• ADMIN

Las ‘bienaventuranzas’ del cardenal Osoro

Manifiesto: «Las religiones, al igual que las personas y los pueblos, se encuentran hoy ante dos caminos: trabajar para la unificación espiritual que le ha faltado a la globalización únicamente económica, o dejarse utilizar por quienes sacralizan las fronteras y los conflictos«.


(Daniel de Fernando)- En un escenario colocado en la fachada principal de la catedral de la Almudena tuvo lugar la última jornada del Encuentro por la Paz. La ceremonia de clausura, a la que asistieron representantes de distintas religiones, además de políticos, pensadores y artistas, estuvo marcada por las intervenciones de los dos organizadores: el arzobispo de Madrid y el presidente de la comunidad de Sant’Egidio.

Lo más reseñable de la intervención de mons. Carlos Osoro, en consonancia con el resto de sus actuaciones, fue el “regalo” que hizo a los allí congregados, a saber, unas nuevas bienaventuranzas. El arzobispo agradeció a los asistentes el haber apostado “por la cultura del encuentro” y compartió una serie de reflexiones acerca de este Encuentro por la Paz: «Estos días vividos en Madrid han sido un regalo, pues poder expresar lo que hace posible ayudar a dar vida, a darnos la mano, a poder ser protagonistas de la lucha activa desde el diálogo y el encuentro, evitando y luchando contra la división, las rupturas, los enfrentamientos, la violencia, la discriminación, la guerra…».


Marco Impagliazzo, por su parte, afirmó que “al cielo todos se dirigen rezando, tanto en la desesperación como en la alegría, tanto desde los precarios refugios bajo las bombas en Siria, como en el culto de las iglesias, de las sinagogas, de las mezquitas o de los templos. El cielo no es prisionero de las fronteras». Además, expresó la necesidad de “considerar la casa del vecino, no como la de un extraño, sino como la de un pariente”, puesto que, a su juicio, «sólo construyendo puentes de diálogo y de encuentro, entre las casas de la aldea global podrá fluir el río de la paz».

Advertisement

Por último, Impagliazzo leyó un manifiesto en el que reivindicaba, amén de la Paz mundial y la sostenibilidad del planeta, una globalización espiritual que acompañe a la económica: “Las religiones, al igual que las personas y los pueblos, se encuentran hoy ante dos caminos: trabajar para la unificación espiritual que le ha faltado a la globalización únicamente económica, o dejarse utilizar por quienes sacralizan las fronteras y los conflictos”.

A continuación les ofrecemos ‘las bienaventuranzas’ de Osoro, publicadas en la propia web del Arzobispado de Madrid:


Bienaventurados cuando escuchamos a quienes han sufrido en su carne la experiencia denigrante de la guerra, que muy a menudo viven a nuestro lado.

Bienaventurados cuando descubrimos que la guerra constituye una grave y profunda herida que se inflige a la fraternidad entre los hombres, aunque se haga en lugares distantes a nosotros.

Bienaventurados cuando ante tantos conflictos en el mundo, ninguno de ellos los vivo desde la indiferencia, sino que afectan a mi vida.

Bienaventurados quienes se sienten cercanos a quienes viven en tierras donde las armas imponen el terror, la destrucción, y les hacen sentir su cercanía.

Bienaventurados los que mediante la oración, el servicio a los heridos, a los que pasan hambre, a los desplazados, refugiados o viven con miedo, les hacen sentir su amor.

Bienaventurados quienes convencidos de lo que significa la paz para los hombres, hacen llegar a cuantos siembran la violencia y la muerte, la noticia y la llamada a que renuncien al exterminio del hermano.

Bienaventurados quienes asumen las vías del diálogo y el encuentro, del perdón y de la reconciliación para construir a su alrededor la paz y devolver la confianza y la esperanza.

Bienaventurados quienes dedican la vida a hacer descubrir que el enemigo es un hermano al que tampoco podemos exterminar, sino que debemos convencer que no niegue el derecho a vivir del otro y de una vida plena para todos.    

Manifiesto leído por Marco Impagliazzo, presidente de la Comunidad de Sant’Egidio:

Hombres y mujeres y de religiones diferentes, invitados por la Comunidad de Sant’Egidio y la archidiócesis de Madrid, hemos venido como peregrinos a esta espléndida ciudad para buscar nuevos caminos de paz, a los 80 años del inicio de la Segunda Guerra Mundial. Hemos rezado, hemos escuchado el lamento silencioso y el grito de quienes están excluidos del bienestar, en las guerras, en tierras donde ya no crece nada, como si ya no fueran hombres o mujeres como nosotros.

Nos preocupan las futuras generaciones, porque vemos que se consume el único planeta de todos como si fuera solo de algunos. Porque vemos la reaparición del culto de la fuerza y las contraposiciones nacionalistas, que han provocado grandes destrucciones a lo largo de la historia. Porque el terrorismo no deja de golpear a gente inerme. Porque parece que el sueño de paz se ha debilitado.

En un mundo cada vez más interdependiente, se vuelve a proponer la tentación antigua de pensar que los grandes problemas se pueden solucionar estando solos. Las guerras y la paz, las epidemias, la seguridad y la ciberseguridad, los desplazamientos de poblaciones, la sostenibilidad del planeta y el calentamiento global, el final de la amenaza nuclear y la reducción de las desigualdades son temas cuyo alcance va más allá de un solo país. No, se necesita diálogo y cooperación.

No podemos dejar detrás del muro de la indiferencia a los más débiles, a los golpeados por la violencia y el desprecio por ser diferentes, porque rezan y hablan en otra lengua. No podemos dejar que se derroche inconscientemente el aire, el agua, la tierra, los recursos humanos, porque sería un peso insoportable para las futuras generaciones.

Pedimos a todos, a los responsables políticos, a los más ricos del mundo, a los hombres y mujeres de buena voluntad, que proporcionen los recursos necesarios para evitar que millones de niños mueran cada año por falta de atención médica y para poder mandar a la escuela a millones de niños que hoy no pueden ir. Será un signo de esperanza para todos.

¡No nos escondamos detrás de un muro de indiferencia! Dios no quiere la separación entre hermanos. Dios no quiere las guerras. Lo hemos aprendido: quien usa el nombre de Dios para justificar la guerra, la violencia y el terrorismo profana el nombre de Dios.

Quien cree en Dios descubre el mundo como casa común, habitada por la familia de los pueblos. Las religiones, al igual que las personas y los pueblos, se encuentran hoy ante dos caminos: trabajar para la unificación espiritual que le ha faltado a la globalización únicamente económica, o dejarse utilizar por quienes sacralizan las fronteras y los conflictos.

Ante todo, nos comprometemos a rezar. Pedimos para nosotros y para el mundo el don de los ojos de Dios, que libran de la ceguera y permiten reconocer al otro como hermano. Le pedimos a Dios la fuerza paciente del diálogo, la capacidad de un lenguaje sabio y humilde que habla a los corazones y disuelve separaciones y contraposiciones.

Sí, una paz sin fronteras es la necesidad profunda de nuestro mundo. Con la ayuda de Dios y la oración una paz sin fronteras es posible.


Nota del editor

Es muy difícil creer que un Cardenal de la Iglesia recree las bienaventuranzas con el prólogo de que todos creemos en el mismo dios. Señor Cardenal, sólo hay un Dios, el revelado por Jesucristo. Todos los demás son ídolos y falsos dioses.

Las Bienaventuranzas no es algo con lo que podemos jugar y hacerlas a nuestro gusto, porque son Palabra de Dios.


0 vistas

© 2023 by The Artifact. Proudly created with Wix.com

  • Facebook B&W
  • Twitter B&W
  • Instagram B&W