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La normalidad inexistente

“Salir” ha sido un verbo magistralmente tratado por el Papa Francisco, con claro peso abrahámico y apostólico, vocación personal y evangelización más directa. También sus inmediatos predecesores le dedicaron tiempo. “Salir” en contra de rutinas, de normalidades, de vida sin preguntas, de individualismos que no nos permitan acercarnos de corazón a los demás y a la realidad de los otros. “Salir”, tal y como lo veo yo en cristiano en estos momentos, va a ser la apuesta por nuevas aproximaciones.

“Salir” es todo un ejercicio. No es “abandonar”, sino “dejar” con sacrificio y por amor. Medito el Evangelio y encuentro ejemplos múltiples de ciertas “salidas”. Los discípulos, dejándolo todo y a la aventura. Como sabemos el final, lo vemos “normal”, pero fue impresionante. Capaces de dejar todo lo suyo, a “lo Abraham”, a “lo Moisés” y tira millas por el desierto. Avanza y sigue. Sigue a Alguien, no adelante.

Luego están otros testigos del “salir”. ¿Qué hace alguien subido a un sicómoro, siendo “casi rico” y con una vida poderosa? ¿Qué hace una mujer hablando con Jesús en un pozo sobre su historia inconfesada de desamor? ¿Qué lleva a un sabio a salir en la noche para tener un diálogo secreto? ¿Qué hace esa familia de Betania acogiendo al que va camino de Jerusalén? ¿Qué piden los niños, los más pequeños, acercándose al Maestro que les acoge, aunque no se haya vivido nada igual? ¿Qué quiere la mujer que perdió su moneda y tuvo que encender una luz? ¿Y el amigo que dormía tranquilamente y alguien golpeaba su puerta en la noche? ¿Y la mujer que, dispuesta a ungir al Jesús muerto, encontró que no estaba donde esperaba y quien pensaba “jardinero” pronuncio su nombre?

“Salir”, después de la cuarentena, debería conjugarse en cristiano como “obra de amor”. Cuando Jesús salió de sí mismo, dejó lo más propio, fue al infierno a salvar.

Josefer Juan



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