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Oficio de Lecturas del día 5 de enero, 2020

Invocación


V. Dios mío, ven en mi auxilio. R. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Naciste del Padre, sin principio, antes que la luz resplandeciera; del seno sin mancha de María surges como luz en las tinieblas.

Los pobres acuden a adorarte, solos, ellos velan en la noche, sintiendo admirados en tu llanto la voz del Pastor de los pastores.

El mundo se alegra en este día, gozan los patriarcas, los profetas; la flor ha nacido de la rama, flor que ha perfumado nuestra Iglesia.

Los ángeles cantan hoy tu gloria, Padre, que enviaste a Jesucristo; unimos con ellos nuestras voces, oye, bondadoso, nuestros himnos. Amén.


SALMODIA


Ant. 1. Señor, Dios mío, te vistes de belleza y majestad, la luz te envuelve como un manto. Aleluya


Salmo 103 HIMNO AL DIOS CREADOR El que es de Cristo es una criatura nueva: lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado (2Cor 5, 17).

I

Bendice, alma mía, al Señor: ¡Dios mío, qué grande eres! Te vistes de belleza y majestad, la luz te envuelve como un manto.

Extiendes los cielos como una tienda, construyes tu morada sobre las aguas; las nubes te sirven de carroza, avanzas en las olas del viento; los vientos te sirven de mensajeros; el fuego llameante, de ministro.

Asentaste la tierra sobre sus cimientos, y no vacilará jamás; la cubriste con el manto del océano, y las aguas se posaron sobre las montañas;

pero a tu bramido huyeron, al fragor de tu trueno se precipitaron, mientras subían los montes y bajaban los valles: cada cual al puesto asignado. Trazaste una frontera que no traspasarán, y no volverán a cubrir la tierra.

De los manantiales sacas los ríos, para que fluyan entre los montes; en ellos beben las fieras de los campos, el asno salvaje apaga su sed; junto a ellos habitan las aves del cielo, y entre las frondas se oye su canto.


Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.


Ant. Señor, Dios mío, te vistes de belleza y majestad, la luz te envuelve como un manto. Aleluya

Ant. 2. El Señor saca pan de los campos y vino para alegrar el corazón del hombre. Aleluya.


II

Desde tu morada riegas los montes, y la tierra se sacia de tu acción fecunda; haces brotar hierba para los ganados, y forraje para los que sirven al hombre.

Él saca pan de los campos, y vino que le alegra el corazón; y aceite que da brillo a su rostro, y alimento que le da fuerzas.

Se llenan de savia los árboles del Señor, los cedros del Líbano que él plantó: allí anidan los pájaros, en su cima pone casa la cigüeña. Los riscos son para las cabras, las peñas son madriguera de erizos.

Hiciste la luna con sus fases, el sol conoce su ocaso. Pones las tinieblas y viene la noche, y rondan las fieras de la selva; los cachorros rugen por la presa, reclamando a Dios su comida.

Cuando brilla el sol, se retiran, y se tumban en sus guaridas; el hombre sale a sus faenas, a su labranza hasta el atardecer.


Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.


Ant. El Señor saca pan de los campos y vino para alegrar el corazón del hombre. Aleluya.

Ant. 3. Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno. Aleluya.


III

Cuántas son tus obras, Señor, y todas las hiciste con sabiduría; la tierra está llena de tus criaturas.

Ahí está el mar: ancho y dilatado, en él bullen, sin número, animales pequeños y grandes; lo surcan las naves, y el Leviatán que modelaste para que retoce.

Todos ellos aguardan a que les eches comida a su tiempo: se la echas, y la atrapan; abres tu mano, y se sacian de bienes;

escondes tu rostro, y se espantan; les retiras el aliento, y expiran y vuelven a ser polvo; envías tu aliento, y los creas, y repueblas la faz de la tierra.

Gloria a Dios para siempre, goce el Señor con sus obras, cuando él mira la tierra, ella tiembla; cuando toca los montes, humean.

Cantaré al Señor, tocaré para mi Dios mientras exista: que le sea agradable mi poema, y yo me alegraré con el Señor.

Que se acaben los pecadores en la tierra, que los malvados no existan más. ¡Bendice, alma mía, al Señor!


Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.


Ant. Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno. Aleluya.


VERSÍCULO

V. El Hijo de Dios ha venido y nos ha dado inteligencia. R. Para que conozcamos al verdadero Dios.


PRIMERA LECTURA

Del libro del Cantar de los cantares 5, 2-6, 2 LA ESPOSA BUSCA Y ALABA AL ESPOSO


Estaba durmiendo, mi corazón en vela, cuando oigo a mi amado que me llama: «Ábreme, hermana mía, amada mía, mi paloma sin mancha: que tengo la cabeza cuajada de rocío, mis rizos, del relente de la noche.» Ya me quité la túnica, ¿cómo voy a ponérmela de nuevo? Ya me lavé los pies, ¿cómo voy a mancharlos otra vez? Mi amor introduce la mano por la abertura: me estremezco al sentirlo, al escucharlo se me escapa el alma. Ya me he levantado a abrir a mi amado: mis manos gotean perfume de mirra; mis dedos, mirra que fluye por la manilla de la cerradura. Yo misma abro a mi amado, abro, y mi amado se ha marchado ya. Lo busco, y no lo encuentro; lo llamo, y no responde. Me encontraron los guardias que rondan la ciudad. Me golpearon e hirieron, me quitaron el manto los centinelas de las murallas. Muchachas de Jerusalén, os conjuro que, si encontráis a mi amado, le digáis... ¿qué le diréis?... que estoy enferma de amor. ¿Qué distingue a tu amado de los otros, tú, la más bella? ¿Qué distingue a tu amado de los otros, que así nos conjuras? Mi amado es blanco y sonrosado, descuella entre diez mil. Su cabeza es de oro, del más puro, sus rizos son racimos de palmera, negros como los cuervos; sus ojos dos palomas a la vera del agua, que se bañan en leche y se posan al borde de la alberca; sus mejillas, macizos de bálsamo que exhalan aromas; sus labios son lirios con mirra que fluye; sus brazos, torneados en oro, engastados con piedras de Tarsis; su cuerpo es de marfil labrado, todo incrustado de zafiros; sus piernas, columnas de mármol, apoyadas en basamentos de oro. Gallardo como el Líbano, juvenil como un cedro; es muy dulce su boca, todo él, pura delicia. Así es mi amado, mi amigo, muchachas de Jerusalén. ¿Adónde fue tu amado, la más bella de todas las mujeres? ¿Adónde fue tu amado? Queremos buscarlo contigo. Ha bajado mi amado a su jardín, a los macizos de las balsameras, el pastor de jardines a cortar azucenas. Yo soy para mi amado, y él es para mí; él pastorea entre azucenas.


RESPONSORIO Ct 5, 2; Ap 3, 20

V. Mi amado me llama:  R. «Ábreme, hermana mía, amada mía.» V. Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno me abre, cenaré con él y él conmigo. R. Ábreme, hermana mía, amada mía.


SEGUNDA LECTURA

De los tratados de san Agustín, obispo, sobre el evangelio de san Juan (Tratado 17, 7-9: CCL 36,174-175) EL DOBLE PRECEPTO DE LA CARIDAD


Vino el Señor mismo, como doctor en caridad, rebosante de ella compendiando, como de él se predijo, la palabra sobre la tierra, y puso de manifiesto que tanto la ley como los profetas radican en los dos preceptos de la caridad. Recordad conmigo, hermanos, aquellos dos preceptos. Pues, en efecto; tienen que seros en extremo familiares no sólo veniros a la memoria cuando ahora os los recordamos, sino que deben permanecer siempre grabados en vuestros corazones. Nunca olvidéis que hay que amar a Dios y al prójimo: a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser; y al prójimo como a sí mismo. He aquí lo que hay que penar y meditar, lo que hay que mantener vivo en el pensamiento y en la acción, lo que llevar hasta el fin. El amor de Dios es el primero en la jerarquía del precepto, pero el amor al prójimo es el primero en el rango de la acción. Pues el que te impuso este amor en dos preceptos no había de proponerte primero al prójimo y luego a Dios, sino al revés; a Dios primero y al prójimo después. Pero tú, que todavía no ves a Dios, amando al prójimo haces méritos para verlo; con el amor al prójimo aclaras tu pupila para mirar a Dios, como sin lugar a dudas dice Juan: Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. Que no es más que una manera de decirte: Ama a Dios. Y si me dices: «Señálame a quién he de amar», ¿qué otra cosa he de responderte sino lo que dice el mismo Juan: A Dios nadie lo ha visto jamás? Y para que no se te ocurra creerte totalmente ajeno a la visión de Dios: Dios —dice— es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios. Ama por tanto al prójimo, y trata de averiguar dentro de ti el origen de ese amor; en él verás, tal y como ahora te es posible, al mismo Dios. Comienza, pues, por amar al prójimo. Parte tu pan con el hambriento, y hospeda a los pobres sin techo; viste al que ves desnudo, y no te cierres a tu propia carne. ¿Qué será lo que consigas si haces esto? Entonces romperá tu luz como la aurora. Tu luz, que es tu Dios, tu aurora, que vendrá hacia ti tras la noche de este mundo pues Dios ni surge ni se pone, sino que siempre permanece. Al amar a tu prójimo y cuidarte de él, vas haciendo tu camino. ¿Y hacia dónde caminas sino hacia el Señor Dios el mismo a quien tenemos que amar con todo el corazón con toda el alma, con todo el ser? Es verdad que no hemos llegado todavía hasta nuestro Señor, pero sí que tenemos con nosotros al prójimo. Ayuda, por tanto, a aquel con quien caminas, para que llegues hasta aquel con quien deseas quedarte para siempre.


RESPONSORIO 1 Jn 4, 10-11. 16

V. Dios nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados. R. Si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. V. Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. R. Si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros.


ORACIÓN

Dios todopoderoso y eterno, luz de los que en ti creen, que la tierra se llene de tu gloria y que te reconozcan los pueblos por el esplendor de tu luz. Por nuestro Señor Jesucristo.


CONCLUSIÓN

V. Bendigamos al Señor.   R. Demos gracias a Dios.



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