• ADMIN

¿No podría abreviarse el grito de la tierra?

Por Carlos Esteban

Este es un portal que informa sobre la actualidad de la Iglesia Católica, y lo que se celebra en estos momentos en Roma es un sínodo universal de esa Iglesia Católica, así que yo tendría cada día que informar o, como poco, comentar sobre las vicisitudes diarias del sínodo, como hice con el anterior, con el Sínodo de la Juventud.

Ya entonces se me quedó bastante cara de tonto cuando, al acabar, el Papa nos enseñó que, a pesar de todo lo que habíamos visto y oído, a pesar de las ruedas de prensa diarias, no había tratado realmente de la juventud, sino de la sinodalidad, una palabra que no recuerdo que se hubiera pronunciado una sola vez en las sesiones.

Pero, les confieso, me es extraordinariamente difícil seguir con esto, fingir, al final, cuando todo grita que es una farsa, empezando por la propia necesidad de celebrar un sínodo universal sobre una zona de la tierra, muy poco habitada. ¿Qué tiene la Amazonía de especial? ¿Por qué dedicar un sínodo universal, en Roma, a la Amazonía y no a, no sé, la Melanesia o el Kalahari?

Oh, sí, porque el Kalahari o Mongolia no son el ‘pulmón del planeta’. El Amazonas tampoco, pero obviemos eso: ¿qué le importa a la Esposa de Cristo, a la Iglesia Católica, la calidad ecológica de una zona? Nada, absolutamente. Uno puede preocuparse por la Creación cuanto quiera, pero la Iglesia no necesita un sínodo para esa región por esa razón, porque la Iglesia, como tal, no sabe una palabra de ecosistemas ni de clima, ni es esa su misión. Su misión es llevar a todos los rincones de la tierra el mensaje salvífico, la noticia extraordinaria de que Dios nos ha amado tanto que ha mandado a su Hijo para morir en la cruz a fin de salvarnos.

Ese es un mensaje que ha llegado tal cual lo ha transmitido la Iglesia a gentes y pueblos de todas las culturas, desde China o Corea hasta África y, por supuesto, los pueblos de América. Allí, en concreto, los misioneros españoles tuvieron un éxito extraordinario ciñéndose sencillamente a la predicación del mensaje.

Es extraño -por decirlo suave- oír a uno de los obispos participantes en el sínodo reprochar a la Iglesia que se presente como poseedora de la verdad. Pero lo es, es su única justificación, y no algo que nos deba ensoberbecer en absoluto a los católicos, porque no es nuestra; no es el resultado de una reflexión o un descubrimiento; no es el producto del discernimiento: es una noticia, en el sentido más literal del término, que se nos ha confiado, no para guardarla, sino para transmitirla.

Con todo este hablar de neocolonialismo y eurocentrismo y aculturación olvidamos que la Iglesia siempre fue un cuerpo extraño, que el predicar a los paganos no es de ahora, no es algo especial y novedoso que tengamos que hacer con los amazones, sino lo que hemos hecho siempre desde el día uno. Nos hemos movido toda la historia entre paganos; en realidad, no somos más que paganos bautizados.

Hablar de ‘escuchar’, de ‘aprender’ de ritos neolíticos, cuando uno tiene en las manos el mensaje de la encarnación, muerte y resurrección del Hijo de Dios suena a farsa. Y lo es.

Todo este sínodo suena a lo mismo. A un minué, a una escenificación, a un teatrillo que podrían ahorrarnos dándonos ya el documento final que, si no redactado del todo, está con toda seguridad pergeñado.

¿De qué sirve la pretendida descentralización, esa ‘sinodalidad’, esa escucha siempre cuidadosamente selectiva, si nunca como ahora habían seguido los obispos de todo el mundo más robóticamente las instrucciones de Roma, hasta la última coma, hasta imitar la expresión más personal del Santo Padre?

¿Y a qué vienen todas esas cabezas emplumadas, y la comparación que ha hecho el Papa entre los arreglos amazónicos y las birretas? Ese espectáculo, en Hollywood, se calificaría de bochornosamente racista. ¿O es que nos quieren convencer de que la mayoría de los amazónicos viste así en su vida diaria… con vaqueros? ¿Van los alemanes con vestidos tiroleses? ¿No podrían dejar más claro que su papel es el de extras; que es estupendo que sean tan pocos, tan pobres y tan atrasados porque así se les puede decir lo que uno quiera, hablando de su comunión con lo espíritus del bosque pero no de sus costumbres de matar a los que nacen débiles?

La vida real del indígena amazónico en la selva es como la describía Hobbes: pobre, desagradable, brutal y corta. Y el hecho de que los pastores de mi Iglesia se conjuren para ocultar esto bajo el decorado de cartón de un paraíso idílico me resulta insoportable.



4 vistas

© 2023 by The Artifact. Proudly created with Wix.com

  • Facebook B&W
  • Twitter B&W
  • Instagram B&W