• ADMIN

Lecturas del día 16 de octubre, 2019

Primera lectura

Rom 2, 1-11

No tienes disculpa tú, quienquiera que seas, que te constituyes en juez de los demás, pues al condenarlos, te condenas a ti mismo, ya que tú haces las mismas cosas que condenas; y ya sabemos que Dios condena justamente a los que hacen tales cosas.

Tú, que condenas a los que hacen las mismas cosas que haces tú, ¿piensas que vas a escapar del juicio de Dios? ¿Por qué desprecias la bondad inagotable de Dios, su paciencia y su comprensión, y no te das cuenta de que esa misma bondad es la que te impulsa al arrepentimiento?

Pues por la dureza de tu corazón empedernido, vas acumulando castigos para el día del castigo, en el que Dios se manifestará como justo juez y pagará a cada uno según sus obras. A los que buscaron la gloria y el honor que no se acaban, y perseveraron en hacer el bien, les dará la vida eterna; en cambio, a los que por egoísmo se rebelaron contra la verdad y cometieron injusticias, les dará un castigo terrible.

Todo aquel que haga el mal, el judío primeramente, pero también el no judío, tendrá tribulación y angustia; en cambio, todo aquel que haga el bien, el judío primeramente, pero también el no judío, tendrá gloria, honor y paz, porque en Dios no hay favoritismos.


San Pablo no dice nunca en esta historia que esté refiriéndose a los judíos. Simplemente habla de: “¡oh hombre, quienquiera que seas, tú que juzgas!” (v.1); y con este innominado personaje es con quien se encara. Parece claro, sin embargo, atendido el conjunto de la argumentación, que este personaje, representante de todo un sector, es el mismo que a partir del v.17 aparece ya explícitamente con el nombre de “judío.” Las mismas expresiones: “conforme a tu dureza y a la impenitencia de tu corazón” (v.5), están como recordando otras similares alusivas al pueblo de Israel (cf. Ex 32:9; Deu 31:27; Jer 9:26; Bar 2:30; Hch 7:51). Si San Pablo no pone explícitamente desde un principio el nombre de “judío” fue quizás para no herir bruscamente susceptibilidades, prefiriendo ir a la sustancia de la cosa, y que sean los judíos mismos, aunque sin nombrarlos, los que se vean como forzados a reconocer que también ellos son culpables.

La conexión de este capítulo con el anterior es clara. San Pablo continúa con el mismo alegato del estado ruinoso de la humanidad, que necesita de la “justicia” revelada en el Evangelio. Habló de los gentiles (Hc 1:18-32); ahora va a hablar de los judíos. Estos, en contraposición a los gentiles Deu 1:32, no aprueban los vicios de los paganos, antes al contrario los condenan (v.13). Están de acuerdo con San Pablo en esas invectivas lanzadas contra el mundo gentil, considerándose muy orgullosos de no pertenecer a esa masa pecadora, que no ha recibido la Ley, convencidos de que con ésta pueden ellos sentirse seguros, sin preocuparse gran cosa de las exigencias morales (cf. Mt 23:23; Lev 18:9-14). Pues bien, esta mentalidad es la que ataca aquí San Pablo, haciéndoles ver que su situación no es mejor que la de los gentiles, cuyos vicios condenan.

El argumento de San Pablo es el de que “hacen eso mismo que condenan” (v.1.3), y, por tanto, son tan culpables como los gentiles; incluso puede hablarse de culpabilidad mayor (cf. v.9), pues han recibido más beneficios de Dios, despreciando “las riquezas de su bondad y longanimidad” para con ellos (v.4-5). El que San Pablo diga que “hacen eso mismo que condenan” no significa que los judíos, como pueblo, cayeran tan bajo en los vicios todos de los paganos. Lo que se trata de hacer resaltar es que, por lo que toca al dominio del pecado, están en la misma situación que ellos; pues como ellos, tampoco viven de acuerdo con el conocimiento que tienen de Dios. Es ahí donde radica el gran pecado, tanto de gentiles como de judíos. En los v. 17-23 se concretarán luego algunos vicios de los judíos, que condenan en los paganos, pero que, sin embargo, también ellos cometen.

San Pablo, en todo este alegato contra los judíos, insiste en una verdad de suma importancia: que en el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios, cada uno será juzgado según sus obras, lo mismo judíos que gentiles; pues en Dios no hay acepción de personas (v.5-n). El “día de la ira” es el día del juicio final, de que con frecuencia habla San Pablo (cf. 14:10-12; 1Co 3:13-15; 1Co 4:5; 2Co 5:10; 1Te 5:2-9; 2Te 1:6-10) y también el Evangelio (cf. Mt 10:15; Mt 11:22-24; Mt 12:36; Mt 13:39-43; Mt 25:31-46); si se dice “día de ira” es porque en la perspectiva presente se mira sobre todo al castigo de los pecadores, aunque sea también día de recompensa de los justos. Al decir San Pablo que Dios “dará a cada uno según sus obras” (v.6; cf. 1Co 3:13-15; 2Co 5:10; Ef 6:8), no hace sino repetir lo dicho por Jesucristo (cf. Mt 16:27; Jn 5:29 ), y en modo alguno se contradice con lo que afirma en otras ocasiones hablando de “justificación por la fe” (cf. 1:16-17; 3:22; 4:11; 5:1); pues la “justificación por la fe” no excluye las obras, exigencia de esa misma fe en orden a conseguir la “salud” (cf. 12:1-2; 1Co 13:1; Gal 5:6). Aquí San Pablo recalca como universal el principio de retribución según las obras, que vale lo mismo para gentiles que para judíos, como luego concretará en los v. 12-16.


Salmo Responsorial

Salmo 61, 2-3. 6-7. 9


R. (13b) Sólo en Dios he puesto mí confianza.


Sólo en Dios he puesto mi confianza,

porque de él vendrá el bien que espero.

Él es mi refugio y mi defensa,

ya nada me inquietará.


R. Sólo en Dios he puesto mí confianza.


Sólo Dios es mi esperanza,

mi confianza es el Señor;

es mi baluarte y firmeza,

es mi Dios y salvador.


R. Sólo en Dios he puesto mí confianza.


De Dios viene mi salvación y mi gloria;

él es mi roca firme y mi refugio.

Confía siempre en él, pueblo mío,

y desahoga tu corazón en su presencia,

porque sólo en Dios está nuestro refugio.


R. Sólo en Dios he puesto mí confianza.


Este poema tiene el aire de una oración litúrgica después de una fuerte derrota de los ejércitos de Israel. El salmista se queja de la prueba a que se ha sometido al pueblo de Dios, pidiendo que se remedien las consecuencias de esta trágica calamidad nacional (3-7); a pesar de las promesas de victoria (8-10), los acontecimientos no parecen corresponder a estas optimistas promesas (11-12), y termina declarando la plena confianza en Dios (13-14). No pocos autores creen que el oráculo de los v.8-io sobre las victorias es inserción posterior a las súplicas de victoria que encontramos en v.3~7 y 11-14! por el contenido, este salmo es paralelo al 44, aunque de tono menos sombrío. El estilo es conciso y apretado, no exento de belleza literaria.

Como es ley en esta colección, se atribuye también este salmo a David, y se da la ocasión de su victoria sobre los arameos y edomitas. Esta suposición se compagina mal con el contenido del salmo, que habla de una derrota y no de una victoria. Para salvar esta incongruencia, algunos autores conservadores suponen que, mientras David dirigía la guerra en la parte septentrional contra los arameos, los edomitas atacaron por el sur, y de momento derrotaron a los israelitas, los cuales, gracias a la intervención de Joab, enviado para hacer frente a este peligro, habría logrado una victoria. El salmo habría sido compuesto justamente cuando David recibió la noticia de la derrota de su ejército antes de enviar a Joab. Los autores modernos, sin embargo, suponen que el salmo es de época posterior a David, aunque no parece que deba ponerse después del exilio4. El oráculo de los v.8-10 parece ser anterior a las lamentaciones de los v.2-7 y 11-14. El salmista o compilador lo habría insertado al conjunto deprecativo para dar más ánimos y esperanzas basadas en las promesas divinas.


Evangelio


Lc 11, 42-46

En aquel tiempo, Jesús dijo: "¡Ay de ustedes, fariseos, porque pagan diezmos hasta de la hierbabuena, de la ruda y de todas las verduras, pero se olvidan de la justicia y del amor de Dios! Esto debían practicar sin descuidar aquello. ¡Ay de ustedes, fariseos, porque les gusta ocupar los lugares de honor en las sinagogas y que les hagan reverencias en las plazas! ¡Ay de ustedes, porque son como esos sepulcros que no se ven, sobre los cuales pasa la gente sin darse cuenta!"

Entonces tomó la palabra un doctor de la ley y le dijo: "Maestro, al hablar así, nos insultas también a nosotros". Entonces Jesús le respondió: "¡Ay de ustedes también, doctores de la ley, porque abruman a la gente con cargas insoportables, pero ustedes no las tocan ni con la punta del dedo!"


A la hipocresía farisaica se la describe en otros casos: la Ley exigía pagar los “diezmos” al sacerdocio, de lo que vivía (Num 18:21; Deu 14:22); lo que se interpretó incluso de cosas menores, como la “menta,” la “ruda” y “todas las legumbres”; pero ellos no practicaban la “justicia,” que era el amor a Dios.

Pretenden ser perfectos y ansían la ostentación de “los primeros puestos en las sinagogas,” que estaban delante de la tribuna del lector y mirando al pueblo, y los “saludos” de las gentes en la plaza, como a los maestros y perfectos por excelencia.

Les censura que son “como sepulturas que no se ven.” Mt los compara a “sepulcros blanqueados,” que son “hermosos por fuera,” pero por dentro tienen la podredumbre de la muerte. Pues se blanqueaban los sepulcros ante las fiestas de “peregrinación,” para que los peregrinos no los rozasen y contrajesen alguna impureza legal (Num 19:16). Pero aquí se presenta de otra manera. Son sepulcros que no se ven, como enterrados en un campo, y los hombres, sin saberlo, los pisan y contraen la impureza “legal,” que aquí es el veneno de su doctrina de boicot a Cristo.

Al llegar aquí, Lc introduce hablando a un doctor de la Ley, censurándole. No parece el banquete lugar apto para estas censuras; por eso podría ser la inserción aquí de otro elemento tomado de la tradición, de otro momento, o una “introducción” literaria.

Los doctores de la Ley interpretaban ésta con un rigorismo preventivo insoportable. Tales son los comentarios de los rabinos en el Talmud. Pero ellos no los cumplían.

Por aparecer religiosos, levantaban monumentos a los profetas a quienes sus antepasados mataron. Pero les saca una conclusión de lógica oriental: consienten en su muerte; aquéllos los mataron, y éstos los entierran. Es que, en el fondo de esta afirmación, como se ve en el v.49, está prevista la muerte de Cristo y la persecución y muerte de los apóstoles y de los otros “profetas” del N.T. (1Co 12:29; Hch 15:32, etc.). Pero, como toda la historia de Israel estaba orientada al Mesías, a la muerte de éste experimentará Israel el castigo por toda la sangre derramada por esta causa: “le será pedida a esta generación.” En Mt 23:32-39 está expuesto este tema con más desarrollo y matiz.

La “Sabiduría de Dios” no parece afectar directamente a Cristo. Al menos no es un término usual ni comprensible para los lectores. Puede ser una frase construida al modo de los oráculos de los profetas y hablar de los designios de Dios, ya que es la vieja Sabiduría de los sapienciales (cf. Lc 7:35). Es la providencia de Dios la que envió profetas y ahora apóstoles: correrán la misma suerte (Jer 7:25ss).

Por último, los censura porque se “apoderaron de la llave de la ciencia” religiosa. Sólo ellos dictaminaban lo que debía ser. Hasta tal punto, que daban más valor a los dichos y cuerpo de doctrina de sus doctores que a los mismos Libros Sagrados. Y así, ante el Cristo Mesías, por el boicot que le hacían, ni “entraban ellos” en el Reino “ni dejaban entrar” al pueblo. Tal era el ascendiente que tenían sobre el mismo.

Lc termina diciendo la reacción brutal de “escribas y fariseos” contra El, proponiéndole “trampas” para comprometerle con alguna de sus respuestas.

El complemento a este cuadro está en el Comentario a Mt 23:1-38.



© 2023 by The Artifact. Proudly created with Wix.com

  • Facebook B&W
  • Twitter B&W
  • Instagram B&W