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Lecturas del día 14 de marzo, 2020

Primera lectura


Mi 7, 14-15. 18-20


Señor, Dios nuestro, pastorea a tu pueblo con tu cayado,

al rebaño de tu heredad,

que vive solitario entre malezas

y matorrales silvestres.

Pastarán en Basán y en Galaad,

como en los días de antaño,

como cuando salimos de Egipto

y nos mostrabas tus prodigios.

¿Qué Dios hay como tú, que quitas la iniquidad

y pasas por alto la rebeldía de los sobrevivientes de Israel?

No mantendrás por siempre tu cólera,

pues te complaces en ser misericordioso.

Volverás a compadecerte de nosotros,

aplastarás con tus pies nuestras iniquidades,

arrojarás a lo hondo del mar nuestros delitos.

Serás fiel con Jacob y compasivo con Abraham,

como juraste a nuestros padres en tiempos remotos,

Señor, Dios nuestro.


Después de constatar el arrepentimiento del pueblo pecador, el profeta anuncia el futuro glorioso que espera a Israel, que verá reconstruidos sus muros y dilatadas sus fronteras, extendiendo su dominio desde Asiría a Egipto y desde Egipto hasta el río Éufrates. La expresión del uno al otro mar parece aludir al Mediterráneo y al mar Muerto; son los límites de Palestina. El v.13 parece aludir a la devastación de esta tierra por los invasores, por lo que parece fuera de lugar, y más bien hay que colocarlo después Dt 6:16, en que se habla de la ruina de Israel por sus pecados. En todo caso, en el lugar en que está ahora parece interrumpir el anuncio de restauración, que parece ser la idea central del fragmento de los v.11-20.

El profeta pide a Yahvé en una hermosa oración que el pueblo se congregue de nuevo después de la dispersión que siguió a la invasión: apacienta con tu cayado a tu pueblo, el rebaño de tu heredad (v.14). Israel está disperso como rebaño sin pastor, aislado en la selva, y el profeta pide a su Dios que lo lleve a los feraces pastos del Carmelo, de Basan y de Galaad (v.14). El profeta está seguro de que Yahvé renovará los prodigios del éxodo de Egipto en favor de su pueblo, y con ello las gentes y naciones paganas se avergonzarán al ver que nada servirá su prepotencia contra la omnipotencia divina (v.16).

Los v. 18-20 son como un epílogo de alabanza a Yahvé por la gran misericordia que ha hecho a Israel pecador al perdonarle sus transgresiones, manteniendo las promesas hechas a Jacob y a Abraham en tiempos antiguos.



Salmo Responsorial


Salmo 102, 1-2. 3-4. 9-10. 11-12


R. El Señor es compasivo y misericordioso.


Bendice al Señor, alma mía,

que todo mi ser bendiga su santo nombre.

Bendice al Señor, alma mía,

y no te olvides de sus beneficios.


R. El Señor es compasivo y misericordioso.


El Señor perdona tus pecados

y cura tus enfermedades;

él rescata tu vida del sepulcro

y te colma de amor y de ternura.


R. El Señor es compasivo y misericordioso.


El Señor no estará siempre enojado,

ni durará para siempre su rencor.

No nos trata como merecen nuestras culpas,

ni nos paga según nuestros pecados.


R. El Señor es compasivo y misericordioso.


Como desde la tierra hasta el cielo,

así es de grande su misericordia;

como dista el oriente del ocaso,

así aleja de nosotros nuestros delitos.


R. El Señor es compasivo y misericordioso.


En este bellísimo salmo se canta la benevolencia de Yahvé, que se muestra indulgente y comprensivo con el pecador. Las exigencias de su misericordia se sobreponen a las de su justicia, y el corazón arrepentido encuentra siempre el perdón de parte del Dios que conoce la fragilidad de la naturaleza humana. No es un Juez acusador, sino un Padre benévolo con sus hijos.

Fundamentalmente es un himno de acción de gracias y de alabanza; por su elevación de ideas y por su elegancia literaria, este salmo es considerado como una de las obras maestras del Salterio. El espíritu del salmista se refleja en toda su transparencia, muy cerca ya de las perspectivas cristianas: el Dios paternal y providente se sobrepone al Dios justiciero del Sinaí.

También se atribuye esta composición a David. No obstante, los comentaristas modernos insisten en los arameísmos y en las posibles reminiscencias de otros textos bíblicos posteriores a los tiempos davídicos. Por estas razones se supone que la redacción de este bellísimo salmo es de los tiempos postexílicos.



Evangelio


Lc 15, 1-3. 11-32


En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores para escucharlo. Por lo cual los fariseos y los escribas murmuraban entre sí: “Éste recibe a los pecadores y come con ellos”.

Jesús les dijo entonces esta parábola: “Un hombre tenía dos hijos, y el menor de ellos le dijo a su padre: ‘Padre, dame la parte de la herencia que me toca’. Y él les repartió los bienes.

No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se fue a un país lejano y allá derrochó su fortuna, viviendo de una manera disoluta. Después de malgastarlo todo, sobrevino en aquella región una gran hambre y él empezó a padecer necesidad. Entonces fue a pedirle trabajo a un habitante de aquel país, el cual lo mandó a sus campos a cuidar cerdos. Tenía ganas de hartarse con las bellotas que comían los cerdos, pero no lo dejaban que se las comiera.

Se puso entonces a reflexionar y se dijo: ‘¡Cuántos trabajadores en casa de mi padre tienen pan de sobra, y yo, aquí, me estoy muriendo de hambre! Me levantaré, volveré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Recíbeme como a uno de tus trabajadores’.

Enseguida se puso en camino hacia la casa de su padre. Estaba todavía lejos, cuando su padre lo vio y se enterneció profundamente. Corrió hacia él, y echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos. El muchacho le dijo: ‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo’.

Pero el padre les dijo a sus criados: ‘¡Pronto!, traigan la túnica más rica y vístansela; pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies; traigan el becerro gordo y mátenlo. Comamos y hagamos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’. Y empezó el banquete.

El hijo mayor estaba en el campo y al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y los cantos. Entonces llamó a uno de los criados y le preguntó qué pasaba. Éste le contestó: ‘Tu hermano ha regresado y tu padre mandó matar el becerro gordo, por haberlo recobrado sano y salvo’. El hermano mayor se enojó y no quería entrar.

Salió entonces el padre y le rogó que entrara; pero él replicó: ‘¡Hace tanto tiempo que te sirvo, sin desobedecer jamás una orden tuya, y tú no me has dado nunca ni un cabrito para comérmelo con mis amigos! Pero eso sí, viene ese hijo tuyo, que despilfarró tus bienes con malas mujeres, y tú mandas matar el becerro gordo’.

El padre repuso: ‘Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’ ”.


En estos dos versículos, y con una hipérbole manifiesta — “todos los publicanos,” ya que la “totalidad” es término usual de Lc — , plantea el tema de este capítulo: la misericordia. Estos publicanos y pecadores — gentes que no se preocupaban de la pureza “legal” farisaica — acudían a Cristo para oírle. Esto levantó, una vez más, la censura de los fariseos y escribas para murmurar de Él, porque comía y acogía a los pecadores. Pero la respuesta de Cristo la articula Lc en tres parábolas. Las tres, con desarrollo distinto, tienen la misma finalidad: la misión y el gozo de Cristo por salvar a los pecadores.

La parábola del hijo pródigo es una de las más bellas del Evangelio y que expresa más efusivamente la misericordia de Dios sobre el pecador arrepentido. Es propia de Lc.

Literariamente es una parábola, aunque con algunos elementos alegorizantes. Todos los elementos de su desarrollo están mostrando esta solicitud de Dios por el pecador para perdonarlo. Los detalles de esta solicitud son acusadísimos.

Es evidente que este “padre” de la parábola es Dios. Pero ¿a quiénes representan los hijos “mayor” y “menor”?

Es seguro que el “hijo menor” estaba alegóricamente por los “publicanos y pecadores,” ya que éstos eran gentes que no se preocupaban gran cosa de no incurrir en la impureza “legal,” o acaso, máxime en la proyección de Lc “moralizante,” que mira a la gentilidad, a los pecadores en general, sin estas especificaciones judías.

Pero el “hijo mayor,” ¿a quién representa? Algunos piensan que a los fariseos, como contrapuestos en la parábola a los publicanos y pecadores, con cuyos grupos se plantea el problema y la situación temática de estas tres parábolas. Pero, si esto se admite, ¿cómo justificar la conducta farisaica, tan terriblemente estigmatizada por Cristo, hasta decirle que “ni entráis vosotros en el reino de los cielos ni permitís entrar a los que querían” (Mt 23:13). Es imposible que en esta parábola el “hijo mayor,” que está siempre en la casa de su padre y en todo le obedece, se pueda identificar con los fariseos, desobedientes a Dios y hostiles al reino.

En cambio, resulta más lógico identificarlo con “los justos,” que en esta redacción de Lc se extiende a los cristianos. Podrá extrañar que éstos protesten, personificados en el “hijo mayor,” de la conducta misericordiosa de Dios con el pecador. No se olvide que es un rasgo pedagógico de la parábola para más resaltar estos planes de Dios. El “hijo mayor” está “por los justos que, al modo humano, muestran no comprender los misterios de la divina misericordia”. Puede haber ironía contra los cristianos.

Aunque en la proyección de Lc, para étnico-cristianos, los dos hijos acaso puedan estar, sin más matices de ambiente judío, por justos y pecadores.

Algunos elementos descriptivos de la narración, u otros que se alegorizan, son:

v.12. La parte que correspondía al hijo menor, siendo sólo dos, de la hacienda de su padre, era una tercera parte (Dt 21:15-17).

Un padre podía renunciar a sus bienes antes de morir y repartirlos (1Re 8.1-2; Eco 33:19-23).

v.15. El judío que apacentase puercos era maldito, por ser este animal impuro . Con ello se acusa más su vida de pecado (Lev 11:7).

v.20. “Cuando estaba lejos, sale su padre, y, compadecido, corrió a él” llenándole de cariño, es alegoría de la providencia misericordiosa de Dios. El beso es signo de perdón (2Sa 14:33).

v.22. El mandar ponerle el vestido (στολή ), el anillo y las sandalias, expresa, probablemente y globalmente, su restitución al estado de hijo en la casa, aunque con atuendo festivo y de honor.

Originariamente es la respuesta de Cristo a las críticas farisaicas ante la admisión de “pecadores” en el reino. ¡Tal es la bondad de Dios! Lc la “moraliza” a los pecadores. El cristiano, renovado por el bautismo, y hecho “hijo” de Dios, vuelto al pecado — sin distinción de gravedades — tiene sobre sí el perdón de Dios, “su Padre.” El tema central no es “el hijo pródigo,” sino el permanente perdón de Dios.



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