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Lecturas del día 24 de mayo, 2020

Primera lectura

Hch 18, 23-28

En aquellos días, después de haber estado en Antioquía algún tiempo, emprendió Pablo otro viaje y recorrió Galacia y Frigia, confirmando en la fe a los discípulos.

Un judío, natural de Alejandría, llamado Apolo, hombre elocuente y muy versado en las Escrituras, había ido a Éfeso. Aquel hombre estaba instruido en la doctrina del Señor, y siendo de ferviente espíritu, disertaba y enseñaba con exactitud lo concerniente a Jesús, aunque no conocía más que el bautismo de Juan.

Apolo comenzó a hablar valientemente en la sinagoga. Cuando lo oyeron Priscila y Aquila, lo tomaron por su cuenta y le explicaron con mayor exactitud la doctrina del Señor. Como él deseaba pasar a Grecia, los hermanos lo animaron y escribieron a los discípulos de allá para que lo recibieran bien. Cuando llegó, contribuyó mucho, con la ayuda de la gracia, al provecho de los creyentes, pues refutaba vigorosamente en público a los judíos, demostrando, por medio de las Escrituras, que Jesús era el Mesías.

Terminado el segundo viaje misional, Pablo se detuvo “algún tiempo” en Antioquía (v.23), pero enseguida piensa en un tercer viaje. El centro va a ser Éfeso, la capital de la provincia romana de Asia, que había visitado sólo brevísimamente al fin de su anterior viaje, y a la que había prometido volver (cf. 19-21). El camino seguido queda indicado en la frase “atravesando sucesivamente el país de Galacia y la Frigia” (v.23). Es la misma expresión, aunque en orden inverso, empleada ya por San Lucas con ocasión del segundo viaje (cf. 16:6). Como allí explicamos, somos de parecer que ese “país de Galacia” es la Galacia etnográfica o Galacia propiamente dicha, y no simplemente la provincia romana de Galacia, territorialmente mucho más amplia. Parece que Pablo, saliendo de Antioquía, en Siria, se dirigió directamente a Galacia, atravesando la cordillera del Taurus por las “Ciliciae portea”; pero, en vez de virar hacia la izquierda, en dirección a Derbe, como en el viaje anterior (cf. 16:1), continuó directamente hacia el norte, entrando en Galacia por su lado oriental. Esta segunda visita de Pablo a Galacia se halla confirmada en Gal 4:13, donde Pablo recuerda a los Gálatas, que estaba enfermo cuando los evangelizó “por primera vez” (το πρότερον), expresión que supone haberles hecho ya una segunda visita, cuando escribió la carta. De Galacia se habría dirigido hacia el sudoeste, “atravesando Frigia” (v.23) y llegando así a Éfeso.

Parece que la intención de Pablo en esta primera parte de su viaje misional, atravesando Galacia y Frigia, no fue la de fundar nuevas comunidades, sino la de “confirmar en la fe” a las ya existentes (v.23). El laconismo de Lucas es extremado, limitándose a darnos escuetamente la noticia, sin añadir detalles de ninguna clase. No sabemos quiénes acompañarían al Apóstol. Sabemos que, una vez en Éfeso, estaban con él Timoteo, Erasto, Gayo, Aristarco (Gal 19:22-29) Y probablemente Tito (cf. 2Co 2:12-13; 2Co 7:6; 2Co 12:18); pero ¿le acompañaban ya desde Antioquía, al menos algunos de ellos? Imposible poder dar contestaciones categóricas. Lo que sí nos dice Lucas es que, mientras Pablo recorría estas “regiones altas” de Galacia y Frigia (cf. 19:1), un nuevo predicador, con el que sin duda Pablo no contaba, estaba ayudando a su obra de evangelización en Éfeso y Corinto: Apolo, “judío de origen alejandrino, varón elocuente, conocedor de las Escrituras” (v.24).

Es interesante este caso de Apolo. San Lucas dice que “estaba bien informado del camino del Señor y enseñaba con exactitud lo que toca a Jesús,” pero que “sólo conocía el bautismo de Juan” (v.25). En otras palabras, era verdad lo que enseñaba sobre Jesús y su doctrina, pero no era toda la verdad, hasta el punto de ignorar un elemento tan esencial como es el bautismo cristiano. Su formación cristiana debía ser muy parecida a la de esos “discípulos” que San Pablo encontrará en Éfeso, y que tampoco conocían sino “el bautismo de Juan” (19:1-3). Es posible que este cristianismo incompleto de Apolo y de los “discípulos” de Éfeso refleje el de la iglesia de Alejandría en esa época, que habría comenzado quizás con discípulos que habían escuchado en Palestina las predicaciones del Bautista, y que no conocían de Jesús sino unos cuantos hechos de su vida. Algunos textos del cuarto evangelio, escrito en Éfeso a fines de siglo, sugieren también la idea de que seguían existiendo adeptos del Bautista, más o menos distanciados de los cristianos, por lo que el evangelista, a fin de conducirlos hasta el fin en la fe, tanto habría insistido en hacer resaltar el perfecto acuerdo entre el Bautista y Jesús y la subordinación de aquél a éste (cf. Jua 1:15.29-36; Jua 3:26-30; Jua 5:33; Jua 10:41). Más sea de esto lo que fuere, ciertamente la formación de Apolo era incompleta; por eso, Priscila y Áquila, que oyeron sus razonamientos en la sinagoga de Éfeso, “le tomaron aparte y le expusieron más completamente el camino de Dios” (v.26). Es de creer, aunque el texto nada dice, que, al igual que luego los “discípulos” que encuentra Pablo (Hch 19:5), también aquí ahora Apolo fue bautizado, quizás por Áquila mismo. Determinando después pasar a Acaya, no sabemos si por asuntos particulares o para ejercer el apostolado, los fieles de Éfeso escribieron a los de Corinto para que le recibiesen, siendo allí de gran utilidad a la iglesia (v.27-28). Estas cartas informativas o de recomendación eran frecuentes en la diáspora judía (cf. 28:21), y también entre los cristianos (cf. Rom 16:1-2; 2Co 3:1; Col 4:10).

A este Apolo se refiere varias veces San Pablo en sus cartas, siendo tenido por él en alta estima (cf. 1Co 1:12; 1Co 3:4-6.22; 1Co 4:6; 1Co 16:12; Tit 3:13). Quizás debido a este su importante papel en la difusión del Evangelio es por lo que San Lucas juzgó oportuno intercalar en los Hechos este episodio sobre él, interrumpiendo la narración del viaje del Apóstol.


Salmo Responsorial

Salmo 46, 2-3. 8-9. 10

R. Dios es el rey del universo. Aleluya.


Aplaudan, pueblos todos,

aclamen al Señor, de gozos llenos;

que el Señor, el Altísimo, es terrible

y de toda la tierra, rey supremo.


R. Dios es el rey del universo. Aleluya.


Porque Dios es el rey del universo,

cantemos el mejor de nuestros cantos.

Reina Dios sobre todas las naciones

desde su trono santo.


R. Dios es el rey del universo. Aleluya.


Los jefes de los pueblos se han reunido

con el pueblo de Dios, Dios de Abraham,

porque de Dios son los grandes de la tierra.

Por encima de todo Dios está.


Dios es el rey del universo. Aleluya.

Esta composición tiene el aire de un himno de alabanza a Yahvé, que muestra su majestad y poder indomable sobre todos los pueblos y su protección sobre Israel. No pocos autores consideran este salmo como continuación conceptual del anterior, y por ello compuesto en la misma ocasión de una liberación milagrosa del pueblo elegido, que estuvo a punto de ser anegado por una conmoción de pueblos coligados contra él. Se invita a todas las naciones de la tierra a participar en este homenaje solemne al que triunfa sobre todos los pueblos. El poeta escenifica enfáticamente el triunfo de Yahvé, que, después de bajar a la tierra a pelear por su pueblo, sube a su morada celeste entre las aclamaciones de los pueblos del orbe, brillando así su gloria y majestad. Desde allí gobernará sobre todos los pueblos, cuyos príncipes serán sus vasallos. Esta predicción de la sumisión de todos los reyes de la tierra a Yahvé tiene el sello de las profecías mesiánicas. Los salmistas — como en general los profetas — vivían de la esperanza en el establecimiento de la futura teocracia mesiánica, y por eso su imaginación se dirige constantemente a esta panorámica maravillosa caracterizada por el triunfo total de Yahvé y el reconocimiento de su soberanía por todos los pueblos.

El salmo se divide en dos estrofas paralelas. Los críticos modernos insisten en el carácter escatológico del mismo, y por ello suponen que es de época reciente. No obstante, la alusión a la entronización de Yahvé como Soberano de todas las naciones gentílicas se puede concebir como una idealización de un poeta con sentido profético, que ya en los tiempos gloriosos de la monarquía, cuando Israel dominaba sobre otros pueblos, como moabitas, sirios, amonitas y filisteos, se columbraba una etapa futura de triunfo universal, conforme a las promesas hechas a los patriarcas sobre la bendición de todas las gentes en la estirpe de Abraham. Los hagiógrafos tienen un sentido profético de la historia, y su mente se dirige siempre a la culminación de la etapa en que se cumplirán estas promesas.


Evangelio

Jn 16, 23-28

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Yo les aseguro: cuanto pidan al Padre en mi nombre, se lo concederá. Hasta ahora no han pedido nada en mi nombre. Pidan y recibirán, para que su alegría sea completa.

Les he dicho estas cosas en parábolas; pero se acerca la hora en que ya no les hablaré en parábolas, sino que les hablaré del Padre abiertamente. En aquel día pedirán en mi nombre, y no les digo que rogaré por ustedes al Padre, pues el Padre mismo los ama, porque ustedes me han amado y han creído que salí del Padre. Yo salí del Padre y vine al mundo; ahora dejo el mundo y vuelvo al Padre’’.

La revelación más clara (v.23-25). — La primera promesa que les hace Cristo a los apóstoles es que será “en aquel día.” La frase es de tipo profético, y se refiere a un período (Hch 2:17, etc.). Este se inaugura en Pentecostés. No se refiere a los cuarenta días en que, después de resucitado, les habló del reino (Act c.3; Jn 21:12). Es todo el período que comienza en Pentecostés, para continuarse indefinidamente.

Muchas veces tuvo que hablar en forma figurada, en “parábolas”; traducción del hebreo mashal, que es todo tipo de lenguaje figurado o sapiencial. La grandeza del tema y la rudeza de ellos hizo a Cristo utilizar este sistema pedagógico. Pero “en aquel día” ya les hablará claramente del Padre. El Espíritu Santo, que les enviará, les iluminará de tal manera que no necesitarán preguntarle nada, porque estarán suficientemente ilustrados, por las luces del Espíritu, para conocer óptimamente al Padre. Se cumple así lo del profeta: “Vienen días. en que no tendrán que enseñarse unos a otros, diciendo: “Conoced a Yahvé,” sino que todos me conocerán, desde los pequeños hasta los grandes” (ls 31:31-34).

El tema de las “parábolas” — mashal — planteado por los sinópticos (Mt c.13 par.) es un problema aún en estudio, pero debe de responder, especialmente, a la dificultad del contenido doctrinal; entonces, su claridad y comprensión espera el “envío” del Espíritu Santo por Cristo en Pentecostés.

El poder de su oración en “aquel día” (v.23b.24.26). — Cristo les invita también, en “aquel día” (v.26), el período antes citado, a que pidan al Padre en “su nombre.” Este está en los semitas por persona. Han de rogar al Padre por la fe en Cristo, el Hijo de Dios encarnado. Hasta ahora ellos sabían el gran poder intercesor de Cristo (Jn 11:22). Pero no lo habían puesto a Él como intercesor, no habían pedido en su “nombre” de Hijo de Dios encarnado.

Pero Él les garantiza el éxito de su oración así hecha al Padre de lo “que pidiereis.” Como en otros pasajes (Jn 14:13.14), por el “paralelismo” de estos contextos, es una enunciación de tipo “sapiencial,” que supone restricciones o condiciones con las que ha de entenderse. Tal es también su formulación “sapiencial” en los sinópticos (Mt 7:7-11 par.). La misma conclusión de esta enseñanza: que pidan en su nombre “para que vuestro gozo sea cumplido,” hace ver que esta oración será escuchada dentro de la finalidad que aquí se establece: “para que su gozo sea cumplido.” ¿Cuál es éste? Esta frase aparece con perspectivas distintas en Jn (Jn 15:11; Jn 17:13). Pero si, “en aquel día,” ya iluminados por el nuevo estado de cosas, tendrán el gozo cumplido al ser escuchados por pedir en el “nombre” de Cristo, supone esto que lo que piden los apóstoles está en consonancia con este nuevo estado de cosas y con el Espíritu que entonces los moverá en su actuación.

Y como nueva garantía, les dice que no necesitarán que El “ruegue” por ellos ante el Padre. No es que niegue la necesidad de su intercesión (Jn 15:5; Heb 7:25), sino que lo que les quiere destacar es la confianza y seguridad, siempre “servatis servandis,” con que deben hacer esta oración en su “nombre,” pues deben saber que ya el Padre los “amó,” porque han creído en que El “ha salido (ςηλθον ) de Dios.”

No es esto la eterna generación en el seno de la Trinidad, sino la divinidad de Cristo, que, como Hijo de Dios, viene a la tierra encarnado, como se ve por el contexto en que retorna al Padre (Jr 1:18; 6:22; 17:5.8.24).

Esto fue la enseñanza de Cristo en el intento del evangelista. Pero ¿cuál fue la comprensión entonces de los apóstoles? “Ahora” dicen que habla claramente y no en “parábolas.” Aunque este pasaje, con su enfático “ahora,” pudiera pertenecer a otra situación cronológica, el problema de la comprensión en nada cambia. ¿Habrían podido comprender entonces la altura de este misterio? Es verdad que hay grados en ello. Pero algo les impresionó, hasta el punto de creer que habían penetrado el misterio. Mas esta plenitud de inteligencia estaba prometida para más tarde, para la gran iluminación que comenzaría en Pentecostés. Así dice San Agustín: “¿Por qué dicen ellos: Ahora hablas con claridad y no dices parábolas (que se les volvían a ellos enigmas), sino porque sus palabras son parábolas para quienes no las entienden, hasta el extremo de no entender que no las entienden?”

Anuncio de la defección de los apóstoles (v.31-33). Este pasaje es extraño. Los apóstoles creen, gozosamente, comprender este lenguaje que no es en “parábolas” (v.29), cuando el lenguaje es, fundamentalmente, el mismo que usó antes, en estos capítulos (cf. Jn 13:36; Jn 14:2.5.19.27.30; Jn 16:5), y que los apóstoles dicen que no entendían (Jn 16:17.18). ¿Hay en ello algún intento del evangelista? Parece que insistir en la necesidad de la “venida” del Espíritu Santo.

Por eso, ante esta actitud, Cristo les dice: “¿Ahora creéis?” ¿Cuál es el significado de esta frase? Algún autor pensó que una exclamación de júbilo. Se encontraría ante una profesión de fe en su filiación divina; se daría por satisfecho con esta profesión de los Once. Esto le bastaba por ahora; el Espíritu Santo acabaría de glorificarle en ellos.

Sin embargo, no parece esto lo más probable. Primero porque esta revelación sería la luz pentecostal y porque la contraposición que inmediatamente se hace, anunciándoles la defección que harán de Él, no parece orientar la interpretación de la frase en este sentido.

Ante la creencia de haber comprendido la enseñanza, debieron de tener, con aquel gozo, un fondo y presunción humanos, como en otras ocasiones. Así la frase de Cristo está “matizada de blanda ironía e impregnada de compasiva tristeza”. Y les anuncia su defección de Él, que se cumple en Getsemaní.

Pero, si ellos le abandonarán cuando los poderes de la tierra le prendan, Él está en la verdad, El no queda solo: se queda garantizándole el Padre, que “está conmigo.” En boca de Cristo, estas palabras llevan toda la trascendencia de la filiación divina.

El v.33 se refiere a todo lo anteriormente dicho, entroncándose, sobre todo, con los pasajes anteriores en que se habla de persecuciones.

El horizonte se amplía: en el “mundo” malo, no sólo en su ambiente judío, tendrán “persecuciones” por causa de él. Pero que no se conturben ni teman haber perdido la partida. Se lo avisa para que se gocen con su verdad y en la esperanza que les abrió. Se lo avisa “para que tengáis paz en mí.” La paz que ya antes les prometió: “mi paz,” que no es como la del “mundo” (Jn 14:27). La paz, que, para los hebreos, incluye todo tipo de venturas, es sinónimo de la más amplia felicidad. Que aquí es que se sepan unidos a él; con los “tres” morando en ellos, y sabiendo que El y el Padre los aman. Y que tengan, en su derrota, la certeza de su victoria: “porque Yo he vencido al mundo” malo. Se ven ya actuar las persecuciones contra la Iglesia naciente.



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