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La Renovación Carismática Católica, una corriente de gracia para toda la Iglesia (3)

Segunda parte: «Carismático»

Ahora ha llegado el momento de pasar a la segunda parte de mi discurso que será mucho más corta: ¿Qué añade el adjetivo «Carismático» al nombre de «Renovación». Pero antes siento el deber de concederos una breve pausa para interrumpir el esfuerzo de escuchar y para desentumecer las piernas. Lo hacemos cantando la primera estrofa del canto con el que los hermanos de lengua española proclaman el señorío de Cristo: «Vive Jesús el Señor»

En primer lugar es importante decir que «carismático» debe seguir siendo un adjetivo y que no se convierta nunca en un sustantivo. En otras palabras, se debe evitar absolutamente por nuestra parte, el uso de la expresión «los carismáticos» para indicar a las personas que han hecho la experiencia de la Renovación. Si acaso empléese la expresión «cristianos renovados», no carismáticos. El uso de este nombre suscita justamente resentimiento porque crea discriminación entre los miembros del Cuerpo de Cristo, como si algunos estuvieran dotados de carismas y otros no.

Yo no quiero hacer aquí una enseñanza sobre los carismas de los cuales se tienen muchas ocasiones de hablar. Mi intención es mostrar cómo, incluso en cuanto realidad carismática, la Renovación es una corriente de gracia destinada a toda la Iglesia. Para ilustrar esta afirmación es necesario dirigir una rápida mirada a la historia de los carismas en la Iglesia.

El redescubrimiento de los carismas en el Vaticano II

¿Qué sucedió, en realidad, a los carismas después de su tumultuosa aparición en los comienzos de la Iglesia? Los carismas no desaparecieron tanto de la vida de la Iglesia, cuanto de su teología. Si recorremos la historia de la Iglesia, teniendo en mente las diversas listas de carismas del Nuevo Testamento, debemos concluir que, a excepción quizá de «hablar en lenguas» y de la «interpretación de las lenguas», ninguno de los carismas se ha perdido del todo.

La historia de la Iglesia está llena de evangelizadores carismáticos, de dones de sabiduría y de ciencia (baste pensar en los doctores de la Iglesia), de historias de curaciones milagrosas, de hombres dotados de espíritu de profecía, o de discernimiento de los espíritus, por no hablar de dones como visiones, arrebatos, éxtasis, iluminaciones, también ellos enumerados entre los carismas.

Entonces, ¿dónde está la novedad que nos permite hablar de un despertar de los carismas en nuestra época? ¿Qué estaba ausente antes? Los carismas, desde su marco propio de utilidad común y de la «organización de la Iglesia», fueron progresivamente circunscritos al ámbito privado y personal. Ya no entraban en la constitución de la Iglesia.

En la vida de la primitiva comunidad cristiana los carismas no eran hechos privados, eran lo que, unidamente a la autoridad apostólica, delineaban la fisonomía de la comunidad. Apóstoles y profetas eran las dos fuerzas que, juntamente, dirigían a la comunidad. Muy pronto el equilibrio entre las dos instancias —la del cargo y la del carisma— se rompe en beneficio del cargo. El carisma es otorgado ahora con la ordenación y vive con él. Un elemento determinante fue el surgimiento de las primeras falsas doctrinas, especialmente de las gnósticas. Fue este hecho el que inclinó cada vez más la aguja de la balanza hacia los que detentaban el cargo, los pastores. Otro hecho fue la crisis del movimiento profético difundido por Montano en Asia Menor en el siglo II que sirvió para desprestigiar aún más un cierto tipo de entusiasmo carismático colectivo.

De este hecho fundamental se derivan todas las consecuencias negativas sobre los carismas. Los carismas marginados de la vida de la Iglesia. Se tiene noticia, todavía durante algún tiempo, de persistencia, aquí y allá, de algunos de ellos. San Ireneo, por ejemplo, dice que todavía existen en su tiempo «muchos hermanos de la Iglesia que tienen carismas proféticos, hablan todas las lenguas, manifiestan los secretos de los hombres en ventaja propia y explican los misterios de Dios»[7]. Pero es un fenómeno que se va agotando. Desaparecen sobre todo aquellos carismas que tenían como terreno de ejercicio, el culto y la vida de la comunidad: el hablar inspirado y la glosolalia, los llamados carismas pentecostales. La profecía viene a reducirse al carisma del magisterio de interpretar la revelación auténtica e infaliblemente. (Esta era la definición de la profecía en los tratados de eclesiología que se estudiaban en mi época).

Se intenta justificar esta situación incluso teológicamente. Según una teoría a menudo repetida desde san Juan Crisóstomo en adelante, hasta la víspera del Vaticano II, ciertos carismas habrían sido reservados a la Iglesia en su «estado naciente», pero posteriormente habrían «cesado», como ya no necesarios para la economía general de la Iglesia[8].

Otra consecuencia inevitable es la clericalización de los carismas. Vinculados a la santidad personal, terminan por estar asociados casi siempre a los representantes habituales de esta santidad: pastores, monjes, religiosos. Del ámbito de la eclesiología, los carismas pasan al de la hagiografía, es decir, al estudio de la vida de los santos. El lugar de los carismas lo toman los «Siete dones del Espíritu» que al principio (en Isaías 11) y hasta la Escolástica, no eran más que una categoría particular de carismas, los prometidos al rey mesiánico y posteriormente a aquellos que tienen la tarea del gobierno pastoral.

Esta es la situación que el Concilio Vaticano II quiso remediar. En uno de los documentos más importantes del Vaticano II leemos el conocido texto:

«El Espíritu Santo no sólo santifica y dirige el Pueblo de Dios mediante los sacramentos y los misterios y le adorna con virtudes, sino que también distribuye gracias especiales entre los fieles de cualquier condición, distribuyendo a cada uno según quiere (1 Cor 12,11) sus dones, con los que les hace aptos y prontos para ejercer las diversas obras y deberes que sean útiles para la renovación y la mayor edificación de la Iglesia, según aquellas palabras: «A cada uno... se le otorga la manifestación del Espíritu para común utilidad» (1 Cor 12,7). Estos carismas, tanto los extraordinarios como los más comunes y difundidos, deben ser recibidos con gratitud y consuelo» [9].

Este texto no es una nota marginal dentro de la eclesiología del Vaticano II; es su coronamiento. Es el modo más claro y explícito de afirmar que junto a la dimensión jerárquica e institucional, la Iglesia tiene una dimensión neumática y que la primera está en función y al servicio de la segunda. No es el Espíritu el que está al servicio de la institución, sino la institución al servicio del Espíritu. No es cierto, como hacía notar polémicamente, el gran eclesiólogo del siglo XIX Johannes Adam Möhler que «Dios ha creado la jerarquía y así ha provisto más que suficientemente a las necesidades de la Iglesia hasta el fin del mundo»[10]. Jesús ha confiado su Iglesia a Pedro y a los demás Apóstoles, pero la ha confiado antes todavía al Espíritu Santo: «Él os enseñará, él os guiará a la verdad, él tomará de lo mío y os lo dará…» (cf. Jn 16, 4-15).

A estas alturas, celebrado el Concilio y recogidos en un volumen sus decretos, el peligro de marginar los carismas se presentaba bajo otra forma, no menos peligrosa: la de permanecer como un hermoso documento que los estudiosos no se cansan de estudiar y los predicadores de citar. El Señor ha obviado, él mismo, este peligro haciendo ver con los propios ojos, a aquel que había deseado fuertemente ese texto sobre los carismas, que ellos habían vuelto no solo a la teología, sino también a la vida del pueblo de Dios. Cuando, por primera vez, en 1973, el cardinal Leo Suenens, oyó hablar de la Renovación Carismática Católica, aparecida en los Estados Unidos, estaba escribiendo un libro titulado El Espíritu Santo, fuente de nuestras esperanzas[11], y esto es lo que relata en sus memorias:

«Dejé de escribir el libro. Pensé que era una cuestión de la más elemental coherencia prestar atención a la acción del Espíritu Santo, por lo que ella pudiera manifestar de manera sorprendente. Estaba particularmente interesado por la noticia del despertar de los carismas, puesto que el Concilio había invocado un despertar semejante».

Y esto es lo que escribió después de haber constatado con sus propios ojos lo que estaba sucediendo en la Iglesia:

«De repente, san Pablo y los Hechos de los apóstoles parecía que se hacía vivos y se convertían en parte del presente; lo que era auténticamente verdadero en el pasado, parece suceder de nuevo bajo nuestros ojos. Es un descubrimiento de la verdadera acción del Espíritu Santo que está siempre a la obra, como Jesús mismo prometió. Él mantiene su palabra. Es de nuevo una explosión del Espíritu de Pentecostés, una alegría que se había hecho desconocida para la Iglesia»[12].

Ahora está claro, creo, por qué digo que también como realidad carismática, la Renovación es una corriente de gracia destinada y necesaria para toda la Iglesia. Es la misma Iglesia la que, en el Concilio, lo ha definido. Sólo queda pasar por la definición de la actuación, de los documentos a la vida. Y este es el servicio que CHARIS, en total continuidad con la RCC del pasado, es llamado a hacer a la Iglesia.

No se trata sólo de fidelidad al Concilio, sino de fidelidad a la misión misma de la Iglesia. Los carismas, se lee en el texto conciliar, son «útiles para la renovación y la mayor expansión de la Iglesia». (Quizás habría sido más correcto escribir «necesarios», en lugar de «útiles»). La fe, hoy como en el tiempo de Pablo y de los Apóstoles, no se transmite «con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con la manifestación del Espíritu y su potencia» (cf. 1 Cor 2,4-5; 1 Tes 1,5). Si un tiempo, en un mundo convertido, al menos oficialmente, en «cristiano», se podía pensar que ya no había necesidad de carismas, de signos y prodigios, como al comienzo de la Iglesia, hoy ya más. Hemos vuelto a estar más cercanos al tiempo de los apóstoles que al de san Juan Crisóstomo. Ellos debían anunciar el Evangelio a un mundo pre-cristiano; nosotros, al menos en Occidente, a un mundo post-cristiano.

He dicho hasta aquí que la RC es una corriente de gracia necesaria para toda la Iglesia Católica. Debo añadir que lo es doblemente para algunas Iglesias nacionales que desde hace tiempo asisten a una dolorosa hemorragia de sus propios fieles hacia otras realidades carismáticas. Es sabido que uno de los motivos más comunes de dicho éxodo es la necesidad de una expresión de la fe que responda más a la propia cultura: con más espacio dado a la espontaneidad, a la alegría y al cuerpo; una vida de fe en la que la religiosidad popular sea un valor añadido y no un sustituto del señorío de Cristo.

Se hacen análisis pastorales y sociológicas del fenómeno y se proponen remedios, pero hay dificultades para darse cuenta de que el Espíritu Santo ya ha provisto, de forma grandiosa, a esta necesidad. Ya no se puede seguir viendo la RCC como parte del problema del éxodo de los católicos, en lugar de la solución del problema. Para que este remedio sea realmente eficaz no basta, sin embargo, que los pastores aprueben y animen a la RC, permaneciendo cuidadosamente fuera. Es necesario acoger en la propia vida la corriente de gracia. A esto nos empuja el ejemplo del Pastor de la Iglesia universal, también con la creación de CHARIS.

No pretendo extenderme más sobre el tema carismas y evangelización. De ello nos ha hablado nuestro querido coordinador Jean-Luc y nos hablará en breve, Mary Healy que, sobre este tema, además de una excelente formación teológica, posee también una notable experiencia madurada en el tajo diario. Yo termino con una reflexión sobre el ejercicio de los carismas.

Aludo a algunas de las actitudes o virtudes que más directamente contribuyen a mantener sano el carisma y a hacer que servir «para la utilidad común». La primera virtud es la obediencia. Hablamos, en este caso, de obediencia, sobre todo a la institución, a quien ejerce el servicio de la autoridad. Los verdaderos profetas y carismáticos, en la historia de la Iglesia católica también recientemente, han sido los que han aceptado morir a sus certezas, obedeciendo y callando, antes de ver que sus propuestas y críticas eran acogidas por la institución. Los carismas sin la institución están abocados al caos; la institución sin los carismas es abocada al inmovilismo.

La institución no mortifica el carisma, pero es la que asegura al carisma un futuro y también un... pasado. Es decir, lo preserva de agotarse en un fuego de paja, y pone a su disposición toda la experiencia del Espíritu acumulada por las generaciones anteriores. Es una bendición de Dios que el despertar carismático en la Iglesia católica haya nacido con una fuerte impulso a la comunión con la jerarquía y que el magisterio pontificio haya reconocido en él «una oportunidad para la Iglesia» y «los primeros signos de una gran primavera para la cristiandad»[13]. Esta obediencia nos debería ser mucho más fácil y debida hoy que la autoridad suprema de la Iglesia no se limita a alabar y animar a la corriente de gracia del RC, sino que ha trasladado con toda evidencia la causa y la propone con insistencia a toda la Iglesia.

Otra virtud vital para un uso constructivo de los carismas es la humildad. Los carismas son operaciones del Espíritu Santo, chispas del fuego mismo de Dios confiadas a los hombres. ¿Cómo se hace para no quemarse las manos con él? Esta es la tarea de la humildad. Ella permite a esta gracia de Dios que pase y circule dentro de la Iglesia y dentro de la humanidad, sin dispersarse o contaminarse.

La imagen de la «corriente de gracia» que se dispersa en la masa, se inspira claramente en al mundo de la electricidad. Pero paralela a la técnica de la electricidad está la técnica del aislante. Cuanto más alta es la tensión y potente la corriente eléctrica que pasa a través de un cable, más resistente debe ser el aislante que impida a la corriente provocar cortocircuitos. La humildad es, en la RC y en la vida espiritual en general, el gran aislante que permite que la corriente divina de la gracia pase a través de una persona sin disiparse, o, peor aún, provocar llamas de orgullo y de rivalidad. Jesús ha introducido el Espíritu en el mundo humillándose y haciéndose obediente hasta la muerte; nosotros podremos contribuir a difundir al Espíritu Santo en la Iglesia del mismo modo: siendo humildes y obedientes hasta la muerte, la muerte de nuestro «yo» y del hombre viejo que habita en nosotros.

Como asistente eclesiástico, he intentado dar, con esta enseñanza, mi contribución para una correcta visión de la RC en la historia y en el presente de la Iglesia. Sin embargo, serán el moderador y los componentes del Comité Internacional los que deberán sostener el peso mayor de este nuevo comienzo. A todos ellos expreso mi amistad fraterna y mi incondicional colaboración, mientras el Señor me dé aún la fuerza de hacerlo. La carta a los Hebreos recomendaba a los primeros cristianos: «Acordaos de vuestros jefes, los cuales os han anunciado la palabra de Dios» (Heb 13,7). Nosotros debemos hacer lo mismo, recordando con afecto y gratitud a aquellos que vivieron y promovieron los primeros el nuevo Pentecostés: Patti Mansfield, Ralph Martin, Steve Clark, Kevin y Dorothy Ranagan y todos los demás que posteriormente han servido a la RCC en el ICCRS, en la Catholic Fraternity y en otros órganos de servicio.

Termino con una palabra profética que proclamé la primera vez que me encontré predicando en presencia de san Juan Pablo II. Es la palabra que el profeta Ageo dirigió a los jefes y al pueblo de Israel en el momento en que se disponían a reconstruir el templo:

Ahora, sé valiente, Zorobabel —oráculo del Señor—, se valiente, Josué, hijo de Josadac, sumo sacerdote; se valiente, pueblo entero del país —oráculo del Señor— y a trabajar, porque yo estoy con vosotros» (Ag 2,4).

¡Sed valientes Jean-Luc y miembros del comité, sed valientes pueblo todo de la RCC y a trabajar porque yo estoy con vosotros, dice el Señor!»

(FIN)



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