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Evangelio del día 9 de agosto, 2019

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar uno a cambio para recobrarla?

Porque el Hijo del hombre ha de venir rodeado de la gloria de su Padre, en compañía de sus ángeles, y entonces dará a cada uno lo que merecen sus obras.

Yo les aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán, sin haber visto primero llegar al Hijo del hombre como rey’’. (Mt 16, 24-28)


Los tres sinópticos sitúan este pasaje inmediatamente a continuación del anterior relato. Sin embargo, el “entonces” de Mt no tiene más valor que el de simple unión literaria paratáctica. Por eso no se puede precisar que estas enseñanzas hayan tenido lugar en la región de Cesárea de Filipo. Probablemente este “bloque” tiene, en el intento de los evangelistas, un contexto lógico con lo anterior. Expuesto el anuncio de la pasión y muerte de Cristo, se le advierte al discípulo que ha de imitarle, y que se le anuncian así las persecuciones que le aguardan. En Mt-Lc, Cristo se dirige a los discípulos; en Mc, además de los discípulos, convoca a la multitud. Probablemente es para indicar la universalidad de la enseñanza. Parte de los dichos aquí insertados, Mt los trae en el discurso de “misión” (Mt 10:38-39). También Lc pone en otro contexto algunas de las sentencias de Mc.

La primera enseñanza es que el hombre ha de “negarse a sí mismo,” y esto “cualquiera que quiera venir en pos de mí.” Y, además, “tomar su cruz,” que Lc matizará “de cada día”; y llevar esta cruz y “seguir” a Cristo. La sentencia está vista con la portada de las experiencias contra los discípulos del reino — primitivamente debió de ser un anuncio más general para el ingreso en el reino — y que además Lc le da también un sentido más “moral,” al hacer ver la cruz de “cada día.” Las persecuciones contra la Iglesia naciente ya se habían desatado a la hora de la composición de los evangelios, y a estos nuevos “discípulos” apunta el evangelista.

Estas las sintetizaron en la cruz. Aunque la cruz era de uso penal romano, los judíos habían visto ya estos cortejos ir a la muerte. Al morir Herodes el Grande, Varo había hecho crucificar a 2.000 judíos. Y desde el tiempo del procurador Cuadrato hasta el asedio se citan numerosos casos de crucifixión. El mismo hecho de la crucifixión de Cristo con “dos ladrones” no era más que un episodio usual de estos procedimientos romanos. La entrega a Cristo en las persecuciones podía llegar a la muerte.

En el ambiente judío contemporáneo de Cristo no se conocía en su medio ortodoxo, aunque parece que algunas fracciones lo admitían, la idea de un Mesías paciente, menos aún que hubiese de morir en cruz. De ahí la extrañeza de Pedro. Y una buena sugerencia de la historicidad de las predicciones de Cristo sobre su muerte.

Y se le exigía esto al discípulo de Cristo. Era oportuno recordarlo en época de persecuciones. Al fin, no era más que ir con la cruz al Calvario “siguiendo” a Cristo. Para la redacción se pensó en el Cirineo llevando la cruz “detrás” de Cristo (Lc 23:26). Este es su sentido primitivo. Analógicamente, y en un orden “etizado” y cotidiano, ha de tomársela “cada día” (Lc 9:23; 1Co 15:31). Mc insistirá en que esta persecución y pérdida de la vida es “por mi causa y por el Evangelio,” palabra ésta que proviene del uso de la Iglesia primitiva.

A esto se añade una comparación: “¿Qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?” “Alma,” conforme al uso semita, está por “vida.” La comparación era proverbial. Sobre el 90 (a.C), Simeón bar Schatach gozaba al oír en boca de los paganos: “Alabado sea el Dios de los judíos, más que ganarse el universo entero.”

Esta “vida” del hombre del texto evangélico no se refiere a la simple pérdida de la vida física, sino de la “vida” eterna. Si aisladamente fuese un proverbio en el que se comparase la pérdida de la simple vida física con el universo, en este contexto no lo es. Pues se trata de “perder la vida por mí” (Mt), “por mi causa.” (Mc).

Como término de esta actitud que se adopte, el juicio final dará la sanción oportuna. Era una convicción firme esa hora “escatológica” final en Israel.

Este juicio final va a ser ejercido por el Mesías. La literatura rabínica no admite esto; sólo a título muy excepcional aparece en algunos apocalipsis apócrifos. En esta hora, El mismo, el “Hijo del hombre,” vendrá a ejercitar este juicio “en la gloria de su Padre” (Mt-Mc), y que Lc dirá que es “su gloria,” además de la del Padre, que cita. Y los tres resaltan el elemento angélico apocalíptico que le acompaña: vendrá también acompañado de “sus” (Mt) santos “ángeles.”

Jesús se presenta aquí como dueño de la humanidad, como Señor de los ángeles, y viniendo en la “gloria de su Padre.” Con todo lo cual se acusa su grandeza, su trascendencia divina: “su gloria.” Aquella “gloria” de Yahvé que ahora a Él se aplica (Jn 1:14).

En esa hora “retribuirá a cada uno según sus obras” (Mt). Es la responsabilidad personal la que entra en juego.

Y será, expresado en paralelismo literario, un avergonzarse de aquellos que se avergonzaron — que no se “negaron” — de “mí y de mi doctrina” (Mc-Lc). Y Mc añade que Jesús se avergonzará de los que tuvieron esa actitud de desprecio a El “ante esta generación adúltera y pecadora.” Dos expresiones cargadas de sentido bíblico y que orientaban, como antes se dijo, al mesianismo.



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