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Intenciones del Papa para septiembre: los océanos

Cada mes, el Papa pide que se rece por una intención especial. La de septiembre es que recemos para que políticos, economistas y científicos se unan para combatir el deterioro de los mares. En serio.


En la Iglesia están produciéndose fenómenos realmente notables bajo el pontificado de Francisco. La fuga de fieles en Occidente, iniciada tras el ‘aggiornamento’ del postconcilio, se ha acelerado a un ritmo alarmante, se vacían iglesias, conventos y seminarios, los obispos se ven obligados a vender templos, a veces valiosísimos o de viejo prestigio. La confusión doctrinal alcanza cotas inimaginables en otros tiempos, con todo un cardenal, Walter Brandmüller, tachando directamente el ‘Instrumentum Laboris’ aprobado por el Papa para el próximo Sínodo de la Amazonía de “herético” y “apóstata”; la Iglesia china está sumida en el caos después de unos pactos por los que se reconoce la validez de ordenaciones presbiteriales y episcopales decididas por el Partido Comunista Chino, confesionalmente ateo; y la crisis del encubrimiento de abusos que motivó una fallida cumbre episcopal sigue con su escandaloso goteo, mientras la Iglesia alemana anuncia que decidirá por su cuenta sobre graves cuestiones de moral sexual y amenaza al Vaticano con el cisma si se le pone algún ‘pero’.


Pero el Papa pide a los cristianos este mes de septiembre que recemos especialmente por la salud de los océanos. El Apostolado de la Oración, instituido en 1884, recibe cada mes las intenciones por las que el Santo Padre quiere que los fieles recemos de manera especial. La de este mes, con carácter universal, es “para que los políticos, científicos y economistas trabajen juntos para la protección de los mares y de los océanos».

Ahora bien, los océanos son vitales para la vida en la tierra, aunque es dudoso que vayan a morir mañana, o que la acción concertada de políticos, científicos y economistas puedan cambiar significativamente su deterioro. En cualquier caso, no parece un asunto que incumba especialmente al vicario de Cristo, cuya misión específica es confirmar en la fe a sus hermanos.


“¿De qué te vale ganar el mundo si pierdes tu alma?”, leemos en el Evangelio, y por lo que sabemos de la escatología cristiana -ni siquiera específicamente católica-, el alma de cualquiera, del último de los ‘descartados’, vale más que todos los océanos del planeta. Porque estos, en cualquier caso, están condenados a desaparecer antes o después, mientras que nuestro destino es vivir para siempre; para siempre inconcebiblemente felices junto a Dios o para siempre alejados de Él en horrible tormento.


El aparente olvido en el que nuestra jerarquía parece haber caído en relación con eso, central en su misión y en nuestra fe, es una causa de tristeza y preocupación por la que sí vale la pena rezar. Más aún que por la salud de nuestros mares.


Carlos Esteban



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