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No valora la amistad quien no tiene amigos

El antiguo filósofo griego Aristóteles, acuñó un término muy conocido: “Zoon politikón”, en griego ζῷον πολῑτῐκόν. Traducido literalmente vendría a ser: “animal cívico” o “animal político” -refiriéndose político a la capacidad para vivir en la polis (ciudad)”. Así denominaba el viejo filósofo al ser humano. De este modo, la persona está capacitada y necesitada, si quiere realizarse en plenitud, de vivir en interacción con otras personas. Pero no en una simple relación de co-existencia, que derrumbaría el término acuñado por Aristóteles, sino en relación de afectos. Dicho de otro modo, la persona necesita la amistad.


La RAE define amistad así: “afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato”. A mi modo de entender, esta acertada definición contiene la quinta esencia de lo que es la amistad: afecto, puro, desinteresado, compartido, trato. De estas cinco palabras que, juntas, definen muy bien el término amistad, me gustaría ahondar en la última: el trato.


El trato con las personas viene marcado, en muchas ocasiones, por el grado de afinidad, simpatía, familia, compañerismo, intereses compartidos, objetivos comunes, … y un largo etcétera. Pero el trato de la amistad es más, pues desplaza a un segundo plano la afinidad, familiaridad, simpatía o compañerismo. Efectivamente, el trato que entraña la amistad supera lo dicho, pues cuando el trato viene marcado por ella, éste se convierte en donación desinteresada, en necesidad vital, en valorar al otro, incluso por encima de uno mismo, en sentimiento, en tesoro. Sí, un amigo es un tesoro.


“Quien encuentra un amigo, encuentra un tesoro” (Eclo 6, 14) La Sagrada Escritura nos lo recuerda así en el Antiguo Testamento; pero Cristo da un paso más al fundamentar la amistad en Él mismo. Es muy claro el Señor en el tema de la amistad: “Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que le he oído a mi Padre os lo he dado a conocer” (Jn 15, 15) Detengámonos un momento en este enjundioso versículo. El Señor nos ha dicho que no nos llama -ni trata- como siervos si hacemos lo que nos manda. A primera vista podría ser engañosa esa frase, pues sobrevendría inmediatamente en nosotros una pregunta: ¿sólo nos llama amigos si hacemos lo que nos manda? Entendiendo obediencia como cadena. Nada más lejos del mensaje de Cristo, pues lo aclarará un par de versículos más adelante: “Lo que os mando es que os améis los unos a los otros” (Jn 15, 17) Jesús, en el tema que tratamos, da en la diana con esta frase. La base y fundamento de la amistad está en el amor entre nosotros. Aquel “si hacéis lo que os mando”, que podría aparecer como engañoso, da un giro cuando nos explica lo que nos manda: “que os améis” Alguien que nos manda amarnos, es porque sabe bien que el amor es lo único que puede superar la barrera del odio, del mal o del pecado. Ahora bien, hay un refrán español muy conocido que dice así: “El roce hace el cariño”. Efectivamente, al amor lo tiene que acompañar el trato. Un trato cercano, desinteresado, amable, sincero, más atento a dar que a recibir. Volvamos al Evangelio: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15, 13) Eso es lo que hizo Jesús, dar la vida por aquellos -nosotros- a los que considera amigos. Sí, el Señor nos considera amigos, y nos invita a vivir esos mismos sentimientos. Cobra ahora sentido ese imperativo divino: “Amaos unos a otros como yo os he amado” (Jn 13, 34) Amor y amistad van íntimamente unidos, no se puede dar el uno sin la otra, y viceversa. Aunque, en ocasiones, el amor y la amistad entrañen sufrimiento.


El momento histórico que nos ha tocado vivir, donde el mundo digital o virtual se impone, puede ser letal para la amistad. Me explico con un ejemplo que se entenderá perfectamente: ¿cuántos “amigos” tengo en Facebook? Miles. ¿Con cuántos amigos tengo un trato cercano, sincero, desinteresado? Un puñado. Obviando que las redes sociales pueden ser una herramienta válida para un incipiente trato amistoso, no puede quedarse ahí, siempre necesitará para afianzarse en la verdad, un paso más. Precisamente ese paso es el que no se da, y por ende, tantas “amistades” no pasan de ser una interacción digital entretenida que no llevan a ninguna parte, o incluso -y esto es peor- a la frustración o decepción. Sentimiento que, lejos de hacernos recapacitar sobre lo que entraña la verdadera amistad, nos lleva a seguir buscando y buscando, como en una ruleta sin fin, viviendo con “amigos” imaginarios que, realmente no son amigos. Permíteme un pequeño consejo: no dejes a los amigos de verdad que puedes abrazar por los que solo ves a través de una pantalla. Efectivamente, actualmente, el título de “amigo” se da muy ligeramente, alejándose del verdadero significado que posee esa palabra. Un amigo de verdad es aquel que te conoce en profundidad, que te ayuda siempre que lo necesitas, en quien confías. Un verdadero amigo te hace encontrar luz donde solo veías oscuridad y cree en ti y te anima a creer en ti mismo. Esa persona que te ama simplemente por ser tú.


Ahora es momento de que te preguntes: ¿Soy un amigo de verdad? Para ello, déjame que te dé unas pistas que te puedan ayudar:

Un amigo de verdad se preocupa genuinamente y quiere lo mejor para su amigo, no espera recompensa por la amistad. Muy al contrario, brinda su amistad y sirve, simplemente porque quiere y se preocupa por la felicidad. Se da sin esperar nada a cambio. Un amigo de verdad demuestra su cariño con pequeños gestos de amabilidad y no le importa manifestar sus sentimientos hacia ti. Un amigo de verdad atiende y escucha; cuando hay sincero interés por el otro, siempre hay oídos atentos para escuchar, y lo demuestra sobretodo en la dificultad, ya sea para desahogarse o para encontrar soluciones juntos. El verdadero amigo es sincero, honesto y leal, no esconde la verdad ni se oculta tras la mentira, sino que cumple sus promesas y es de fiar, no habla mal de ti a tus espaldas, y no cuenta tus secretos. Un amigo conoce a su amigo, lo respeta en su propia singularidad, lo corrige amablemente, busca su bien hasta las últimas consecuencias. El verdadero amigo no se contenta con el aquí y ahora, va más allá. En resumen, la mejor manera de ser amigos es al estilo del Señor. Te invito, pues, a que seas amigo de Dios, y esto te ayudará a vivir la verdadera amistad con los demás. Así, valorarás la amistad, porque tienes al mejor de los amigos, a Jesucristo.


Antonio Manuel Álvarez Becerra

Sacerdote



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