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Nada volverá a ser lo mismo

Quien más, quien menos, casi todos los que asistimos a la pandemia que azota el planeta y a las extraordinarias medidas impuestas para paliarla estamos deseando una vuelta a la normalidad, ansiando que la pesadilla acabe para retomar el ritmo habitual de nuestras vidas. Y, claro, llegará el momento en que la cuarentena termine y la enfermedad desaparezca o, en todo caso, se convierta en una más, tratable y no especialmente mortal. Pero la ‘normalidad’, la vida igual que la hemos conocido antes, es poco probable que vuelva, ni en la vida social ni en la Iglesia.

Uno no puede olvidar fácilmente lo que ha visto en esta crisis, y parte de lo que hemos visto es el fracaso monumental de un modelo de Iglesia mundanizada, casi avergonzada de sus aspectos sacramentales y sobrenaturales, alineada con las modas ideológicas del momento.

Hemos visto cómo conferencia episcopal tras conferencia episcopal se deshacían de la vida sacramental y litúrgica de la fe con una extraña facilidad y aparente frialdad, como si en vez de ser un pilar esencial fuera un fardo superfluo, sino totalmente inútil.


Hemos visto que la Iglesia es irrelevante en su mensaje como mero apósito del mundo secular. Las prédicas sobre la conversión ecológica o la obsesión con los puentes/contra los muros se han silenciado, porque en un momento en que los muros (paredes) nos salvan y los puentes nos traen el virus, suenan huecos, como slogans comerciales de una mercancía que no encuentra ya clientes.

La cercanía del dolor, la enfermedad y el pensamiento de la muerte -es decir, la Cruz- nos ha devuelto a la centralidad de nuestra fe y en su objetivo último, que transciende este mundo, este planeta llamado a la destrucción.


Cuando vuelvan a celebrarse las misas públicas, muchos, nos tememos, no volverán. Pero los que vuelvan lo harán valorándola de otra forma, consciente de su valor como se valora aquello de lo que ha sido privado por un tiempo. Como cualquier crisis, esta ha puesto a cada uno en su sitio, y se han visto sacerdotes celosos y heróicos, como se han visto otros clérigos con un celo más que moderado.

La Iglesia solo puede ser sal, solo puede sobrevivir siendo fiel a su misión sobrenatural de acercar a las almas a Cristo y, en última instancia, ayudándolas a cumplir su destino eterno en el Cielo. Las labores sociales, ecológicas; todo el aspecto ‘político’, con incrustaciones de ideologías externas y pasajeras, siempre lo tendremos con nosotros, como se dice de los pobres en el Evangelio, pero no pueden seguir ocupando el papel central. Cuando uno se queda días y días en su cuarto oyendo noticias de muertos y temiendo la enfermedad es difícil que piense en la Madre Tierra, y sí en nuestro Padre que está en el Cielo.

En su discurso a los jesuitas entonces en crisis, Juan Pablo II les exhortó a “volver a ser lo que eran” como único medio para superar sus graves problemas. Eso es lo que necesitamos de la Iglesia hoy: que vuelva a ser lo que era, lo que es, lo único que puede ser porque se basa en un mensaje que seguirá siendo cierto cuando este cielo y esta tierra hayan pasado para siempre.

Carlos Esteban/Infovaticana


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