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Lecturas del día 14 de enero, 2020

Primera lectura


1 Sm 1, 9-20


En aquel tiempo, después de tomar la comida ritual en Siló, Ana se levantó y se puso a orar ante el Señor. Llena de amargura y con muchas lágrimas, hizo esta promesa: “Señor de los ejércitos, mira la aflicción de tu sierva y acuérdate de mí. Si me das un hijo varón, yo te lo consagraré por todos los días de su vida, y en señal de ello, la navaja no tocará su cabeza”.

Mientras tanto, el sacerdote Elí estaba sentado a la puerta del santuario. Ana prolongaba su oración y Elí la miraba mover los labios, pero no oía su voz. Pensando que estaba ebria, le dijo: “Has bebido mucho. Sal de la presencia del Señor hasta que se te pase”. Pero Ana le respondió: “No, señor. Soy una mujer atribulada. No he bebido vino ni bebidas embriagantes; estaba desahogando mi alma ante el Señor. No pienses que tu sierva es una mujer desvergonzada, pues he estado hablando, movida por mi dolor y por mi pena”.

Entonces le dijo Elí: “Vete en paz y que el Dios de Israel te conceda lo que le has pedido”. Ella le contestó: “Ojalá se cumpla lo que me dices”. La mujer salió del templo, fue a donde estaba su marido, y comió y bebió con él. Su rostro no era ya el mismo de antes.

A la mañana siguiente se levantaron temprano, y después de adorar al Señor, regresaron a su casa en Ramá. Elcaná tuvo relaciones conyugales con su esposa Ana, y el Señor se acordó de ella y de su oración. Ana concibió, dio a luz un hijo y le puso por nombre Samuel, diciendo: “Al Señor se lo pedí”.


En una de las visitas al santuario de Silo ocurriósele a Ana hacer un voto a Yahvé. Una vez concluido el banquete sacrificial, levantóse y “presentóse ante Yahvé” (así los LXX). Junto a la puerta del tabernáculo estaba sentado Helí para recibir las consultas que le hicieran los peregrinos. El texto hebreo emplea el término focal para designar la tienda del tabernáculo que se hallaba en Silo (2 Sam 7), que se usa asimismo para indicar el templo de Salomón. Pero, según 3:15, había en Silo algo más que una simple tienda, puesto que el joven Samuel, de madrugada, “abrió las puertas de la casa de Yahvé.” Lo que en un principio fue simple tienda convirtióse en santuario más sólido en tiempos de los jueces, siendo destruido, probablemente, por los filisteos (Jer 7:12-14; Jer 26:6-9; Sal 78:60). Después de la catástrofe que se describe en 4:3-8, el tabernáculo fue trasladado a Nob (21:1-6).

La oración continuada de Ana y el movimiento tembloroso de sus labios despertaron en Helí la sospecha de que estaba ebria. No era raro el caso de excederse en la bebida con ocasión de los banquetes sacrificiales, con los consiguientes efectos (Am 2:8; Is 28:7-13; 1Co 11:20-21). La respuesta de Ana tranquilizó al sumo patriarca. Tuvo Ana el presentimiento de que Dios había escuchado su ruego, por lo que no hizo ya la cara de antes, comió y bebió con su marido. Con una expresión semítica (Gen 4:1-17) que usan también los griegos (Plutarco, Vita Alex. 21), dice el texto que Elcana conoció a Ana y que Dios se acordó de ella.

Es la madre la que impone el nombre a su hijo, llamándole Samuel, palabra que guarda asonancia con el verbo shaal = pedir. El texto señala una etimología popular, ya que, científicamente, la raíz verbal hebraica debía ser shaul. La palabra Samuel es análoga a la asiro-babilónica Shemuil, “el nombre es Yahvé” (Eccli 46:13, hebr.). Elcana y su familia suben al santuario de Silo para sacrificar y cumplir su voto.



Salmo Responsorial


1Samuel 2,1. 4-5. 6-7. 8abcd


R. Mi corazón se alegra en Dios, mi salvador.


Mi corazón se alegra en el Señor,

en Dios me siento yo fuerte y seguro.

Ya puedo responder a mis contrarios,

pues eres tú, Señor, el que me ayuda.


R. Mi corazón se alegra en Dios, mi salvador.


El arco de los fuertes se ha quebrado,

los débiles se ven de fuerzas llenos.

Se ponen a servir por un mendrugo

los antes satisfechos;

y sin tener que trabajar,

pueden saciar su hambre los hambrientos.

Siete veces da a luz la que era estéril

y la fecunda ya dejó de serlo.


R. Mi corazón se alegra en Dios, mi salvador.


Da el Señor muerte y vida,

deja morir y salva de la tumba;

él es quien empobrece y enriquece,

quien abate y encumbra.


R. Mi corazón se alegra en Dios, mi salvador.


El levanta del polvo al humillado,

al oprimido saca de su oprobio,

para hacerlo sentar entre los príncipes

en un trono glorioso.


R. Mi corazón se alegra en Dios, mi salvador.


Muchos problemas plantea el presente cántico, que soslayamos en parte para no engolfarnos en cuestiones cuya solución definitiva no verán nunca los mortales. Se discute el significado del cántico, su autenticidad, su composición poética, tiempo en que fue escrito y cuándo entró a formar parte integrante del libro. Los críticos independientes se aferran en negar su autenticidad; algunos católicos (Dhorme, Desnoyers) los han imitado, otros soslayan la cuestión y los más la defienden (Bressan, Leimbach, Rehm, Ubach, etc.). Cabe distinguir cuidadosamente entre autenticidad jurídica de un libro sagrado o partes del mismo y autenticidad crítica. Todos los católicos admiten la inspiración del cántico, aunque, por razones críticas, niegan algunos que sea de Ana; admiten su autenticidad jurídica, pero no la crítica. De suyo, la cuestión del autor humano de un libro o de una de sus partes no roza directamente con la fe. Ahora bien, si el autor sagrado, con el empleo del verbo wattomer, y dijo, pretende afirmar categóricamente que el cántico salió por primera vez de la boca de Ana, debemos asentir a su testimonio infalible.

Dada la composición heterogénea del libro y la presencia en él de diversas piezas literarias de origen distinto, cabe dudar de la autenticidad humana del canto si existen para ello razones convincentes. Las que aportan los partidarios de la sentencia negativa no carecen de todo valor. En primer lugar, en vez de encontrarse el lector ante un himno improvisado de acción de gracias en boca de una mujer de pueblo, tropieza con un trozo literario esmaltado de ideas sublimes expresadas en forma rítmica, con seis estrofas, dos de cuatro esticos y cuatro de seis. Verdad es que suelen los autores bíblicos entonar un canto de acción de gracias a Dios cuando quieren darle gracias por algún beneficio recibido (2Sa_23:1). Idéntico es el proceder en los cantos del Magníficat y Benedictus, tan afín el primero con el cántico de Ana. En cuanto al fondo teológico de su contenido, ya San Agustín había agudizado su talento para encontrar una solución a tamaña anomalía, viendo en el himno una profecía sobre el cambio del antiguo sacerdocio y sobre la Iglesia de Cristo (De civitate Dei 17:4).

Por todo cuanto hemos insinuado, cabe ya suponer que la cuestión de su autenticidad crítica está al rojo vivo. Unos lo atribuyen a David, otros a un rey de Samaría, otros a la comunidad judaica, etc. Modernamente se tiende a considerarlo como un canto de la época real, a causa, sobre todo, del v.10, en el que se habla del rey. De ahí la creencia de que el himno es de composición algo tardía y que ha sido intercalado en este lugar por la alusión del v.5 a la mujer estéril. Como se ve, graves son las razones que se oponen a la autenticidad del canto de Ana. Aun en el supuesto de que el hagiógrafo atribuyese este cántico a Ana, cabe, sin embargo, admitir que su forma literaria actual es obra de un redactor posterior.



Evangelio


Mc 1, 21-28


En aquel tiempo, se hallaba Jesús en Cafarnaúm y el sábado fue a la sinagoga y se puso a enseñar. Los oyentes quedaron asombrados de sus palabras, pues enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas.

Había en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo, que se puso a gritar: “¿Qué quieres tú con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios”. Jesús le ordenó: “¡Cállate y sal de él!” El espíritu inmundo, sacudiendo al hombre con violencia y dando un alarido, salió de él. Todos quedaron estupefactos y se preguntaban: “¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es ésta? Este hombre tiene autoridad para mandar hasta a los espíritus inmundos y lo obedecen”. Y muy pronto se extendió su fama por toda Galilea.


Acompañado de estos primeros discípulos (v.29), Cristo llega a Cafarnaúm, probablemente la actual Tell-Hum.

Poco tiempo o días después de su llegada era sábado. La forma plural empleada para decir que era sábado es diversamente empleada. Para algunos, esta forma plural, unida al “enseñaba (Mc), querría indicar una alusión general de los dos evangelistas (Lc-Mc) a la actividad docente de Cristo en las sinagogas de Galilea. Pero parece mejor interpretarlo de sólo aquel primer sábado que predicaba en la sinagoga de Cafarnaúm. La forma plural usada no es otra cosa, probablemente, que una redacción literaria hecha a imitación de los nombres de las fiestas griegas, tal como se encuentra en otros pasajes evangélicos (v.gr., τα éfxoctvta, τα αζυμα, etc.).

Aquel sábado Cristo asistió, como de costumbre (Mc 3:1; Mc 6:2), a los actos sinagogales, y enseñó allí. Las sinagogas existían en todos los pueblos y casi en todas las pequeñas villas. De una sinagoga magnífica de Cafarnaúm se conservan aún muy importantes ruinas.

Estos oficios tenían dos partes: una oración, otra lectura y exposición de la Escritura: primero de la Ley y luego de los Profetas. Esta exposición estaba a cargo de un sacerdote, del jefe de la sinagoga, o a quien invitase éste, entre las personas que juzgase capaces de hacer una exposición. Esta no consistía sólo en parafrasear la Ley; podía ser una exposición literal o alegórica, reglas de conducta, parábolas, exhortaciones, etc. El tema era libre, amplio; pero el método, no. Este había de ser autorizando la exposición, sea con la Escritura o con la tradición: sentencias de los rabinos.

Hacia el centro de la sinagoga había una plataforma o tribuna, donde tenía su asiento el jefe y los miembros más respetables de la misma. Allí estaba también el sitio del lector y del que iba a hacer la exposición. Desde allí habló Cristo.

De esta exposición, lo que causó “admiracion” en los oyentes, y que recogen Mc-Lc, es que “enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas” (Mt 7:28.29). No sólo la sorpresa de los oyentes está en el método que oyen, sino también en la doctrina que expone; o mejor aún, en la doctrina nueva, expuesta con el método nuevo de su propia autoridad.

Los expositores de la Ley y los Profetas, con margen de exposición, tenían que fundamentar ésta en la Escritura y en la “tradición,” que eran las sentencias de los rabinos. Este método no era más que una cadena de dichos: “Dijo rabí tal., y rabí cuál dijo.,” y así en una serie inacabable de sentencias, sin resolverse nada. Se decía como elogio de uno de los rabinos célebres, Yohanan ben Zakkai, que no pronunciaba nada, ni enseñaba nada, que no lo hubiese recibido de su maestro.

Pero el método de Cristo era distinto. El interpretaba con su autoridad; Prescindía de estas sentencias, pero dictaminaba por sí mismo. Debió de ser esto al estilo de las sentencias en el “sermón del Monte”; v.gr.: “Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo. Pero yo os digo.” (Mt 5:38.39, etc.).

Esto mismo era una insinuación de su divinidad. La Escritura era palabra de Dios. ¿Quién podía interpretarla con autoridad propia sino Dios? Un profeta hablará en nombre de Dios. Pero Cristo hablaba de la Ley de Dios, interpretándola, exponiéndola, con autoridad propia. ¿No era esto insinuar que él tenía poderes divinos?

Esta escena y esta insinuación tienen allí mismo una gravísima confirmación.

En aquella reunión sinagogal había un hombre que, si a intervalos estaba normal, en otros aparecía “poseído de un espíritu impuro” (Mc), es decir, por el “espíritu de un demonio impuro” (Lc). El “espíritu impuro” es término ambiental que designa al demonio. Este tema de los “endemoniados” ha de ser valorado en cada caso concreto, ya que, a veces, los evangelistas relatan la enfermedad como estaba en la creencia popular, la cual no siempre era exacta. Ni, en principio, habría inconveniente en admitir que Cristo, realizando las curaciones, se amoldase, consciente y libremente, y se comportase para la cura a la creencia popular.

Este “endemoniado” grita, en la asamblea, ante la enseñanza de Cristo: “¿Qué hay entre ti y nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a perdernos? Te conozco; tú eres el Santo de Dios.”

Este “endemoniado” increpa a Cristo con el nombre con el que era usualmente conocido, de Jesús Nazareno (Mt 21:11), para decirle que no tiene nada que ver con él — “nosotros” —. Piensa que viene a “perdernos.” Y sabe que Cristo es “el Santo de Dios” (Jn 6:69). Esta denominación no era título oficial ni usual del Mesías, aunque fácilmente podría ser denominado así. En el pueblo santo y de los santos, según Daniel (Dan 7:25), el que por excelencia estaría sobre todos, y que habría de destacarse sobre toda santidad, el Mesías, fácilmente pudiera ser llamado así. Así lo llamó también Pedro (Jn 6:69). El calificativo está en situación especialmente por la victoria que va a tener contra el “espíritu impuro.”

El “endemoniado” le increpa que no venga a “perdernos.” Es referencia a la lucha contra los poderes demoníacos. Ya en Isaías se dice que los poderes celestiales malos, demoníacos (Ef 2:2; Ef 6:11.12), serán al final encadenados por Dios (Is 24:22ss). De aquí se vino a atribuir este “juicio” al Hijo del hombre. A esto alude esta exclamación. El tiempo de especial acción diabólica en el mundo quedaba sometida, en parte, con la inauguración del reino mesiánico (Jn 12:31).

Cristo, con un gesto de imperio, le mandó “callar,” como lo hizo, y por el mismo motivo, en otras ocasiones (Mt 8:4; Mt 9:25.30.31, etc.), con objeto de no divulgar anticipadamente su mesianismo, y lo hizo “salir de él.” Aquel pobre hombre experimentó, ante esta orden, una “agitación violenta,” que Lc la describe como “arrojando (el demonio) al poseso en medio” del grupo en que estaba, a la parte de la sala central, probablemente delante de la tribuna donde estaba Cristo exponiendo su doctrina. Y “dio un fuerte grito,” y el milagro se hizo.

Los evangelistas recogen la narración de los presentes en una doble línea: una es la fama que va a extenderse por doquier, en “toda la tierra de los alrededores de Galilea.” Pero esta fuerte fama fue debida a lo que los presentes a la curación se dijeron “estupefactos”: era una “doctrina nueva” por su contenido y por su método, pues estaba “revestida de autoridad” (Mc, Lc v.32; cf. Mt 7:28.29), y todo ello rubricado por el milagro.

Los evangelistas presentan este caso con una marcada finalidad apologética y “escatológica.” La doctrina nueva es rubricada por el milagro. Pero, además, es sobre “el espíritu impuro.” Esto es prueba del dominio de Cristo sobre el reino del mal. Su victoria, que ya comienza, manifiesta que está en Israel el reino de Dios (Mt 12:28; Lc 12:20). La época “escatológica,” que es la “mesiánica,” está en marcha. Por eso, la doctrina “nueva” es término bíblico ”escatológico” (Mc 1:27; Mc 2:21; Jn 13:34; 2Co 3:6; 2Co 5:17; Gal 6:15; Jer 31:31).



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