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Lecturas del día 16 de noviembre, 2019

Primera lectura


Sab 18, 14-16; 19, 6-9

Cuando un profundo silencio envolvía todas las cosas

y la noche estaba a la mitad de su camino,

tu palabra todopoderosa, Señor, como implacable guerrero,

se lanzó desde tu trono real del cielo

hacia la región condenada al exterminio.

Blandiendo como espada tu decreto irrevocable,

sembró la muerte por dondequiera;

tocaba el cielo con la mano y al mismo tiempo pisaba la tierra.

La creación entera, obediente a tus órdenes,

actuó de manera diversa a su modo de proceder

para librar a tus hijos de todo daño.

Una nube protegió con su oscuridad el campamento israelita

y donde antes había agua, surgió la tierra firme;

en el mar Rojo apareció un camino despejado

y en las olas impetuosas, una verde llanura.

Por ahí, protegido por tu mano, pasó todo el pueblo,

mientras contemplaba tus prodigios admirables.

Corrían como potros y brincaban como corderos,

dándote gracias, Señor, por haberlos liberado.


Con el canto de los hebreos contrastaba el clamor y lamentaciones de los egipcios, que lloraban la muerte de sus primogénitos, con que Dios hacía sentir su mano poderosa sobre los recalcitrantes opresores, desde el faraón hasta el último de los egipcios 8. La cantidad de muertos fue tal, que no había tiempo para embalsamar los cadáveres, operación que duraba un mes, y darles sepultura, con aquellos largos y complicados ritos funerarios que estaban en uso entre los egipcios, lo que supondría para ellos un nuevo dolor, dada su devoción por el culto a los muertos. Tal vez las artes de los magos no dejaron ver claramente a los egipcios la acción de Dios en las nueve primeras plagas o las explicaban como fenómenos puramente naturales. Pero la muerte de los primogénitos no dejaba lugar a duda: el dedo de Dios estaba allí. Los egipcios, al fin, reconocen que los hebreos eran el pueblo escogido por Dios.

Con una descripción semejante a la del ángel que desencadenó la peste en el pueblo israelita en los días de David, los v. 14-16 presentan la noche de la muerte de los primogénitos. En medio del silencio de la noche, la “palabra omnipotente” de Dios, que creó todas las cosas, las conserva y puede reducir a la nada 10, como un invencible guerrero fue sembrando la muerte en los hogares de los egipcios en cumplimiento del decreto divino de dar muerte a sus primogénitos. La Iglesia ha tomado los versos 14-15 para el introito de la misa de media noche de Navidad. Como el ángel exterminador por medio de la muerte de los primogénitos puso fin a la esclavitud egipcia, así el verbo de Dios, que nace en el silencio de aquella noche en el portal de Belén, nos libró de la esclavitud del demonio y del pecado.

Visiones de sueños en medio de horribles pesadillas anunciaron a los primogénitos su próximo fin y les hicieron saber la causa de su muerte, que ellos, víctimas probablemente de alguna peste o algún mal rápido desconocido que les producía la muerte en pocas horas, manifestaron a los demás. Era ésta no haber escuchado la voz de Moisés, que en nombre de Dios pedía la libertad para los israelitas. Esa misma noche, los egipcios, que repetidas veces rechazaron la demanda de Moisés, pidieron a los israelitas que salieran de entre ellos, proporcionándoles ellos mismos los enseres necesarios para la salida. El dato de las visiones en que los primogénitos conocieron la causa de su muerte no es referido en el éxodo. El autor de la Sabiduría lo pudo tomar de la tradición tal vez existente, o deducirlo, bajo la inspiración divina, del hecho de que esa misma noche los egipcios rogaron a los israelitas saliesen de su país.


Salmo Responsorial


Salmo 104, 2-3. 36-37. 42-43


R. (5a) Recordemos los prodigios del Señor.


Aclamen al Señor y denle gracias,

relaten sus prodigios a los pueblos.

Entonen en su honor himnos y cantos,

celebren sus portentos.


R. Recordemos los prodigios del Señor.


El Señor hirió de muerte a los primogénitos de los egipcios,

primicias de su virilidad.

Sacó a su pueblo cargado de oro y plata,

y entre sus tribus nadie tropezó.


R. Recordemos los prodigios del Señor.


Se acordó de la palabra sagrada

que había dado a su siervo Abraham,

y sacó a su pueblo con alegría,

a sus escogidos con gritos de triunfo.


R. Recordemos los prodigios del Señor.


En este salmo se trata de cantar la fidelidad de Dios al pacto contraído con Abraham relativo a la posesión de la tierra de Canaán por su descendencia. El poeta señala las diversas vicisitudes del pueblo hebreo desde los tiempos patriarcales hasta la instalación en la tierra prometida, pasando por la dura esclavitud de Egipto y su maravillosa liberación bajo la égida de Moisés. Pero la posesión de la tierra de Canaán no constituye más que las primicias de otro dominio más amplio sobre los pueblos por parte de la progenie de Abraham. Esta historia privilegiada exige por parte de los israelitas una fidelidad extrema a los preceptos de su Dios. El salmista no relata los castigos que a través de los siglos sufrió la comunidad hebrea, como aparece en otras composiciones del Salterio, sino que se limita a destacar la benevolencia y protección divina hacia el pueblo elegido. Así, pues, este salmo es fundamentalmente de acción de gracias y de instrucción para los israelitas. El salmo siguiente, en cambio, es de penitencia. Es como el reverso de éste, pues en él se describen las rebeldías contra Yahvé del pueblo a través de la historia, las infidelidades a su vocación excepcional. En el salmo 105 prevalece un acento didáctico-admonitorio, juntamente con un tono eucarístico.

Los 15 primeros versos aparecen en 1Cr 16:8-22, donde se habla de la organización del culto por David bajo la dirección de Asaf. Como salmo 96, también éste parece una inserción en dicho capítulo relativo al traslado del arca a Jerusalén. Generalmente se sostiene entre los comentaristas la fecha de composición postexílica para el salmo 106. Podemos dividirlo en cuatro secciones: a) invitación a los descendientes de Abraham a alabar a Yahvé por su fidelidad a la alianza (1-12); b) protección sobre los patriarcas, particularmente sobre Jacob en Egipto al encumbrar a José (13-24); c) castigo de los egipcios por oprimir a los israelitas: las plagas (25-36); d) protección de los israelitas en el desierto e instalación en Canaán (37-45).


Evangelio


Lc 18, 1-8

En aquel tiempo, para enseñar a sus discípulos la necesidad de orar siempre y sin desfallecer, Jesús les propuso esta parábola:

"En cierta ciudad había un juez que no temía a Dios ni respetaba a los hombres. Vivía en aquella misma ciudad una viuda que acudía a él con frecuencia para decirle: 'Hazme justicia contra mi adversario'.

Por mucho tiempo, el juez no le hizo caso, pero después se dijo: 'Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, sin embargo, por la insistencia de esta viuda, voy a hacerle justicia para que no me siga molestando' ".

Dicho esto, Jesús comentó: "Si así pensaba el juez injusto, ¿creen acaso que Dios no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche, y que los hará esperar? Yo les digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿creen que encontrará fe sobre la tierra?"


Parábola propia de Lc. Como los discípulos deberán sufrir mucho, para esto les es necesaria la oración, estando alerta para esta venida. En el lugar paralelo del “Apocalipsis sinóptico” se vaticina todo esto, y se les recomienda para ello estar atentos, “vigilantes” y “orar” (Lc 21:36 par.). Esta constante vigilancia por la oración es lo que inculca esta parábola, cuyo tema se enuncia abiertamente al comienzo de ella: “Es preciso orar en todo tiempo y no desfallecer.” No se trata de una oración matemáticamente continua, pero sí muy asidua.

La parábola se centra en un juez acaso venal que no se molesta en hacer justicia a una pobre viuda. Ya los profetas clamaban contra este abuso de los desvalidos. Pero ella urgía le resolviese su asunto, que en el contexto es favorablemente — “hacer justicia” —, e insistentemente volvía a la carga. El mismo temió; le estaba molestando tanta insistencia. Por lo que se decide a hacerle justicia, no sea que “finalmente venga y me dé más quebraderos de cabeza.”

Y Cristo saca la conclusión con un argumento “a fortiori”: Si por egoísmo los seres humanos hacen justicia, favores, ¡cuánto más Dios hará justicia!, por alusión a la parábola, pero con el significado de despachar favorablemente lo que piden, a los “elegidos,” no en contraposición a réprobos, sino en el sentido vulgar y paulino de “fieles,” que asiduamente claman a él, “aun cuando les haga pacientemente esperar” (μαχροθυμεΤ ). Esta última frase es discutida en su sentido preciso! Sí, ante esa oración perseverante, hará justicia, y prontamente, lo que no está en contradicción con la “espera.” Es un modo hiperbólico de asegurar la certeza del logro de esa oración (Is 65:24). Aquí termina la parábola. En ella hay expresiones paulinas; v. gr., “orad siempre” (1Te 5:17; 2Te 1:11; Rom 1:10; Rom 12:12; Ef 3:13); “no perdáis ánimos” (2Te 3:13; 2Co 4:1.16, etc.). Pero la segunda parte del versículo — “Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?” — parece una adición extraña. ¿En qué relación está con lo anterior? Parece estar en una relación conceptual de fondo, o lógica.

La parábola enseña la necesidad de una oración perseverante. Pero, a su vez, en el contexto de Lc viene situada aquí por la necesidad de la “vigilancia” ante la venida del Hijo del hombre. A la hora de esta venida, se “enfriará la caridad de muchos” (Mt 24:12), y aparecerán falsos profetas y falsos “cristos,” con portentos, que pretenderán engañar, si fuera posible, a los mismos “elegidos” (Mc 13:22). Evocada por esto, aparece esta pregunta al final de la parábola, en la que se pide la perseverancia en la oración, como insinuándose que por no atender a esta enseñanza, o si no se la atiende, en orden a esta perseverancia, esa “frialdad de la caridad” podrá afectar a muchos.

La frase sobre la “justicia” (v.7) podría ser una alusión a las persecuciones de la Iglesia primitiva (cf. Lc 21:12; Rev 6:9-11, etc.). La reflexión final (v.8b), que, por razones filológicas, no parece ser de Lc 2, debe de tener aquí por trasfondo la parusía

Si la parábola responde originariamente al cuadro anterior de la “venida del Hijo del hombre” (Lc 17:22-37), aunque el v. l8b tiene características de Lc, la parábola debió de referirse a la certeza de la providencia de Dios sobre los discípulos ante las calamidades anunciadas y el temor o vacilaciones de éstos.

El sentido actual que tiene sobre la oración sería una adaptación como el medio ordinario para superar catástrofes (cf. Lc 21:36) y lograr el éxito con su “paciencia” (Lc 18:7; cf. Lc 21:19). Ante la panorámica de la Iglesia primitiva, la Iglesia la extendió y adaptó a sus necesidades.



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