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Lecturas del día 2 de diciembre, 2019

Primera lectura


Is 4, 2-6

Aquel día, el vástago del Señor será magnífico y glorioso;

el fruto del país será orgullo y esplendor

de los sobrevivientes de Israel.

A los restantes en Jerusalén,

a todos los inscritos en ella para la vida, los llamaré santos.

Cuando el Señor haya lavado la inmundicia de las hijas de Sión

y haya limpiado de sangre a Jerusalén

con viento justiciero y abrasador,

creará el Señor, sobre todo lugar del monte Sión

y sobre la asamblea,

nube y humo de día,

y fuego llameante de noche.

Y por encima, la gloria del Señor será toldo

y tienda contra el calor del día,

abrigo y resguardo contra el temporal y la lluvia.


Esta sección, cuya estructura poética es oscura, se presenta también como una pieza errática, que sustancialmente parece llevar el sello isaiano, pero que probablemente en su principio pertenecía a otro contexto. Es un cuadro luminoso en que se presenta la situación gloriosa de Jerusalén después del juicio devastador de Dios, del “día del Señor.” Aunque parece tener algún viso de pasaje apocalíptico, no obstante, las ideas fundamentales (salvación de un “resto,” purificación por el juicio y regeneración de la naturaleza) caen dentro de la ideología de Isaías.

En la nueva era mesiánica, la naturaleza se asociará con una vegetación exuberante a la felicidad de los “rescatados de Sión,” que han sido salvados de la purificación general del juicio de Dios. Este es un lugar común en la literatura profética.

La expresión renuevo o germen de Yahvé ha sido interpretada por algunos como sinónima del Mesías, y así lo entendía la versión caldea. En Zac, la expresión germen se refiere a Zorobabel, tipo del Mesías, y en Jeremías se llama al Mesías “retoño o germen de la casa de David.” En el contexto de Is 4:2, en cambio, por paralelismo con la expresión fruto de la tierra, parece que hay que excluir esta interpretación, pues se trata de la extraordinaria fertilidad o “germinación” que hará surgir Dios en la tierra, sin que intervenga el trabajo del hombre: Dios hará brotar milagrosamente toda suerte de frutos terrenales al servicio de los “rescatados de Sión,” en contraposición al fruto de la tierra que brota normalmente por el cuidado del agricultor. Y todo esto será para grandeza y honra de los rescatados de Israel (v.2), es decir, de los que han sido salvados de la catástrofe general; y serán llamados santos (v.3),7 es decir, separados, consagrados a Dios, y, en consecuencia, puros en sus costumbres y vida (v.4), pues éste es el sentido genuino de la palabra santidad en el A.T. El pueblo israelita, cuando la alianza, fue llamado “santo,” es decir, segregado de todos los pueblos para ser ante Yahvé como “un pueblo santo y sacerdotal,” es decir, vinculado de modo especial a Dios. Así, en el texto de Isaías, los rescatados de Sión constituirán una nueva teocracia con un nuevo derecho de soberanía, y por eso serán oficialmente inscritos entre los vivos, en el registro de la nueva Jerusalén, como ciudadanos de la nueva teocracia. El libro de la vida era el registro en el que constaban todos los nombres del pueblo fiel a Dios. Aquí, pues, estar inscrito entre los vivos equivale a estar destinado a sobrevivir en el nuevo reino de Dios, con Jerusalén como capital.

Pero antes se impone una purificación de todos los pecados de las hijas de Sión (v.4), quizá alusión a los pecados de frivolidad excesiva descritos en el capítulo anterior (algunos leen “hija de Sión,” como sinónimo de Jerusalén en cuanto colectividad, como aparece en otros lugares profetices), y de los crímenes cruentos (las manchas de sangre) por medio del castigo de Dios, al viento del juicio y de la devastación, o, como traducen otros, “con el espíritu de exterminio y de juicio,” considerando al “espíritu” aquí como sinónimo de la energía divina, que interviene enviando el castigo purificador.

Una vez terminada esta primera fase de purificación, se abre esplendoroso el horizonte mesiánico, en el que los rescatados de Sión vivirán bajo la protección directa de Yahvé, repitiéndose sobre la montaña de Sión el portento milagroso de la presencia visible de Dios en medio de su pueblo santo bajo la forma de nube y fuego, que los cubrirá y protegerá como en otro tiempo durante la travesía del desierto. Esa nube, símbolo de la presencia sensible de Yahvé sobre su pueblo, formará como una especie de dosel (que los cubrirá y protegerá contra las inclemencias del clima) sobre toda gloria. Aquí Israel es el “reino sacerdotal” por excelencia, digno de ser cubierto con todos los honores, como las personas reales; por eso, toda gloria designaría aquí al pueblo escogido, los “rescatados de Sión,” o al glorioso estado de cosas inaugurado en la nueva era. Cuando la dedicación del templo por Salomón, la nube y el humo llenaban el recinto sagrado, como símbolo de la presencia de Yahvé en medio de su pueblo; y durante la peregrinación en el desierto, la “nube” ocultaba el tabernáculo de la alianza sobre las alas de los querubines que escoltaban el arca. En las futuras concentraciones religiosas (sobre los lugares de sus asambleas, ν.6), la multitud de los que participen en ellas estarán al abrigo de los rayos solares y de las tormentas (en contraposición al estado actual, en que se apiñaban en los atrios a la intemperie) bajo la protección de una sombra misteriosa, símbolo de la presencia sensible de Dios en su pueblo (v.5).



Salmo Responsorial


Salmo 121, 1-2. 3-4a (4b-5. 6-7) 8-9


R. Vayamos con alegría al encuentro del Señor.


¡Qué alegría sentí, cuando me dijeron:

“Vayamos a la casa del Señor”!

Y hoy estamos aquí, Jerusalén,

jubilosos, delante de tus puertas.


R. Vayamos con alegría al encuentro del Señor.


A ti, Jerusalén, suben las tribus,

las tribus del Señor,

según lo que a Israel se le ha ordenado,

para alabar el nombre del Señor.


R. Vayamos con alegría al encuentro del Señor.


Digan de todo corazón: “Jerusalén,

que haya paz entre aquellos que te aman,

que haya paz dentro de tus murallas

y que reine la paz en cada casa”.


R. Vayamos con alegría al encuentro del Señor.


Por el amor que tengo a mis hermanos,

voy a decir: “La paz esté contigo”.

Y por la casa del Señor, mi Dios,

pediré para ti todos los bienes.


R. Vayamos con alegría al encuentro del Señor.


El salmista entona, en nombre de los peregrinos, un himno de alabanza-a la ciudad santa, adonde convergen todas las tribus de Israel. Es la ciudad de la paz y del juicio equitativo, porque es la sede de David. En ella reina la tranquilidad y la seguridad; pero su mayor timbre de gloria es la presencia de la casa de Yahvé. El autor parece ser un forastero que pisa por primera vez el sagrado suelo de Sión, y por eso su alma se esponja y prorrumpe en lirismos religiosos, idealizando la capital de la teocracia. Se siente dichoso por haber aceptado el participar en la caravana de los peregrinos hacia la ciudad de Yahvé. La vista de la capital del pueblo elegido le impresiona poderosamente, y así pondera la excelente construcción de la ciudad, sus muros y sus puertas. “El salmo puede entenderse mejor como si fuera una meditación de un peregrino que, después de volver a su hogar, repasa sus dichosas memorias de la peregrinación.”

Por su estructura literaria puede compararse este salmo a los salmos 48 y 84. “No tiene el acento triunfal del primero ni la ternura exquisita del segundo. Pero, aunque más corto y popular, resume bien los sentimientos de alegría, de admiración y de buenos deseos que el fiel israelita sentía en sus peregrinaciones a la ciudad santa y al templo”. Abundan las aliteraciones, jugando con la etimología popular de Jerusalén como ciudad de paz.

El TM y algunos códices del texto de los LXX 4 atribuyen esta bella composición a David. Generalmente se niega esta paternidad davídica, porque se menciona el templo de Yahvé y porque el salmista parece un extraño a la ciudad santa. La lengua lleva el sello de la época tardía. Todo ello hace pensar que el salmo es de os tiempos posteriores al destierro babilónico.



Evangelio


Mt 8, 5-11

En aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaúm, se le acercó un oficial romano y le dijo: “Señor, tengo en mi casa un criado que está en cama, paralítico, y sufre mucho”. Él le contestó: “Voy a curarlo”.

Pero el oficial le replicó: “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa; con que digas una sola palabra, mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; cuando le digo a uno: ‘¡Ve!’, él va; al otro: ‘¡Ven!’, y viene; a mi criado: ‘¡Haz esto!’, y lo hace”.

Al oír aquellas palabras, se admiró Jesús y dijo a los que lo seguían: “Yo les aseguro que en ningún israelita he hallado una fe tan grande. Les aseguro que muchos vendrán de oriente y de occidente y se sentarán con Abraham, Isaac y Jacob en el Reino de los cielos”.


Este milagro lo realiza Cristo después del sermón de la Montaña, en Cafarnaúm, donde tenía, desde hacía ya mucho tiempo, su domicilio (Mt_4:13).

Vivía allí un centurión, no judío (Lc 7:5), sino gentil, pero que admiraba la religión judía. “Ama a nuestro pueblo,” decían los de la ciudad, y prueba de ello es que les había levantado la sinagoga (Lc). Debía de estar a las órdenes de Herodes Antipas, que tenía un pequeño ejército compuesto de tropas mercenarias y extranjeras organizadas al modo romano. Este centurión tenía un esclavo al que amaba mucho. Estaba enfermo de “parálisis” y “próximo a la muerte” (Lc). En esta circunstancia llegó Cristo a Cafarnaúm y el centurión acudió a él con solicitud y urgencia.

Hay en este punto divergencias entre los evangelistas. Mientras Mateo (v.5-6) dice que el centurión “se le acercó” a Cristo, Lucas dirá que “envió algunos ancianos de los judíos rogándole que viniese para salvar a su siervo,” y, cerca ya de su casa, le envió, en una segunda embajada, “algunos amigos.” De estas divergencias no se puede concluir que sean sucesos distintos. El fondo y la trama son los mismos. San Agustín proponía como solución que lo que se hacía por medio de otros, se puede decir personalmente de aquel que los envía; sin embargo, las palabras que Lucas pone en boca de estos amigos parecen pronunciadas directamente por él. Es posible, como proponía San Juan Crisóstomo, que después que el centurión envió a los amigos, hubiese venido él mismo o al ver llegar a Jesús saliese, fuertemente impresionado, a su encuentro y dijese entonces esas palabras tan personales y acusadoras de su fe y confianza en el poder de Cristo.

Sobre esta doble embajada, se estudia en Lc en su lugar correspondiente. Mt se distingue en este relato de Lc en que en Lc el centurión es “amigo” de los judíos. En Mt se omiten estos detalles. Acaso se deba a que Mtg se escribe en una época en la que el judaísmo se enfrentó abiertamente al cristianismo. Para otros al antifariseísmo judío de Mtg, o acaso debido a las “fuentes.”

Jesús, admirándose, dijo a los que le acompañaban: “En verdad os digo que en nadie de Israel he hallado tanta fe.”

¿En qué pudo consistir esta fe/confianza tan grande (τοσαύτην) del centurión? Los autores toman posiciones diversas. ¿Acaso cree que Cristo no es un subordinado en el orden religioso, como él no lo es el orden temporal? ¿Acaso imbuido por la mitología romana sospecha que pueda ser hijo de algún dios o un ser muy excepcional? En que Cristo puede curar a “distancia” (B. Weiss); en el impulso “irracional” de confianza en Cristo (A. Schlatter); en el esperar ardientemente un milagro (Kijostermann); en su comprensión de la palabra en el misterio de Cristo (Schniewind); en una gran fe y confianza en el poder de Cristo, a causa de los milagros que hubiese visto u oído. Parecería lo más lógico. En cualquier caso, parece percibirse la polémica mateana, reconocido el valor histórico del hecho de Cristo, contra el judaísmo hostil y la gentilidad dócil a la fe.

Evocándose este contraste de fe entre Israel, pueblo elegido, y el centurión, hace Cristo la profecía de la vocación universal de las gentes — que Lucas pondrá en otro contexto (Lc 13:23-29) —, en el que no se refiere a todo Israel, sino a los “obradores de iniquidad” y de su ingreso en el reino mesiánico y la reprobación de Israel culpable: “Os digo, pues, que vendrán (gentiles) del Oriente y del Occidente y se sentarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos. Mientras que los hijos del reino serán arrojados a las tinieblas exteriores, donde habrá llanto y crujir de dientes.” La felicidad mesiánica — que profetiza para los gentiles — se la describe con frecuencia, tanto en la Escritura (Is 25:6; Rev 19:9) como en los escritos apócrifos apocalípticos y rabínicos, bajo la imagen de un banquete 16. Para los judíos, que eran por excelencia los “hijos del reino” y que pensaban sentarse en este festín al lado de los patriarcas, mientras los gentiles, llenos de confusión, quedarían a la entrada, en las “tinieblas exteriores”, les profetiza la reprobación. Por su resistencia en recibir al Mesías son reprobados (Mt 22:2-7.21.37-45; Rom 11:11), a las tinieblas de afuera, imagen tal vez de un festín nocturno cuya sala está llena de lámparas, mientras fuera sólo hay oscuridad. Allí habrá “llanto y crujir de dientes,” imagen que indica el castigo para expresar las injurias de los impíos contra los justos (Sal 35:16; Sal 37:12, etc.) y lugar común en la literatura judía “escatológica” 19. En Mt frecuentemente se usa para hablar de la ”escatología” final (Mt 13:42-50).

“Ve, hágase contigo según has creído. Y en aquella hora se curó el siervo” (Mt). El “como” (ως) del has creído, tiene el sentido causal de “porque.”



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