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Oficio de Lecturas del día 8 de febrero, 2020

Invocación


V. Dios mío, ven en mi auxilio. R. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

A caminar sin ti, Señor, no atino; tu palabra de fuego es mi sendero; me encontraste cansado y prisionero del desierto, del cardo y del espino.

Descansa aquí conmigo del camino, que en Emaús hay trigo en el granero, hay un poco de vino y un alero que cobije tu sueño, Peregrino.

Yo contigo, Señor, herido y ciego; tú conmigo, Señor, enfebrecido, el aire quieto, el corazón en fuego.

Y en diálogo sediento y torturado se encontrarán en un solo latido, cara a cara, tu amor y mi pecado. Amén.


SALMODIA


Ant. 1. El Señor convoca cielo y tierra, para juzgar a su pueblo.


Salmo 49 EL VERDADERO CULTO A DIOS No he venido a abolir la ley, sino a darle plenitud (Mt 5, 17).

I

El Dios de los dioses, el Señor, habla: convoca la tierra de oriente a occidente. Desde Sión, la hermosa, Dios resplandece: viene nuestro Dios, y no callará.

Lo precede fuego voraz, lo rodea tempestad violenta. Desde lo alto convoca cielo y tierra para juzgar a su pueblo:

"Congregadme a mis fieles, que sellaron mi pacto con un sacrificio". Proclame el cielo su justicia; Dios en persona va a juzgar.


Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.


Ant. El Señor convoca cielo y tierra, para juzgar a su pueblo.

Ant. 2. Invócame el día del peligro y yo te libraré.


II

"Escucha, pueblo mío, que voy a hablarte; Israel, voy a dar testimonio contra ti; -yo Dios, tu Dios-.

No te reprocho tus sacrificios, pues siempre están tus holocaustos ante mí. Pero no aceptaré un becerro de tu casa, ni un cabrito de tus rebaños;

pues las fieras de la selva son mías, y hay miles de bestias en mis montes; conozco todos los pájaros del cielo, tengo a mano cuanto se agita en los campos.

Si tuviera hambre, no te lo diría; pues el orbe y cuanto lo llena es mío. ¿Comeré yo carne de toros, beberé sangre de cabritos?

Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza, cumple tus votos al Altísimo e invócame el día del peligro: yo te libraré, y tú me darás gloria".


Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.


Ant. Invócame el día del peligro y yo te libraré.

Ant. 3. El sacrificio de acción de gracias me honra.


III

Dios dice al pecador: "¿por qué recitas mis preceptos y tienes siempre en la boca mi alianza, tú que detestas mi enseñanza y te echas a la espalda mis mandatos?

Cuando ves un ladrón, corres con él; te mezclas con los adúlteros; sueltas tu lengua para el mal, tu boca urde el engaño.

Te sientas a hablar contra tu hermano, deshonras al hijo de tu madre; esto haces, ¿y me voy a callar? ¿Crees que soy como tú? Te acusaré, te lo echaré en cara.

Atención los que olvidáis a Dios, no sea que os destroce sin remedio.

El que me ofrece acción de gracias, ese me honra; al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios".


Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.


Ant. El sacrificio de acción de gracias me honra.


VERSÍCULO

V. No dejamos de orar y pedir por vosotros. R. Que lleguéis al pleno conocimiento de la voluntad de Dios.


PRIMERA LECTURA

Del libro del Génesis 37, 2-4. 12-36 JOSÉ ES VENDIDO POR SUS HERMANOS


Sigue la historia de Jacob. José tenía diecisiete años y pastoreaba el rebaño con  sus hermanos; ayudaba a los hijos de Bala y Zilfa, mujeres de su padre, y un día trajo a su padre malos informes acerca de sus hermanos. José era el preferido de Israel, porque le había nacido en la vejez, y le hizo una túnica con mangas. Al ver sus hermanos que su padre lo prefería a los demás, empezaron a odiarlo y le negaban el saludo. Sus hermanos trashumaron a Siquem con los rebaños de su padre. Israel dijo a José: «Tus hermanos deben estar con los rebaños en Siquem; ven, que te voy a mandar donde están ellos.» José le contestó: «Aquí me tienes.» Su padre le dijo: «Ve a ver cómo están tus hermanos y el ganado, y tráeme noticias.» Y lo envió desde el valle de Hebrón, y él se fue hasta Siquem. Un hombre lo encontró dando vueltas por el campo, y le preguntó: «¿Qué buscas?» Contestó José: «Busco a mis hermanos; por favor, dime dónde están pastoreando.» El hombre respondió: «Se han marchado de aquí, y les he oído decir que iban hacia Dotán.» José fue tras sus hermanos, y los encontró en Dotán. Ellos lo vieron desde lejos. Antes de que se acercara, maquinaron su muerte. Se decían unos a otros: «Ahí viene el de los sueños. Vamos a matarlo y a echarlo en un aljibe; luego diremos que una fiera lo ha devorado; veremos en qué paran sus sueños.» Oyó esto Rubén, e intentando salvarlo de sus manos, dijo: «No le quitemos la vida.» Y añadió: «No derraméis sangre; echadlo en este aljibe, aquí en la estepa; pero no pongáis las manos en él.» Lo decía para librarlo de sus manos y devolverlo a su padre. Cuando llegó José al lugar donde estaban sus hermanos, lo sujetaron, le quitaron la túnica con mangas, lo cogieron y lo echaron en un pozo vacío, sin agua. Y se sentaron a comer. Levantando la vista, vieron una caravana de ismaelitas que transportaban en camellos goma, bálsamo y resina de Galaud a Egipto. Judá propuso a sus hermanos: «¿Qué sacamos con matar a nuestro hermano y con tapar su sangre? Vamos a venderlo a los ismaelitas y no pondremos nuestras manos en él, que al fin es hermano nuestro y carne nuestra.» Los hermanos aceptaron. Al pasar unos comerciantes madianitas, tiraron de su hermano, lo sacaron del pozo y se lo vendieron a los ismaelitas por veinte monedas. Éstos se llevaron a José a Egipto. Entre tanto, Rubén volvió al pozo y, al ver que José no estaba allí, se rasgó las vestiduras; volvió a sus hermanos y les dijo: «El muchacho no está, ¿a dónde voy yo ahora?» Ellos cogieron la túnica de José, degollaron un cabrito y, empapando en la sangre la túnica con mangas, se la enviaron a su padre con un recado: «Esto hemos encontrado, mira a ver si es la túnica de tu hijo o no.» Él, al reconocerla, dijo: «Es la túnica de mi hijo; una fiera lo ha devorado, ha descuartizado a José.» Jacob rasgó su manto, se ciñó a los lomos un sayo e hizo luto por su hijo muchos días. Todos sus hijos e hijas intentaron consolarlo, pero él rehusó el consuelo, diciendo: «De luto por mi hijo bajaré a la tumba.» Y su padre lo lloró. Entre tanto, los madianitas lo vendieron en Egipto a Putifar, ministro y mayordomo del Faraón.


RESPONSORIO Hch 7, 9-10; Sb 10, 13

V. Los patriarcas, por pura envidia, vendieron a José como esclavo con destino a Egipto; pero Dios, que estaba con él, R. Lo libró de todas las tribulaciones. V. La Sabiduría no abandonó al justo vendido, sino que lo libró de caer en mano de los pecadores. R. Lo libró de todas las tribulaciones.


SEGUNDA LECTURA

De la Constitución pastoral Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, del Concilio Vaticano segundo (Núms. 35-36) LA ACTIVIDAD HUMANA


La actividad humana, así como procede del hombre, así también se ordena al hombre, pues éste, con su actuación, no sólo transforma las cosas y la sociedad, sino que también se perfecciona a sí mismo. Aprende mucho, cultiva sus facultades, se supera y se trasciende. Un desarrollo de este género, bien entendido, es de más alto valor que las riquezas exteriores que puedan recogerse. Más vale el hombre por lo que es que por lo que tiene. De igual manera, todo lo que el hombre hace para conseguir una mayor justicia, una más extensa fraternidad, un orden más humano en sus relaciones sociales vale más que el progreso técnico. Porque éste puede ciertamente suministrar, como si dijéramos, el material para la promoción humana, pero no es capaz de hacer por sí solo que esa promoción se convierta en realidad. De ahí que la norma de la actividad humana es la siguiente: que, según el designio y la voluntad divina, responda al auténtico bien del género humano y constituya para el hombre, individual y socialmente considerado, un enriquecimiento y realización de su entera vocación. Sin embargo, muchos de nuestros contemporáneos parecen temer que una más estrecha vinculación entre la actividad humana y la religión sea un obstáculo a la autonomía del hombre, de las sociedades o de la ciencia. Si por autonomía de lo terreno entendemos que las cosas y las sociedades tienen sus propias leyes y su propio valor, y que el hombre debe irlas conociendo, empleando y sistematizando paulatinamente, es absolutamente legítima esta exigencia de autonomía, que no sólo reclaman los hombres de nuestro tiempo, sino que responde además a la voluntad del Creador. Pues, por el hecho mismo de la creación, todas las cosas están dotadas de una propia consistencia, verdad y bondad, de propias leyes y orden, que el hombre está obligado a respetar, reconociendo el método propio de cada una de las ciencias o artes. Por esto, hay que lamentar ciertas actitudes que a veces se han manifestado entre los mismos cristianos, por no haber entendido suficientemente la legítima autonomía de la ciencia, actitudes que, por las contiendas y controversias que de ellas surgían, indujeron a muchos a pensar que existía una oposición entre la fe y la ciencia. Pero, si la expresión "autonomía de las cosas temporales" se entiende en el sentido de que la realidad creada no depende de Dios y de que el hombre puede disponer de todo sin referirlo al Creador, todo aquel que admita la existencia de Dios se dará cuenta de cuán equivocado sea este modo de pensar. La criatura, en efecto, no tiene razón de ser sin su Creador.


RESPONSORIO Dt 2, 7; 8, 5

V. Dios te ha bendecido en todas tus empresas, ha protegido tu marcha a través de un gran desierto, R. Y te ha acompañado sin que te haya faltado nada. V. Te ha educado como un padre educa a su hijo. R. Y te ha acompañado sin que te haya faltado nada.


ORACIÓN

Señor, concédenos, amarte con todo el corazón y que nuestro amor se extienda también a todos los hombres. Por nuestro Señor Jesucristo.


CONCLUSIÓN

V. Bendigamos al Señor. R. Demos gracias a Dios.



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