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Milagro Eucarístico de Alboraya, España, 1348

En el año 1348 sucedió que un sacerdote quiso visitar a algunos enfermos para distribuirles la Comunión. En el camino, mientras intentaba atravesar un río, resbaló en el agua y la píxide que contenía las Hostias escapó de sus manos. El pobre sacerdote no tuvo otro remedio que renunciar a la búsqueda de las Hostias dispersas en la corriente. De pronto, algunos pescadores lo condujeron a la orilla porque habían visto que algunos peces tenían en la boca como unos discos blancos que parecían Hostias. Las Partículas pudieron ser recuperadas y

luego llevadas en solemne procesión, en compañía de todo el pueblo, hacia la iglesia.

Nos remontamos al año 1348 cuando en el pueblo de Alboraya-Almácera sucedió un Milagro Eucarístico que nos recuerda ciertos episodios de la vida de San Francisco de Asís. En ellos se evidencia cómo todas las creaturas están en armonía si los hombres viven plenamente en gracia de Dios. Sucedió, pues, que un sacerdote se encontraba atravesando un río, montado en un mulo. Llevaba resguardado el Santo Viático para los enfermos en una píxide. De pronto, fue

sorprendido por una fuerte corriente de agua que hizo que hombre y animal cayesen. El sacerdote perdió la píxide con su precioso contenido y las Hostias cayeron al agua, confundiéndose con la corriente que se dirigía a una desembocadura. Con gran dificultad el sacerdote pudo salvarse de las aguas. Ni bien tocó tierra firme y se lamentaba del accidente, se acercaron algunos pescadores porque habían visto, llenos de sorpresa, que en la desembocadura habían aparecido tres peces que tenían en boca tres discos blancos. Los

pescadores se quedaron perplejos porque los tres discos parecían Hostias de Comunión.

Entonces, el sacerdote corrió inmediatamente a la iglesia para regresar al lugar con una píxide. No pensó un segundo en detenerse para corroborar lo que los pescadores le habían contado. Cuando llegó, el gozo fue enorme al ver que los tres peces del Prodigio estaban allí mismo, casi completamente fuera del agua y teniendo la Hostias intactas en la boca cual si fueran pequeños trofeos. Entonces, el sacerdote se arrodilló y acercando el cáliz se puso en oración y rezó como nunca había rezado en su vida. Segundos después, vio cómo los peces depositaban las Hostias en el cáliz, uno después del otro. Luego, saltaron al agua, aleteando velozmente hasta desaparecer en el mar.

En ese momento, el sacerdote se dio cuenta que estaba rodeado por un grupo de hombres y mujeres que habían seguido todos los hechos. Aún hoy es posible consultar los numerosos documentos que testimonian el Milagro. Existe también una pequeña iglesia edificada en el lugar del Prodigio. Encima de la puerta están esculpidos tres peces y hay dos pinturas que ilustran el Milagro.



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