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La sorpresa de un Dios que es todo amor

Llego de mi parroquia ahora mismo. Mis días libres suelo celebrar la Misa en la parroquia donde vivo. La mayoría de las veces algún despistado se acerca y asiste a la Eucaristía, otras nadie.


Hoy he celebrado no solo, sino, mejor dicho, sin pueblo. Llegué a la parroquia con suficiente antelación para preparar y prepararme sin prisas.

Estos días raros en que celebro sin pueblo he decidido tomármelos como un regalo especial que me hace Dios que me permite celebrar sin prisas, sin preocupaciones, sin tener que estar pendiente del pueblo, de la gente. El primer capricho que me doy es el de celebrar en el altar mayor, pero “ad orientem”. Tan fácil como dar media vuelta y oficiar vuelto a Cristo.


En Ntra. Sra. Del Carmen tenemos presidiendo el templo un magnífico crucificado. Una bella talla, realista, que te acerca de forma impresionante a la pasión del Señor. Es un regalo de Dios celebrar con ese impactante Cristo delante. Hoy, por ejemplo, me fijaba en Él recitando las oraciones tras el padrenuestro: “Líbranos de todos los males, Señor…”, “Señor Jesucristo que dijiste a tus apóstoles la paz os dejo… no mires nuestros pecados…” Y todo esto, mirando al crucificado a la cara. La verdad es que te estremece. Y no digamos nada lo que impacta elevar el cuerpo y la sangre del Señor tras la consagración y hacerlo mientras Él te contempla desde la cruz.


Otro capricho, en estas ocasiones, es utilizar muy serenamente el canon romano con todos sus signos, con toda su belleza. No hay prisas, estamos solos Él y yo, y las palabras salen emocionadas.

Tampoco tengo necesidad de tasar los tiempos, no hay prisa. Cuando celebro con pueblo, necesariamente tengo que andar con cuidado con los tiempos, por ejemplo, de silencio. Hoy no me ha hecho falta el reloj. He podido dedicar un tiempo a reflexionar sobre las lecturas y otro, como me ha parecido, después de comulgar. Hoy la misa ha sido para los dos. Un regalo de tranquilidad, de paz, de sosiego, de silencio, de hondura. Los dos.

Y, por supuesto, si quiero cantar, canto.


Lo fundamental de la misa es que la misa es el sacrificio incruento de Cristo en la cruz, cada día, cada misa. Y tiene sentido por sí misma. Celebrar solo si hay necesidad o si tenemos gente es transformar el misterio del calvario sobre el altar en un oficio religioso más.


Cristo en el calvario. Por mí, por la parroquia, por el mundo. En el memento de vivos he hecho una pausa grande y he comenzado a desgranar en mi pensamiento las caras, los nombres, las casas de este Danbury de mi vida. Por ellos, por todos ellos, por Danbury, he celebrado hoy la misa. Al llegar al de difuntos, he recordado especialmente a la gente que a lo largo de los años, he ido acompañando al cementerio: Mario, Luis, Felicita, Rocío, Carmen, Milagros…, y por todos los que ya descansan en la espera de la misericordia definitiva.

Misa sin pueblo. Hay gente que se pregunta que si tiene sentido, que si merece la pena. Para mí hoy ha sido un regalo: celebrar los dos solos: Él y yo. Y con nosotros, en la comunión de los santos, todo el pueblo, vivos y difuntos. Qué gran regalo el de esta mañana.



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