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Lecturas del día 29 de octubre, 2019

Primera lectura


Rom 8, 18-25

Hermanos: Considero que los sufrimientos de esta vida no se pueden comparar con la gloria que un día se manifestará en nosotros; porque toda la creación espera, con seguridad e impaciencia, la revelación de esa gloria de los hijos de Dios.

La creación está ahora sometida al desorden, no por su querer, sino por voluntad de aquel que la sometió, pero dándole al mismo tiempo esta esperanza: que también ella misma va a ser liberada de la esclavitud de la corrupción, para compartir la gloriosa libertad de los hijos de Dios.

Sabemos, en efecto, que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto; y no sólo ella, sino también nosotros, los que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente, anhelando que se realice plenamente nuestra condición de hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo.

Porque ya es nuestra la salvación, pero su plenitud es todavía objeto de esperanza. Esperar lo que ya se posee no es tener esperanza, porque, ¿cómo se puede esperar lo que ya se posee? En cambio, si esperamos algo que todavía no poseemos, tenemos que esperarlo con paciencia.


En realidad, San Pablo dejó ya demostrada su tesis al señalar que “somos hijos de Dios, y si hijos, también herederos...” (v. 16-17). Pero quiere seguir aun insistiendo en el tema. Su última advertencia de que “para ser glorificado con Cristo, antes hemos de padecer con El” (v.17), podía asustar a alguno. Por eso, su afirmación inmediata: “los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación con la gloria que ha de manifestarse en nosotros” (v.18; cf. 2Co 4:17; Col 3:4). Es la respuesta cristiana más sencilla al problema del sufrimiento: que no paremos nuestra consideración en lo presente, sino que miremos hacia el futuro (cf. Mt 16:24-27; Col 2:10-12; 1Pe 4:13). A continuación va señalando el Apóstol las pruebas o razones, especie de garantía divina, que corroboran, en continuo crescendo, la certeza de esa nuestra esperanza: primeramente, el presentimiento de las cosas creadas (v. 19-22); después, nuestros propios gemidos suspirando por la glorificación (v.23-25); luego, la intercesión del Espíritu Santo a nuestro favor (v.26-27); por fin, los planes mismos de Dios, que todo lo endereza a la salud de sus escogidos (v.28 - 30). Comentaremos brevemente cada una de estas pruebas.

Comienza el Apóstol fijando su atención en el “mundo creado” (ή κτίσις), sometido contra su voluntad a la “vanidad” (ματαιότης), y “corrupción” (φθορά), que espera anhelante “la manifestación de los hijos de Dios,” momento en que también él será liberado de su servidumbre “para participar en la libertad de la gloria de los hijos de Dios” (v. 19-22). No parece caber duda que, ese “mundo creado,” que el Apóstol presenta personificado, es el mundo sensible inferior al hombre, al que expresamente se contrapone (cf. v.19-23); pero ¿qué clase de servidumbre es esa a que ha sido sometido y cuál es la liberación que espera? La respuesta a estas preguntas no es fácil. Creemos que como base de toda explicación hay que colocar dos textos del Génesis: la sujeción que Dios hace al hombre de todos los seres inferiores a él (Gen 1:26-29), y el pecado de éste, que afectó también a esos seres inferiores, al menos en su relación hacia el hombre (Gen 3:17-19). Produce, pues, el pecado de Adán un desequilibrio en las cosas, un desorden, un modo de ser, que no es el puesto primitivamente por Dios; y este modo de ser le ha venido a las cosas “no de grado, sino por razón de quien las sometió” (v.2o), es decir, no por responsabilidad directa, sino en virtud de aquel lazo moral que Dios estableció entre el hombre y los seres inferiores, de modo que éstos siguiesen la suerte de aquél. Precisamente, debido a tener su suerte ligada a la del hombre, la “esperanza” de liberación que Dios dejó entrever al ser humano ya desde el momento mismo de la caída (Gen 3:15), era también “esperanza” para las cosas mismas. Esa, y no otra, parece ser la “esperanza” de que habla San Pablo (v.20). En realidad es la misma idea que encontramos ya en Isaías, cuando Dios promete “cielos nuevos y tierra nueva” para la época mesiánica (Is 65:17; Is 66:22), idea que se recoge en el Nuevo Testamento, fijando su realización en la parusía (cf. Mt 19:28; Hch 3:21; 2Pe 3:13; Rev 21:1). La diferencia está únicamente en que San Pablo dramatiza más las cosas y habla no sólo del estado glorioso final, sino también de la etapa anterior, etapa de “expectación anhelante..., de gemidos y dolores de parto,” suspirando por ese estado glorioso final, que tiene como centro al hombre, lo mismo que lo tuvo la caída. Por eso, probablemente, es por lo que escribe “sabemos que...” (v.22), como indicando que se trata de doctrina conocida.

Querer concretar más es difícil, y apenas podemos salir de conjeturas. San Juan Crisóstomo, al que siguen otros muchos, antiguos y modernos, cree que la “vanidad” y “corrupción” a que ha sido sometido el mundo creado no es otra cosa que la ley de mutabilidad y muerte, que afecta a todos los seres materiales, y de la que serán liberados al final de los tiempos. Pero ¿es que antes del pecado de Adán no estaban sujetos a mutación y muerte? ¿Es que lo van a dejar de estar al fin de los tiempos? No es probable que San Pablo tratara de responder a estas cuestiones. Por eso muchos autores, siguiendo a San Cirilo de Alejandría, interpretan los términos “vanidad” y “corrupción” en sentido moral, no en sentido físico, y se aplicarían a las criaturas irracionales en cuanto que, a raíz del pecado de Adán, quedaron sometidas a hombres “vanos” y “corrompidos” que se valen de ellas para el pecado (cf. 1:21-32), suspirando por verse liberadas de tan degradante esclavitud. Pero ¿no será esto limitar demasiado la visión de San Pablo? Notemos que el Apóstol atribuye dimensiones cósmicas, y no sólo antropológicas (5:12-21), a la redención de Cristo (cf. Efe 1:10; Col 1:20). Quizá, pues, sea lo más prudente dejar imprecisa la interpretación, porque imprecisa estaba probablemente también en la mente de San Pablo. No deben urgirse demasiado los términos “vanidad” (ματοαότης), de sentido más bien moral (cf. 1:21; Efe 4:17; 2Pe 2:18), o “corrupción” (φθορά), de sentido más bien físico (cf. 1Co 15:42.50; Gal 6:8; Col 2:22); pues el centro de todo el drama es el hombre, y en éste se cumplen ambos aspectos, por lo que nada tiene de extraño que el Apóstol emplee esos mismos términos refiriéndose a las criaturas irracionales, cuya suerte ligó Dios a la del hombre. Para una visión más amplia, puede verse lo que referente a este tema expusimos ya en la introducción a la carta.

Una segunda prueba, que es complementaria de la anterior, la ve el Apóstol en nuestros propios gemidos, suspirando también por la glorificación (v.23-25). Son “gemidos” por parte de quienes poseen ya las “primicias del Espíritu” (v.23); por tanto, aparte las razones de la prueba anterior, tenemos una nueva garantía de que esa expectación anhelante no puede quedar frustrada. San Pablo habla, no de glorificación, sino de “adopción” (v.23), término que resulta aquí un poco extraño, pues ésa la poseemos ya a raíz de la justificación (cf. v.14-15); ello indica que el término “adopción” (υιοθεσία) puede tomarse en sentido más y menos pleno, desde que comienza en la justificación hasta su consumación o desenvolvimiento definitivo en la gloria, que es como ahora lo toma San Pablo. Es por eso, probablemente, por lo que, como tratando de explicarse más, añade lo de “redención de nuestro cuerpo” (απολύτρωση του σώματος ημών), cosa que sabemos está reservada para después de la muerte (v.23; cf 1Cor 15:42-53; 2Co 5:1-5). En el mismo sentido habla de “primicias del Espíritu” (v.23), a decir, de que tenemos ya el Espíritu (cf. v.9.11.14), pero no tenemos todavía todo lo que esa posesión nos garantiza. Dicho de otra manera, estamos “salvos en esperanza” (v.24), pues la plenitud de esa salvación aparecerá sólo más tarde (cf. 5:1-11); de momento debemos esperar “en paciencia” (v.25), o lo que es lo mismo, con espera sufrida y constante.

A continuación indica San Pablo una tercera prueba o motivo de confianza (v.26-27). No son ya sólo los “gemidos” del mundo creado (v.22) y nuestros propios “gemidos” (v.23), Que es mismo Espíritu, “viniendo en ayuda de nuestra flaqueza (ασθένεια)..., aboga por nosotros con gemidos inefables” (Οπερεντυγχάνει στεναγμοΐς άλαλήτοις). La inteligencia del pasaje está centrada en el sentido que se dé a los términos “flaqueza nuestra” y “gemidos del Espíritu.” Evidentemente esa “flaqueza” o deficiencia de parte nuestra está relacionada con la “glorificación” futura por la que suspiramos (v. 19-25), como expresamente lo da a entender el Apóstol, al añadir: “pues qué hayamos de pedir, como conviene, no sabemos” (το γαρ τι προσευξώμε3α κα3ό δει ουκ οϊδαμεν). Es decir, sabemos, sí, que Dios quiere nuestra “glorificación”; pero hasta llegar a ella ha de pasar tiempo, y en ese camino hasta la meta no siempre sabemos qué hayamos de pedir (τί) en cada circunstancia (cf. 2Co_12:8-9) y cómo hayamos de hacerlo (κα3ό δει). α suplir esa deficiencia viene en nuestra ayuda el Espíritu, abogando por nosotros con “gemidos inefables,” que son siempre “según Dios,” es decir, conformes a los designios que Dios tiene sobre sus “santos” (v.27; sobre el término “santos,” cf. 1:7). Estos “gemidos,” pues, no pueden dejar de ser atendidos. El Apóstol los llama “inefables,” bien porque se trata de algo interior, sin palabras, bien porque no pueden ser expresados adecuadamente en lenguaje humano, resultando incomprensibles a los hombres, pero no a Dios que “escudriña los corazones” con su ciencia infinita (v.27; cf. 1Sa 16:7; 1Re 8:39; Sal 70:10; Rev 2:23). El hecho de que San Pablo mencione aquí este atributo divino es señal de que no se trata propiamente de gemidos del “Espíritu,” cosa incompatible con su condición divina, sino de “gemidos” que el Espíritu pone en nuestros corazones. La diferencia, pues, con los “gemidos” de que se habla en el v.23, también bajo el influjo del Espíritu, no parece ser grande; quizá se trate simplemente, igual que dijimos al comentar los v. 15-16, de mayor o menor intensidad en esa como posesión del alma por parte del Espíritu.

Por fin viene la cuarta y última prueba, razón suprema de nuestra confianza (v.28-30). Son tres versículos que contienen en síntesis la doctrina toda de la carta, pues en ellos indica el Apóstol la razón última de esa esperanza de “salud” que viene predicando desde el principio. Debido a su gran importancia doctrinal, han sido objeto de numerosos estudios y comentarios por parte de teólogos y exegetas, cuyas interpretaciones, al rozarse con el debatido tema de la predestinación, no siempre han contribuido a presentar con más luz el pensamiento del Apóstol, sino más bien a oscurecerlo. De ahí la necesidad de que distingamos bien lo cierto de lo dudoso y discutible.

Bajo el aspecto gramatical distinguimos claramente dos partes principales (v.28 y v.29-30), enlazadas entre sí mediante la conjunción “porque” (ότι), que convierte a la segunda (v.29~30) en una explicación de la primera (v.28), en la que ha de buscarse, por consiguiente, la afirmación fundamental del Apóstol. Pues bien, ¿cuál es esa afirmación fundamental? En líneas generales su pensamiento parece claro. Trata, lo mismo que en los versículos precedentes (ν. 18-27), de infundir ánimo a los cristianos ante la certeza de nuestra futura glorificación; la razón alegada ahora (v.28) es que Dios, en cuyas manos están todas las cosas, todo lo endereza a nuestro bien. En otras palabras: Dios lo quiere, y a Dios nada puede resistir. Es éste, desde luego, el primero y radical principio del optimismo cristiano. Pero ¿a quiénes lo aplica San Pablo?



Salmo Responsorial

Salmo 125, 1-2ab. 2cd-3. 4-5. 6


R. Grandes cosas ha hecho por nosotros, Señor.


Cuando el Señor nos hizo volver del cautiverio,

creíamos soñar;

entonces no cesaba de reír nuestra boca

ni se cansaba entonces la lengua de cantar.


R. Grandes cosas has hecho por nosotros, Señor.


Aun los mismos paganos con asombro decían:

"¡Grandes cosas ha hecho por ellos el Señor!"

Y estábamos alegres,

pues ha hecho grandes cosas por su pueblo el Señor.


R. Grandes cosas has hecho por nosotros, Señor.


Como cambian los ríos la suerte del desierto,

cambia también ahora nuestra suerte, Señor,

y entre gritos de júbilo

cosecharán aquellos que siembran con dolor.


R. Grandes cosas has hecho por nosotros, Señor.


Al ir, iba llorando, cargando la semilla;

al regresar, cantando vendrán con sus gavillas.


R. Grandes cosas has hecho por nosotros, Señor.


Este bello poema refleja la situación moral de los repatriados de la cautividad babilónica, los cuales, de un lado, están gozosos al ver que se han cumplido los oráculos de Yahvé sobre el final del exilio, pero al mismo tiempo sufren grandes penalidades y ansían que la nación recupere su plenitud política y económica, como en los tiempos antiguos. Los oráculos proféticos hablaban de una reconstrucción gloriosa, pero la realidad es mucho más modesta; y, por ello, las almas justas que vivían de las promesas mesiánicas esperaban el cumplimiento de los deslumbradores vaticinios de los profetas.

En el salmo se percibe un ritmo elegíaco y por su contenido se asemeja al salmo 85. La composición es extremadamente bella y emotiva.



Evangelio


Lc 13, 18-21

En aquel tiempo, Jesús dijo: "¿A qué se parece el Reino de Dios? ¿Con qué podré compararlo? Se parece a la semilla de mostaza que un hombre sembró en su huerta; creció y se convirtió en un arbusto grande y los pájaros anidaron en sus ramas".

Y dijo de nuevo: "¿Con qué podré comparar al Reino de Dios? Con la levadura que una mujer mezcla con tres medidas de harina y que hace fermentar toda la masa".


Ambas parábolas se introducen con la forma usual en la literatura rabínica. La parábola de la mostaza hace ver que, siendo algo muy pequeño (Mt), llega a hacerse tan grande, que se convierte en árbol, y las aves del cielo se cobijan en él. La imagen se usa en el A.T. para hablar de los grandes imperios que protegen a sus súbditos (Ez 31:6; Dan 4:9). Aquí es el desarrollo del reino. Al comienzo pequeño y casi inadvertido, llega, a la hora de la composición del Evangelio, a ser la grande y visible Iglesia de Dios. Se acusa preferentemente su fuerza expansiva.

La parábola del “fermento,” con igual procedimiento, acusa la vitalidad y expansión del Reino. Puesto en Israel y en el mundo, su vitalidad lo va extendiendo y “fermentando” en Cristo. Se destaca la fuerza transformadora del mismo.

El verbo “habitar” (χατεσκήνωσεν ), aquí “anidar,” es término técnico “escatológico.” Estas parábolas debieron de ser pronunciadas en momentos distintos, pues la segunda falta en el Evangelio de Tomás. Responden a los críticos sobre la firmeza del reino, en el que ingresaban gentes pobres y “pecadores.” Cristo les responde con la más absoluta seguridad de su firmeza.



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