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Lecturas del día 26 de febrero, Miércoles de Ceniza, 2020

Primera lectura


Jl 2, 12-18


Esto dice el Señor:

“Todavía es tiempo.

Vuélvanse a mí de todo corazón,

con ayunos, con lágrimas y llanto;

enluten su corazón y no sus vestidos.

Vuélvanse al Señor Dios nuestro,

porque es compasivo y misericordioso,

lento a la cólera, rico en clemencia,

y se conmueve ante la desgracia.

Quizá se arrepienta, se compadezca de nosotros

y nos deje una bendición,

que haga posibles las ofrendas y libaciones

al Señor, nuestro Dios.

Toquen la trompeta en Sión, promulguen un ayuno,

convoquen la asamblea, reúnan al pueblo,

santifiquen la reunión, junten a los ancianos,

convoquen a los niños, aun a los niños de pecho.

Que el recién casado deje su alcoba

y su tálamo la recién casada.

Entre el vestíbulo y el altar lloren los sacerdotes,

ministros del Señor, diciendo:

‘Perdona, Señor, perdona a tu pueblo.

No entregues tu heredad a la burla de las naciones.

Que no digan los paganos: ¿Dónde está el Dios de Israel?’ ”

Y el Señor se llenó de celo por su tierra

y tuvo piedad de su pueblo.


Bellísima invitación a la penitencia después de anunciar el castigo del día de Yahvé, iniciado con la invasión de las langostas. Todos los oráculos de Yahvé contra Israel suelen tener el carácter de conminatorios, porque siempre dejan la puerta abierta al arrepentimiento, a la misericordia y el perdón divinos. El profeta, pues, consciente de su misión de centinela de los intereses materiales y espirituales de su pueblo, le hace una última invitación al arrepentimiento y a la penitencia sincera: rasgad vuestros corazones y no vuestras vestiduras (v.13). Yahvé quiere ahora sentimientos verdaderos y no mera farsa externa. Él es el único modo de conjurar la ruina que se cierne sobre Israel.

Dios es siempre clemente y misericordioso y está más dispuesto a perdonar que a castigar (v.13); por eso no deben desesperar los israelitas en su situación de penuria actual, ya que Yahvé puede apiadarse de ellos y dejar tras de sí bendición de bienes materiales, con los que puedan volver a presentar oblación y libación al altar (v. 14). Ante esta posible alternativa, el profeta invita a la penitencia a todas las clases sociales como signo de arrepentimiento, sincero (v.16); ni siquiera los niños de pecho deben estar ausentes de esta manifestación colectiva de duelo nacional por haber pecado contra Yahvé. Y al frente de todos, los sacerdotes, como ministros de Yahvé, deben dirigir las manifestaciones litúrgicas de penitencia entre el pórtico y el altar (v.17), es decir, entre la parte anterior del edificio del templo que da al oriente y el altar de los holocaustos, Lit. “se arrepiente de (hacer) mal.” que se encontraba en el atrio interior, al que sólo tenían acceso los sacerdotes.

Pero hay que notar que la súplica de los sacerdotes ahora no es para que libre al pueblo de la invasión de las langostas y de la ruina del campo, sino para que los libre de caer entre las gentes, que es el oprobio de Israel, pues siendo la heredad de Dios, son objeto de irrisión entre los pueblos: ¿Dónde está su Dios? (v.17).



Salmo Responsorial


Salmo 50, 3-4. 5-6a. 12-13. 14 y 17


R. Misericordia, Señor, hemos pecado.


Por tu inmensa compasión y misericordia,

Señor, apiádate de mí y olvida mis ofensas.

Lávame bien de todos mis delitos,

y purifícame de mis pecados.


R. Misericordia, Señor, hemos pecado.


Puesto que reconozco mis culpas,

tengo siempre presentes mis pecados.

Contra ti sólo pequé, Señor,

haciendo lo que a tus ojos era malo.


R. Misericordia, Señor, hemos pecado.


Crea en mí, Señor, un corazón puro,

un espíritu nuevo para cumplir tus mandamientos.

No me arrojes, Señor, lejos de ti,

ni retires de mí ti santo espíritu.


R. Misericordia, Señor, hemos pecado.


Devuélveme tu salvación, que regocija

y mantén en mí un alma generosa.

Señor, abre mis labios,

y cantará mi boca tu alabanza.


R. Misericordia, Señor, hemos pecado.


El Miserere es el salmo de penitencia por excelencia en la liturgia, porque en él se destacan el sentimiento de compunción sincera y la súplica ardiente de rehabilitación ante el Dios ofendido. Consciente de su inclinación inveterada al mal, el salmista pide fuerzas a Dios para seguir por sus caminos. El desarrollo de la composición sigue, más que las reglas de la lógica, las del sentimiento y de los afectos del corazón, por lo que no se puede hacer una división conceptual marcada en la composición salmódica. El estilo es sencillo y límpido; apenas hay metáforas, y todo lleva el sello de lo natural.

Según el título, el salmo fue compuesto por el propio David en ocasión en que el profeta Natán le recriminó por el adulterio con Betsabé, con el consiguiente asesinato de Urías. Según el relato bíblico, David, al oír las amenazas del profeta por sus pecados, reaccionó compungido: “He pecado contra Yahvé”. El Miserere sería, pues, como la expresión literaria de su espíritu compungido y arrepentido ante su Dios. Sin embargo, los modernos exegetas admiten difícilmente la paternidad davídica del salmo por razones de crítica interna: en los v.20-21 se alude a la reconstrucción de los muros de Jerusalén, lo que nos lleva a los tiempos calamitosos de Nehemías, en que afanosamente se trabajaba en la rehabilitación del culto sobre las ruinas del antiguo templo. Por otra parte, existe una relación conceptual estrecha del salmo con fragmentos del libro de Isaías en sus estratos literarios más recientes (Deutero y Tritoisaías). Además, la elevación de sentimientos del salmo parece desbordar la situación psicológico-religiosa de David al reconocer su pecado contra Dios y su homicidio: “El sentimiento religioso es más elevado, y la penitencia del salmista es de otra cualidad que la descrita en 2Sa 12:1s, por sincera que sea…”

Desde los tiempos de Teodoro de Mopsuestia no han faltado autores que interpretan el salmo en sentido colectivo, es decir, como si fuera expresión del alma nacional arrepentida, y no el desahogo personal de un individuo; en ese supuesto, en el salmo encontraríamos los sentimientos de la nación israelita en el exilio, reconociendo sus pecados, que le causaron su ruina. No obstante, la composición tiene demasiados sellos personalistas para colectivizarla, y por eso parece más conforme al contexto suponer que es obra de un justo arrepentido, consciente de sus pecados personales, que impedía la amistad con su Dios.



Segunda lectura


2Cor 5, 20–6, 2


Hermanos: Somos embajadores de Cristo, y por nuestro medio, es como si Dios mismo los exhortara a ustedes. En nombre de Cristo les pedimos que se dejen reconciliar con Dios. Al que nunca cometió pecado, Dios lo hizo “pecado” por nosotros, para que, unidos a él, recibamos la salvación de Dios y nos volvamos justos y santos.

Como colaboradores que somos de Dios, los exhortamos a no echar su gracia en saco roto. Porque el Señor dice: En el tiempo favorable te escuché y en el día de la salvación te socorrí. Pues bien, ahora es el tiempo favorable; ahora es el día de la salvación.


Los ν . 18-21 constituyen como la conclusión de cuanto ha venido diciendo, pero aplicándolo directamente al ministerio apostólico del cual una vez más hace la apología. Hace notar que la iniciativa en el procedimiento de “reconciliación” parte de Dios, la obra la lleva a cabo Jesucristo, y los apóstoles son los encargados de darla a conocer al mundo. ¡Gran dignidad la de los apóstoles, y, consiguientemente, la de los predicadores, que continúan su misión! Somos “embajadores de Cristo” (v.20), dice muy alto San Pablo. Las expresiones tan fuertes y cargadas de sentido con que en el v.21 caracteriza la obra redentora de Cristo, ya quedaron explicadas al comentar el v.14.

Aletea aquí el espíritu del sermón de la montaña, tomando carne en San Pablo. Junto a un impresionante recuento de tribulaciones y debilidades, otro no menos impresionante de alegrías y actos de fortaleza. Es la conocida paradoja del cristianismo. Desde el punto de vista literario, es un pasaje de subido tono lírico y uno de los más hermosos que salieron de la pluma del Apóstol. Nada hay, sin embargo, que huela a rebuscado o artificial; todo fluye espontáneo.

La perícopa está estrechamente ligada a los últimos versículos del capítulo anterior, donde el Apóstol se refirió a la obra de “reconciliación” de Dios con los hombres, para cuya difusión en el mundo fueron ellos, los apóstoles, nombrados “embajadores.” Por eso, en su condición de tal, debe “cooperar” con Dios en la obra de salud, exhortando a los hombres a que “no reciban en vano” la gracia de Dios (v.1; cf. 1Co 3:9). Parece que el Apóstol se refiere sobre todo a la gracia de la conversión a la fe, a la que los corintios deben cooperar, a fin de que produzca en ellos los frutos de renovación y santificación que está destinada a producir. Para más urgir su exhortación, les dice que no hay tiempo que perder, pues estamos “en el tiempo propicio, en el día de la salud” (v.2). La cita es de Is 49:8, y el profeta alude a los tiempos mesiánicos. Para San Pablo, ese “tiempo propicio” y “día de salud” es el tiempo intermedio entre la primera venida de Cristo (cf. Rom 3:21-26; Gal 4:4-5) y la segunda (cf. 1Co 1:8; Flp 1:10), tiempo destinado al arrepentimiento y conversión (cf. Rom 13:11-14; Hch 3:18-21). Que ese tiempo sea corto o largo, San Pablo lo ignora (cf. 5:3; 1Te 5:1-3; Mt 24:36), aunque en ocasiones manifiesta sus deseos de que sea corto (cf. 5:2; 1Co 16:22).



Evangelio


Mt 6, 1-6. 16-18


En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Tengan cuidado de no practicar sus obras de piedad delante de los hombres para que los vean. De lo contrario, no tendrán recompensa con su Padre celestial.

Por lo tanto, cuando des limosna, no lo anuncies con trompeta, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, para que los alaben los hombres. Yo les aseguro que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará.

Cuando ustedes hagan oración, no sean como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vea la gente. Yo les aseguro que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora ante tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará.

Cuando ustedes ayunen, no pongan cara triste, como esos hipócritas que descuidan la apariencia de su rostro, para que la gente note que están ayunando. Yo les aseguro que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que no sepa la gente que estás ayunando, sino tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará’’.


El primer versículo de este capítulo es el leit-motiv del mismo. La enseñanza que hace en él es un alerta muy acusado — “aplicar el ánimo,” “estar atentos” — para evitar hacer la “justicia” con ostentosidad. Este término corresponde al hebreo tseda-yah, justicia, pero que, en la época de Cristo, y ya de antes (Eco 3:32; Eco 7:10; Tob 12:3), vino a significar corrientemente limosna. Pero no es aquí éste su sentido, pues es tema general que afecta a diversos temas, y entre los cuales se dedica uno específicamente a la limosna (v.2-4) con su término propio (ελεημοσύνη). Aquí vuestra “justicia” significa la conducta moral general de los discípulos de Cristo. “Si vuestra justicia no supera a la de los escribas y fariseos no entraréis en el reino de los cielos” (Mt 5:20).

Esta, en oposición al fariseísmo, no ha de practicar las buenas obras para ser vistos de los hombres. La virtud se practica por amor a Dios. Sólo así se tendrá “premio,” “recompensa” (μισθός), premio en justicia. Pues “el que quiere hacer ostentación de su virtud, no trabaja por la virtud, sino por la fama.” Por eso los que así obran “recibieron” ya su recompensa. El Talmud ridiculizaba esto al hablar de los fariseos “de espaldas,” que eran aquellos que sienten sobre sí el peso de sus buenas acciones.

En otro pasaje (Mt 5:16) dice que las obras han de hacerse para que los hombres “vean vuestras buenas obras” (y así) glorifiquen “a vuestro Padre.” Aquí se trata del apóstol, cuya obra no es la pereza, sino el lucir para que la obra del reino sea conocida, pero en el v. 1 se trata del espíritu con que han de ser practicadas las virtudes.

El auditorio al que se dirigen las enseñanzas que va a hacer debe de rebasar el simple círculo de los apóstoles y discípulos para dirigirse a las “muchedumbres” (Mt 7:28), al menos en algunos casos.

La limosna es una práctica religiosa especialmente recomendada en el A.T. (Pro 2:27; Pro 19:17; Pro 21:13; Pro 28:27; Tob 4:7, etc.), y hasta tal punto se la considera característica del hombre “justo,” que se llega a llamar a la limosna “justicia” (Eco 3:32; Eco 7:10; Tob 12:3, etc.). En la literatura talmúdica la limosna ocupa un lugar preferente (cf. Dt 15:11).

Pero no basta dar materialmente limosna para que sea un acto religioso. Cristo va a hacer ver el espíritu cristiano que ha de informar la práctica de la misma. Y lo hace ver en contraste con la práctica de los “hipócritas.” Estos son en el contexto los fariseos (Mt 15:17; Mt 22:18; Mt 23:13-15.18). Lc dice de ellos: “Guardaos del fermento de , que es hipocresía” (Lc 12:1). Y los cuales son descritos aquí “tocando la trompeta.”. “en las sinagogas y en las calles para ser alabados de los hombres.”

El cuidado de los pobres era carga de la comunidad. En tiempo de Cristo, los sábados se recogían en todas las sinagogas a la salida de las mismas las aportaciones voluntarias. Este sistema era anónimo. Aparte de esta colecta semanal se admitían dones voluntarios. Los fariseos solían dar limosna con gran ostentación a los pobres encontrados en los caminos o reunidos en plazas con motivo de alguna solemnidad. Y hasta parece que para excitar la generosidad se había introducido la costumbre de proclamar los nombres de los donantes, sea en las reuniones sinagogales, sea en las calles o plazas con ocasión de alguna solemnidad especial, ante las gentes reunidas (Eco 31:11). Lo mismo que se los llegaba a honrar ofreciéndoles los primeros puestos en las sinagogas, que eran las sillas que estaban delante y vueltas hacia los fieles, y de cuyos puestos se gloriaban especialmente los fariseos (Mt 23:6).

La frase “ir tocando la trompeta delante de ti” al hacer limosna es una metáfora, ya que es desconocido este uso. Sólo se conoce que el “ministro” de la sinagoga — el hazzan de los escritos rabínicos — convocaba con una trompeta desde un lugar alto de la sinagoga el comienzo del sábado. Este era el modo, en general, de hacer limosna los fariseos. Pero Cristo les dirá duramente que “ya recibieron su recompensa,” el aplauso de los hombres. El término griego aquí empleado (άπεχουσιν) era fórmula corrientemente usada por los helenistas para indicar que la cuenta está saldada.

Con el ritmo hebreo antitético positivo dirá cómo el cristiano ha de practicar la limosna. Ha de darse en “oculto.” Es la hipérbole oriental de contraposición a la ostentación y publicidad de la limosna farisaica. Contra la ostentación, buscando el aplauso de los hombres, el cristiano lo ha de hacer sin buscar la publicidad, aunque de hecho se sepa por los hombres, y, contra la ostentación, lo hará “ocultamente.” Y tan oculto — sigue el grafismo hiperbólico oriental —, que “no sepa tu izquierda lo que hace la derecha,” sin duda la mano. Y así sucederá que “el Padre — no los hombres —, que ve en lo oculto, te premiará.”

Rabí Eleazar (c.270 d.C.), decía: “Quien da limosna en lo oculto es más grande que nuestro maestro Moisés.” No se trata de la “vida interior” frente a la exterior. Es el “espíritu” de la obra lo que se destaca.

El espíritu cristiano de la enseñanza no exige naturalmente el cumplimiento material del grafismo hiperbólico con que se expresa. No es tanto la materialidad de la realización lo que se censura, sino la intención con que se hace.

En otro pasaje que recoge Mt, Cristo hará ver que el mérito de la limosna no está tanto en la cantidad de ésta cuanto en el espíritu y amor a Dios que en ella se ponga (Mt 12:41-43).

Con una factura semejante a la anterior, con el ritmo hebreo negativo-positivo, Cristo censura y expone cuál ha de ser el espíritu cristiano de sus discípulos en la oración.

Otro de los casos en que Cristo habla del espíritu cristiano es a propósito del ayuno, de tanta importancia en el judaísmo y cristianismo.

Los judíos tenían prescrito un ayuno obligatorio para todos en el día de Kippur, día de la gran expiación (Lev 16:29), día del ayuno por excelencia (Hch 27:9). Pero había también otros ayunos supererogatorios, que vinieron a incorporarse a la práctica colectiva de la vida piadosa. Zacarías menciona cuatro en señal de duelo nacional (Zac 8:19) y, aunque él parece abolirlos, su práctica había dado lugar a la introducción de otros. Así el ayuno citado en el libro de Ester (Est 9:31), el ayuno del día 9 del mes de Ab, en recuerdo de la toma de Jerusalén por los caldeos. Otros eran facultativos para la comunidad. Había otros prescritos circunstancialmente, v.gr., para obtener lluvia, y que eran impuestos con carácter general por el Sanedrín. Además de éstos, las personas piadosas y las más celosas ayunaban dos veces por semana (Lc 18:12) los lunes y jueves — feria segunda y quinta —. El interés de la comunidad cristiana se ve por este tema. En la Didajé se lee: “No ayunéis con los hipócritas (fariseos), ellos ayunan los lunes y jueves, vosotros ayunad los miércoles y viernes.” Y hasta algunas personas piadosas (Lc 2:37) y algunos fariseos ayunaban todo el año. En los días más severos estaba prohibido saludar, y por eso se caminaba con la cabeza baja y, a veces, velada. En otros ayunos secundarios se prohibía trabajar, tomar baños, ungirse con perfumes y llevar calzado. En este ambiente, todavía había quienes, deseosos de ser vistos por los hombres y cobrar fama de virtuosos por sus ayunos, querían acusar esto en la cara, ensombreciendo ésta y presentándose “entristecidos.” Este ayuno era total hasta la puesta del sol.

Ante este cuadro exhibicionista farisaico, presenta Cristo el espíritu del ayuno cristiano. Y lo presenta con las hipérboles orientales de contraste.

Cuando ayunen, que se “unjan” (Mt 26:27; Mc 14:3; Lc 7:46), que laven su cara, que se pongan con apariencia de fiesta, para que los hombres no vean que ayunan, y así “reciban su recompensa.” Hecho sólo por Dios, Él lo verá y “premiará.” Cristo no quiere decir que, materialmente, lo hagan así, ni que los hombres tampoco lo vean, sino que, con el grafismo hiperbólico usado en todo el sermón del Monte, dice cuál ha de ser el espíritu que ha de informar, en cristiano, la práctica del ayuno.

Cuándo dará Dios esta recompensa, no se dice. Acaso se piense en la escatología final. Aquí está redactado en forma “sapiencial.” Por eso no se dice ni el cuándo ni su posible pérdida por otras actitudes.



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