• ADMIN

La Oración perfecta

«La oración del Señor es la más perfecta» (ST II-II q. 83, a. 9). Tal afirmación audaz podría ser apoyada al observar la centralidad de esta oración en la vida cristiana. En las primeras décadas de la Iglesia, el Padrenuestro vino a reemplazar a la Shema Israel en las tres horas de oración tradicional judía (John Brook, The School of Prayer, p. 9). Finalmente fue llevado a la celebración de la Eucaristía. El antiguo autor de la Didajé exhorta «Tres veces en el día rezad así». Y durante siglos, la Iglesia ha elevado esta oración celestial tres veces al día en la Sagrada Liturgia. Es una oración que la mayoría de los católicos conocen bien. Es una de las pocas oraciones que los católicos alejados aún recuerdan de memoria. En el lecho de muerte de uno, con fuerza física o mental limitada, estas palabras aún se pueden pronunciar con sorprendente facilidad.

Esta oración aclamada como «la más perfecta» por Santo Tomás de Aquino y muchos otros santos, a menudo puede pasar por nuestros labios sin pensar mucho ni conmover el corazón. Podemos acercarnos a muchas otras declaraciones vigorosas que a menudo decimos, pero también podemos convertirlas en obsoletas o mecánicas si no estamos atentos. Sotto voce añadamos un propósito: Seré fiel, prometo lealtad.

La meditación en partes individuales de esta magnífica oración puede ayudar a un cristiano a internalizar mejor su poder como un todo. Comenzando con la primera expresión — Padre Nuestro—, el texto rebosa de significado. Es una oración rezada en una comunidad de creyentes. Por todo lo que escuchamos acerca de una relación personal con Jesús, es sorprendente escuchar en esta palabra el énfasis que Nuestro Señor pone en la relación comunitaria o eclesial que tenemos, no sólo con Nuestro Señor, sino con Nuestro Padre. Más que una relación feudal, tenemos una relación filial con el Todopoderoso, el Creador del cielo y la tierra. Y así, en cada palabra, y cada sílaba, llegamos a saber por qué éstas son las palabras que Jesucristo dio a los Apóstoles como respuesta a su sencilla petición: «Señor, enséñanos a orar» (Lucas 11, 1 )

La oración contiene siete peticiones. Las tres primeras, como los primeros tres mandamientos del Decálogo, pertenecen a Dios. Las peticiones finales nos conciernen más directamente: que seamos alimentados y perdonados, protegidos y salvados. Santo Tomás, nuevamente, dice que en la Oración del Señor «no sólo pedimos todo lo que podemos desear correctamente, sino también en el orden en que debemos desearlo.» (ST II-II q. 83, a. 9) . Más materia para la meditación. ¿Deseo todo eso en este orden? Por encima de todo, ¿Deseo que se santifique el Nombre de Dios? ¿Son Su Reino y Su voluntad más importantes para mí que mi provisión o protección diaria? ¿Dios es el primero?

Tertuliano hace una afirmación sobresaliente al decir que el Padre Nuestro «es verdaderamente un resumen de todo el Evangelio» (On Prayer, 1). La buena nueva, el mensaje que creemos, amamos y predicamos, están contenidas en forma resumida en esta oración. Es apropiado, entonces, que las 88 páginas finales del Catecismo de la Iglesia Católica nos abran las profundidades de esta oración de cinco versos que tomamos del Evangelio según San Mateo.

Al concluir el mes dedicado al Inmaculado Corazón de María, entremos más profundamente en las palabras que nuestro Salvador nos enseñó con tanto amor. En la misa, en los laudes, en las vísperas, y especialmente en el rosario, pidamos a Santa María que ilumine nuestras mentes y llene nuestros corazones cuando, «por orden del Salvador e instruidos por Su enseñanza divina, nos atrevemos a decir: Pater Noster Qui es in coelis… …»



12 vistas

© 2023 by The Artifact. Proudly created with Wix.com

  • Facebook B&W
  • Twitter B&W
  • Instagram B&W