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Kuforiji y los viejos

Los problemas de una parroquia de Portland, Oregon, no son exactamente de relevancia internacional. Pero el caso de la parroquia de San Francisco, que ha merecido reportajes en la prensa americana, es tan paradigmático, tan significativo, que no resistimos la tentación de traerlo aquí. La Parroquia de San Francisco en Portland, Oregon, ha sido hasta ahora el caso perfecto, de estudio, de la aplicación extrema del llamado “espíritu del Vaticano II”. Es decir, tiene una asistencia muy reducida pero muy motivada de parroquianos ultraprogresistas que han decidido que la iglesia es suya y que las cosas se hacen a su manera. En su fachada campeaba el prescriptivo ‘Welcome Refugees’, el grupo parroquial tenía su obligada participación en el desfile del Orgullo Gay local, y la liturgia ‘ad libitum’, con sus cancioncitas ‘pop’ azucaradas y su desprecio por las rúbricas llegaba al límite. El promedio de edad ronda los 75 años. Pero el párroco que permitía el secuestro de San Francisco, una de las iglesias más antiguas de la ciudad, por los parroquianos y, muy especialmente, las parroquianas, tuvo que retirarse debido a la edad, y la diócesis nombró como nuevo párroco a un sacerdote nigeriano, George Kuforiji. Y con él llegó el escándalo. Es decir, llegó el intento de volver a convertir San Francisco en una iglesia católica. Quitó el cartel de la fachada, se deshizo de las fotos de mendigos que adornaban las paredes del templo, tiró a la basura vestimentos y banderas arcoíris y se propuso devolver cierta reverencia al Sacrificio de la Misa. Error. Los progresistas parroquianos estaban ya hechos a que esa fuera “su” iglesia y que las cosas se iban a hacer a su manera. Una parroquiana llegó a decirle al atribulado Kuforiji: “¿Por qué es usted el párroco? Yo llevo aquí quince años y usted ni siquiera uno”. Explicarle la naturaleza del Sacramento del Orden no debió de ser fácil. El caso es que los parroquianos se rebelaron e iniciaron las protestas. La peor fue una en la que interrumpieron la Santa Misa, demostrando de paso que están convencidos de que la celebración va sobre ellos, no sobre Dios. Pueden verlo aquí.

https://www.youtube.com/watch?v=JT3TD2nUclI

Melinda Pittman, parroquiana desde hace treinta años y alma de la protesta, en los bancos de atrás y portando una pancarta, interrumpió la misa gritando: “Seguimos la voz de Jesús, del amor, el Jesús de la inclusión, el Jesús de resistir a la autoridad, porque cuando nos resistimos a la ley estamos en el Espíritu de Dios”. Pittman, a continuación, se sube al púlpito, donde sigue desgranando sus agravios contra el sacerdote y contra el obispo de Portland, Alexander Sample. La escena entera, la protesta toda, parece una parodia. La parroquia era ya una verdadera parodia de la ‘renovación’ conciliar y la Iglesia ‘progresista’. Pero observar a esos ancianos parroquianos blancos como la leche humillando a un sacerdote inmigrante y negro, bastante más joven, es la reducción al absurdo del dichoso ‘espíritu’ que ha vaciado las iglesias y convertido muchas parroquias y diócesis en meras correas de transmisión del ‘progresismo hippie’ más rancio y casposo. Los renovadores insisten en que la Iglesia debe adaptarse a “los tiempos”, una expresión que, o no significa nada, o significa lo contrario de lo que supuestamente es el mensaje de Cristo, una Buena Nueva para todos los tiempos. Pero lo más patético es que lo que defienden y representan no es precisamente nuevo, ni atrae especialmente a una juventud católica para la que eso es lo que han conocido desde que nacieron. Esa ‘modernidad’ tiene medio siglo; esa ‘juventud’ peina canas. Ya sería bastante malo adecuar lo verdadero a lo que está de moda en el Mundo en cada momento; pero hacerlo con una ‘modernidad’ de pantalones de campana liderada por octogenarios y que representa la ‘juventud’ de hace cincuenta años es el colmo de lo ridículo.



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