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Lecturas del día 13 de julio, 2020

Primera lectura

Is 1, 10-17

Oigan la palabra del Señor, príncipes de Sodoma;

escucha la enseñanza de nuestro Dios, pueblo de Gomorra:

“¿Qué me importan a mí todos sus sacrificios?”,

dice el Señor.

Estoy harto de holocaustos de carneros

y de grasa de becerros;

ya no quiero sangre de toros, corderos y cabritos.

¿Quién les ha pedido que me ofrezcan todo eso

cuando vienen al templo para visitarme?

Dejen ya de pisotear mis atrios

y no me traigan dones vacíos

ni incienso abominable.

Ya no aguanto sus novilunios y sábados

ni sus asambleas.

Sus solemnidades y fiestas las detesto;

se me han vuelto una carga insoportable.

Cuando extienden sus manos para orar, cierro los ojos;

aunque multipliquen sus plegarias, no los escucharé.

Sus manos están llenas de sangre.

Lávense y purifíquense;

aparten de mí sus malas acciones.

Dejen de hacer el mal, aprendan a hacer el bien,

busquen la justicia, auxilien al oprimido,

defiendan los derechos del huérfano

y la causa de la viuda’’.

La mención anterior de Sodoma y Gomorra del v.9 le sirve de introducción al profeta para calificar a los dirigentes del pueblo elegido, sin que esto quiera decir que entre ellos privara el vicio específico de tales ciudades malditas, la sodomía, sino más bien para resaltar el grado de corrupción a que los dirigentes de Judá habían llegado, de los que era un tradicional símbolo la conducta de las dos ciudades malditas. Y se invita a los dirigentes y pueblo de Israel a escuchar el verdadero mensaje espiritual de Dios.

La expresión ley de nuestro Dios no indica necesariamente la Ley mosaica, pues puede tener el sentido amplio de instrucción divina al pueblo; en ese caso podría ser paralela a la palabra del Señor del v.3. Se trata, pues, del oráculo profético que va a proferir Isaías. Lo esencial de la religión no está en los ritos meramente externos, como los sacrificios y las ofrendas. Los primeros se distinguían en “holocaustos,” en los que se quemaba toda la víctima; “sacrificio pacífico,” en los que sólo se quemaba en el altar las partes grasas de la víctima; y, por fin, las “oblaciones” incruentas, de las que parte se reservaba, como en los anteriores, a los oferentes, parte se quemaba ante el Señor, y parte quedaba para los sacerdotes y levitas. Nada de esto le interesa a Dios si los oferentes se acercan sin las disposiciones internas necesarias de compunción y arrepentimiento de sus pecados, sobre todo los cometidos contra el prójimo. En realidad, el acercarse al templo en malas disposiciones a hacer sacrificios es un insulto a Dios, y por eso no quiere verlos presentarse ante El hollando sus atrios (v.12). Todo lo que le ofrezcan en esas condiciones le resulta repugnante y lo rechaza, porque no responde a las disposiciones de sus corazones. Los sacrificios no son necesarios a Yahvé, como lo eran para los ídolos para su sustentación. En la Ley mosaica los sacrificios no tienen el valor de un “do ut des,” como en las otras religiones, sino un mero signo de dependencia y sumisión al Señor de todo lo creado, un tributo de piedad y acatamiento.

Los profetas, pues, rechazan constantemente esos sacrificios que no representan el espíritu de piedad y acatamiento. No es que sean opuestos por sistema a los ritos cultuales, predicando una religión carismática revolucionaria en contra de la tradición sacerdotal. Es falsa la opinión de Renán de que los profetas predicaban “una religión sin culto, sin templo y sin sacerdotes.” No, lo que rechazaban era una religión que considerara como esencial de ella las ceremonias externas, dando de lado a todos los valores ético-religiosos. Son más bien los restauradores del primitivo yahvismo espiritualista tal como lo estableció Moisés en el desierto.

Las fiestas, si no llevan el sello de la entrega interior del alma, carecen de sentido ante Dios. El profeta enumera las distintas solemnidades religiosas entonces vigentes: los novilunios al principio de cada mes; los sábados cada siete días, y las convocatorias solemnes tres veces al año: Pascua, Pentecostés y Tabernáculos.

El novilunio eran las fiestas de principio de mes, cuando la luna se hacía visible, en la que parece se ofrecían sobre todo sacrificios en las tribus y familias; las convocatorias religiosas eran las del sábado, y las tres grandes del año, Pascua, Pentecostés y Tabernáculos.

Dios no soporta que le eleven en la oración sus manos, como era usual, cuando las tienen manchadas en sangre, quizá aludiendo a los sacrificios de niños inocentes a Moloc, como ocurrirá en tiempos no lejanos bajo Manases. Dios no puede soportar esta hipocresía, y por eso aparta sus ojos de ellos, es decir, les retira su gracia y benevolencia. Sólo podrán reconciliarse con él en el supuesto de que emprendan una reforma en su conducta, en la moral privada y en sus relaciones sociales, como exigía el espíritu de la Ley mosaica, que tiene un profundo respeto a la personalidad humana. Naturalmente, el profeta se dirige sobre todo a las clases directoras de la sociedad, principales responsables de la declinación ético-religiosa del pueblo.



Salmo Responsorial

Salmo 49, 8-9. 16bc-17. 21 y 23

R. Dios salva al que cumple su voluntad.


No voy a reclamarte sacrificios, dice el Señor,

pues siempre están ante mí tus holocaustos.

Pero ya no aceptaré becerros de tu casa

ni cabritos de tus rebaños.


R. Dios salva al que cumple su voluntad.


“¿Por qué citas mis preceptos

y hablas a toda hora de mi pacto,

tú, que detestas la obediencia

y echas en saco roto mis mandatos”?


R. Dios salva al que cumple su voluntad.


Tú haces esto, ¿y yo tengo que callarme?

¿Crees acaso que yo soy como tú?

Quien las gracias me da, ése me honra

y yo salvaré al que cumple mi voluntad.


R. Dios salva al que cumple su voluntad.

Esta composición salmódica es, por su contenido, muy afín al de la predicación profética: se rechaza el formalismo externo del culto cuando va desprovisto de un espíritu de compunción y de fidelidad a la Ley, con sus preceptos relativos a los derechos de Dios y del prójimo. El salmo se divide en tres partes: a) preludio: el poeta describe una teofanía de Yahvé, que se manifiesta en su majestad aterradora para destacar más la urgencia de cumplir lo que va a comunicar (1-6); b) el culto formalista externo no tiene valor si no va acompañado de sentimientos religiosos internos, respetando los derechos de Dios (7-15); c) deben guardarse, ante todo, los preceptos de justicia y caridad con el prójimo (16-23).

El estilo es el de los oráculos profetices, haciendo hablar al propio Dios. La introducción recuerda las teofanías del Sinaí, que quedaron como modelo literario estereotipado para describir las terroríficas apariciones del Dios de Israel. Se apostrofa a los cielos y a la tierra, se interroga, amenaza, todo lo cual está dentro del estilo característico de los profetas. Es, pues, este salmo una composición didáctico-profética. “El salmo anterior era un eco del “sabio,” mientras que éste lo es de los profetas; conforme al método característico “sapiencial,” el autor se dirige a “todos los pueblos”; aquí, según el característico método profético, se dirige al “pueblo de Yahvé”. La doctrina versa sobre los deberes hacia Dios y hacia el prójimo, conforme a la distribución general del Decálogo. Ya a Samuel se había dicho que Dios prefiere la “bondad a los sacrificios, y la obediencia a los holocaustos.” La doctrina del salmo se relaciona con lo expuesto en Is 1:11s y Miq 6:6s. Esta verdad aparece después en la literatura sapiencial. El valor de los sacrificios es inferior a los deberes morales, y, sobre todo, aquéllos no tienen valor sin el cumplimiento de éstos.

En el título el salmo se atribuye a Asa, que era músico de David. Como hay cierta dependencia literaria respecto de los grandes profetas, hemos de suponer que es posterior al rey-poeta; así, puede ser eco cíe la predicación profética del siglo VIII al VI a.C. No pocos críticos prefieren rebajar la época de composición a los tiempos posteriores al destierro babilónico en razón de algunos supuestos arameísmos.



Evangelio

Mt 10, 34–11, 1

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: “No piensen que he venido a traer la paz a la tierra; no he venido a traer la paz, sino la guerra. He venido a enfrentar al hijo con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y los enemigos de cada uno serán los de su propia familia.

El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.

El que salve su vida, la perderá y el que la pierda por mí, la salvará.

Quien los recibe a ustedes, me recibe a mí; y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado.

El que recibe a un profeta por ser profeta, recibirá recompensa de profeta; el que recibe a un justo por ser justo, recibirá recompensa de justo.

Quien diere, aunque no sea más que un vaso de agua fría a uno de estos pequeños, por ser discípulo mío, yo les aseguro que no perderá su recompensa’’.

Cuando acabó de dar instrucciones a sus doce discípulos, Jesús partió de ahí para enseñar y predicar en otras ciudades.

La literatura profética, y más aún la rabínica, conocía el juicio previo a la venida del Mesías. Tanto, que ésta fue caracterizada, sin más, con la frase elíptica de “los dolores del Mesías,” es decir, los dolores que habrá para el alumbramiento o venida del Mesías. Pero, una vez venido, lo había de poner todo en orden y paz. El Mesías era llamado también la “Paz.”

Cristo Mesías comienza rectificando este concepto mesiánico rabínico. El no vino a traer la paz, sino la “espada,” la guerra. No es que el “Príncipe de la Paz” (Is 9:5) no venga a traer la paz, sino que, por su doctrina “aquí la “espada” —, va a ser ocasión de que con relación a El haya guerra. No en vano es un “signo de contradicción” (Lc 2:34). Y esta guerra va a llegar a ser dentro del mismo hogar (Miq 7:6).

Ante esta lucha de la sangre y familia en torno a Cristo, ¿qué hacer? Dejarlo todo por El. Así lo expresan los versículos 37 y 38:

“El que ama al padre o a la madre más que a mí, no es digno de mí.

Y el que ama al hijo o a la hija más que a mí, no es digno de mí. Y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí.

Seguramente estas expresiones y exigencias extrañaban menos a aquellos oyentes de Cristo que a los lectores extrajudíos. En la casuística rabínica se lee: “Si el padre y el maestro llevan ambos una carga, es preciso ayudar primero a deponerla al maestro y luego al padre. Si el padre y el maestro están en prisión, es preciso liberar primero a su maestro y luego a su padre.” Y la razón es porque “el padre le ha introducido en la vida de este siglo, mientras que el maestro, que le enseña la sabiduría, lo introduce a la vida del siglo que viene.” Este tema de preferencias era ambiental.

Cristo, sin embargo, que exige un amor supremo a El sobre todas las cosas, proclama su misma divinidad, ya que los valores que exige sacrificar son de ley natural. Sólo está por encima de estos valores el amor de Dios.

Y este amor exige aún más: “El que no toma su cruz y camina detrás de mí, no es digno de mí.” Esta imagen de la cruz tomada sobre sí era familiar a los judíos. Roma aplicaba esta pena. Varo había hecho crucificar a 2.000 judíos. Imagen aterradora. Pero Cristo la exigía para ser “dignos” de Él. Y, además, la llevarán “detrás” de Él. La redacción literaria — ”detrás” — puede estar influenciada por la estampa de Cristo por la Vía Dolorosa (Mt 16:24; Mc 8:34; Lc 23:26). La enseñanza aquí de tomar la cruz no tiene sentido ascético, sino el de persecución violenta y martirio, que puede ser con la crucifixión. Lc (Lc 9:23) le da ya una “adaptación” ascética, al decir que se ha de tomar la cruz de “cada día” (χαθ',ήμέραν).

Por último, y para aclarar definitivamente esto, Cristo hace la contraposición entre la vida del cuerpo (σώμα) y la del alma (ψυχην) (ν.28). Perder la primera por Cristo es asegurar la segunda, ya que el alma “no pueden matarla” (v.28 b). La frase, aunque cargada de un profundo sentido nuevo por Cristo, era usada en el medio ambiente. Si Cristo la toma de él, la enriquece. Se lee en el Talmud: “¿Qué debe hacer un hombre para morir? Darse la muerte.” Y también: “El que guarda una palabra de la Ley, guarda su alma; el que abroga una palabra de la Ley, hace perecer su alma”, es decir, la vida verdadera en la resurrección (Mt 22:23-32). No se trata de decir que no interesa el cuerpo, sino destacar bien que Dios tiene el pleno dominio y destino del hombre entero (v.28c).

Premio del que recibe al apóstol (v.40-42).

Una última consideración o perspectiva recoge aquí Mt en este discurso de apostolado. Este versículo se entroncaría conceptualmente, por su aspecto positivo, con el v.14. Sería la contraposición. Allí, en la misión palestina, se decía lo que debían hacer cuando no los recibiesen en una casa; ahora, en esta perspectiva de misión universal, se anuncia el premio que tendrán los que los reciban como apóstoles.

Sabido es que la hospitalidad es sagrada en Oriente. De ella decía un rabino: “La hospitalidad es cosa tan grande como la visita matinal a la escuela (para estudiar la Ley).” Y otro decía: “La hospitalidad es incluso más grande que saludar a la Shekina,” es decir, la sensibilización de Dios.

Pero en el pensamiento de Cristo no se trata de esta simple hospitalidad oriental sagrada, sino de la hospitalidad de los que se reciben como apóstoles de Cristo. ¿Qué premio tendrán los que así obren?

“El que os recibe a vosotros, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió.”

Este pensamiento es otra sentencia predilecta de Cristo (Mt 18:5; Mc 9:37; Lc 9:48; Lc 10:16) y de valor joánico (Jn 12:44.45; Jn 13:20), prueba de la autenticidad de la doctrina.

El pensamiento es ilustrado con tres ejemplos: el que recibe al “profeta” o al “justo” como profeta o justo, es decir, en cuanto se refleja a Dios en el “justo,” tendrá el premio (μισθός) correspondiente. Este premio correspondiente al “profeta” o “justo” puede tener un doble sentido: “o que recibirá galardón por haber recibido a un profeta o a un justo, o el que corresponde al mismo profeta o justo” 67. Este último sentido parece preferible, ya que indica el mismo premio específico, aunque no requiere que sea en el mismo grado que el del profeta o justo. “El que recibe al profeta como profeta, tendrá recompensa de profeta.” Tiene además el paralelo de las palabras de Cristo a los que ejercitaron obras de misericordia: “Cuanto hicisteis a uno de mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis” (Mt 25:40.45).

Y la enseñanza se destaca completa, al modo oriental, utilizando para ello un servicio mínimo que se haga al apóstol: el que dé un vaso de agua fresca a uno de “estos pequeños,” no quedará tampoco sin recompensa, pero si lo hace “en cuanto discípulo” de Cristo.

La expresión “a nombre de” es “el calco de una locución rabínica, en hebreo leshém, en la cual shem no tiene ya el sentido de nombre, sino que indica la razón, el motivo, el título de una cosa.” Sin embargo, es también locución griega usual en la misma lengua profana de los papiros, con el significado de persona.

“Estos pequeños” a quienes se supone hacer el beneficio, si en otro contexto pueden significar niños u otra clase de personas, en éste se refiere a los apóstoles (Mt 11:26; cf. Lc 10:21-23), como abiertamente lo dice Mc (Mc 9:41; cf. Lc 10:21-23).

La triple clasificación que aquí se usa — apóstoles, justos, pequeños — está respondiendo, para su valoración, al procedimiento por “acumulación” aunque pueda indicar distintas “fuentes” acopladas.



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