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No pidas a tu hijo que se calme si no has aprendido aún tú mismo a calmarte

Fernanda Gonzalez Casafús

El niño gritaba y pataleaba. Todos los ojos en la sala de espera estaban puestos sobre él y su padre, quien se veía notablemente nervioso por saberse el centro de atención. La tablet se había quedado sin batería y hacía ya media hora que estaban esperando al doctor. Los gritos del niño se vieron opacados de repente por un llanto de dolor; su papá le había dado un pellizcón en el brazo profiriendo toda clase de amenazas.

Me fue fácil ponerme en el lugar de ambos, pues estuve en sendos lugares en distintos momentos de mi vida. Fui la niña a la que reprendieron con un grito, y soy a veces esa madre que no sabe cómo manejar el berrinche de su hijo cuando no puedo calmarme ni a mí misma.


¿Cómo voy a calmar a mi hijo si es justamente calma lo que me falta?

Hay una frase poderosa y que los padres jamás deberíamos olvidar que reza “No te preocupes si tus hijos no te escuchan. Ellos te observan todo el tiempo”. Y es que la palabra educa, enseña y convence, pero es el ejemplo el que arrastra.

Nuestros hijos nos ven todo el tiempo. Ellos observan cómo muchas veces no podemos manejar la ira, la frustración, el enojo y la impaciencia. ¿Por qué no podemos comprender cuando ellos tampoco saben hacerlo? ¿De dónde se supone que van a aprender acerca de la compostura?

Hay una edad en los niños en la que la frustración es normal, y es justamente cuando más debemos acompañar. Luego, conforme van creciendo, ellos mismos deben aprender a regular sus emociones para no caer en el vicio del ofuscamiento, el enojo y la negación.


Nuestros hijos necesitan calma en una sociedad que vive acelerada

El estrés que se vive en la sociedad actual impacta directamente en el comportamiento de los niños. Es natural sentirse agobiado por las responsabilidades de la vida cotidiana; y a eso muchas veces se le suma las luchas interminables en casa para que los hermanos no peleen, hacerles entender a los hijos cosas simples, o discutir con la pareja acerca del orden de las finanzas o decisiones que incumben a la familia en general.

En ese ámbito, y en un trasfondo de estrés que muchas veces los adultos no sabemos manejar, están nuestros hijos. Y muchas veces el estrés en los niños, los berrinches interminables y los llantos descontrolados tienen que ver con el estrés de los propios padres.

Si como padres estamos todo el día acelerados y alterados es casi imposible que en un momento de estrés del niño se calme por arte de magia bajo nuestro mandamiento. Sí, hace unas décadas atrás con solo mirar a los hijos éstos callaban de inmediato y hacían caso a sus padres. Pero esa era una educación fundada en el miedo y no necesariamente en el respeto. Hoy debemos tomar un camino más difícil si queremos que nuestros hijos confíen en nosotros el día de mañana y no que nos teman.


Cómo calmar a un niño alterado

Si algo he comprobado a través de mi experiencia como madre es que mis hijos jamás lograron calmarse cuando yo les devolví “con la misma moneda”. Es decir, hay situaciones en las que mi paciencia está al límite y no puedo calmar a mis hijos pues no logro calmarme a mí misma. Pero cuando el berrinche o enojo de mi hijo no cala en mi compostura es cuando más fácil se me da ayudarlo.

Cuando un niño está alterado, enojado, frustrado necesita contención, una mirada a su altura y palabras de cariño. En función de su personalidad, en ese momento tu hijo puede rechazar tus abrazos, tus palabras y hasta puede irse del lugar donde está. Tú estás haciendo tu parte, le estás demostrando que quieres ayudarlo a calmar sus emociones. No te eches atrás, el adulto eres tú.

Los padres somos la figura de referencia de nuestros hijos. Si te muestras alterado o nervioso cuando ni él mismo puede calmar su tempestad ¿cómo va  a encontrar esa seguridad que está buscando?


Nombrar las emociones

Begoña Ibarrola, psicóloga y experta en educación emocional, advierte que educar en las emociones es un punto clave en el aprendizaje infantil. Para la experta, es importante que los padres podamos apoyar la expresión de las emociones en vez de reprimirlas.

Una forma de apoyar esas emociones es nombrándolas. Cuando un niño llora o grita no sirve de mucho que le digamos “no te pongas así” o “no llores”, pues en verdad muchas veces el niño no sabe por qué está llorando o por qué está nervioso. En estos casos podemos ayudarlos a identificar eso que siente llamándolo a través de su nombre: “¿te sientes enojado?” “¿estás triste?”, o decirle “Entiendo que te sientas enojado por esta situación”.


Detrás de un enojo o rabieta hay un niño que busca amor

Por más triste, enojado y colérico que esté un niño, jamás debemos negarle nuestro amor. Y si te encuentras en una postura en la que te es difícil calmarte aléjate por unos minutos, respira, y vuelve al lugar con más calma.

Los niños no nacen enojados. Los niños tienen la alegría y la felicidad a flor de piel. Es a nosotros quienes a veces nos cuesta mucho comprender su mundo y bajar a su altura. Recordemos que la mente de los niños se encuentra aún en desarrollo y muchas veces no tienen las herramientas suficientes para hacer frente a la oleada de emociones que los agobian.

Allí debemos estar nosotros, para tender una caricia que alivie, una palabra que aliente, y una mirada que guarden siempre en su corazón, para que sepan que pase lo que pase allí estaremos para ayudarlos.



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