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Oficio de Lectura del día 1 de febrero, 2020

Invocación


V. Dios mío, ven en mi auxilio. R. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Señor, tú que llamaste del fondo del no ser todos los seres, prodigios del cincel de tu palabra, imágenes de ti resplandecientes;

Señor, tú que creaste la bella nave azul en que navegan los hijos de los hombres, entre espacios repletos de misterio y luz de estrellas;

Señor, tú que nos diste la inmensa dignidad de ser tus hijos, no dejes que el pecado y que la muerte destruyan en el hombre el ser divino.

Señor, tú que salvaste al hombre de caer en el vacío, recréanos de nuevo en tu Palabra  llámanos de nuevo al paraíso.

Oh Padre, tú que enviaste al mundo de los hombres a tu Hijo, no dejes que se apague en nuestras almas la luz esplendorosa de tu Espíritu. Amén.


SALMODIA


Ant. 1. Dad gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres.


Salmo 106 ACCIÓN DE GRACIAS POR LA LIBERACIÓN Envió su palabra a los israelitas, anunciando la paz que traería Jesucristo (Hch 10, 36).

I

Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.

Que lo confiesen los redimidos por el Señor, los que él rescató de la mano del enemigo, los que reunió de todos los países: norte y sur, oriente y occidente.

Erraban por un desierto solitario, no encontraban el camino de ciudad habitada; pasaban hambre y sed, se les iba agotando la vida; pero gritaron al Señor en su angustia, y los arrancó de la tribulación.

Los guió por un camino derecho, para que llegaran a una ciudad habitada. Den gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres. Calmó el ansia de los sedientos, y a los hambrientos los colmó de bienes.

Yacían en oscuridad y tinieblas, cautivos de hierros y miserias; por haberse rebelado contra los mandamientos, despreciando el plan del Altísimo. Él humilló su corazón con trabajos, sucumbían y nadie los socorría. Pero gritaron al Señor en su angustia, y los arrancó de la tribulación.

Los sacó de las sombrías tinieblas, arrancó sus cadenas. Den gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres. Destrozó las puertas de bronce, quebró los cerrojos de hierro.

Estaban enfermos por sus maldades, por sus culpas eran afligidos; aborrecían todos los manjares, y ya tocaban las puertas de la muerte. Pero gritaron al Señor en su angustia, y los arrancó de la tribulación.

Envió su palabra para curarlos, para salvarlos de la perdición. Den gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres. Ofrézcanle sacrificios de alabanza, y cuenten con entusiasmo sus acciones.


Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.


Ant. Dad gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres.

Ant. 2. Contemplaron las obras de Dios, sus maravillas.


II

Entraron en naves por el mar, comerciando por las aguas inmensas. Contemplaron las obras de Dios, sus maravillas en el océano.

Él habló y levantó un viento tormentoso, que alzaba las olas a lo alto: subían al cielo, bajaban al abismo, el estómago revuelto por el mareo, rodaban, se tambaleaban como borrachos, y no les valía su pericia. Pero gritaron al Señor en su angustia, y los arrancó de la tribulación.

Apaciguó la tormenta en suave brisa, y enmudecieron las olas del mar. Se alegraron de aquella bonanza, y él los condujo al ansiado puerto. Den gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres.

Aclámenlo en la asamblea del pueblo, alábenlo en el consejo de los ancianos.


Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.


Ant. Contemplaron las obras de Dios, sus maravillas.

Ant. 3. Los rectos lo ven y se alegran, y comprenden la misericordia del Señor.


III

Él transformará los ríos en desierto, los manantiales de agua en aridez; la tierra fértil en marismas, por la depravación de sus habitantes.

Transforma el desierto en estanques, el erial en manantiales de agua. Coloca allí a los hambrientos, y fundan una ciudad para habitar.

Siembran campos, plantan huertos, recogen cosechas. Los bendice, y se multiplican, y no les escatima el ganado.

Si menguan, abatidos por el peso de infortunios y desgracias, el mismo que arroja desprecio sobre los príncipes y los descarría por una soledad sin caminos levanta a los pobres de la miseria y multiplica sus familias como rebaños.

Los rectos lo ven y se alegran, a la maldad se le tapa la boca. El que sea sabio, que recoja estos hechos y comprenda la misericordia del Señor.


Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.


Ant. Los rectos lo ven y se alegran, y comprenden la misericordia del Señor.


VERSÍCULO

V. Bendigamos al Señor.   R. Demos gracias a Dios.


PRIMERA LECTURA

Del libro del Génesis 25, 7-11. 19-34 MUERTE DE ABRAHAM. NACIMIENTO DE ESAÚ Y JACOB


Los años de la vida de Abraham fueron ciento setenta y cinco. Abraham expiró y murió en buena vejez, colmado de años, y se reunió con los suyos. Isaac e Ismael, sus hijos, lo enterraron en la cueva de Macpela, en el campo de Efrón, el hitita, frente a Mambré. En el campo que compró Abraham a los hititas fueron enterrados Abraham y Sara, su mujer. Muerto Abraham, Dios bendijo a su hijo Isaac, y éste se estableció en «Pozo del que vive y ve.» Descendientes de Isaac, hijo de Abraham. Abraham engendró a Isaac. Cuando Isaac cumplió cuarenta años, tomó por esposa a Rebeca, hija de Betuel, el arameo, de Padán Aram, hermano de Labán, el arameo. Isaac rezó a Dios por su mujer, que era estéril. Dios lo escuchó, y Rebeca concibió. Pero las criaturas se agitaban en su seno, y ella dijo: «Si es así, ¿para qué seguir viviendo?» Y fue a consultar al Señor; el cual le respondió: «Dos naciones hay en tu vientre, dos pueblos se separan en tus entrañas. Un pueblo vencerá al otro, el mayor servirá al menor.» Cuando llegó el momento de dar a luz, tenía dos gemelos en el seno. Salió primero uno, todo rojo, peludo como un manto; y lo llamaron Esaú. Salió después su hermano, asiendo con la mano el talón de Esaú; y lo llamaron Jacob. Isaac tenía sesenta años cuando nacieron. Crecieron los chicos; Esaú se hizo un experto cazador, hombre de campo, mientras que Jacob era un honrado beduino. Isaac prefería a Esaú, porque le gustaba comer la caza; y Rebeca prefería a Jacob. Un día que Jacob estaba guisando un potaje, volvía Esaú del campo, exhausto. Esaú dijo a Jacob: «Dame un plato de esa cosa roja, pues estoy agotado.» Por eso se llama Edom, que quiere decir «rojo». Jacob le contestó: «Si me lo pagas con los derechos de primogénito.» Esaú dijo: «Yo me voy a morir, ¿qué me importan los derechos de primogénito?» Jacob le dijo: Júramelo primero.» Y él se lo juró; y vendió a Jacob los derechos de primogénito. Entonces Jacob dio a Esaú pan y potaje de lentejas; él comió y bebió, y se puso en camino. Así malvendió Esaú sus derechos de primogénito.


RESPONSORIO Hb 12, 14. 15. 16. 17

V. Fomentad la paz con todos y la santificación; que nadie se vea privado de la gracia de Dios, R. Como Esaú, que por un plato vendió su primogenitura, y fue desechado. V. No logró cambiar el parecer de su padre, aunque con lágrimas lo intentó. R. Como Esaú, que por un plato vendió su primogenitura, y fue desechado.


SEGUNDA LECTURA

De la Constitución pastoral Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, del Concilio Vaticano segundo (Núms. 18. 22) EL MISTERIO DE LA MUERTE


El enigma de la condición humana alcanza su vértice en presencia de la muerte. El hombre no sólo es torturado por el dolor y la progresiva disolución de su cuerpo, sino también, y mucho más, por el temor de un definitivo aniquilamiento. El ser humano piensa muy certeramente cuando, guiado por un instinto de su corazón, detesta y rechaza la hipótesis de una total ruina y de una definitiva desaparición de su personalidad. La semilla de eternidad que lleva en sí, al ser irreductible a la sola materia, se subleva contra la muerte. Todos los esfuerzos de la técnica moderna, por muy útiles que sean, no logran acallar esta ansiedad del hombre: pues la prolongación de una longevidad biológica no puede satisfacer esa hambre de vida ulterior que, inevitablemente, lleva enraizada en su corazón. Mientras toda imaginación fracasa ante la muerte, la Iglesia, adoctrinada por la divina revelación, afirma que el hombre ha sido creado por Dios para un destino feliz que sobrepasa las fronteras de la mísera vida terrestre. Y la fe cristiana enseña que la misma muerte corporal, de la que el ser humano estaría libre si no hubiera cometido el pecado, será vencida cuando el omnipotente y misericordioso Salvador restituya al hombre la salvación perdida por su culpa. Dios llamó y llama al hombre para que, en la perpetua comunión de la incorruptible vida divina, se adhiera a él con toda la plenitud de su ser. Y esta victoria la consiguió Cristo resucitando a la vida y liberando al hombre de la muerte con su propia muerte. La fe, por consiguiente, apoyada en sólidas razones, está en condiciones de dar a todo hombre reflexivo la respuesta al angustioso interrogante sobre su porvenir; y, al mismo tiempo, le ofrece la posibilidad de una comunión en Cristo con los seres queridos, arrebatados por la muerte, confiriendo la esperanza de que ellos han alcanzado ya en Dios la vida verdadera. Ciertamente, urgen al cristiano la necesidad y el deber de luchar contra el mal, a través de muchas tribulaciones de sufrir la muerte; pero, asociado al misterio pascual y configurado con la muerte de Cristo, podrá ir al encuentro de la resurrección robustecido por la esperanza. Todo esto es válido no sólo para los que creen en Cristo, sino para todos los hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de un modo invisible; puesto que Cristo murió por todos y una sola es la vocación última de todos los hombres, es decir, la vocación divina, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, de un modo que sólo Dios conoce, se asocien a su misterio pascual. Éste es el gran misterio del hombre, que, para los creyentes, está iluminado por la revelación cristiana. Por consiguiente, en Cristo y por Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte, que, fuera de su Evangelio, nos aplasta. Cristo resucitó, venciendo a la muerte con su muerte, y nos dio la vida, de modo que, siendo hijos de Dios en el Hijo, podamos clamar en el Espíritu: "¡Abba!" (Padre).


RESPONSORIO Sal 26, 1; 22, 4

V. El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? R.  El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar? V. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo. R. El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?

ORACIÓN

Dios todopoderoso y eterno, ayúdanos a llevar una vida según tu voluntad, para que podamos dar en abundancia frutos de buenas obras en nombre de tu Hijo predilecto. Por Jesucristo nuestro Señor.


CONCLUSIÓN

V. Bendigamos al Señor. R. Demos gracias a Dios.



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