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Lecturas del día 8 de marzo, 2020

Primera lectura


Gn 12, 1-4


En aquellos días, dijo el Señor a Abram: “Deja tu país, a tu parentela y la casa de tu padre, para ir a la tierra que yo te mostraré. Haré nacer de ti un gran pueblo y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre y tú mismo serás una bendición. Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan. En ti serán bendecidos todos los pueblos de la tierra”. Abram partió, como se lo había ordenado el Señor.


Con esta vocación de Abraham empieza la historia israelita. El autor sagrado da a entender, con el relato de la confusión de las lenguas, que la humanidad en su mayoría seguía alejándose de Dios a pesar de la catástrofe del diluvio, y por eso Dios se reserva una porción fiel, que sea como la mantenedora del fuego sagrado religioso y el vínculo de transmisión de sus revelaciones en orden a la salvación de la misma humanidad descarriada. Así da orden a Abram de abandonar su parentela y encaminarse a una región nueva, aislándose del ambiente politeísta de su familia y de los lazos de sangre, que podían crearle dificultades en su nueva vida con misión profética. La muerte de su padre le facilita la ejecución de la orden divina. Abram, pues, continuará en su vida nómada, llevando sus ganados en busca de nuevos pastos hacia la región de los cananeos. Al llamarle Yahvé, le hace solemnes promesas, en las que se halla expresado su futuro predestinado. Así le anuncia que convertirá a su tribu en un gran pueblo, bendiciéndole y colmándole de bienes, haciéndole famoso, siendo el propio Abram fuente de bendiciones para sus hijos (v.2). Como le envía a una tierra desconocida, donde el patriarca pudiera temer encontrarse con ambiente hostil, Yahvé establece con él una alianza defensiva y ofensiva, con lo que podrá ir tranquilo a la nueva tierra en que va a morar: Bendeciré a los que te bendigan y maldeciré a los que te maldigan (v.3a). Como si dijera: “Seré amigo de tus amigos y enemigo de tus enemigos.” Con la fe en estas palabras, el patriarca recorrerá tranquilo los caminos de Canaán. Y, como si esto fuera poco, añade Yahvé: En ti — como en tronco de una descendencia gloriosa — serán bendecidos todos los pueblos (v.3b); o acaso mejor, todos los pueblos te bendecirán, teniéndose por dichosos de ser contados entre tus hijos. Clarísimo anuncio de una universalidad de las promesas mesiánicas, según luego declararán los profetas. Todas las familias de la tierra se sentirán bendecidas al sentirse vinculadas al tronco glorioso de Abraham. Esta bendición será repetida varias veces, lo que indica la importancia teológica que tiene en la mente del autor sagrado. “Así, en el desarrollo del plan divino y en la historia de la gracia, Abraham es el nombre más grande entre Adán y Cristo: verdadero padre del pueblo judío, representa el principio de la religión de Israel y de lo que llamamos A.T., impregnando todo del recuerdo del patriarca.” El autor del Eclesiástico hace este juicio del gran patriarca: “Abraham es el padre ilustre de una multitud de naciones, y no se ha encontrado ninguno que iguale su gloria.” En esta bendición sobre Abraham y los pueblos se concreta, ya la primera promesa mesiánica del Protoevangelio y la alianza de bendición sobre Noé y Sem.



Salmo Responsorial


Salmo 32, 4-5. 18-19. 20 y 22


R. Señor, ten misericordia de nosotros.


Sincera es la palabra del Señor

y todas sus acciones son leales.

El ama la justicia y el derecho,

la tierra llena está de sus bondades.


R. Señor, ten misericordia de nosotros.


Cuida el Señor de aquellos que lo temen

y en su bondad confían;

los salva de la muerte

y en épocas de hambre de la vida.


R. Señor, ten misericordia de nosotros.


En el Señor está nuestra esperanza,

pues él es nuestra ayuda y nuestro amparo.

Muéstrate bondadoso con nosotros,

puesto que en ti, Señor, hemos confiado.


R. Señor, ten misericordia de nosotros.


En este bello poema idílico, el salmista juega con dos símiles alegóricos: a) el buen pastor (1-4); b) el padre de familias, que hace gala de espléndida y generosa hospitalidad. Bajo estos símiles, el salmista expresa la confianza ciega del justo en la providencia solícita de su Dios. Nada le puede turbar. El tono es marcadamente personal; por tanto, no se presta a una interpretación colectiva, como quiere el Targum, como si se tratara de la solicitud de Yahvé por la comunidad israelita.

Como en los salmos anteriores de esta primera colección del Salterio, se atribuye esta magnífica pieza poética al propio David. Realmente, ninguno mejor que David sabía lo que era la vida del pastor y su solicitud por las ovejas, pues era su profesión en los tiempos de su niñez. Sin embargo, como en el v.6 se alude a la “casa de Yahvé,” el templo de Jerusalén, parece que la composición es posterior a Salomón, constructor del santuario. Por ello, no pocos críticos creen que el salmo fue compuesto en la época persa.

Métricamente podemos distinguir dos estrofas formadas a base de dísticos de tipo elegiaco. Desde el punto de vista doctrinal, el salmo es una lección de confianza tranquila en Dios, solícito Pastor y Padre de familias, que protege al huésped de todo peligro y le provee abundantemente de todo.



Segunda lectura


2Tm 1, 8b-10


Querido hermano: Comparte conmigo los sufrimientos por la predicación del Evangelio, sostenido por la fuerza de Dios. Pues Dios es quien nos ha salvado y nos ha llamado a que le consagremos nuestra vida, no porque lo merecieran nuestras buenas obras, sino porque así lo dispuso él gratuitamente.

Este don, que Dios nos ha concedido por medio de Cristo Jesús desde toda la eternidad, ahora se ha manifestado con la venida del mismo Cristo Jesús, nuestro Salvador, que destruyó la muerte y ha hecho brillar la luz de la vida y de la inmortalidad, por medio del Evangelio.


Uno de los mayores peligros para el apóstol cristiano es la tentación de desaliento cuando se encuentra con la incomprensión y las persecuciones. Pablo trata de precaver a Timoteo contra ese peligro.

Le recuerda primeramente “la gracia de Dios” (το χάρισμα του Θεού ) que hay en él “por la imposición de sus manos” y que debe esforzarse por “reavivar” (v.6). Esto, en sustancia, es repetición de lo que ya le había dicho en la primera carta (cf. 1Ti 4:14), con la diferencia de que allí le hablaba de “imposición de manos” del colegio de presbíteros, mientras que aquí le habla de “imposición de mis manos.” Evidentemente, Pablo se está refiriendo al rito de la ordenación de Timoteo, como entonces explicamos. El verbo “hacer revivir” (άναζωπυρεΐν ), evocando la imagen de un fuego que languidece y hay que reanimar, es sumamente expresiva; pues el Espíritu Santo, autor de los carismas, es semejante a un fuego (cf. Hch 2:3; 1Te_5:19). Lo que se añade en el v.7 parece ser una alusión a los principales efectos de la “gracia” de la ordenación: fortaleza, caridad, prudencia, tres virtudes que necesita de modo especial el ministro del Evangelio. Adornado de esas virtudes, a buen seguro que Timoteo no se avergonzará del Evangelio ni de sus relaciones con un prisionero, como Pablo (v.8; cf. Rom 1:16; 1Co 1:23).

Otro motivo que debe animar a Timoteo a ser esforzado en el ejercicio de su ministerio es el pensamiento de la elección divina (v.8). Esto da pie a Pablo para hacer (v.9-10) una síntesis apretada de la obra de la salud o mensaje evangélico, apuntando conceptos conocidos ya por otras cartas: vocación a la fe (cf. Ef 4:1), no en virtud de nuestras obras (cf. Rom 3:20; Tit 3:5), sino según propósito divino (cf. Rom 8:28), manifestado ahora (cf. Rom 16:26), con abolición del dominio de la muerte (cf. Rom 6:23; 1Co 15:54). Notemos la expresión “por la aparición” (δια τηβ επιφανείας ) de nuestro Salvador” (v.10), con referencia a la venida de Cristo mortal en la encarnación (cf. Tit 2:11; Tit 3:4), no a la de Cristo glorioso en la parusía, sentido que esta expresión suele tener ordinariamente en San Pablo (cf. 1Ti 6:14; 2Ti 4:1.8; Tit 2:13). Hay autores que, dado su estilo hierático e incluso rítmico, creen que en estos v.9-10 Pablo utiliza fórmulas preexistentes de la catequesis cristiana. Es difícil llegar a nada concreto.

Finalmente, San Pablo apunta otro motivo a Timoteo: su propio ejemplo (v.11-18). Después de aludir a su elección para apóstol y heraldo del Evangelio (v.11; cf. 1Ti 2:7), hace memoria de las penalidades que tal misión ha llevado consigo, sin que por eso haya desfallecido, pues sabe a quién “se ha confiado,” y está seguro de que guardará su “depósito” (την παρα 3ήκην ) para el gran día de la retribución final en la parusía (v.12; cf. 4:8; 1Ti 6:14; Tit 2:13). No es del todo claro qué entienda aquí San Pablo por la palabra “depósito.” Lo más obvio, atendido el contexto, parece ser referirlo al “depósito” de buenas obras y méritos que Pablo ha ido acumulando durante su vida y cuya recompensa espera (cf. 4:7-8); sin embargo, algunos autores prefieren retener el mismo sentido que en 1Ti 6:20 y aquí mismo en el v.14, es decir, el “depósito” del evangelio confiado a Pablo, del que diría que permanecerá intacto y victorioso hasta el final. Estas palabras, encargando a Timoteo que guarde como precioso “depósito” el mensaje evangélico que oyó de Pablo, están indicando que Pablo lo ha previsto como sucesor suyo de alguna manera.

No tenemos más datos sobre esos cristianos de la provincia de Asia, entre los cuales Figelo y Hermógenes, que dice San Pablo que le han abandonado (v.15). Tampoco sabemos nada más sobre Onesiforo, del que teje tan magnífico elogio (v.16-18; cf. 4:19). En cuanto al término “Señor,” que aparece dos veces en el v.18, probablemente el primero se refiere al Padre, principio primero de la obra de la salud (cf. Ef 1:3; Col 1:13), y el segundo se refiere a Cristo, cabe el cual los cristianos esperan su recompensa (cf. 2Co 5:10; 1Te 4:17).




Evangelio


Mt 17, 1-9


En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, el hermano de éste, y los hizo subir a solas con él a un monte elevado. Ahí se transfiguró en su presencia: su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve. De pronto aparecieron ante ellos Moisés y Elías, conversando con Jesús.

Entonces Pedro le dijo a Jesús: “Señor, ¡qué bueno sería quedarnos aquí! Si quieres, haremos aquí tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”.

Cuando aún estaba hablando, una nube luminosa los cubrió y de ella salió una voz que decía: “Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenlo”. Al oír esto, los discípulos cayeron rostro en tierra, llenos de un gran temor. Jesús se acercó a ellos, los tocó y les dijo: “Levántense y no teman”. Alzando entonces los ojos, ya no vieron a nadie más que a Jesús.

Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: “No le cuenten a nadie lo que han visto, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos”.


El relato tresinóptico de la “transfiguración” de Cristo no deja de chocar por su mucho ropaje “maravillosista” en contraste con la ordinaria sobriedad prodigiosa de la vida evangélica de Cristo y por su semejanza con determinados procedimientos literarios ambientales. Sin embargo, a pesar de ello se ha de pensar en lo que pueda haber de núcleo histórico y lo que pueda haber de valor narrativo-didáctico, acaso ya procedente del kérigma. Además, parece haber parentesco literario entre la Deute-Vision del bautismo de Cristo, como se expuso, y la Deute-Darstellung, de las “tentaciones.” ¿Hasta qué punto es histórico el relato? Autores, incluso no católicos, tratan de “encontrar en este relato el eco, sin duda fuertemente interpretado por la Iglesia primitiva, de una hora importante de la vida de Jesús” (Bonnard, o.c.i p.253). Se puede, para mejor estudiar el tema, considerar tres puntos: 1) ¿Por qué Cristo tiene este “desplazamiento” — a donde sea — en su vida?; 2) ¿qué fue esta “transfiguración”?; 3) ¿cuáles pueden ser los elementos adventicios que “explican,” didácticamente, este tema?


1) ¿Por qué Cristo tiene este “desplazamiento en su vida”? Hay autores (Burrow, Baltensweiler, Bultmann, etc.) para quienes este episodio tiene por base una “huida” de Cristo (Jn 6:15b), para rechazar un ambiente cargado de mesianismo ambiental, nacionalista. La cronología que se da en Mt-Mc de “seis días después.,” no así la de Lc, se relacionaría con los seis días que separaban el gran “día de la Expiación” y el comienzo de la fiesta de los Tabernáculos (cf. Lev 23:26-32; Lev 23:33-36). Se estaría, pues, en el primer día de la “fiesta de los Tabernáculos” (Lv = el día 15 del séptimo mes), y en cuyo ambiente religioso-patriótico se estaba en el apogeo de la excitación mesiánico-nacionalista; o, si se cuentan los días después del comienzo de la fiesta, en su día sexto, vigilia de la conclusión litúrgica y popular de la fiesta (cf. Lev 23:36; Dt 16:13; cf. Jn 7:37; cf. Jn 7:2). Sería, por tanto, en aquel ambiente de excitado mesianismo, y Cristo ya muy conocido, donde podría haber peligro de una revuelta, y querer hacerlo “líder” mesiánico de ella (cf. Jn 6:15). Cristo, ante esta situación, “huiría” de la turba. Estas ausencias de ella son conocidas (cf. 14:13.23; 20:17; 24:3). Con él llevó los tres discípulos predilectos. ¿Acaso para ejecutar la “maniobra” de modo más desapercibido?

Que haya contactos o posible evocación de la fiesta de los Tabernáculos, se quiere ver en Mt v.4; Mc v.5; Lc v.33, en que Pedro propone hacer allí “tres tabernáculos.” ¿Para residencia? ¿para cumplir el rito de aquellas fiestas, que exigía morar así? Sería una “huida” de Jerusalén (cf. Jn 7:2.10-13), para cumplir el plan del Padre: no había llegado su “hora,” y que no llegaría nunca para aquel tipo de mesianismo ambiental.

Es una hipótesis que no carece de interés. Ante esta “huida” respondería el Padre con la confirmación del mesianismo del Hijo sufriente (H. Baltensweiler).


2) ¿Qué fue esta “transfiguración”? En Mt el término usado por “transfiguración” “es μετεμορφώθη. En el ν. Τ. sólo sale aquí y en 2Cor (2Cor 3:8) y Rom (Rom 12:2), en el sentido de un cambio real, pero espiritual e interno. En cambio, en textos judíos tiene el sentido de una transformación visible (Ex 34:29; Apoc. de Bar 51:3.5.10).

Los elementos con los que se describe esta “transfiguración” de Cristo, en Mt-Lc afecta al “rostro,” y en los tres sinópticos también a los “vestidos.” Todos estos elementos descriptivos son tradicionales en la literatura apocalíptica. Luego se analizarán.

¿Hubo un hecho histórico de “transfiguración” de Cristo? Separados los aditamientos literarios, ¿en qué pudo consistir? Naturalmente, no se sabe. Salvo una enseñanza del Magisterio de la Iglesia, o una prueba de la tradición, o de la Liturgia, no es fácil saberlo; no que no pueda ser verdad histórica su “núcleo,” sino que está envuelto en un género literario conocido, en el cual la enseñanza lo mismo podría ser exclusivamente didáctica, que un complemento explicativo o interpretativo de una realidad nuclear histórica. Tal sucede con el hecho histórico del bautismo de Cristo y su “interpretación” literaria kerigmático-evangélica. El gesto de Cristo imponiéndose a los mercaderes del templo pudiera orientar algo hacia esta “transfiguración” en su aspecto histórico fundamental; como, al querer arrojarle de Nazaret, y al ir a despeñarle, “él, atravesando por medio de ellos, se fue” (Lc 4:29-30). Cristo en diversos momentos de su vida acusó su grandeza, en el fondo, divina. Pudiera decirse de estos casos que fueron pequeñas “transfiguraciones”; ésta revestiría una forma e intensidad especialmente profundas.


3) ¿Cuáles pueden ser los elementos adventicios que “explican” su valor didáctico: su tema?

Este aspecto es claro. Se trata de proclamar una vez más que Cristo es el Mesías profético: el mesianismo espiritual y de dolor, frente al Mesías ambiental nacionalista. No sólo debía de prevenir entonces a sus apóstoles de este “escándalo” en torno a él, sino que se percibe en este relato el valor kerigmático-evangélico de polémica, probablemente, entre judeo-cristianos del ambiente eclesial mateano. Y esto se lo expresa con una serie de elementos didácticos, utilizados ambientalmente, y procedentes de la apocalíptica y escatología judías. Su valoración parece ser la siguiente.

El “monte.” Los evangelistas no dicen el lugar topográfico concreto de esta escena. Sólo dicen que “subió a un monte muy alto.” Se pensó fuese el Hermón (2.793 m.); la tradición desde el siglo 4 lo vino a localizar en el Tabor, actual Jebel et-Tor (562 m.), sobre la llanura en que se eleva. En la época de Cristo parece que había allí una fortaleza. Por lo que no parecería el lugar más apropiado para ir a “orar” (Lc) y para tener allí una “transfiguración.” Este tipo de “montes altos” suele ser también escenario de manifestaciones apocalípticas, v.g., las “tentaciones” de Cristo (Mt 4:8); incluso se los pone en visiones (cf. Ez 40:2; 41-l-5ss). Precisamente el monte Hermón tiene un especial valor de situación en la literatura apocalíptica. También el Tabor fue una montaña “santa” para Israel (Sal 89:13); aunque también hubo en él cultos paganos (Os 5:1). Si este “monte” fue situación histórica, tiene, probablemente, más valor como elemento ambiental-teológico. Y probablemente no sea ajena a toda esta escena a describirse, comenzando por el “monte,” la evocación de Moisés-Cristo que es el nuevo Moisés, nuevo Legislador “subiendo” al Sinaí, donde “Dios le hablará”; donde será “cubierto” por la “nube” = “Gloria de Yahvé”; desde cuya “nube” Dios le “llama,” y en cuya “nube” Moisés “penetra” (Ex 24:15-18; cf. Det 5:22-27)!


La “transfiguración.” La descripción que de ella hacen los evangelistas está hecha con rasgos sorprendentes. Según Lc, sucedió “mientras oraba”: tema tan destacado por Lc. La escena sucede cuando los tres apóstoles estaban descansando y medio dormidos (Lc 9:32). Dan de esta “transfiguración” la descripción siguiente:

Mt.: “su rostro brilló como el sol, y sus vestidos quedaron blancos como la luz.”

Mc.: “sus vestidos se pusieron resplandecientes, y muy blancos (como no los puede blanquear ningún batanero”).

Lc.: “su rostro tomó otro aspecto, y su vestido se volvió blanco y resplandeciente.”

Esta descripción del “rostro” y “vestido” son de tipo apocalíptico. Mt describe al ángel que corre la piedra del sepulcro así: “era su aspecto como el relámpago, y su vestidura blanca como la nieve” (Mt 28:3). Así describen el rostro de los justos los libros apocalípticos (cf. Rev 1:16; Esd 8:97 : resplandecen con brillo de sol, luna, estrellas, relámpago). Los ángeles de la resurrección aparecen con vestiduras “blancas” (Mc) o con “vestido resplandeciente” (Lc). El color “blanco” de los vestidos significa el color de la gloria celeste (Rev 3:5; Rev 19:14). ¿En qué relación está la verdad histórica con estos elementos clásico-descriptivos?

Moisés y Elías. Aparecen hablando con él “Moisés y Elías,” que aparecen igualmente “resplandecientes” (Lc). Eran el símbolo de la Ley y los profetas. Elías, en la conciencia popular, es el que debía volver para consagrar al Mesías y presentarlo a Israel (Mal 4:4-5) 4. Yohanan ben Zachai dice: “Dios ha dicho a Moisés: Cuando yo envíe al profeta Elías, vosotros dos debéis venir juntos.” ¿Está esta escena respondiendo a este dicho? Eran el “legislador” de Israel y el “precursor” del Mesías los que aparecían reconociendo a Cristo-Mesías y su obra mesiánica, como auténtica, a pesar de ser tan opuesta al mesianismo ambiental esperado. No dejaría de extrañar, de no ser parte del procedimiento redaccional, que los tres apóstoles allí presentes dan por supuesto — en los tres sinópticos — conocer a aquellos dos personajes, pues quieren hacerles un tabernáculo: “uno para Moisés y otro para Elías.”

Ambos estaban “hablando” con Cristo (Mt-Mc). Es sólo Lc el que pone el tema de la conversación: “hablaban de su muerte, que había de tener lugar en Jerusalén.” ¿Por qué omiten ésta Mt-Mc? Parecería suponerla en lo que les dice al bajar del monte: que nada digan hasta que “resucite de entre los muertos” (Mt-Mc). En cambio, Lc omite estas advertencias, aunque también las supone, al escribir que “a nadie dijeron nada.”

Así Moisés y Elías lo acreditan a él contra fariseos y doctores de la Ley (cf. Jn 5:46.47), tanto contemporáneos como polémicos a la hora de la composición de los evangelios.

“Su Clona” (. την δόξαν αυτού). En esta narración aparece otro elemento de importancia máxima. Los apóstoles, al despertar, vieron lo siguiente:

Mt: “Una nube luminosa. que los cubrió (έπεσχιασεν).” Mc: “Se formó una nube. que los cubría (επισχιάζουσα).” Lc: “Vino una nube, que los cubría (έπεσχίαζεν).”

La nube o una “nube luminosa” era, en el A.T. símbolo de la presencia de Dios en el Tabernáculo (Ex 14:24; Ex 16:10; Ex 19:9; Ex 33:9; Ex 34:5; Ex 40:34; Num 9:18-22; Lev 16:2.12.13), lo mismo que aparece así en la dedicación del templo (2Cr 5:13.14; 2Cr 7:1-3). En la “anunciación” a María, se evocará la acción de Dios sobre ella con este mismo verbo (έπισχιάζω) (Lc 1:35). La manifestación de esta “nube luminosa” es una teofanía: es el símbolo de la presencia de Dios allí. Uno de los símbolos más característicos del A.T. está aquí en juego. Por eso los apóstoles, al “ser cubiertos” por la “nube,” tuvieron “miedo” (Mt-Lc). En el A.T. se decía que no se podía ver a Dios y vivir (Ex 33:19; Lev 14:13; etc.). Esto es lo que se acusa aquí.

La “voz” del Padre. Siendo la “nube luminosa” símbolo de la presencia de Dios, es por lo que “sale” de ella “una voz,” que es la del Padre, proclamando: “Este es mi Hijo, el Amado (b αγαπητός)” (Mt-Mc), “en el que me complací” (ευδόκησα) (Mt). Lc pone “el Elegido” (ó έχλελεγμένος), nombre que se da al Mesías en el Libro de Enoc. Los LXX vierten el nombre del hijo “amado” por “yahid” = único (Gen 22:2.12.16; Jer 6:26; Amo 8:10; Zac 12:10; Pro 4:3). Por eso, “el Amado,” por excelencia, viene a responder al único o Unigénito (Sal 2:7; Is 42:1). Pero, sobre todo, encuentra su sentido de Unigénito en el mismo contexto de Mt (Mt 11:27). Tanto por el ambiente neotestamentario, como por la adición de Mt: “en él me complací,” puede ser un intento evocador del “Siervo de Yahvé,” de Isaías (Mt 42:1-9). Es el mismo tema-clisé que le dirige el Padre en el bautismo (cf. Mt 3:17; par.). Es el Mesías doliente, tema del “diálogo” que tuvieron antes (Lc).

Esta proclamación que hace el Padre de Cristo “su Hijo,” en la perspectiva literaria de Mt, que presenta a Cristo como Dios por varios procedimientos literarios, como por el ambiente neotestamentario, en el que se redacta y al que va destinado, es la filiación divina de Cristo.

Por eso Lc tiene un detalle confirmatorio con sus elementos descriptivo-didácticos paleotestamentarios: los apóstoles, al despertar, vieron (de Cristo) “su gloria” (την δόίαν αυτού). En el A.T. se habla de la “gloria de Yahvé.” Es éste el evocador término técnico, que, mediante un procedimiento literario “alusivo” al A.T., se “traslada” ahora a Cristo, presentándole con la “gloria” de Yahvé, de Dios. Es lo que dirá Jn en las bodas de Cana: que con el milagro “manifestó su gloria” (την δόξαν αυτού) (Jn 2:11), y que matiza aún más en su “prólogo” al evangelio: “Y nosotros vimos su gloria (την δόξαν αυτού): Gloria como (el que es) el Unigénito del Padre” (Jn 1:14). Y ésta es la interpretación y fe de la Iglesia primitiva en esta escena (2Pe 1:16-18; cf. Hch 7:55).

Escuchadle. Presentado el Mesías verdadero, a un tiempo Dios y Mesías doliente, no cabría más que una actitud ante el “Enviado” de Dios: “Escuchadle”: en su doctrina, en su mesianismo, en su enseñanza de pasión y muerte. Esta es la voz y el mandato del Padre. No se puede, pues, nadie escandalizar de Cristo-Mesías. Es a él, y no al Mesías del fariseísmo, al que hay que “escuchar,” que es seguir.

Para Bultmann, la escena de la transfiguración es una transposición de una escena del ciclo de la resurrección de Cristo. Entre otras razones, porque las palabras “Tú eres mi Hijo” (Sal 2:7) sólo se aplicaban a Cristo después de la resurrección.

Para otros sería una transposición de la fiesta de la entronización teocrática de Yahvé, en la que Cristo era ahora el rey entronizado (Riesenfeld).

La teoría de Bultmann es gratuita. No pertenece la escena al ciclo de la resurrección, cuando toda ella está revelando el mesianismo doloroso del “Siervo de Yahvé,” aunque completado con la proclamación de la divinidad (Mc 1:1). Y con relación a la transposición de la fiesta yahvística, no aparece el elemento real de entronización teocrática, sino la proclamación de la divinidad de Cristo Mesías, pero presentándolo como el “Siervo de Yahvé.” Aparte que parece ser que esta fiesta no existió.

Expuesta la temática fundamental de este relato, se podría clasificar como una Deute-Darstellung: exposición o narración explicativa o interpretativa — de núcleo histórico — con un marcado carácter apologético.



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