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Los malos servidores

El conflicto interno que divide a la Iglesia y que nos está dejando sin fuerzas para lo esencial: evangelizar y ser el hospital de campaña que acoge a todos los heridos de la vida, se está cobrando, de momento, una víctima y ésta muy importante: el Papa.

Cuando sus supuestos amigos hablan de la “Iglesia de Francisco”, ¿son conscientes del daño que le hacen al Papa, el mismo que hubieran hecho a sus predecesores sus simpatizantes si hubieran hablado de la “Iglesia de Juan Pablo” o de la “Iglesia de Benedicto”? Sólo hay y puede haber una Iglesia, la de Cristo, y atribuir a una persona la paternidad de la Iglesia implica, aunque sea de modo implícito, poner a esa persona en un nivel superior que el de Nuestro Señor, con todo lo que eso significa.

Por si fuera poco, es muy dañino para el Pontífice que sus supuestos amigos califiquen de enemigos del Papa a las personas más fieles a la Palabra de Dios y a la Tradición, muchos de los cuales -y no hablo de mí- son santos. Que consideren, por ejemplo, enemigo del Papa al cardenal Caffarra, a quien hace daño no es al difunto cardenal de Bolonia, sino al Vicario de Cristo. Y así otros, como el también difunto cardenal Meisner, o el cardenal Sarah -que ha probado la persecución en su Guinea natal-, por no citar a otros menos conocidos. Posiblemente, a algunos de los que insultan y calumnian a los que no piensan como ellos, diciendo que lo hacen para defender al Papa, éste no les importa en absoluto; le están utilizando para conseguir sus fines -una Iglesia que ya no es Iglesia porque ha dejado de creer en la divinidad de Jesucristo, con todas sus consecuencias-. Pero para los que amamos al Santo Padre, no sólo es muy doloroso que nos digan que somos sus enemigos, sino que los que se proclaman sus amigos le estén haciendo tanto daño al Vicario de Cristo. No sé si el Santo Padre es consciente de lo que están haciendo con él y de lo que, de paso, están haciendo con la figura del Papado. Yo le suplicaría de rodillas al Papa que se distanciara de esas personas que se dicen sus amigos, por su bien y el de la unidad de la Iglesia.

En el otro lado, en el sector de los que quieren una reforma de la Iglesia, pero en continuidad con la Palabra y con la Tradición, noto en no pocos casos nervios y miedo. Pero si ellos son los que, supuestamente, creen en el mensaje íntegro de Jesucristo, ¿no deberían tener más confianza en que el Señor es quien guía la Iglesia y que es Él y no nosotros quien la ha fundado y dado la vida por ella? O se cree en Dios o no se cree en Dios. Y si se cree, aun en el martirio, debemos estar seguros de que el Todopoderoso no nos abandona.

Tenemos que hacer nuestra parte y defender con valentía aquello en lo que creemos, pero sin caer en la trampa de devolver mal por mal e insulto por insulto. Rezar por nuestros enemigos, por aquellos que nos persiguen y calumnian, debe ser una característica de los que quieren seguir al Señor en su camino de la Cruz. Eso y mantener la paz y la esperanza. Tienen el poder y lo ejercen incluso despóticamente en algunos casos. Pero eso es sólo una apariencia. La realidad es que sólo Dios tiene el verdadero poder y que todo lo que Él quiere o permite es para nuestra salvación. Si nos persiguen por ser fieles a Cristo, sintámonos bienaventurados y más cerca del cielo, porque eso es lo que el Señor prometió a los que le defendieran delante de los hombres. San Dimas es el primer ejemplo de ello.

Y no dejemos de orar por el Papa.


P. Santiago Martín




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