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Oficio de Lecturas, 12 de septiembre, 2019

V. Señor, ábreme los labios. R. Y mi boca proclamará tu alabanza.


Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.


Ant. Venid, adoremos al Señor, porque él es nuestro Dios.


HIMNO


Con gozo el corazón cante la vida, presencia y maravilla del Señor, de luz y de color bella armonía, sinfónica cadencia de su amor.

Palabra esplendorosa de su Verbo, cascada luminosa de verdad, que fluye en todo ser que en él fue hecho imagen de su ser y de su amor.

La fe cante al Señor, y su alabanza, palabra mensajera del amor, responda con ternura a su llamada en himno agradecido a su gran don.

Dejemos que su amor nos llene el alma en íntimo diálogo con Dios, en puras claridades cara a cara, bañadas por los rayos de su sol.

Al Padre subirá nuestra alabanza por Cristo, nuestro vivo intercesor, en alas de su Espíritu que inflama en todo corazón su gran amor. Amén.


Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.


SALMODIA

Ant. 1. Mira, Señor, y contempla nuestro oprobio.


Salmo 88, 39-53 LAMENTACIÓN POR LA CAÍDA DE LA CASA DE DAVID Ha suscitado una fuerza de salvación en la casa de David (Lc 1, 69).


Tú, encolerizado con tu Ungido, lo has rechazado y desechado; has roto la alianza con tu siervo y has profanado hasta el suelo su corona;

has derribado sus murallas y derrocado sus fortalezas; todo viandante lo saquea, y es la burla de sus vecinos;

has sostenido la diestra de sus enemigos y has dado el triunfo a sus adversarios; pero a él le has embotado la espada y no lo has confortado en la pelea;

has quebrado su cetro glorioso y has derribado su trono; has acortado los días de su juventud y lo has cubierto de ignominia.


Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.


Ant. Mira, Señor, y contempla nuestro oprobio.

Ant. 2. Yo soy el renuevo y el vástago de David, la estrella luciente de la mañana.


¿Hasta cuándo, Señor, estarás escondido y arderá como un fuego tu cólera? Recuerda, Señor, lo corta que es mi vida y lo caducos que has creado a los humanos.

¿Quién vivirá sin ver la muerte? ¿Quién sustraerá su vida a la garra del abismo? ¿Dónde está, Señor, tu antigua misericordia que por tu fidelidad juraste a David?

Acuérdate, Señor, de la afrenta de tus siervos: lo que tengo que aguantar de las naciones, de cómo afrentan, Señor, tus enemigos, de cómo afrentan las huellas de tu Ungido.

Bendito el Señor por siempre. Amén, amén.


Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.


Ant. Yo soy el renuevo y el vástago de David, la estrella luciente de la mañana.

Ant. 3. Nuestros años se acaban como la hierba, pero tú, Señor, permaneces desde siempre y por siempre.


Salmo 89 BAJE A NOSOTROS LA BONDAD DEL SEÑOR Para el Señor un día es como mil años, y mil años corno un día (2 Pe 3, 8).


Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación.

Antes que naciesen los montes o fuera engendrado el orbe de la tierra, desde siempre y por siempre tú eres Dios.

Tú reduces el hombre a polvo, diciendo: "retornad, hijos de Adán". Mil años en tu presencia son un ayer, que pasó; una vela nocturna.

Los siembras año por año, como hierba que se renueva: que florece y se renueva por la mañana, y por la tarde la siegan y se seca.

¡Cómo nos ha consumido tu cólera y nos ha trastornado tu indignación! Pusiste nuestras culpas ante ti, nuestros secretos ante la luz de tu mirada: y todos nuestros días pasaron bajo tu cólera, y nuestros años se acabaron como un suspiro.

Aunque uno viva setenta años, y el más robusto hasta ochenta, la mayor parte son fatiga inútil, porque pasan aprisa y vuelan.

¿Quién conoce la vehemencia de tu ira, quién ha sentido el peso de tu cólera? Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato.

Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo? Ten compasión de tus siervos; por la mañana sácianos de tu misericordia, y toda nuestra vida será alegría y júbilo.

Danos alegría, por los días en que nos afligiste, por los años en que sufrimos desdichas. Que tus siervos vean tu acción y sus hijos tu gloria.

Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos.


Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.


Ant. Nuestros años se acaban como la hierba, pero tú, Señor, permaneces desde siempre y por siempre.


VERSÍCULOS

V. En ti, Señor, está la fuente viva. R. Y tu luz nos hace ver la luz.


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Oseas 2, 2. 6-24 ISRAEL, CASTIGADO POR SU INFIDELIDAD, VOLVERÁ A DIOS

Esto dice el Señor: «¡Acusad a vuestra madre, ponedle pleito! Porque ella no es ya mi mujer, ni yo soy su marido. Arrancadle de su rostro sus prostituciones y de su pecho sus adulterios. Pues yo voy a cercar su sendero con espinos, derribaré sus tapias, y no encontrará su camino. Irá tras sus amantes y no los hallará, los buscará y no los encontrará y entonces dirá: "Voy a volver a mi marido, al primero: porque entonces me iba mejor que ahora." Y he aquí que yo la cortejaré, me la llevaré al desierto, y allí le hablaré al corazón. Le devolveré sus antiguos huertos, y a Acor, Valle de la Desgracia, lo convertiré en Puerta de la Esperanza, y ella me responderá allí como en los días de su juventud, como el día en que la saqué de Egipto. Aquel día -oráculo del Señor- me llamará: "Esposo mío", no me llamará: "Baal mío". Quitaré de su boca los nombres de los ídolos, y no se acordará más de invocarlos. Aquel día haré para ellos una alianza con las fieras del campo y las aves del cielo y los reptiles de la tierra. Romperé en su país arco, espada y armas, y los haré vivir tranquilos. Te desposaré conmigo para siempre, me casaré contigo en derecho y justicia, en la benignidad y me casaré contigo en fidelidad, y tú conocerás al Señor. Aquel día -oráculo del Señor- yo responderé a los cielos, ellos responderán a la tierra, la tierra responderá al trigo y al vino y al aceite, y ellos responderán a Yizreel, y la sembraré para mí en el país, me compadeceré de "No-compadecida", y diré a "No-es-mi-pueblo": "Tú eres mi pueblo", y él responderá: "Tú eres mi Dios."»


RESPONSORIO Ap 19, 7. 9; Os 2, 20

V. Llegó la boda del Cordero, y su esposa se ha embellecido. R. Dichosos los invitados al banquete de bodas. V. Me casaré contigo en fidelidad, y tú conocerás a Señor. R. Dichosos los invitados al banquete de bodas.


SEGUNDA LECTURA

Del comentario de san Bruno, presbítero, sobre los salmos (Salmo 83: Edición de la Cartuja de Pratis, 1891, 376-377) SI ME OLVIDO DE TI, JERUSALÉN

¡Qué deseables son tus moradas! Mi alma se consume y anhela llegar a los atrios del Señor, es decir, desea llegar a la Jerusalén del cielo, la gran ciudad del Dios vivo. El salmista nos muestra cuál sea la razón por la que desea llegar a los atrios del Señor: "Lo deseo, Señor, Dios de los ejércitos celestiales, Rey mío y Dios mío, porque son dichosos los que viven en tu casa, la Jerusalén celestial". Es como si dijera: ¿Quién no anhelará llegar a tus atrios, siendo tú el mismo Dios, el Señor de los ejércitos, el Rey del universo? ¿Quién no anhelará penetrar en tu tabernáculo si son dichosos los que viven en tu casa?" Atrios y casa significan aquí lo mismo. Y cuando dice aquí dichosos ya se sobreentiende que tienen tanta dicha cuanta el hombre es capaz de concebir. Por ello, son dichosos los que habitan en sus atrios, porque alaban a Dios con un amor totalmente definitivo, que durará por los siglos de los siglos, es decir, eternamente; y no podrían alabar eternamente, sino fueran eternamente dichosos. Esta dicha nadie puede alcanzarla por sus propias fuerzas, aunque posea ya la esperanza, la fe y el amor; únicamente la logra el hombre dichoso que encuentra en ti su fuerza, y con ella dispone su corazón para que llegue a esta suprema felicidad, que es lo mismo que decir: únicamente alcanza esta suprema dicha aquel que, después de ejercitarse en las diversas virtudes y buenas obras, recibe además el auxilio de la gracia divina; pues por sí mismo nadie puede llegar a esta suprema felicidad, como lo afirma el mismo Señor: Nadie ha subido al cielo -se entiende por sí mismo-, sino el Hijo del hombre que está en el cielo. Afirmo que dispone su corazón para subir hasta esta suprema felicidad, porque, de hecho, el hombre se encuentra en un árido valle de lágrimas, es decir, en un mundo que, en comparación con la vida eterna, que viene a ser como un monte repleto de alegría, es un valle profundo donde abundan los sufrimientos y las tribulaciones. Pero, como sea que el profeta declara dichoso al hombre que encuentra en ti su fuerza, podría alguien preguntarse: "¿Concede Dios su ayuda para conseguir esto?" A ello respondo: "Sin duda alguna, Dios concede a los santos este auxilio". En efecto, nuestro legislador, Cristo, el mismo que nos dio la ley, nos ha dado y continuará dándonos sin cesar sus bendiciones; con ellas nos irá elevando hacia la dicha suprema, y así subiremos, de altura en altura, hasta que lleguemos a contemplar a Cristo, el Dios de los dioses; él nos divinizará en la futura Jerusalén del cielo: por esto, allí podremos contemplar al Dios de los dioses, es decir, a la Santa Trinidad en sus mismos santos; es decir, nuestra inteligencia sabrá descubrir en nosotros mismos a aquel Dios a quien nadie en este mundo pudo ver, y de esta forma Dios lo será todo en todos.


RESPONSORIO Jn 17, 20. 21. 22. 18

V. Yo te ruego por todos los que han de creer en mí, para que todos sean uno, así como tú, Padre, estás en mí y yo en ti. Yo les he dado la gloria que tú me diste; R. Para que sean uno, como nosotros somos uno. V. Como tú me enviaste al mundo, así también yo los he enviado al mundo. R. Para que sean uno, como nosotros somos uno.

ORACIÓN

Señor, tú que te has dignado redimirnos y has querido hacernos hijos tuyos, míranos siempre con amor de padre y haz que cuantos creemos en Cristo, tu Hijo, alcancemos la libertad verdadera y la herencia eterna. Por nuestro Señor Jesucristo.


CONCLUSIÓN

V. Bendigamos al Señor.   R. Demos gracias a Dios.



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