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Mujeres y madres de la Biblia: historias de consuelo

Marilú Ochoa Méndez

Ser madre no es fácil ni sencillo. Todas nos hemos sentido presas de la angustia y temor en algún momento de crisis, en que chocamos con la realidad de nuestra natural imperfección.

Encontrar madres plenas, felices, que salen adelante, es para nosotras siempre un consuelo. Al mirarlas y aprender de ellas podemos recomenzar.

En ocasiones, a pesar de nuestra sed de la compañía de madres amorosas que nos eleven, nos sentimos solas, o no logramos conectar.  Hoy, quiero invitarte a conocer la vida de algunas madres de la Biblia, que seguro iluminarán tu experiencia de la maternidad y te darán aliento, consuelo y fortaleza.


Sara: Dios cumple siempre sus promesas

Sara era esposa de Abraham. En nombre de Yahvé, había salido con su esposo Abraham, criados y parientes de Ur de los Caldeos (Mesopotamia) hacia Canaán, una tierra que Dios había prometido a su descendencia.

Mira al cielo y cuenta las estrellas, si te es posible contarlas. Y le dijo: Así será tu descendencia” (Gen 15, 5), le había dicho Dios a su marido.  Sin embargo, ella tenía ya 90 años, y los hijos no llegaban. ¿Tendría ella algo malo?, ¿por qué las promesas de Yahvé tardaban?

Un día, a pesar de ser anciana, escuchó el mensaje que tres ángeles daban a su esposo: en un año después de esa fecha, tendría un bebé.  No pudo evitar reírse, y sin embargo, al año, afirmó: “¿Quién le hubiera dicho a Abraham que Sara amamantaría hijos? Pues bien, le he dado a luz un hijo en su vejez” (Gen 21, 7).

No fue fácil la espera, pero Sara se mantuvo fiel junto con su esposo, obedeciendo lo que Dios solicitaba, y fue premiada con Isaac, que los hizo padres de un pueblo tan inmenso que aún hoy cuenta con miles de habitantes en los cinco continentes.


Raquel: confiar en Dios nunca defrauda

Raquel era hija de Labán, y cuando fue al pozo, quedó prendada de su pariente Jacob, quien llegó a vivir con su familia.  Su padre la prometió en matrimonio a Jacob si trabajaba para ellos siete años, pero al cumplirse el plazo, decidió entregar al muchacho por esposa a su hija mayor: Lea, hermana de Raquel.

Jacob consiguió la promesa de su tío de desposarlo con Raquel luego de comprometerse a trabajar para él otros siete años.

Ya casados Raquel y Jacob, ella se entristecía, pues no podía tener hijos.  Sin embargo, ella confió en Yahvé, y aún cuando su hermana le había dado ya seis hijos a Jacob, se mantuvo fiel, hasta que concibió a José.  Años después, tuvo a Benjamín, y aunque murió al dar a luz, estuvo agradecida por el regalo de sus dos hijos.

Las circunstancias de nuestra vida pueden sernos adversas, pero el confiar en Dios nos serena. Él siempre cumple sus promesas, y nos trae bendición.  La herencia de Raquel llenó de bendiciones a su pueblo, pues su hijo José fue quien salvó a los hebreos ante una gran hambruna y los llevó a Egipto, donde pudieron sobrevivir.


Jocabed: Dios cuidará a tus hijos

Jocabed vivía en Egipto, y desde hace años, los judíos sufrían terriblemente, pues el faraón les temía y había decidido acabar con ellos.

Se había lanzado un edicto que exigía a las parteras matar a todo judío recién nacido, y ella estaba encinta.  Se encomendó a Yahvé, sin comprender por qué en sus entrañas tenía un hijo que pasaría por el cuchillo apenas ver la luz del sol.

Confiando siempre en las promesas de Dios, dio a luz a un varón, al que logró mantener oculto para preservar su vida.  Para protegerlo, lo dormía junto a unos juncos, en el Río Nilo, en una canasta cubierta con brea.

Un viento expuso al bebé y lo arrastró la corriente.  Jocabed no cabía en sí del susto, su bebé no había muerto a manos de los egipcios, pero ¡moriría ahogado! Sin embargo, Dios lo salvó: “En esto, la hija del faraón bajó a bañarse al río, y mientras sus doncellas la seguían por la orilla, vio la canastilla entre los juncos y ordenó a su sierva que se la trajera” (Ex 2: 5)

¿Te da miedo lo que pueda suceder a tus hijos?, ¿dudas del momento en que los has concebido, cuando todo parece ser un caos en tu vida?; ten fe en Dios, que nunca se equivoca.


Ruth: Dios te encuentra a través de la fe, y siempre te bendice

Ruth no era judía, sino extranjera, de Moab.  Su marido había muerto, y ella se encontraba bajo el cobijo de su suegra Noemí. Como no había concebido hijos, su suegra le dijo que partiera a su pueblo a rehacer su vida, pero ella se negó: “No insistas que te deje o que deje de seguirte; porque adonde tú vayas, iré yo, y donde tú mores, moraré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios” (Ruth 1: 16).

Así, suegra y nuera partieron a la tierra de Noemí, donde Ruth tuvo que trabajar segando trigo para que ambas sobrevivieran.  Dios premió la lealtad y cariño de esta joven mujer para su suegra, ya que gracias a los consejos de Noemí, aprendió a amar a Yahvé en la adversidad.

Tiempo después, conoció a Boaz, un buen hombre que la desposó y compartía la fe de ambas.  De esta unión nació Obed, que fue antepasado del rey David, de quien desciende en línea directa, Jesucristo.

En las dificultades, cuando la vida se pone dura, el apoyo y solidaridad femenina son siempre fecundos. La fe puede y debe compartirse, porque siempre ilumina la vida de quienes se enfrentan a alguna complicación.


Isabel: Dios siempre te mandará apoyo y consuelo

Isabel era prima de María, la madre de Jesús.  En su vejez, concibió un hijo. Su marido Zacarías, era sacerdote del templo, pero había perdido la voz: “Yo soy Gabriel, ayudante especial de Dios. Él me envió a darte esta buena noticia. Pero como no me creíste, no vas a poder hablar hasta que suceda lo que te dije” (Lc 1, 19-20).

¡Pero es que la noticia era demasiado maravillosa!, el mensajero le había dicho que su hijo sería el antecesor del Mesías, y que sería tan grande como Elías.  Así, una anciana y su marido mudo se preparaban como podían para el alumbramiento, cuando Isabel recibió una hermosa sorpresa.

Su prima María, que también había concebido un Hijo, Jesucristo, había llegado a su pueblo a atenderla, cuidarla y apoyarla durante el alumbramiento de quien sería Juan el Bautista. La alegría de Isabel fue extraordinaria, y logró descansar bastante ante los diligentes cuidados de María.


A veces sentimos que nuestra carga es pesada, y que el cuerpo o el ánimo no resisten ¡Confiemos! Dios siempre nos manda consoladores, manos que nos apoyan, y fortaleza para salir adelante de las situaciones mas comprometedoras.

Estos son solo algunos ejemplos, pero te aseguro que existen muchos más ejemplos de consuelo, apoyo y empuje en las páginas de la Biblia. Acude a ella para que recibas consuelo y fortaleza en tus luchas de madre.  No estás sola, Cristo te acompaña.



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