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Lecturas del día 3 de noviembre, 2019

Primera lectura


Sab 11, 22–12, 2

Señor, delante de ti,

el mundo entero es como un grano de arena en la balanza,

como gota de rocío mañanero,

que cae sobre la tierra.

Te compadeces de todos,

y aunque puedes destruirlo todo,

aparentas no ver los pecados de los hombres,

para darles ocasión de arrepentirse.

Porque tú amas todo cuanto existe

y no aborreces nada de lo que has hecho;

pues si hubieras aborrecido alguna cosa,

no la habrías creado.

¿Y cómo podrían seguir existiendo las cosas,

si tú no lo quisieras?

¿Cómo habría podido conservarse algo hasta ahora,

si tú no lo hubieras llamado a la existencia?

Tú perdonas a todos,

porque todos son tuyos, Señor, que amas la vida,

porque tu espíritu inmortal, está en todos los seres.

Por eso a los que caen,

los vas corrigiendo poco a poco,

los reprendes y les traes a la memoria sus pecados,

para que se arrepientan de sus maldades

y crean en ti, Señor.


El Señor, que sacó los seres de la creación de aquella primera masa caótica que previamente creara de la nada (v.18), pudo hacer caer de improviso una muchedumbre de animales salvajes o crear otras fieras monstruosas que con su aliento, con su olor o con su sola mirada les diesen muerte. Más aún, no le era necesario al Señor crear animales grandes o pequeños para castigar a los egipcios; una palabra suya bastó para dar el ser a la creación entera, y un soplo de su hálito bastaría para reducirlos a la nada; al final de los tiempos, la Sabiduría encarnada dará muerte al “inicuo” con el hálito de su boca. Pero Dios señaló un límite, porque no quería destruir a los egipcios, sino castigarlos en la medida precisa para que reconocieran su mano poderosa; no quiso hacer una manifestación de su poder, sino de su justicia, temperada siempre por la misericordia mientras estamos en esta vida. Los tres términos medida, número y peso vienen a ser expresión de la múltiple sabiduría, exactitud y justa medida con que Dios hace todas las cosas.

La última perícopa de la sección desarrolla el pensamiento precedente: Dios tiene un poder absoluto, de modo que puede aniquilar a los seres creados con la facilidad con que se mueve un grano de arena o se evapora la gota de rocío al contacto con los rayos del sol (v.23); pero tiene misericordia de todos, de los justos y de los pecadores, a quienes no castiga en seguida, como merecían y Él podría hacer, sino que les da tiempo a que hagan penitencia. Gomo razón de esa misericordia presenta el autor sagrado su poder. El ejercicio de la misericordia es la expresión más perfecta de la omnipotencia divina, porque al perdonar y tener misericordia de los hombres les hace partícipes de un bien infinito, que es el último efecto de la virtud divina, y porque el efecto de la misericordia divina es fundamento de todas las obras divinas.

La última razón de esa misericordia es el amor (v.25). Dios ama todas las cosas; si éstas vinieron a la existencia, fue porque ya antes las amó, y su amor es causativo de las mismas. Ninguna ha podido venir al ser como efecto del odio divino, de modo que sea indigna de su amor. Y son, por el mero hecho de que existen, entitativamente buenas, participación de la bondad de Dios, y reflejan sus perfecciones. Y por lo mismo que Dios las ama, como el artista su obra, como el padre a sus hijos, las conserva en el ser.

Pero entre todos los seres ama con predilección al hombre, en el cual dejó plasmada su imagen y semejanza. Y por eso perdona a los pecadores, a los egipcios, por graves que sean sus pecados, con sólo un sincero arrepentimiento de ellos, porque son suyos, obra de sus manos, que llevan en su naturaleza humana plasmada la imagen y semejanza de Dios. “Es un gran motivo de confianza - escribe San Agustín - para un alma el considerar que ha salido de las manos de Dios, que ha recibido de El todo cuanto es y que no la ha hecho solamente para ser una débil contraseña de su poder (como son las criaturas irracionales), sino que la ha creado a su imagen y semejanza y la ha hecho digna de entrar en su gloria.”



Salmo Responsorial


Salmo 144, 1-2.8-9. 10-11. 13cd-14


R. (cf. 1) Bendeciré al Señor eternamente.


Dios y rey mío, yo te alabaré,

bendeciré tu nombre siempre y para siempre.

Un día tras otro bendeciré tu nombre

y no cesará mi boca de alabarte.


R. Bendeciré al Señor eternamente.


El Señor es compasivo y misericordioso,

lento para enojarse y generoso para perdonar.

Bueno es el Señor para con todos

y su amor se extiende a todas sus creaturas.


R. Bendeciré al Señor eternamente.


Que te alaben, Señor, todas tus obras

y que todos tus fieles te bendigan.

Que proclamen la gloria de tu reino

y narren tus proezas a los hombres.


R. Bendeciré al Señor eternamente.


El Señor es siempre fiel a sus palabras

y lleno de bondad en sus acciones.

De su apoyo el Señor al que tropieza

y al agobiado alivia.


R. Bendeciré al Señor eternamente.


El salmo consta de dos partes diferentes por su argumento y su ritmo: a) súplica de un rey que se halla en situación angustiosa como consecuencia de los ataques de pueblos enemigos que violaron la paz de Israel (1-11); b) exaltación de la prosperidad de Israel por su fidelidad a Yahvé (12-15). Esta segunda sección forma parte de otro salmo perdido, que ha sido incrustada a la sección anterior por razones de acoplamiento litúrgico, que a nosotros nos son desconocidas. En la formación de la primera parte intervienen textos de los Sal 18:8-39, Sal 104:33. La segunda parte tiene el aire de un poema “sapiencial” en el que se enseña que la fidelidad a la religión fomenta la prosperidad. En cambio, la primera parece una compilación del salmo 18 1 Por ello se atribuye a David.



Segunda lectura


2 Tes 1, 11–2, 2

Hermanos: Oramos siempre por ustedes, para que Dios los haga dignos de la vocación a la que los ha llamado, y con su poder, lleve a efecto tanto los buenos propósitos que ustedes han formado, como lo que ya han emprendido por la fe. Así glorificarán a nuestro Señor Jesús y él los glorificará a ustedes, en la medida en que actúe en ustedes la gracia de nuestro Dios y de Jesucristo, el Señor.

Por lo que toca a la venida de nuestro Señor Jesucristo y a nuestro encuentro con él, les rogamos que no se dejen perturbar tan fácilmente. No se alarmen ni por supuestas revelaciones, ni por palabras o cartas atribuidas a nosotros, que los induzcan a pensar que el día del Señor es inminente.


El hecho de que en este mundo haya justos perseguidos y perseguidores indemnes es prueba cierta de que ha de llegar un día en que se dé el merecido castigo a esos perseguidores y el merecido premio a los perseguidos, que así entrarán a gozar de la gloria del “reino de Dios,” por cuya consecución tanto han tenido que sufrir. Es el caso en que se hallan los tesalonicenses, y por lo que Pablo da gracias a Dios.

Este pensamiento fundamental lo desarrolla luego más el Apóstol en los v.6-10, describiendo los castigos y los premios destinados respectivamente a pecadores y a justos en la parusía, con la consiguiente inversión de la suerte de los perseguidores y perseguidos. Todo ello, en aquellos momentos de prueba, debía servir de gran consuelo a los tesalonicenses. Los términos con que San Pablo describe el castigo de los malos son sumamente expresivos: retribuirá “con tribulación” (v.6)., tomará “venganza en llamas de fuego” (v.8)., serán castigados “a eterna ruina, lejos de la faz del Señor y de la gloria de su poder” (v.8). En esta última expresión: “lejos de la faz del Señor” (από προσώπου του Κυρίου ), podemos ver aludida la que llaman los teólogos pena de daño, consistente en quedar alejados para siempre de la presencia de Dios. Por lo que respecta a “tomar venganza en llamas de fuego” (εν πυρι φλογόβ ), quieren ver algunos una alusión a la destrucción del mundo en la conflagración final (cf. 2Pe 3:10), o también al fuego con que los réprobos serán atormentados en el infierno (cf. Mt 25:41); sin embargo, parece mucho más probable que se aluda simplemente al esplendor o “fuego llameante” con que aparecerá Cristo en la parusía, lo mismo para castigar a los malos (v.6.8.9) que para premiar a los buenos (v.7.10). Es decir, se aplica a Cristo, sin que sea fácil saber dónde termina el simbolismo y dónde comienza la realidad, lo que es elemento más o menos obligado en las teofanías bíblicas, a fin de hacer resaltar la potencia y majestad de Dios (cf. Ex 3:2; Ex 19:18). Es de notar que, hablando de la recompensa a los buenos, San Pablo la enfoca bajo el aspecto de “descanso” (άνεσιν , ν .7), en consonancia por contraste con las persecuciones y trabajos de la vida presente. En otros lugares de sus cartas hablará más bien de “vida eterna,” “herencia de Dios,” “salvación.” (cf. Rom 5:9; Rom 6:22; Gál 4:7; Rom 6:8; 1Co 5:5). También es de notar la mención “en nuestra compañía,” uniendo la suerte de sus evangelizados a la suya, detalle familiar y lleno de cariño (v.y; cf. 1Co 4:8). Las dos expresiones “glorificado en sus santos” y “admirado en todos los que creyeron” (v.10), alusivas a la gloria de los justos en la parusía, son prácticamente equivalentes, y significan que, cuando llegue ese día, la gloria de Cristo se comunicará plenamente a sus fieles (cf. Rom 8:18; 1Co 15:23; 2Co 4:14; Flp 3:20-21), lo cual a su vez cederá en honor de Cristo mismo, provocando en los así beneficiados un sentimiento eterno de admiración ante el poder y gloria de Cristo.

Entre esos “santos” o “que creyeron,” añade el Apóstol, estarán los tesalonicenses, pues han creído a su predicación o “testimonio” (v.10). Finalmente, San Pablo, en los v. 11-12, dirige a Dios una oración por los tesalonicenses, a fin de que los haga “dignos de su vocación” (cf. 1Te 2:12; 1Te 4:7; 1Te 5:24) o, lo que es prácticamente lo mismo, “convierta en realidad todo buen deseo de santidad y obra de fe” (v.11; cf. 1Te 1:3). Es éste, como si dijéramos, el fin inmediato de la oración de Pablo. Fin último es el de que Jesucristo “sea glorificado” en los tesalonicenses y los tesalonicenses “glorificados” en Jesucristo (v.1a). Parece claro, dado el contexto, que el Apóstol está refiriéndose a la “glorificación” en la parusía, no simplemente a la que resulta, ya en este mundo, de una vida auténticamente cristiana. Cristo “será glorificado” en sus fieles, en cuanto que en ese día quedarán de manifiesto públicamente su poder, su bondad y la eficacia de su sacrificio; y los fieles “serán glorificados” en Cristo, en cuanto que participarán eternamente de su gloria, siendo asociados a su reino y felicidad. Y todo esto lo tendremos “según la gracia de Dios y del Señor Jesucristo” (v.1a), es decir, beneficio que debemos a su inmensa liberalidad. Clara afirmación de la necesidad de la gracia en orden a la consecución de nuestra salud (cf. Flp 2:13).

Tras los anteriores preliminares un tanto genéricos, Pablo entra de lleno en la cuestión que motiva la carta: lo de si es inminente o no la parusía. Al hablar de “parusía” y de “nuestra reunión con Cristo” (v.1), este pasaje queda íntimamente relacionado con:11, en que se habla también de “parusía” y de “reunión” con Cristo. Que los ánimos de los tesalonicenses estaban inquietos a este respecto, lo prueba claramente el lenguaje con que comienza amonestándoles el Apóstol: “No os turbéis de ligero, perdiendo el buen sentido, ni os alarméis., como si el día del Señor estuviese inminente” (v.2). También indica el Apóstol en qué apoyaban su argumentación los propagadores de esa falsa alarma: “Espíritu., discurso., epístola atribuida a nosotros” (v.2). Es decir, recurrían a supuestas profecías o revelaciones del Espíritu, a dichos atribuidos a Pablo, e incluso a cartas que no eran suyas (cf. 3:17).

Tal era el estado de ánimo de los tesalonicenses y tal la cuestión a la que intenta responder el Apóstol. La idea general de su respuesta es clara, y puede ser resumida así: Recomendación a los tesalonicenses a que estén tranquilos y no se dejen turbar por falsas alarmas de que es inminente la parusía (v.1-2), pues antes ha de venir “la apostasía” y ha de manifestarse “el hombre del pecado” (v.3-4), como recordarán que ya les explicó cuando estuvo entre ellos (v-5). También saben, puesto que se lo explicó entonces, qué es “lo que está impidiendo” la manifestación de ese hombre del pecado (v.6), el cual se manifestará una vez desaparecido dicho impedimento (v.7:8a), pero será exterminado fulminantemente por Cristo en su parusía (v.8b-12).



Evangelio


Lc 19, 1-10

En aquel tiempo, Jesús entró en Jericó, y al ir atravesando la ciudad, sucedió que un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de conocer a Jesús; pero la gente se lo impedía, porque Zaqueo era de baja estatura. Entonces corrió y se subió a un árbol para verlo cuando pasara por ahí. Al llegar a ese lugar, Jesús levantó los ojos y le dijo: "Zaqueo, bájate pronto, porque hoy tengo que hospedarme en tu casa".

Él bajó enseguida y lo recibió muy contento. Al ver esto, comenzaron todos a murmurar diciendo: "Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador".

Zaqueo, poniéndose de pie, dijo a Jesús: "Mira, Señor, voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes, y si he defraudado a alguien, le restituiré cuatro veces más". Jesús le dijo: "Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también él es hijo de Abraham, y el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido".


La escena es en la Jericó herodiana, a 3 kilómetros al sur de la vieja, que era la única habitada. Lc es el único que narra esta escena. A la fascinación que causan las riquezas, y que Lc expuso en el pasaje del joven que no “siguió” a Cristo por sus muchas riquezas, la conversión de Zaqueo presenta un ejemplo en contrapartida. Es otro caso, aquí con hechos, del tema de la misericordia de Cristo, tan destacado por Lc.

Zaqueo, que significa “el puro,” “el justo,” o, si es abreviatura de Zacarías, “Dios se acordó,” es presentado por Lc en dos caracteres íntimamente unidos entre sí. Es “jefe de publícanos” y hombre “rico.”

Los publícanos eran los recaudadores de los impuestos de Roma a Israel. Por eso eran aborrecidos por los judíos, como coautores de la dominación romana. La autoridad de Roma admitía de éstos una cantidad alzada, y luego ellos podían resarcirse en los cobros del pueblo. Ello dejaba un margen de abuso manifiesto en los beneficios. Acaso por eso era “rico.” Máxime siendo “jefe” de los publícanos de toda aquella zona de Jericó (cf. Lc 3:12-13).

El buen deseo se ve en este hombre de “estatura pequeña,” por lo que se sube a un árbol, y no tiene reparo en “correr” para situarse por donde Cristo ha de pasar.

A su paso, Cristo lo miró, lo llamó, y Lc dijo que bajase “pronto” — en esta palabra hay un ansia espiritual de ganarle — , porque “hoy tengo (δε i) que hospedarme en tu casa.” El bajó “con toda prisa.” Este rasgo de Lc corresponde al ansia que Cristo tiene de él. Y lo recibió en su casa “con alegría.” La murmuración judía no podía faltar al ver que se hospedaba en la casa de un “pecador.” Esta palabra tenía para ellos el sentido de un hombre inmerso en toda impureza “legal,” que aquí también podía ser moral por su oficio.

Lc es rápido en la descripción. Pero va a lo fundamental de los hechos. Zaqueo está convertido. El confiesa su satisfacción: “Doy la mitad de mis bienes a los pobres, y si a alguien he defraudado en algo, le devuelvo el cuádruplo.”

En la Ley se exigía el cuádruplo en casos de robo (Ex 21:37; Ex 22:1). Pero en caso de fraudes sólo se exigía una quinta parte, a más de la devolución o compensación de lo defraudado (Lev 5:24; Num 5:6.7). En el uso de esta época sólo estaba vigente la satisfacción de una quinta parte sobre lo robado.

Así, la oferta de Zaqueo es: la primera, como una indemnización; y la segunda, un acto de generosidad muy por encima de lo que la justicia exigía entonces.

Con Cristo llegó a Zaqueo la “salud.” También él, aunque degradado por los fraudes y malos negocios, era digno de ser hijo de Abraham: de la suerte de los judíos dignos y rectos. Y, sin duda, también a toda su “casa” (Hch10:2; Hch 11:14; Hch 16:15.31; Hch 18:8), lo mismo que antes participarían de “riqueza de iniquidad.”

Y se hace ver que ésta era la misión de Cristo. Lo criticaban por “comer y beber con los publícanos y pecadores” (Lc 15:1) y les respondió con las parábolas de la misericordia. Y aquí se responde, aparte de los hechos, con destacar que ésta era la misión del Hijo del hombre: que “ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido.” Esta sentencia de Cristo debe de provenir de otro contexto. Pero es el complemento “sapiencial” al hecho de esta conversión. San Ambrosio ve en Zaqueo un fruto maduro que cae del árbol a la primera sacudida que le hace Cristo.

Siendo histórica la escena, es de una destacada temática y elaboración lucana: Cristo invitado a un banquete (v.5); alegría (v.6); desprendimiento (v.8); salud universal (v.10a); Cristo amigo de pecadores (v.l0b). La propuesta de Bultmann que sea una reelaboración de Mc 2:14-17, no tiene base.



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