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Lecturas del día 17 de septiembre, 2019

Primera Lectura

Hermano: Es cierto que aspirar al cargo de obispo es aspirar a una excelente función. Por lo mismo, es preciso que el obispo sea irreprochable, que no se haya casado más que una vez, que sea sensato, prudente, bien educado, digno, hospitalario, hábil para enseñar, no dado al vino ni a la violencia, sino comprensivo, enemigo de pleitos y no ávido de dinero; que sepa gobernar bien su propia casa y educar dignamente a sus hijos. Porque, ¿cómo podrá cuidar de la Iglesia de Dios quien no sabe gobernar su propia casa? No debe ser recién convertido, no sea que se llene de soberbia y sea por eso condenado como el demonio. Es necesario que los no creyentes tengan buena opinión de él, para que no caiga en el descrédito ni en las redes del demonio.

Los diáconos deben, asimismo, ser respetables y sin doblez, no dados al vino ni a negocios sucios; deben conservar la fe revelada, con una conciencia limpia. Que se les ponga a prueba primero y luego, si no hay nada que reprocharles, que ejerzan su oficio de diáconos. Las mujeres deben ser igualmente respetables, no chismosas, juiciosas y fieles en todo. Los diáconos, que sean casados una sola vez y sepan gobernar bien a sus hijos y su propia casa. Los que ejercen bien el diaconado alcanzarán un puesto honroso y gran autoridad para hablar de la fe que tenemos en Cristo Jesús. (1 Tm 3, 1-13)


Dentro del tema del culto, de que el Apóstol viene hablando, ocupan un lugar importante los ministros sagrados. De ellos va a hablar ahora, y primeramente de los “obispos” (v.1-7).

Comienza diciendo que “si alguno aspira al episcopado, desea una buena obra” (καλού έργου επιθυμεί ) e introduce la afirmación con la fórmula verdadero es el dicho” (τηστός ó Aóyos), que ya explicamos al comentar 1:15. ¿Qué intenta significar el Apóstol bajo la expresión “buena obra” y por qué ese empeño en afirmar que la aspiración al episcopado es “buena obra”? Parece, en cuanto a lo primero, que “buena obra” equivale a oficio noble y excelente, pues la misión del “obispo” es la de cooperar con Dios a la salud de las almas y difundir el reino de Cristo. No es ya tan claro el porqué de esa afirmación aquí. Probablemente ese cargo de “obispo,” en contraste con los dones brillantes de curaciones o de glosolalia (cf. 1Co 12:8-10; 1Co 14:1-5), era poco apetecido en Éfeso, pues carecía de todo aliciente humano y sólo representaba trabajo humilde y lleno de sinsabores. De ahí que Pablo trate de poner las cosas en su punto, haciendo hincapié en la excelencia del “episcopado.” Sin embargo, debido precisamente a esa excelencia, el cargo de “obispo” exige un mínimo de condiciones, que el Apóstol enumera en los v.2-7. En esta enumeración, más que en las virtudes típicamente cristianas, como fe, esperanza y caridad, que sin duda se presuponen, se insiste en virtudes humanas, de inmediata repercusión en el trato con los demás. La mayoría de los términos son suficientemente claros y no hay por qué detenerse en explicarlos. Nos fijaremos únicamente en dos: “marido de una sola mujer” (v.2) y “no neófito” (v.6). Quiere San Pablo que el elegido para “obispo” no esté casado en segundas nupcias. La misma condición pone también para los “diáconos” (cf. v.12) y para las “viudas” inscritas como tales en el registro de la Iglesia (cf. 5:9). Sin embargo, para los fieles en general no condena las segundas nupcias (cf. 5:14; 1Co 7:39). La razón de esa exigencia, aunque San Pablo nada dice al respecto, parece ser porque las segundas nupcias no eran bien vistas, incluso entre los paganos, siendo consideradas como una falta de fidelidad a la primera mujer y como una falta de dominio de sí mismo. Más tarde, desde principios del siglo IV, la Iglesia latina irá más lejos y a sus ministros, sacerdotes y diáconos exigirá el celibato completo, como más conveniente a la entrega total que tal ministerio requiere (cf. 1Co 7:32-33). En cuanto a la otra condición, es decir, “no neófito,” la razón es obvia; pues un “neófito” o recién convertido a la fe no podrá tener normalmente la ciencia y autoridad necesarias para regir la comunidad. Sin embargo, San Pablo indica otro motivo: el de que, al verse elevado tan rápidamente, participe de la suerte de Lucifer, que cayó por soberbia. Todavía vuelve a hablar del diablo y de sus ardides, al referirse a la “buena fama” de que el obispo debe gozar ante los no cristianos (v.7; cf. 1Co 5:12; 1Te 4:12). Estas referencias al diablo son frecuentes en las Pastorales (cf. 1Ti 1:20; 1Ti 3:6-7; 1Ti 4:1; 2Ti 2:26) y también en las otras cartas paulinas (cf. Rom 16:20; 1Co 5:5; 1Co 7:5; 1Co 10:20-21; 2Co 2:11; 2Co 6:15; 2Co 11:14; 2Co 1:71 Ef 6:11; 1Te 2:9.18).

Así explicado el pasaje, queda aún por resolver la cuestión central: ¿qué entiende San Pablo bajo el término “obispo”?

De este punto ya tratamos ampliamente en la introducción a la carta. Como entonces dijimos, creemos que también aquí, en las pastorales, lo mismo que en los anteriores escritos del Nuevo Testamento, el término “obispo” sigue siendo sinónimo de “presbítero,” sin que tenga todavía el sentido técnico que adquirirá más tarde.


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Salmo Responsorial: Salmo 100, 1-2ab. 2cd-3ab. 5. 6

R. (2b) Danos, Señor, tu bondad y tu justicia.


Voy a cantar la bondad y la justicia;

para ti, Señor, tocaré mi música.

Voy a explicar el camino perfecto.

¿Cuándo vendrás a mí?


R. Danos, Señor, tu bondad y tu justicia.


Quiero proceder en mi casa

con recta conciencia.

No quiero ocuparme de asuntos indignos,

aborrezco las acciones criminales.


R. Danos, Señor, tu bondad y tu justicia.


Al que en secreto difama a su prójimo

lo haré callar;

al altanero y al ambicioso

no los soportaré.


R. Danos, Señor, tu bondad y tu justicia.


Escojo a gente de fiar

para que vivan conmigo;

el que sigue un camino perfecto

será mi servidor.


R. Danos, Señor, tu bondad y tu justicia.


Este salmo ha sido saludado como el “espejo del príncipe y de los magistrados.” En él se traza el programa de un gobierno equitativo y honesto, refrenando los desmanes de los impíos y promoviendo el bien a base de seleccionar buenos y fieles consejeros, evitando el fraude y ejerciendo la justicia de modo severo contra los obradores de iniquidad. En el salmo podemos distinguir dos partes: a) normas de conducta en la vida privada (1-4); b) en las relaciones de la vida pública (5-8).

El título atribuye el salmo a David, y en ese supuesto se insinúa la circunstancia del traslado del arca de la alianza a Jerusalén con ocasión de su composición; pero nada en el salmo garantiza esta suposición. Los críticos modernos prefieren una fecha de composición más tardía, sin que exista unanimidad de apreciaciones al concretarla, y, así, las opiniones se escalonan desde los tiempos de Ezequías hasta los Macabeos.

Las características de la conducta divina son la piedad hacia los que le son fieles y la justicia para con los rebeldes a su ley. El salmista inicia su poema declarando estos atributos divinos, para después amoldarse a sus exigencias en la vida moral. Algunos autores han querido suponer que este primer verso es una adición litúrgica, pero puede entenderse como preludio general del salmo, conforme al estilo de otras composiciones del Salterio.

En su conducta privada quiere seguir el camino de la integridad moral, ansiando poder convivir en comunidad afectiva con Yahvé: ¿cuándo vendrás a mi? En su vida no prestará atención a nada vil o indigno de su calidad de fiel yahvista; por eso no puede aprobar el proceder de los apóstatas o ateos prácticos, que viven al margen de su ley y desprecian a Dios. En su deseo de mantenerse íntegro, vivirá alejado del malvado con un corazón recto y sumiso a los preceptos divinos.

Como gobernante, excluirá de su confianza a los calumniadores, orgullosos y fraudulentos, procurando rodearse sólo de los hombres probos o fieles de la tierra. Sólo los rectos tendrán acceso a él en el gobierno en calidad de ministros. Con energía procurará cada día hacer desaparecer de la sociedad a los impíos, que infeccionan el ambiente con sus perversidades. En la ciudad de Yahvé — Jerusalén — no pueden habitar los inicuos, pues es la capital de la teocracia, donde mora el propio Dios de Israel.


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Evangelio (Lc 7, 11-17)

En aquel tiempo, se dirigía Jesús a una población llamada Naím, acompañado de sus discípulos y de mucha gente. Al llegar a la entrada de la población, se encontró con que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de una viuda, a la que acompañaba una gran muchedumbre.

Cuando el Señor la vio, se compadeció de ella y le dijo: "No llores". Acercándose al ataúd, lo tocó, y los que lo llevaban se detuvieron. Entonces Jesús dijo: "Joven, yo te lo mando: Levántate". Inmediatamente el que había muerto se levantó y comenzó a hablar. Jesús se lo entregó a su madre.

Al ver esto, todos se llenaron de temor y comenzaron a glorificar a Dios, diciendo: "Un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo".

La noticia de este hecho se divulgó por toda Judea y por las regiones circunvecinas.


Este pasaje es propio de Lc. La cronología del mismo es muy vaga. Acaso Lc relata aquí esta resurrección como elemento evocado por el relato siguiente de su respuesta a los enviados del Bautista, en que como prueba mesiánica se resucitan muertos. Mt lo había prevenido con la resurrección de la hija de Jairo.

Cristo va, con sus discípulos y una gran muchedumbre de la que le escuchó y sobre la que operó milagros, a un villorrio (πόλις ; Lc suele llamar así a pequeños villorrios) llamado Naín Na'im = la bella, la graciosa), situado a unos diez kilómetros al sudeste de Nazaret y a siete u ocho horas de Cafarnaúm, junto al Djebel col-Duhy. La escena del encuentro de Cristo con el cortejo fúnebre tiene lugar al acercarse a la “puerta de la ciudad.” Un pequeño villorrio es probable que no tuviese más que una puerta de acceso. Así aparece en las ruinas de Ain Shems. Según la costumbre judía, llevaban a enterrar sobre unas parihuelas, envuelto el cuerpo en lienzo blanco, y la cabeza en un sudario, o en ocasiones descubierta, al hijo único de una viuda; los judíos no utilizaban ataúdes. El entierro solía ser al atardecer del día del fallecimiento. Acompañaban el féretro su madre, parientes y gran parte de las gentes del villorrio, sin faltar plañidera y algún flautista. Los rabinos tenían legislado que, al encontrarse un cortejo fúnebre, se incorporasen las gentes a él. Aquí Cristo se adelanta a la madre para compadecerse de ella. La escena es de una gran delicadeza. Bien consciente de su poder, sin temores a la impureza “legal” por tocar un muerto (Num 19:16), tocó el féretro y dio al joven la orden de “levantarse,” de resucitar; pero la fórmula con que lo dice es de interés:

“Joven (yo) te digo a ti: levántate.”

El Señor da la orden de resucitar al joven en su nombre propio: “(Yo) te digo a ti.” El poder en nombre propio de la resurrección de los muertos, como el poder de vida o muerte, es poder en el A.T. reservado a Dios. Se piensa si Lc quiere reflejar aquí estos poderes divinos de Cristo. En todo caso, el hecho habla de ellos.

El muerto se incorporó, comenzó a hablar, y Él se lo entregó a su madre. El “temor” ante el prodigio sobrenatural invade al pueblo. Pero éste sólo ve en Cristo “un gran profeta.” El pueblo no oyó o no valoró bien la formulación de Cristo, salvo que no sea algo matizada por Lc, y pensó que había sido una resurrección al estilo de las de Elías y Elíseo (1Re 17:17-24; 2Re 4:11-27), en las que la resurrección se operaba por la impetración.

Lc en el v.13 llama a Cristo “Señor” (χύριος ). Es título de Cristo normal en Lc (Lc 7:19; 2Lc 10:2.39.41; Lc 11:39; Lc 12:42; Lc 13:15; Lc 16:18; Lc 17:5ss; Lc 18:6; Lc 19:8; Lc 22:61; Lc 24:34). En cambio, sólo sale una vez en Mt (Mt 21:3) y en el paralelo de Mc (Mc 11:3; Harrington). Es término del cristianismo primitivo (Rom 10:9; Flp 2:11), pues a Cristo no se le trataba así en vida, y con el que se proclamaba la divinidad del mismo. Se ve en este pasaje un acentuado estilo de Lc. Es oportuno proclamar a Cristo Κύριος , cuando va a ejercer poderes divinos en la resurrección de un muerto.

A esto se une otro intento deliberado de Lc: su intento de evocar sobre Cristo las resurrecciones de muertos hechas por Elías (1Re 17:17-24) y Elíseo (2Re 4:18-37). Ambos resucitaron a dos hijos únicos y de viudas. Este intento se ve porque Lc cita estos pasajes en otros lugares (Lc 4:25-27; Lc 5:1-11). Además, el final del v.15 concuerda literalmente con la parte que interesa, con 1Re 17:23. Pero en estos casos la resurrección es por “impetración” a Dios, y se realizan mediante un complicado y prolijo ritual. Si es por “evocación,” lo es para evocar, por contraste, el modo de las resurrecciones de Cristo por su imperio de Dios.

Las gentes reconocieron que había surgido “un gran profeta.” Estos “himnos finales” son usuales en las narraciones de Lc. El hecho hablaba, en su momento histórico, de un taumaturgo; el caso de Elíseo, que obró el milagro cerca de Naín, aparentemente los equiparaba y desorientaba. En aquel momento este “gran profeta” surgido no debe de ser equivalente “al Profeta” (Jn 6:14.15) esperado, y que, era para muchos, sinónimo de Mesías.



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