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Lecturas del día 3 de abril, 2020

Primera lectura


Jer 20, 10-13

En aquel tiempo, dijo Jeremías:

“Yo oía el cuchicheo de la gente que decía:

‘Denunciemos a Jeremías,

Denunciemos al profeta del terror’.

Todos los que eran mis amigos espiaban mis pasos,

esperaban que tropezara y me cayera, diciendo:

‘Si se tropieza y se cae, lo venceremos

y podremos vengarnos de él’.

Pero el Señor, guerrero poderoso, está a mi lado;

por eso mis perseguidores caerán por tierra

y no podrán conmigo;

quedarán avergonzados de su fracaso

y su ignominia será eterna e inolvidable.

Señor de los ejércitos, que pones a prueba al justo

y conoces lo más profundo de los corazones,

haz que yo vea tu venganza contra ellos,

porque a ti he encomendado mi causa.

Canten y alaben al Señor,

porque él ha salvado la vida de su pobre

de la mano de los malvados’’.

La misión de Jeremías es tan dura e ingrata, que su alma ya no puede soportarla por más tiempo, y por eso de nuevo desahoga su alma, quejándose a Dios por haberle puesto tan pesada carga, que él no ha buscado. En toda su misión no ha cosechado sino escarnios y afrentas. En su desesperación acusa el profeta a Yahvé de haberle engañador Tú me sedujiste, y “me dejé seducir” (v.7). Cuando era joven inexperto, le cargó con una misión que ahora no aceptaría. Se ha aprovechado, pues, de su inexperiencia. La frase es fuerte y radical, al estilo oriental. Lejos de buscar el matiz, que nosotros expresaríamos diciendo: “Me persuadiste,” se expresa con frases radicales para resaltar más el contraste de la idea. Lo que quiere el profeta destacar es lo ingrato de su misión de intérprete de los designios punitivos de Yahvé sobre su pueblo. Voluntariamente no se hubiera ofrecido para ello, y sólo por la imposición divina lo aceptó: Tú eras el más fuerte, y fui vencido.

Por otra parte, sus vaticinios, al retrasarse su cumplimiento, son considerados por sus contemporáneos como lucubraciones de su imaginación, y con ello se convierte en objeto de burla e irrisión (7b). Su misión ha sido siempre ingrata, ya que no le toca anunciar cosas agradables, sino ruina y devastación para su pueblo (v.8). Con ello tiene que presentarse ante sus conciudadanos como traidor y enemigo de los intereses de su pueblo: la palabra de Yahvé es oprobio y vergüenza para mí (v.8b). Es tan dura e ingrata su misión, que en algunos momentos, desfallecido, quiso substraerse a su cumplimiento (Y aunque me dije: No me acordaré de él, no volveré a hablar en su nombre., v.9), sin embargo, la imposición divina le ha vencido, pues el callar el mensaje divino le era un tormento mayor, ya que sentía en sus entrañas como un fuego abrasador, que penetraba hasta sus huesos y se le hacía insoportable. En otras ocasiones dice que estaba lleno de la cólera divina. Estos desahogos de Jeremías muestran cómo las profecías verdaderas no son fruto de reflexiones personales de los profetas, pues hablan contra lo que ellos quisieran decir si se dejaran llevar de sus sentimientos humanos. Sienten que son instrumentos de algo superior a lo que no pueden substraerse.

A continuación refleja la conducta de sus adversarios, que buscan una ocasión de denunciarle (v.10). La frase terror por doquier es considerada generalmente como glosa redaccional posterior, tomada del ν.3. Incluso sus amigos (lit. “los hombres de mi paz,” es decir, con los que vive en paz) le acechan, esperando un traspié. Le habían abandonado, y, aunque se mostraban corteses exteriormente, sin embargo, hacían causa común contra él.

Jeremías, por toda respuesta, hace un acto de confianza en Yahvé. Se siente bajo la protección de su Dios, que le ha enviado, y esto le da fuerza contra todo. En realidad, Yahvé es un fuerte guerrero que está a su lado, y, por tanto, desbaratará los planes de sus perseguidores, que serán confundidos al verse fracasados en sus planes de eliminarle. Yahvé es en realidad el que conoce los secretos de los ríñones y el corazón (v.12), e.d., los íntimos pensamientos urdidos en la zona misteriosa de la conciencia humana; por eso debe conocer las tramas injustas de sus enemigos. El profeta, en una confesión muy humana, desea ser testigo del castigo sobre sus perseguidores, y confía su causa judicial a Dios mismo.

Este v.12 y el 13 tienen un carácter netamente salmódico, y quizá sean obra de un redactor de la época sapiencial.



Salmo Responsorial


Salmo 17, 2-3a. 3bc-4. 5-6. 7

R. Sálvame, Señor, en el peligro.


Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza;

el Dios que me protege y me libera.


R. Sálvame, Señor, en el peligro.


Tu eres mi refugio,

mi salvación, mi escudo, mi castillo.

Cuando invoqué al Señor de mi esperanza

al punto me libró de mi enemigo.


R. Sálvame, Señor, en el peligro.


Olas mortales me cercaban,

torrentes destructores me envolvían;

me alcanzaban las redes del abismo

y me ataban los lazos de la muerte.


R. Sálvame, Señor, en el peligro.


En el peligro invoqué al Señor,

en mi angustia le grité a mi Dios;

desde su templo, él escuchó mi voz,

y mi grito llegó a sus oídos.


R. Sálvame, Señor, en el peligro.

Este salmo es muy similar en algunos aspectos al anterior; en ambos se declara que la máxima felicidad consiste en vivir en comunidad espiritual con Dios. Pensamientos también similares los encontramos en los salmos 7 y 11. Sin embargo, en el salmo 17 encontramos más nerviosismo y ansiedad ante la inminencia de peligro. Es la plegaria confiada de un justo que no tiene conciencia de haber ofendido a su Dios, y que, sin embargo, es acosado por la calumnia u hostilidad de gentes impías. Consciente de su inocencia, pide protección a Dios para que le libre de sus injustos agresores. Confiado en la justicia divina, espera y pide el castigo para sus enemigos, mientras que él espera contemplar la faz de Dios, saciándose con los placeres íntimos espirituales que se derivan de su amistad bienhechora.

El título del salmo lo atribuye a David, y, en ese supuesto, los autores antiguos creían que su composición tuvo lugar en los tiempos en que andaba huyendo de Saúl y sus seguidores, que le tendían emboscadas para quitarle la vida. Los peligros de muerte eran muchos, y la fe cálida de David le hacía expresar dramáticamente sus ansiedades y su confianza en el Dios que le había elegido para rey de Israel. Sin embargo, no pocos autores modernos, por razones de estilo, creen que el salmo es de la época persa.

Literariamente es una plegaria, en la que no faltan símiles originales y vigorosos para expresar la ferocidad de sus enemigos y su confianza en Dios, que le ha de “guardar como la pupila de “sus ojos” o como una avecilla tímida “a la sombra de sus alas.” Rítmicamente es poco regular; sin embargo, se pueden distinguir seis estrofas de tres dísticos, excepto la última, que tiene dos dísticos y un trístico.

Evangelio


Jn 10, 31-42

En aquel tiempo, cuando Jesús terminó de hablar, los judíos cogieron piedras para apedrearlo. Jesús les dijo: “He realizado ante ustedes muchas obras buenas de parte del Padre, ¿por cuál de ellas me quieren apedrear?”

Le contestaron los judíos: “No te queremos apedrear por ninguna obra buena, sino por blasfemo, porque tú, no siendo más que un hombre, pretendes ser Dios”. Jesús les replicó: “¿No está escrito en su ley: Yo les he dicho: Ustedes son dioses? Ahora bien, si ahí se llama dioses a quienes fue dirigida la palabra de Dios (y la Escritura no puede equivocarse), ¿cómo es que a mí, a quien el Padre consagró y envió al mundo, me llaman blasfemo porque he dicho: ‘Soy Hijo de Dios’? Si no hago las obras de mi Padre, no me crean. Pero si las hago, aunque no me crean a mí, crean a las obras, para que puedan comprender que el Padre está en mí y yo en el Padre”. Trataron entonces de apoderarse de él, pero se les escapó de las manos.

Luego regresó Jesús al otro lado del Jordán, al lugar donde Juan había bautizado en un principio y se quedó allí. Muchos acudieron a él y decían: “Juan no hizo ningún signo; pero todo lo que Juan decía de éste, era verdad”. Y muchos creyeron en él allí.

La escena pasa en Jerusalén, en los días en que se celebraba la fiesta de la Dedicación. El término griego significa “innovar,” y, en sentido derivado, “consagrar” o “dedicar.” En hebreo se llama la fiesta hanukkah (Esd 6:16ss; Dan 3:2), del verbo hanak, “innovar,” “dedicar.”

Esta fiesta tenía por objeto conmemorar anualmente la purificación del templo por Judas Macabeo, en el año 148 de los Seléucidas, que corresponde al 165 a.C., después de la gran profanación que de él había hecho Antíoco IV Epífanes (1Ma 4:36-59; 2Ma 1:2-19; 2Ma 10:1-8).

Comenzaba esta festividad el día 25 del mes de Kasleu (nov.-dic.). La fiesta duraba ocho días (2Ma 10:6). Tenía un ceremonial calcado en el de la fiesta de los Tabernáculos (2Ma 1:9; 2Ma 10:6). Más tarde vino a caracterizarse por las luminarias (2Ma 1:19-22), tanto que se la llamó, por antonomasia, la fiesta de las Luminarias. Pero no tanto por las “luminarias” cuanto por la luz de la libertad, según Josefo.

Para la fiesta de la Dedicación no era obligatoria la peregrinación a Jerusalén, como en las otras tres grandes fiestas de Pascua, Pentecostés y Tabernáculos.

La escena tiene lugar cuando Cristo “se paseaba” en el templo, por el llamado “pórtico de Salomón.” Así se llamaba a “una sección del pórtico oriental”. “Estaba situado este pórtico en la parte exterior oriental del templo y dominaba un profundo valle, el Cedrón; sus muros medían 400 codos (sobre 200 metros), y estaba construido con blanquísimas piedras de sillería, cada una de las cuales medía codos de largo (sobre 10 metros) y seis de alto (unos tres metros); era la obra del rey Salomón,” y el pórtico más antiguo de los conservados.

Probablemente, al referir que se estaba en invierno y que se paseaba Cristo por este pórtico, es que sería lugar acogedor en esta estación del año. Es además una indicación para los lectores de la gentilidad, para precisarles la época de esta fiesta.

En este escenario, un día de la fiesta de la Dedicación, los “judíos,” que son indudablemente, por su argumentación, los fariseos, lo “rodean,” lo estrechan así en un “círculo” para forzarle a una respuesta. Es lo que parece seguirse de todo el episodio, del tipo de argumentación farisaica insidiosamente usada y de su emplazamiento literario en este preludio final yoanneo de la muerte de Cristo. Las ideas, fundamentalmente, se repiten. Así le dicen y preguntan:

“¿Hasta cuándo nos tendrás en suspenso?”; literalmente: “¿Hasta cuándo (tendrás) levantada nuestra alma?”; es decir: le preguntan hasta cuándo los va a tener en incertidumbre sobre algo que les interesa grandemente. Por eso concluyen: “Si eres el Mesías, dínoslo claramente”; y por el término griego usado aquí y en otros pasajes de Jn, probablemente significa, no sólo “claramente,” sino dicho con plena libertad (Jn 7:13.26; Jn 18:20).

Lagrange notó muy bien que “Juan está, por eso, aquí perfectamente de acuerdo con los sinópticos sobre el secreto mesiánico, tan notable, sobre todo, en Marcos.”

La respuesta de Cristo es que ya se lo dijo repetidas veces, no tomando la misma palabra de Mesías, pero sí “con las obras,” que, hechas “en nombre de mi Padre,” dan, por lo mismo, testimonio de Él. Pero, a pesar de todo, ellos no creen. ¿Por qué? Cristo va a dar la razón honda de esto, al tiempo que, con este motivo, va a hacer una declaración terminante de su divinidad. El razonamiento se puede sintetizar así:

No creen porque no son de sus ovejas,

pues éstas oyen su voz, por lo que se sigue

que por eso no perecerán, por eso no perecerán, [El las conoce, ellos le siguen.

Él les da la vida eterna]

pues “nadie las arrebatará de mi mano.”

Y como “esto” (éstas) es don del Padre a Cristo,

nadie puede arrebatar nada del Padre.

Y el Padre y Cristo son “una misma cosa” en esto.

Varios son los puntos doctrinales de este pasaje. Son los siguientes:

1) En la fe en Cristo, y, por tanto, en sus “obras,” que son “signos,” si inmediatamente hay causas diversas, v.gr., malas disposiciones, temor de la “luz” (Jn 3:19-21), espíritu terreno (Jn 8:23), en el fondo de ello existe una “predestinación.” Braun ha escrito, comentando este pasaje: “La doctrina de la predestinación no tiene que hacer nada aquí.” Pero esta afirmación va en contra del contexto del evangelio de Jn, en donde ya se dijo, a propósito de la incredulidad en Cristo, que “nadie puede venir a mí si el Padre no le trae” (Jn 6:44; cf. 8:47), y contra el contexto inmediato, en donde se dice que los que creen en Él es don del Padre (v.29).

2) Cristo se presenta con un “conocimiento” sobrenatural y universal de sus ovejas; con un oficio de Pastor que llama a sus ovejas de modo real, aunque misterioso, porque aquéllas “oyen su voz”; con un poder vitalizador, pues les da “la vida eterna” (v.28); y se presenta dotado de un poder trascendente, pues nadie puede “arrebatar de su mano” estas ovejas.

3) Todo este rebaño espiritual es un “don” del Padre a Él. Pero la formulación de este hemistiquio tiene una dificultad clásica de lectura y de interpretación. Son las siguientes:

a) “Mi Padre, el que (δς ) me dio a mi

es más grande que todo.”

b) “Mi Padre, lo que (δς ) me dio,

es más grande que todo.”

Críticamente, la primera lectura es admitida por muchos, apoyada en Β S L W, Vet. lat., Vulg., Tert., HiL, Ag. Por crítica interna se ve que es lectura más fácil. Además deja sin complemento lo que el Padre dio a Cristo. La segunda es la ordinariamente admitida. En ella puede ser traducido el “más grande” por “más precioso” (Mt 23:17.19). Así, su lectura es:

“Lo que el Padre me dio es más precioso que todo.”

¿Qué es eso que el Padre dio a Cristo? A tres pueden reducirse las posiciones.

a) La naturaleza divina. — San Agustín es el primer representante de esta posición. Entre los exegetas que le han seguido están Cornelio A., Knabenbauer, Patrizi, Lebreton. Con esta posición parece concordar lo que se dice en el concilio IV de Letrán (a. 1215): “El Padre, generando eternamente al Hijo, le da — dedit — su sustancia, conforme a lo que El mismo dice: Lo que me dio el Padre es más grande que todo.” Pero, como nota oportunamente Prat,” se sabe que la prueba escrituraria no es definida con la doctrina que ella ilustra”, y los autores católicos lo interpretan diversamente.

b) El poder divino. — Sería el poder divino que el Padre le había comunicado, tanto para hacer milagros como para conducir las ovejas y darles la vida eterna. Así Belser, Schanz, Tillmann.

Pero el contexto, como se verá, exige otra interpretación, distinta de estas dos propuestas. Cristo no iba a decir algo incoherente. Pues si aludiese a que este don del Padre era la naturaleza divina o el poder divino, ¿quién pretendería “arrebatar” del Hijo la naturaleza divina o el poder divino de que estaba dotado?

c) Las “ovejas” que oyen su voz. — Esta interpretación es exigencia del ritmo conceptual progresivo del pasaje. La garantía de que las ovejas que oyen su voz no perecerán es:

a) “Que nadie las arrebatará de mi mano,” o poder.

b) Porque es un “don” que le dio el Padre, el cual “don” es “más precioso que todas las cosas.” Nada es comparable a la “vida eterna,” que Cristo dispensa (Jn 17:1-4). El mismo lo dijo en otra ocasión: “¿Qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26; Lc 9:25).



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