde los judíos depositaban las ofrendas (Mc 12:41; Lc 21:2), llegaban por su parte alta y estrecha a la sala del “tesoro.” Probablemente se refiere esta frase del evangelista a que Cristo hizo estas enseñanzas en el atrio al cual salían estas “trompetas” que conectaban con el gazofilacio. De ahí que la frase tendría el sentido de ser pronunciado “junto a,” “enfrente de” o “cerca” del “gazofilacio” (Mc 12:41).

La situación topográfica que se asigna a este coloquio de Cristo es una prueba clara del valor histórico del mismo.

Cristo, acaso como gritando (Jn 7:28.37), dijo: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en la tiniebla, sino que tendrá la luz de vida.”

Esta palabra de Cristo está rimada y presentada al estilo de otras sentencias del mismo (Jn 6:35; Jn 10:7.11; Jn 11:25; Jn 14:6; Jn 15:1). Y la misma se encuentra pronunciada por Cristo en otra ocasión (Jn 9:5; Jn 12:46). “Yo soy la Luz (τδ φως ) del mundo.”

Consta por la Mishna que en la primera noche y en la octava de la fiesta de los Tabernáculos ardían en el “atrio de las mujeres” cuatro enormes candelabros de oro, de 50 codos de altura (más de 25 metros), sobresaliendo unos 13 sobre los muros del recinto, cargados de innumerables luces, y a cuyo resplandor los hombres y los miembros más destacados bailaban, los primeros llevando en sus manos teas encendidas, mientras los levitas tocaban instrumentos músicos y cantaban salmos. Estos cuatro candelabros de oro se encendían para conmemorar la columna de fuego y la nube en las que “Yahvé iba delante de ellos. para alumbrarles, y para que así pudiesen marchar lo mismo de día que de noche” (Ex 13:21.22). También vinieron a significar la luz de la presencia divina y la luz de la Ley.

Es muy probable que esta imagen, con la que Cristo se proclamó “la Luz del mundo,” esté evocada aquí por estas luminarias de la fiesta de los Tabernáculos, como se prueba por el rito del agua de esta misma festividad el que Cristo diga: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba” (Ex 7:37).

Al utilizarla así Cristo, evocaba dos cosas: a) que era a su “luz” a la que debían gozarse y vivir; b) y siendo aquellas luminarias evocación de la columna de fuego y nube en la que Yahvé marchaba ante ellos, para conducirlos por el desierto (Ex 13:21.22); y siendo símbolo de la presencia de Yahvé, Cristo, al legislar en la zona moral y religiosa de los hombres, venía a identificar ahora la luz providente de Yahvé con la suya propia. Era un modo de evocar, conforme a procedimientos semitas y bíblicos conocidos — de “alusión” y “traslación” —, su divinidad.

La luz es además símbolo de la salud mesiánica (Is 9:1; Is 42:6; Is 49:6; Bar 4:2). El mismo Mesías era llamado Luz. Al “Siervo de Yahvé” Dios le puso “como Luz de las naciones” (Is 49:6; Is 60:1). El anciano Simeón llama a Cristo “Luz para revelación de las gentes” (Lc 2:32). Asimismo lo llaman los escritos rabínicos: “El nombre del Mesías es Luz.” Y en Qumrán aparece la expresión “luz de vida” por camino de salvación (1Qs 3:7).

De aquí que el que le “sigue,” que es hacerse su discípulo (Jn 12:26; Mt 9:9; Mt 4:19, etc.), no está en “tinieblas,” que es moralmente muerte, sino que le es “luz de vida,” es decir, esa “vida (que) estaba” en el Verbo, y que se hace luz para que los hombres tengan con ella la verdadera vida: “y la vida era la luz de los hombres (Jua 1:4).

Los “fariseos” presentes comprenden de sobra el plan rector que Cristo se arroga y la presentación que hace de sí mismo como Hijo de Dios. Y a su presentación como tal, le arguyen en la línea leguleya.

Él dice que es así; pero el testimonio propio no vale, según la Ley. En la Mishna se lee: “No se puede creer a uno que testifique sobre sí mismo”. Pero la respuesta de Cristo a este propósito es doble:

Su testimonio es válido. — En otra ocasión admite esta posición (Jn 5:31). Pero después que la luz de su revelación ha crecido y se ha manifestado, no la admite. Debe reconocérsele su valor. Si un profeta estaba seguro de que Dios le hablaba y manifestaba las comunicaciones que hacía, ¡cuánto más Cristo! Él sabe que “bajó” del cielo y que a él va. Su caso no se puede juzgar como los otros casos. Por eso, su testimonio es válido; es el único válido. Pues sólo Él se conoce.

En cambio, ellos le juzgan “según la carne,” según las apariencias externas (Jn 7:24), considerándolo un simple hombre. No veían en el ser humano el resplandor de la divinidad. Por ello, El solo puede testimoniar quién sea. Cristo aparece con una conciencia clara de quién es.

Y, en contraposición a ellos, El “no juzga a nadie.” La palabra “juzgar” (xpcvu) tiene frecuentemente, conforme al uso semita, el sentido de condenar (Jn 3:17; Jn 12:47). El significado de esta afirmación pudiera ser doble: a) una frase elíptica: “no juzga a nadie” al modo humano, “según la carne”; b) que El no ejerce todavía su función condenatoria de juez de los hombres. En otros pasajes de Juan no sólo se afirma lo mismo, sino que se da la razón de por qué no “juzga” con juicio “condenatorio” ahora a los hombres: porque el Padre le envió para salvar al mundo (Jn 3:17; Jn 12:47). Probablemente, el segundo sentido es aquí el más verosímil y el que se entronca mejor con el haberse insertado el episodio de la mujer adúltera, que termina con estas palabras de Cristo: “Ni yo te condeno tampoco” (v. 11).

El testimonio del Padre a favor de Cristo. — Puesto que antes le objetaron ateniéndose a lo legal para negarle valor a su testimonio, ahora alega la Ley, que da validez al testimonio de dos (Dt 17:6; Dt 19:15; Num 35:30). Al suyo propio añade también el que le da su Padre, de quien vosotros “decís que es vuestro Dios” (Jn 8:54).

¿Cómo el Padre “da testimonio” de Cristo? Aquí no lo consigna el evangelio. Pero en otros pasajes del mismo evangelio se dice: por las obras que le da a hacer (Jn 5:20.36.37; Jn 8:54; Jn 10:31.37.38). Los milagros, que son “signos” de su misión.

Los “fariseos” (v.13) le preguntan, burlescamente, dónde está su Padre. Naturalmente no se refieren a San José, su padre “legal,” sino al que El constantemente les está alegando ser su padre celestial, y precisamente matizándose aquí — ¿sólo por Jn? — que es el que “vosotros decís que es vuestro Dios” (Jn 8:54). La burla la plantean en el terreno leguleyo. ¿Dónde está su Padre? Que venga y que testifique. Ya que para ellos son la materialidad de las personas las que cuentan y no otras formas testificales. Era decirle que su argumento estaba al margen de la Ley y remitido a una zona no jurídica.

La respuesta de Cristo es profunda y contundente. No conocen al Padre, precisamente porque por su obstinación no lo quieren conocer a Él como el Enviado y el Hijo de Dios. “¿No crees — le dice a Felipe, que le decía que le mostrase al Padre — que Yo estoy con el Padre y el Padre en mí?” (Jn 14:9.10). Probablemente este tema se entronca por “encadenamiento semita” con el anterior. “El Padre, que mora en mí, hace sus obras”: enseñanzas y milagros (Jn 14:10.11).

La síntesis del relato no dice todo lo que pasó; pero se adivina. Debieron de querer prenderle, como en otras ocasiones, por hacerse así igual a Dios (Jn 10:29-39). Pero “nadie puso en El las manos, porque aún no había llegado su hora,” de muerte y glorificación. La providencia de Dios está en juego, mas esto no excluye la cooperación de Cristo, como en otras ocasiones con que, queriendo prenderlo, “se deslizó de entre sus manos” (Jn 10:39).



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